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Whisky en su mano. Tan loca como borracha, sus anillos relucían tintineando contra el vaso. Su largo vestido rojo se abría mostrando una de sus piernas.
Una carcajada rompió en la gran sala llevando la cabeza hacia atrás, exponiendo su pálido cuello. Sus labios rojizos haciendo destacar esos dientes blancos como la nieve. Mis manos tiemblan ante otra de sus escenas.
Un chico joven se arrodilla y besa su pierna. Vasi sonríe y le da una leve patada haciendo que el chico caiga de espaldas, su rostro moreno se tiñe de rojo mientras la rubia se quita su tacón y le ofrece su delicado pie, pintado en líneas ascendentes hasta su tobillo.
El chico se inclina deprisa para besarla de nuevo ante otra carcajada de la princesa.
Sus ojos ennegrecidos recorren el salón, quizás buscando alguna otra diversión. Puede que el alcohol hoy no sea suficiente, quizás necesite un compañero de cama, o dos. Quizás quiera presenciar una pelea hasta que la sangre manche el impoluto suelo de mármol.
Vasi nunca tiene remordimientos. Nadie le dice que no. Vasi se siente en la cima del mundo, y nadie le llevará la contra. Ella tiene el poder de dos reinos en sus manos enjoyadas.
Sus ojos se cruzan con los míos, un leve guiño en mi dirección.
"Oh, es que se siente tan bien" Me dijo una de esas noches en las que solo la luna nos observaba. Vasi fue mi amiga en algún momento, y ahora, a veces lo era, cuando recordaba que también estaba hecha de sangre y huesos, cuando se daba cuenta de que sangraba igual que yo, cuando no había alcohol en sus venas. O simplemente cuando se aburría.
Mi única amiga.
— Tú — Su voz resonó por las paredes repletas de cuadros y estatuillas. Un dedo acusatorio se alzó y golpeó al chico que seguía besando su pie. — ¿No estarás intentando robar en pleno inicio de fiesta? — Poderosa como era apartó al moreno y se elevó, plantándose en sus pies descalzos. Su baja altura no la hacía menos intimidante. Ojos gatunos tan fieros como los de una pantera — Deshazte de tu capa — Ordenó. Miré. Todas las cabezas se habían girado hacia una pequeña chica vestida en un vestido vaporoso azúl, que con suma delicadeza dejaba caer una capa negra al suelo. Todo el ruido se había detenido, incluída la música. Si no lo hubiera visto antes, pensaría que Vasi sólo quería humillarla. Tan pequeñita la chica que podría caber entre los barrotes de las ventanas, quizás lo había hecho.
Crucé los brazos bajo el pecho observando la escena, habían unas cuantas personas sonriendo, un poco de espectáculo, pensarían. Después estaba una pareja que se había olvidado que se encontraban en público y estaban un poco más que despeinados, labios rojizos y ojos perdidos uno en el otro. Al fondo un par de caballeros descansaban apoyados en la pared, no parecían para nada alarmados ante la rubia bajando los peldaños que la separaban de la zona de baile.
Delante de la pequeña chica se encontraba un hombre de aspecto preocupado.
— ¿Me perdí algo? — Arminda se colocó a mi lado. Sus ojos tan verdes como el jardín de palacio inspeccionaron la sala. Negué con la cabeza. La de pelo castaño sonrió y siguió mirando el espectáculo.
Vasi alcanzó el centro de la sala, y para cuando llegó al frente de la chica, unos palmos más alta que ella, se había formado un corro.
— Quítate el vestido
Los ojos de la chica se agrandaron en sorpresa y miedo. — Pero mi señora — suplicó. Un leve temblor en su voz, agachó la mirada a sus pies.
— Quítate el vestido — Repitió Vasi, su mirada analítica parecía quemar la piel de la pobre muchacha.
Un leve temblor sacudió el cuerpo de la más alta y se despojó de su vestido, quedando en un corsé blanco, decenas de joyas colgaban de el. Una daga en su pierna cogida de un liguero hizo que los guardias se despegaran de la pared, pero la princesa levantó una mano deteniéndoles.
