El que mira hacia el ayer
Autora: MaddieSagita.
Género: Sobrenatural.
Parejas: Superbat.
Derechos: Los personajes no me pertenecen, sino a sus respectivos creadores y a DC Cómics.
Advertencias: AU, Muerte, Tragedia, Drama, Romance, Reencarnación, Omegaverse, Donceles, Zoofilia (mención), Magia, Gore, Acción, Brujas, Mpreg.
Clasificación: No apto para menores de 18 años.
Aclaraciones:
Esta historia se desarrolla en un mundo donde existen tanto licántropos como vampiros, y las cuestiones de Alfa y Omega son propias solamente de los hombres lobo, mientras que los donceles existen solo en la raza de vampiros y humanos. Advierto que los nombres serán modificados para adaptarlos a la época y el lugar donde se desarrolla la historia.
Tal vez el sonido de tu voz
Me hizo creer que tú eras él
Al igual que el río perturba
Mi paz interior
Una vez creí que podría encontrar
Sólo un rastro de su querida alma
Una vez creí que él era todo
Entonces ella sofocó mis creencias...
..
..
..
Francia, 1745, Siglo XVIII.
...
...
Frío.
Nieve.
Invierno.
Bryce Torumaline Adèlaïde Medelein d'Jours, heredera de la familia d'Jours, alzó la mirada al cielo nocturno para contemplar la nieve caer del firmamento creando un hermoso paisaje que pocos sabían apreciar. El frío acarició su rostro en forma de una suave ventisca y los pequeños copos de nieve se acumularon en su cabello negro como obsidiana. Cerró los ojos y se estremeció por lo gélido que era su jardín en esa temporada, y por no vestir más que un camisón blanco de tela delgada que traslucía su esbelta y definida figura, además de tener los pies descalzos sobre la nieve acumulada en el suelo.
-Señorita Tourmaline.
El ceño en el delicado y bien esculpido rostro de la doncella se frunció ante el llamado de su sirvienta.
-Señorita Tourmaline-repitió la mayor al ver que su ama no volvía la mirada-Debe entrar. El frío podría enfermarla.
-No me llames así-exigió mirándola de soslayo-Entraré en un momento, retiráte.
-Pero...
-Es una orden, Lesli.
-Una que no puedo obedecer, mi ama.
La menor la miró severa, logrando intimidarla con esa expresión fría que complementaba con esos ojos inusualmente azules que transmitían un vacío escalofriante, propios de la tierra de su madre.
-Disculpeme, no quise sonar insolente.
La menor suavizó su expresión.
-¿Qué deseas?
Lesli intentó elegir bien sus palabras, pues no sabía cómo tomaría Bryce su atrevimiento y no deseaba desatar su ira.
-Expresarle cuánto lamento lo que sucedió esta noche, señorita Bryce, una fecha tan especial como hoy no debería verse estropeada por el cruel desinterés de un hombre sin honor ni palabra, cuya cuestionable moral lo lleva a cortejar a doncellas de su posición a espaldas de su familia, como si no valiera lo suficiente para pretenderla ante los ojos ajenos.
Bryce apretó los puños sintiéndose nuevamente humillada. Estaba molesta con él, molesta con su padre por obligarla a casarse con un hombre como Claude Donatie, y molesta consigo misma por haber creído de verdad que el hombre al que amaba iba a presentarse, cuando éste siempre le había dado señales de que ella no era más que un reemplazo de alguien a quien buscaba en el pasado, hacia donde siempre miraba, y por el que jamás volteaba a verla a ella que estaba a su lado.
Y ahí estaría siempre, porque así lo decidió, a su lado, esperando impaciente el día que notara su presencia.
Aunque después de esa noche ya no estaba tan segura de que eso pasara.
-Está bien-dijo dándole la espalda-Es solo las consecuencias de mi estupidez.
-No sea tan dura consigo misma, ama.
-Es la verdad.
