Clientes | Hamato Brothers
⭐ Raph & Leo & Donnie & Mikey x Fem T/N
⭐ Hamato edad: 21-23 años
⭐ 🔞 NSFW | Smut
⚠️ Advertencia: prostitución, gangbang, diferencia de tamaño significativo, sexo rudo, felación, masturbación, bukkake, lenguaje vulgar.
La noche avanzaba con su rutina habitual en el prostíbulo de Gran Mamá. Las luces tenues delineaban siluetas tentadoras, mientras la música sensual se filtraba por el ambiente. Desde el escenario, las bailarinas atrapaban la atención de los yōkai, y en los cuartos especiales, tus compañeras atendían a sus clientes.
Tú, la chica más codiciada del lugar, te paseabas entre las mesas, dejando que tu presencia cautivadora atrajera las miradas hambrientas de aquellos dispuestos a pagar por la oportunidad de tenerte a su lado.
Eras la preferida de tu jefa, ya que cada vez que te encontrabas trabajando, el club se llenaba hasta los bordes. Sin embargo, la demanda superaba la oferta, y tú, selectiva, elegías con quién compartir tu valioso tiempo, siempre a un precio elevado. Tu presencia, más allá de la mera atención, era codiciada y deseada, un lujo que pocos podían permitirse.
Te encontrabas junto a la barra, dándote un merecido descanso mientras conversabas con tu amigo el barman. A lo lejos, vislumbraste la silueta de cuatro tortugas bastante peculiares que parecían venir en grupo. Eran rostros desconocidos para ti, y supusiste que eran clientes nuevos. La inseguridad y actitud con la que entraron denotaba cierta inexperiencia.
Decidiste acercarte y recibirlos, y claro, ofrecer tus servicios.
—Bienvenidos —dijiste con una sonrisa encantadora—. ¿Buscan alguna chica en particular?
Los cuatro se miraron entre sí, un tanto nerviosos. Rara vez veías reacciones de ese tipo, normalmente los clientes llegaban alardeando o coqueteando y se insinuaban sin tapujos.
—S-solo estamos viendo —dijo el más alto.
—Oh, ¿entonces les ofrezco una mesa? —y ellos asintieron.
Los guiaste hacia un rincón apartado, donde una pequeña mesa y unos cuantos sillones ofrecían una vista privilegiada del escenario.
Regresaste a la barra por unas bebidas de cortesía para los recién llegados, y en unos minutos, ya estabas de vuelta con una charola en la mano.
—La casa invita los primeros tragos —dijiste con una sonrisa.
—Salud, mis hermanos —dijo uno de ellos.
No quisiste indagar más sobre el tema, aunque te causaba curiosidad saber cómo eran hermanos a pesar de la diferencia de especies.
—Si necesitan algo más, me llaman —guiñaste el ojo.
—De hecho, tenemos una duda —preguntó el de la bandana azul—. ¿Cuánto cobras, linda?
El más pequeño se giró hacia él, regañándolo por su imprudencia y lo directo de sus palabras, olvidando por un momento el lugar en el que estaban y el tipo de «trabajos» que se hacían.
—Pues verán...
Distintas expresiones se marcaban en sus rostros conforme enlistabas con naturalidad tus servicios junto a su precio. El mayor se mantuvo en silencio ruborizado, la tortuga con marcas rojas estaba atento a cada una de tus palabras, al igual que el de la bandana morada, solo que este parecía sobreanalizar la información. Por último, el más pequeño reflejaba emoción en sus ojos.
—¿Y qué opinan?
Volvieron a mirarse y asintieron.
—Queremos una hora —dijo el de las marcas moradas.
—Claro, ¿quién va primero?
—Queremos una hora, los cuatro a la vez —reformuló apenado.
—Bien.
♡
La habitación era grande, había una gran cama y también varios sofás de terciopelo rojo. Del techo emanaban luces moradas y rojizas que iluminaban sutilmente, generando un clima erótico.
Los mutantes tomaron asiento en los elegantes sillones, que les permitía apreciar los gestos del que estaba enfrente y a los lados, formando un círculo íntimo. Te colocaste en el centro, al alcance de los cuatro chicos.