Las apariencias mienten. Una ladrona había sido detectada por la misma princesa, quizás una ladrona novata, por cómo su cuerpo trataba de no temblar en miedo. Pero su postura quedaba clara, no se arrodillaba ante su princesa.
Vasi arrojó el vaso de whisky al suelo, rompiéndolo en miles de pedazos salpicados alrededor de sus pies descalzos. Le ofreció una mano a la muchacha, mi corazón se apretó en el pecho. Los ojos oscuros de Vasi no ocultaban sus intenciones y en momentos como estos habría deseado ser una de las doncellas antes que su mano derecha.
La violencia con la que se resolvían las cosas en palacio eran casi tan horribles como tragar cristal.
Una temblorosa mano se posó en la enjoyada de la princesa, y dió un paso decidido sobre los cristales. Su rostro se contorsionó en dolor pero dió un paso más. La sangre goteó y manchó el blanquecino mármol.
— Dime la entrada — La princesa clavó sus ojos en ella, una leve sonrisa se abría paso ante el miedo y dolor de la contraria.
— Mi señora — Su voz débil apenas era audible en el rincón donde Arminda y yo nos encontrábamos. — Me dieron una entrada a palacio, desconozco el rostro del portador, pero las intenciones no eran traicionar a la corona, joyas, me ordenaron.
La más pálida suspiró y se alejó como si los cristales no se le clavaran, como si no sintiera más que aburrimiento. Hizo un gesto hacia la guardia y corrieron a llevarse a la muchacha. Vasi caminó de vuelta a su silla dejando manchas de sus pies ensangrentados. No pasó más de un minuto antes de que los sirvientes limpiaran el suelo y otro se encargara de curar los pies de la princesa. La música volvió a sonar y Vasi se sirvió un vaso de un licor amarillento.
Arminda cambió el peso de un pié a otro llamando mi atención de vuelta. Esta noche llevaba una falda blanca y un corsé negro que apretaba su cintura sobre una camisa de seda. Tenía el corsé tan apretado que sus pechos parecían mucho más voluminosos y apenas se le notaba la respiración.
A veces me preguntaba si valía la pena luchar contra el aire y la comida para encajar en uno de esos.
Vasi pocas veces llevaba uno, su cuerpo no era tan delgado como lo que se solía esperar de una princesa, pero las opiniones nunca le habían importado. Tampoco es que estuviera gorda como a veces su madre le aseguraba. La princesa tenía un hermoso cuerpo curvilíneo, muslos grandes en comparación con su cintura que, por complexión se hacía más delgada, sus pechos llenos y hombros pequeños. Como decía la costurera tenía forma de triángulo por lo que buscaban agrandar sus hombros y disimular sus caderas, pero a la princesa le encantaba enseñar su piel blanquecina.
Arminda por su parte era mucho más pudorosa, rara vez le había visto las piernas, y los escotes los reservaba para ocasiones como las de hoy. Llevaba el cabello suelto en ligeras ondas naturales, enmarcando su delicado rostro. Ni una gota de maquillaje adornaba sus labios pomposos o sus ojos verdosos.
Arminda era la versión delicada y femenina de su hermano Osmon. Se podría esperar de gemelos.
Ambos los había conocido cuando llegué a palacio, 10 años atrás. Éramos niños, pero nuestros papeles ya se habían escrito, no teníamos más que seguir el camino que nos habían dado.
Osmon fue quien más entusiasmado se mostró ante mi llegada, para ese entonces él tenía 14 años y nunca había conocido a otra niña a parte de su hermana o la princesa. Yo apenas tenía 11 años pero Osmon me trataba como si fuéramos de la misma edad. Nunca pareció importarle que a pesar de conocer a la princesa desde que nació, fui yo la elegida para ser su mano derecha. Osmon se convirtió en uno de los más respetados guardias reales. Su hermana siguió el mismo camino, un poco más silenciosa.
"Soy culpable pero me sentenciaron inocente." Le dije a Vasi la noche en la que luchó por mi título y silla a su lado. La princesa lo había hecho en ese entonces para castigar a sus padres, pero algo dentro de mi me decía que también me quería a su lado.