-Discrepo. Una señorita como usted no ha hecho nada más que comportarse a la altura de su familia.
La heredera sonrió ante la ironía de esa afirmación, encontrando risible que Lesli, su más fiel sirvienta y mejor amiga, creyera que ella se había comportado a la altura de las doncellas de la familia d'Jours, cuando eso era presisamente lo que no había hecho al dejar que Klark la deshonrrara en un intento vano por despertar su deseo hacia ella a través de la tentación carnal, olvidando toda regla de conducta y moral que su familia le había inculcado desde la niñez, y fallando vergonzosamente cuando éste la abandonó en el lecho tras terminar el acto.
-Señorita, estoy segura que...
-Lesli-le cortó-Aprecio tus esfuerzos por alzar mi ánimo, pero te aseguro que me eres de más ayuda dejándome sola. Necesito pensar.
-Ese es el punto, yo...
-Lesli-advirtió con voz severa-Retirate.
La sirvienta no estaba segura de obedecerla, pero Bryce parecía de verdad necesitar estar sola, y aunque no le parecía una buena señal, decidió no molestarla más.
-Está bien ama, me retiro-hizo una reverencia y regresó a la mansión.
Al verse sola, Bryce se abrazó a sí misma, temblando y tiriteando de frío. Regresó su vista al cielo y suspiró.
-¿Vas a salir o te quedarás ahí toda la noche?-preguntó de pronto, sorprendiendo al ente que se ocultaba en las sombras.
El hombre caminó un par se pasos para acercarse a la joven, preguntándose cómo es que ella había podido percartarse de su presencia cuando en su especie eran maestros del sigilo.
-¿Cuándo te diste cuenta que estaba aquí?
-Desde que llegaste.
El mayor arqueó una ceja, pero lo dejó pasar. Después de todo, si su dama no fuera tan perspicaz no la habría elegido en primer lugar.
-No es bueno que estés afuera-dijo para cambiar de tema-Puedes enfermar.
-¿Ahora resulta que mi salud es de tu interés?-respondió con el ceño fruncido.
Klark gruñó con desconcierto.
-¿Qué te sucede?
Bryce se giró hacia él. No podía creer hasta qué grado llegaba la indiferencia de Klark, quien preguntaba lo que sucedía como si se burlara de ella, sabiendo de antemano que no había cumplido su palabra y la había hecho quedar como una mentirosa frente a su padre y sus amistades.
-¿De verdad quieres saberlo?
Ella había estado ansiosa ese día, no por su cumpleaños, de esos había tenido muchos y cada uno había sido igual, sino porque al fin el hombre que la había cautivado iba a pedirla como las normas sociales lo exigían, poniendo fin a la fila interminable de herederos de grandes fortunas que buscaban hacerse de la suya a través de un matrimonio, demostrándole a su padre que ella no estaba loca ni mentía, y su pretendiente elegido sí existía.
-Por supuesto.
Pero Klark le había fallado de nuevo, la había despreciado delante de su padre, lastimado su orgullo, y por esto, ella estaba furiosa como nunca antes lo estuvo.
-Averigualo.
Bryce caminó entonces hacia a la mansión, pasando de largo a Klark, quien detuvo su andar sujetando su brazo.
-¿Estás molesta?
-¿Tengo motivos para estarlo?
El mayor chasqueó la lengua y apretó con más fuerza.
-Suéltame.
-Cuando me digas el motivo de tu molestia lo haré.
-Me parece que es demasiado obvio hasta para un niño.
-No estoy jugando, Bryce.
-Yo tampoco-respondió soltándose del agarre.
El mayor la observó ingresar a su hogar sin mirar atrás e intentó deducir el motivo de su furia antes de decidir seguirla.