La música sonando dió inicio a tu servicio; te dejaste llevar por el ritmo, envolviendo la atmósfera con un baile sensual y sugerente. Tu corto vestido de satín dejaba algo a la imaginación, pero no por mucho. Al compás de la melodía, bajaste tus tirantes poco a poco y la tela resbaló por tu cuerpo, dejando expuesta tu suave piel adornada por una linda lencería de encaje.
Sentías que sus ojos acariciaban tu cuerpo con vergüenza, siguiendo cada uno de tus movimientos. Estabas acostumbrada a ser manoseada desde el minuto uno de la canción, sin embargo, tus nuevos clientes se mostraban un poco temerosos.
—No sean tímidos —soltaste una risita juguetona—. Ya están aquí, ¿no?
La invitación a tocarte fue la instrucción que ellos necesitaban para dejarse dominar por sus instintos.
Sonreíste complacida al sentir sus robustas manos palmar tus piernas y tu trasero. Mordiste tu labio cuando uno de ellos acarició el interior de tu muslo, aproximándose a tu entrepierna. Otro notó aquello e imitó la misma acción. Nunca habías atendido a tantos clientes a la vez, pero estabas disfrutando de hacerlo.
Diste un paso acercándote a la tortuga más grande y te arrodillaste frente a él. Tus manos se posaron en sus piernas y ascendieron hasta el botón de su pantalón, el cual desabrochaste con facilidad. Mientras liberabas a su miembro de la prisión de los boxers, los otros se acariciaban a sí mismos por encima de la firme tela de sus jeans.
Tus dedos envolvieron su gran circunferencia y con lentitud comenzaste a masturbarlo. Sus piernas se tensaron al primer contacto, evidenciando que esta era la vez que alguien lo acariciaba de forma tan íntima. Sin detener el vaivén de tu mano, tu lengua exploró su glande, robándole sus primeros suspiros con unas lamidas provocativas.
Presionaste tus labios contra su punta rosada y descendiste por todo su enorme tronco. Tu boca albergaba apenas unos centímetros de su polla cuando el chico soltó un pequeño gemido. Elevaste el rostro dedicándole una mirada tierna, rompiendo con la obscenidad del acto. Sus mejillas se tornaron del color de su bandana y sus labios se separaban ligeramente conforme chupabas su verga.
—¿Por qué Raph siempre debe ser el primero en todo? —se quejó el más pequeño.
—Privilegio del hermano mayor —uno respondió monótono.
Inconforme, el más bajito se sentó frente a ti y acercó su polla a tus labios.
—Yo también quiero, señorita —dijo con entusiasmo.
Brevemente, tu boca se apartó de la robusta erección para atender la solicitud del chico. Su ansiosa espera se veía reflejada en su expresión y, de igual manera, diste algunos lengüetazos que lo hicieron suspirar.
Los dos restantes se colocaron de pie a tus costados. Sabías lo que tenías que hacer, pero dudaste de tu capacidad para ocuparte de todos. Motivada por la buena paga, tus manos se entregaron a la tarea de acariciar a estos últimos, mientras que tu boca se dedicó a chupar las pollas que se restregaban contra tu rostro. Los cuatro parecían disfrutarlo a su modo; gemían en distintos tonos y volúmenes y sus reacciones variaban del más serio hasta el más expresivo.
Cuando creíste que tenías todo bajo control, el de la bandana azul jaló de tu cabello y de una estocada, invadió sin cuidado tu boca.
—¡Leo! —se quejó el menor—. Espera tu turno.
—Ya me toca —respondió con ligera molestia.
Su firme agarre en tu cabeza te mantenía totalmente enfocada en él, excluyéndote de todo lo demás. Su miembro chocaba de forma insistente contra las profundidades de tu garganta, generando sonidos húmedos que provocaron el enojo de sus hermanos.
A duras penas lograste mantener el ritmo del oral, cuando aquel con marcas púrpuras demandó la calidez de tu saliva, enterrándose con brusquedad en tu cavidad bucal.
—La están lastimando —advirtió el mayor.
—Yo creo que le encanta. ¿O qué opinas, Donnie?
—Estoy de acuerdo.
Ambos competían por el control de tu boca, y tú te esforzabas por satisfacerlos. Sin embargo, su impaciencia y calentura eran tales que, de forma simultánea, penetraron tu boca. Sus pollas desafiaban las dimensiones de esta y apenas pudiste dar cabida a las puntas de ambos al mismo tiempo.
En un descuido, el de azul te levantó y en un hábil movimiento regresó al sofá, colocándote a horcajadas sobre su regazo. Su semejante no se quedó atrás y se situó a tus espaldas. A la par besaban tu cuello y hombros, marcándote con feroces mordidas. Entre caricias vulgares, uno de ellos tiró de tu sostén y otro de tus bragas, desgarrándolas en el proceso y dejándote completamente desnuda.
Y como el tiempo es valioso –y costoso–, sin más rodeos, el llamado Leo posicionó su glande en tu entrada. Descendiste con sensualidad hasta colmarte de toda su polla. Por otra parte, Donnie te penetraba analmente, sin darte tiempo a acostumbrarte a la verga de su hermano.
—¡Mhh! —soltaste un gemido agudo.
Dieron su primera embestida simultánea y te sentiste en el cielo, no había espacio en tu interior que no tocaran; las longitudes que salían y entraban en tus orificios eran similares y para nada se asemejaban a la de otros clientes.
—Ven Mikey —indicó Leo mientras sonreía.
Mikey se posicionó a tu izquierda, y con firmeza dulce tomó tu mentón, girándote a la dirección de su polla. Abriste tu boca para recibirlo una vez más y tu lengua empapó cada centímetro, mientras que tus labios ejercían una rica presión alrededor de su circunferencia.
—¡Mmph!~
La doble penetración provocaba gemidos audibles, incluso con la boca ocupada. Las vibraciones que generaban tus labios estimulaban la delgada polla del mutante, causándole placer y dulces jadeos, que contrastaban con los gruñidos de sus hermanos.
—Nena, lo haces muy bien~ —dijo mientras empujaba tu cabeza contra su pelvis—. ¿No quieres unirte, Raph?
Aquel se había quedado en su asiento, acariciándose con vergüenza mientras observaba el espectáculo. Al acercarse, únicamente podía participar posicionándose a tu derecha. Por suerte, tu mano alcanzaba a la perfección su verga, así que comenzaste a masturbarlo.
Para ser tu primera vez follando con varios clientes a la vez, lo hacías muy bien; subías y bajabas sobre la polla de Leo, mientras que Donnie te embestía repetidas veces por detrás. A tu costado, Mikey chocaba el punto más profundo de tu garganta, y al mismo tiempo, estimulabas manualmente a Raph.
Con la experiencia que te otorgaba este trabajo, tu cuerpo aguantaba bastante antes de correrte. Pero el trato de los cuatro hermanos, sumado a sus dotes naturales, te hicieron llegar al clímax antes de lo esperado. Leo, quien estaba debajo de ti, se percató enseguida de tu orgasmo.
—¿Ya te cansaste, linda? —y todos se detuvieron—. Hay que llevarla a la cama.
Todos asintieron, sin darte oportunidad de opinar. Leo se encargó de llevarte y dejarte caer sobre las sábanas; sentiste el colchón sumirse, y en un abrir y cerrar de ojos, los demás ya se encontraban rodeándote, desnudos y ansiosos por tomarte.
—Quien la haga gemir más fuerte, es líder toda una semana —propuso Mikey de forma juguetona.
—Jaja, no —respondió Leo.
—¿Tienes miedo de perder tu puesto?
—¿Miedo? ¿Qué es eso? —dijo en torno burlón—. Bien, acepto el reto.
El de bandana azul se colocó entre tus piernas y se hundió en ti de un solo movimiento, haciendo que arquearas la espalda.
—A-Ahh~
Sonrió orgulloso por su primer acto, pero no era suficiente para él. Levantó tus piernas y las posó sobre sus hombros, permitiéndole alcanzar tu punto más profundo.