La heredera, por su parte, se limitó a regresar a sus aposentos sin responder al llamado de su padre, quien la esperaba en su estudio para presentarle a su futuro suegro, e ignorando deliberadamente a su mayordomo Alfred y a sus sirvientas que le preguntaban si quería o necesitaba algo antes de que todas se marcharan a dormir, y una vez en su habitación, decidió dar rienda suelta a su enojo. Caminó hacia su armario, tomó todos los vestidos que Klark le había obsequiado alguna vez, y, con tijeras en mano, comenzó a rasgarlos uno por uno. No necesitaba de ellos, no necesitaba nada que Klark le hubiese dado por lástima, ya había pisoteado demasiado su orgullo y no le permitiría hacerlo ni una vez más, y si acaso Klark creía que iba a perdonarlo, estaba muy equivocado. No perdonaría nunca la humillación de esa noche.
-¿Perdiste la cabeza?
La imponente voz la sacó de sus pensamientos, y al segundo siguiente sintió como alguien sujetaba fuertemente su muñeca con las tijeras y tiraba de ella hasta arrastrarla por el suelo, alejándola de la prenda, la cual cayó al suelo intacta.
-¡¿Qué crees que haces?! Me lastimas, Klark-espetó la dama al instruso en sus aposentos, levantándose y tirando para soltarse.
-¿Qué hacías tú destruyendo los vestidos que te obsequié? ¡Eres una malagradecida!
-Tú tampoco te has mostrado muy agradecido por mis obsequios.
-He cuidado cada una de las baratijas que me has dado, Bryce.
-Lo que no significaba que no las hayas despreciado tanto o más como lo hiciste con mi virtud.
-No entiendo tu enojo, estoy aquí, tal y como me lo pediste.
-Ese no es el problema.
-¿Y cuál es?
-¡¿Es que no lo entiendes?!-le gritó, haciendo gruñir al alfa nada acostumbrado a ser tratado así.
Klark la miró fijamente intentando intimidarla, sabía que no podía someterla con su voz ya que no se trataba de una omega como las de su especie, sino de una humana, inmune a sus feromonas dominantes y libre de todo impulso de sumisión, pero lo intentaría con su mirada gélida en la que hace mucho que ya no había nada.
Sin embargo, no pudo hacerlo. Él podía tener una mirada vacía, pero Bryce tenía una mirada tan severa que le recordaba tanto a aquel al que buscaba desesperadamente en las olas del tiempo, y a quien deseaba tanto ver en la mujer que tenía enfrente.
-¿Qué pasa? ¿No vas a decir nada?.
El mayor frunció el ceño ante el tono insolente de la dama, señal inequívoca de su creciente ira. Pensó entonces en arremeter con palabras mordaces, pero se contuvo al recordar que no había ido ahí para pelear y no tenía tiempo que perder, por lo que decidió calmarla. Enfriaría las cosas, la calmaría, la ternura siempre funcionaba, y una vez que terminara su rabieta podría irse.
-Bryce, no puedo entender el motivo de tu ira, pero si acaso te he fallado, te pido que me disculpes-dijo esforzándose por mostrarse sereno y no a punto de ponerla en su lugar a la fuerza.
La menor sonrió con sorna, pensando que exactamente ese era el problema. Él no entendía su sentir porque no compartía su deseo, y actuaba de acuerdo a como creía que debía comportarse un caballero con su doncella, un amante con su mujer, no como algo que sintiera natural en él.
Y aún así, Bryce se encontró incapaz de rechazarlo cuando la envolvió en sus brazos con ternura, cuando besó su frente, le murmuró palabras de hermosas en su oído y la separó para besar superficialmente sus labios.
Tourmaline se sabía débil ante él, débil ante su mirada, ante su ternura, ante su besar, y ese era el golpe más grande a su orgullo, al de su familia, pues ninguna doncella de los d'Jours actuaba con tal dócilidad ante un caballero, ante nadie en realidad, eso era lo que había hecho grande a su familia, y sin embargo, allí estaba ella, rindiéndose ante Klark, olvidando su enojo inicial, su determinación para no perdonarlo esta vez solo por un par de palabras dulces.
Degradante.
-Eres hermosa, ¿ya te lo había dicho?