Se inclinó sobre tu cuerpo, enterrándose duramente mientras hundía su rostro en tu cuello, dejando fieras mordidas en este. Sus caderas se movían en vaivén y su verga se deslizaba entre tus paredes, rozando insistentemente tu punto G.
—Nhg ahh~
La intensidad de su empuje te hacía moverte debajo de él, cada golpe en tu interior producía un rico gemido y una interminable cadena de jadeos. Sus hermanos no eran indiferentes a esto, pues la sucia escena de su hermano follándote les provocaba la necesidad de masturbarse.
Sus labios descendieron por la suave curvatura de tus hombros, trazando un sendero amoratado por la succión de tu piel. Tus piernas casi rodeando su cuello tampoco se salvaron de ser marcadas, pues besó y mordió tus muslos, marcando con descaro su territorio.
Por un momento perdiste la noción del tiempo, y no fue hasta que habló el de morado cuando te enteraste que había terminado el lapso designado para Leo –según esta competencia improvisada–.
—Tu turno, Angelo.
Una polla salió de tu interior para darle cabida a otra. El menor se recostó, indicando que lo montaras. Subiste a su regazo y con pericia guiaste a su miembro hasta tu entrada, penetrándote mientras descendías por todo su tronco.
Te apoyaste sobre su plastrón y comenzaste a subir y bajar en un ritmo constante, logrando que su glande rozara el rincón más profundo de tu coño. Sus manos sujetaron tus caderas, dándole estabilidad a los saltitos que dabas sobre su verga.
Aunque su miembro era visiblemente más pequeño en comparación con el de sus hermanos, no significaba que no fuera placentero tenerlo dentro. Sentías que se ajustaba a la perfección a la estrechez de tus paredes y que su curvatura te estimulaba de forma deliciosa.
—Mm~ A-ah~
Notaste cómo el chico te miraba encantado por los gestos y jadeos que tú misma te provocabas con el balanceo de tus caderas. Sin embargo, un comentario burlón del líder lo hizo recordar el reto que había propuesto.
Sus dedos se enterraron en tus nalgas, brindándote el impulso necesario para descender con ímpetu sobre su pelvis. A medida que te movías sobre él, sus caderas se alzaban, causando que tus senos se movieran según el vaivén sobre su regazo.
Levantaste la mirada en dirección hacía la pared adornada con un reloj, dándote cuenta de que el tiempo que pagaron había concluido.
—C-chicos, se t-terminó la h-hora —lograste pronunciar entre jadeos.
Esperabas que Mikey se detuviera tras tus palabras, pero este parecía concentrado en lo que hacía uno de sus hermanos.
—Queremos media hora más —dijo el de bandana morada.
Pusiste los ojos en blanco al verlo poner otro fajo de billetes en la mesita. Ninguno de tus clientes duraba tanto tiempo y por lo regular, se iban antes de que terminara la hora. Estos mutantes realmente estaban aprovechando cada jodido minuto para saciarse con tu cuerpo.
Ahora era turno de Donnie, quien te colocó a su antojo: boca abajo y con tu culo elevado, listo para su deleite. Sus hermanos ya habían utilizado demasiado tu coño, dejando bastantes residuos de líquido preseminal en este; haciéndolo perder interés en tu húmedo agujero. Sin embargo, seguía caliente y por algo había pagado: seguir embistiéndote analmente.
—¡Nhg!
Un chillido escapó de tus labios ante la tosca embestida, que provocó que tus piernas se abrieran y tensaran tratando de soportar su grosor. Aunque te había explorado con anterioridad, aún te sentías apretada; la mínima dilatación de tu ano dificultaba el deslizamiento de su verga, pero esto solo lo excitaba más; su dura longitud era presionada por tus paredes, que sumándose al choque en tu interior, terminaba siendo un gran combo estimulante para ambos.
—A-hh ahh~
Consciente del tiempo que tenía –antes de cederle el lugar a su hermano mayor–, llevó su mano hasta tu vulva y escabulló uno de sus dedos por tus pliegues hasta toparse con tu clítoris; lo frotó circularmente, produciendo un espasmo entre tus piernas que te hizo retorcer debajo de él. Mientras se deslizaba fuera y dentro de ti, su yema insistía con pequeños movimientos rápidos en tu botón sensible que te hacían sobresaltar.