Bryce asintió.
-Tantas veces como estrellas en el cielo-respondió acariciando su fornido pecho.
Klark también asintió, observándola con detenimiento. Debía admitir que Tourmaline era más que hermosa, era una diosa entre humanos, no solo por su enigmático cabello oscuro, su piel blanca como la luna, o sus ojos tan azules como los saphiros, sino también por su personalidad indomable y severa, su perspicacia, su inteligencia, su orgullo, su forma para imponer respeto con su sola presencia, y su dócilidad, (la que negaba hasta el infinito), cuando están juntos, un rasgo más que compartía con aquel al que amaba.
De hecho, lo compartían todo, excepto el género.
-Tu belleza no es para los mortales.
-Supongo que por eso elegí a un inmortal.
-Una decisión sorprendentemente mala para una mente superior.
Aunque Bryce poseía una belleza sublime, para Klark que ella lo aceptara había sido la peor decisión que pudo haber tomado, no porque se trataran de un licántropo y una humana, sino porque él sólo quiso poseerla queriendo ver en ella a quien amaba, y no a quien realmente era, y sabía que Bryce era consciente de no ser deseaba como quería.
-Creo en que la imperfección es hermosa también.
El mayor alzó las cejas sorprendido, recordando al mismo tiempo que alguien ya le había dicho lo mismo en el pasado.
-Klark, la perfección es un sueño tan inalcanzable como la paz-continuó la dama, pero el licans ya no la escuchaba.
Klark miró a Bryce a los ojos, perdiéndose en ese par de iris destellantes de vida, reflejos de un mar inóspito en el que gustoso navegaba, buscando hallar en su mirada aunque fuera un rastro de su alma gemela aún sabiendo que no la hallaría ahí, y mintiéndose para aliviar su tormento.
Y entonces sucedió, la realidad se distorsionó ante sus ojos, confundiéndose con sus recuerdos, su añoranza, su infinito dolor que no encontraba consuelo, desvaneciendo de pronto lo que veía, reemplazándolo con lo que quería ver.
El mayor tomó entonces el rostro de la dama y lo acarició con extrema ternura, sorprendiéndola en el acto. El tiempo desapareció para ellos, Bryce sentía su corazón derretirse al ser observada con tal cariño, impropio de alguien como Klark, y sintiéndose profundamente conmovida por ser objeto de un cariño tan grande como ese, y cuando iba a preguntar el por qué del repentino cambio, el mayor se lo impidió capturando sus carnosos y suaves labios en un beso cargado de necesidad y deseo, estrechando al mismo tiempo su cuerpo como si temiera que desapareciera en cualquier momento.
La menor disfrutó hasta último instante, saboreando cada sensación, cada sentimiento en él impregnado, y cuando finalizó, Klark acarició sus mejillas con una mirada de total adoración que casi la doblega.
Casi.
-Te amo...-Bryce dió un respingo de incredulidad al escuchar por primera vez tal declaración de los labios de su amado-Te amo tanto, mi dulce Brus.
Y toda la magia se extinguió. La menor empujó bruscamente al licans con una mirada de total decepción y furia, haciendo crujir sus puños en un intento de contener sus ganas de abofetearlo ahí mismo.
Y lo habría hecho de no ser una mujer civilizada. El mayor despertó entonces de su ensoñación sólo para darse cuenta que aquella criatura de ojos azules que tanto amaba, no era aquella a la que había besado hace unos instantes. No. Ni siquiera era un hombre, sino una doncella de belleza inigualable con rasgos idénticos a Brus, una mujer que lo deseaba tanto como lo hizo él, pero al final no era él.
-¿Tourma...line?
La joven lo miró a los ojos, para después salir de su recámara totalmente indignada, dispuesta a pasar la noche con su dama de compañía para no ver más al inmortal.
Klark se quedó observando la puerta con los ojos abiertos, rompiendo a llorar poco después con insondable amargura.
Ella no era Brus. No era él, no podía serlo, y jamás lo sería, lo anterior sólo había sido un recuerdo, un sueño...una alucinación.
-Fue tan real-murmuró tirando de sus cabellos con frustración.
Ese era el problema, esos recuerdos cada día eran más recurrentes y más reales, lo sabía y sentía que se estaba perdiendo en la desesperación. Extrañaba a Brus, lo anhelaba, lo amaba con todo su corazón, y con cada fibra de su ser que ese amor tan inmenso latía doliente en su pecho.
La necesidad por estrecharlo de nuevo estaban quebrando su cordura, y Bryce no lo salvaría.
Nadie podía hacerlo, porque no había dios, criatura, u hombre en la tierra capaz de devolverle aquello que perdió, nada podía regresarselo, y la cruda verdad lo había hecho negarse a ella y empezar una búsqueda intensiva a través de los siglos, el mundo, explorando cada rincón, cada año, en cada especie animal con consciencia e inteligencia, esperando ansioso volver a encontrar su alma, en otro cuerpo, en otra especie, bajo otro nombre, y con otra edad. Deseando volver a tenerlo en sus brazos y suplicar su perdón, jurarle de rodillas que él nunca lo traicionó, sino que todo había sido una trampa de aquella súcubo que se negó a dejarlo ir.
La que, por despecho, hizo que se mataran mutuamente.
Pero falló, porque él vivió, no pereció junto a su amado aunque lo había deseado, condenándolo a vagar en la tierra con el dolor de haber sido traicionado impulsando su destructiva rabia, convirtiéndose en una bestia que solo vivía para matar y devorar a todo ser que encontrara a su paso. Una bestia que nadie reconocía y que hizo creer a los suyos que había muerto, permitiendo que la Beta de su manada, una alfa de nombre Louise, tomara el control y se autonombrara líder de los licántropos, continuando la guerra que, según ellos, los vampiros habían iniciado cuando asesinaron a su anterior Alfa, mientras que la recién surgida especie de vampiros, creados por Brus con el único fin de erradicar a la suya, que era más antigua, pero no tanto como él, que fue el vampiro primordial, aseguraba que fueron los licans quienes la habían iniciado cuando le tendieron una trampa a su protector y le dieron muerte. Fue el Primer Rey Vampiro, quien fuera el hijo adoptado de Brus, Richerd, quien se alzó para vergarlo deseando aniquilar hasta el último de ellos.
Pero a Klark no le interesaba lo que sus especies hacían, la monstruosa guerra que desataban en nombre de ellos, los primordiales, hundido en el pozo de la soledad, quemándose en infierno de su ira, él prefería no saber nada. O así era, hasta que, dos decenas de años después descubrió la verdad del trágico día en que el primer vampiro y el primer licántropo se enfrentaron, habiendo sido una trampa puesta por Selene, la antigua amante de Brus, la cambia formas, para hacerles creer que se habían traicionado, y hacer que se matasen.
La asesinó, por supuesto, nada le causó más placer que desmembrarla viva, y cuando exhaló su último aliento, él pudo por fin liberarse de su resentimiento, pero incluso eso fue inútil, porque Brus se había ido y no sabía siquiera si volvería a nacer.
Porque los vampiros, al igual que los licans, están fuera del ciclo de la naturaleza, y las almas de éstos se extravían en las tinieblas cuando se transforman en hijos de la noche.
Nadie sabe a dónde van cuando mueren ni si sus almas vuelven al ciclo natural o solo desaparecen.
Klark ha pasado siglos convenciéndose de que no, siguiendo una fantasía sin retorno, la cual, al final lo condujó a Bryce, quien le recordaba a él, e incluso la conoció en un escenario similar, y, en su desesperación, quiso tenerla para, al menos mientras yacen, sentir que lo tenía de vuelta en sus brazos.
Utilizándola cuando ella lo amaba con sinceridad.
-...perdón...-murmuró entre sollozos.
Él sabía que no tenía redención.