No fue sorpresa para él cuando te corriste por segunda vez, sus dedos únicamente desbordaron el placer que los otros dos mutantes habían acumulado en tu vientre. Tus paredes se contrajeron alrededor de su polla, producto de tu orgasmo.
A diferencia de tus altos gemidos, sus gruñidos eran bajos pero de igual forma transmitía lo mucho que estaba disfrutando del momento. Por desgracia, su tiempo terminó, y así como los demás, tuvo que abandonar tu cuerpo.
Jadeabas exhausta, sentías que tu cuerpo ya no respondía y tu mente no podía procesar que todavía faltaba que un mutante te cogiera.
—Diviértete Raphie~ —canturreó Mikey.
Tu falta de fuerzas no fue impedimento para la gran tortuga; cargar tu cuerpo era fácil, pero en el fondo se sentía culpable por hacerlo. Animado por sus hermanos, te levantó sujetando tu trasero, dejando que descansaras tus piernas en sus brazos. Estando de pie, te bajó sobre su monstruoso atributo, abriéndose paso entre tu chorreante coño.
—¡A-ahhg!
Pronunciar siquiera una oración es sumamente difícil cuando tu interior lucha por darle cabida a un gran cliente como este. No podías hacer mucho, tus débiles manos trataron de aferrarse a sus hombros, pero el subir y bajar sobre su verga te imposibilitaba sujetarte con firmeza.
Detrás de ti escuchaste quejidos de molestia, obviando quién había ganado la competencia. Asimismo, unos dulces suspiros llegaron a tus oídos, erizando tu piel. Ante la percepción de Raph, su penetración, si bien era profunda, intentaba ser lo más delicado posible; pero desde tu posición, el mínimo roce de su falo desencadenaba múltiples sensaciones corporales, y entre ellas, un gimoteo interminable que atontaba a todos los presentes.
—La vas a matar, Raph —dijo Leo un tanto absorto por la candente escena.
—¿T-tú crees? —respondió preocupado—. ¿Eso es posible, Donnie?
—Eh, bueno...
El clímax inminente te hizo dejar de prestar atención; escuchabas sus voces a la lejanía, pero tu ser estaba sumido en el torrente de emociones y espasmos que sufrías en ese momento. Al correrte, mojaste su polla y este gimió profundo al contacto con tus cálidos fluidos.
Te recostó sobre la cama y continuó bombeando, ansioso por derramarse en tu interior. Mientras tanto, Donnie, anticipándose a ocupar una vez más tu boca, giró ligeramente tu cara y acercó su palpitante polla. Sedada por la excitación, entreabriste tus labios y este se encargó de hacer el resto.
Los dos restantes observaron cómo follaban tu coño y boca al mismo tiempo; ambos estaban en su límite y solo fue cuestión de masturbarse para obtener un orgasmo, liberando hilos blanquecinos sobre tu vientre y pecho.
La tortuga de morado no tardó en alcanzar a sus hermanos; en unas cuantas estocadas descargó esperma en tu garganta, y al salir, residuos de fluidos cayeron sobre tu rostro. Finalmente, Raph se corrió en un fuerte gruñido, llenándote con un gran chorro proporcional a su polla. Tu coño, saturado y dilatado, no podía contener más, y al retirarse, un flujo de tus propios fluidos, ahora mezclados con los suyos, se desbordó de tu entrada.
Los cuatro descansaron junto a ti, y al poco rato, se levantaron y vistieron. Aún sentías tus piernas temblar y tu pecho subía y bajaba exhausto, regulando tu respiración con dificultad.
Ignorabas todo a tu alrededor, absorta en las satisfactorias consecuencias que te producía tu profesión. Sin embargo, una juguetona voz te sacó abruptamente de tus pensamientos.
—Gracias linda, nos vemos la siguiente semana —tarareó Leo, mientras salía de la habitación junto a los demás.