— Dile a Vasi que me cansé de la fiesta, si es que recuerda que le acompañé — Le digo a Arminda mientras me giro hacia la salida.
Arminda no comenta nada, seguramente la princesa no se acuerde o no le importe que vuelva a desaparecer.
Camino por los pasillos casi vacíos de palacio, el sonido de los tacones sobre el mármol resonando a cada paso me hacían de todo menos inesperada. Uno de los soldados apostados en las puertas de salida a los jardines se gira e inclina ligeramente la cabeza a modo de saludo.
Salgo bajo la luz de la luna. El fresco aire nocturno me recuerda que llevo un vestido sin mangas. Tan escotado que se aprecia mi pecho casi al completo, pero por mi fina complexión no me preocupo, apenas puedo rellenar los corsés, razón por la que no suelo llevar. "Ojalá tener un cuerpo como el tuyo" había escuchado más de una vez por parte de doncellas o amigas de la princesa. Tenía un cuerpo envidiable para ellas, pero no tanto para un guardián, crear músculo era muchísimo más difícil cuando tu estómago se negaba a comer más de lo justo y tu cuerpo no podía almacenar suficiente grasa para quemar en combate.
El primer año practicando con espadas me quedé tan escuálida que se asomaban todos los huesos, podían hacer una clase de anatomía con mi cuerpo. Tardé alrededor de 1 año en recuperar voluminosidad a base de forzarme a comer más y horas de ejercicio, el músculo apareció, pequeño, pero ahí estaba.
Salí del camino de piedra para caminar directamente sobre el pasto, los tacones se hundieron en el barro más de una vez, pero no me los quité.
Adoraba la sensación de la falda ondeante al viento, en ráfagas pegándose a mis piernas. Respiré profundamente el aire fresco y el olor a los abetos y flores del jardín.
Podría vivir en medio de la nada, me encantaría de hecho.
Soñaba con vivir perdida más allá de las montañas, en alguna zona boscosa, pero no era más que un sueño. Me perdí entre abetos y pinos hasta abandonar los jardines. Estatuas blancas de mujeres adornaban el límite del bosque.
La oscuridad más pura se encontraba allí. Pinos y pinos altos tratando de acariciar el cielo ocultaban toda luz que pudiera reflejar la luna.
Arrastrada por la oscuridad me senté bajo una de las estatuas, su piedra fría atravesando la falda. Cada vena de mi cuerpo deteniendo unos segundos el flujo de sangre para volverla en un río de corrientes rápidas. Una gran bocanada de aire y la oscuridad me rodea. Como un tornado arrasa con las plantas y hierbas, me acuna en su frío abrazo y me consuela con su toque. Elevo mi mano tocando su negrura, la siento en mis venas, en mi piel, en mi estómago, es parte de mí, es una extensión de lo que soy.
Ella me controla igual que yo la controlo.
"estoy bien" pienso para que la oscuridad lo sienta. Para que lo crea. El silencio es mi sonido favorito. Respiro el olor a tierra y hierba recién cortada y al cerrar la mano las sombras se esfuman, bajo los árboles, las plantas, ocultas en mí y en el bosque.
— Sé que estás ahí — Musito. Si piensa que puede asustarme es que todavía no me conoce. Su arma va directamente a mi garganta. Estiro el cuello cruzando miradas. La sangre tan fría como el hielo. — Piensas que tengo miedo.
La mirada de Asier tan oscura como la noche se endurece. Sus gruesas cejas se cubren cuando un remolino de cabello negro se escurre por su frente. Aprieta la hoja sobre mi cuello y respira ondo. Sé que está buscando razones para no matarme, siempre lo hace. Mi piel se vuelve tirante cuando la sombra nota su ira, en un chasquido de dedos podría cambiar las tornas, pero no busco pelear con él. En vez de eso saco las palabras que más pueden irritarle.
— ¿Cuándo te cobrarás venganza? Estoy cansada de esperar.
Su mandíbula se aprieta y aleja el filo. Escucho un par de pasos a mi espalda y su respiración pesada. Ojalá tener la misma fuerza de voluntad que tiene él.
Si convivieras todos los días con la asesina de tu madre quizás habrías buscado ya una solución fácil y rápida de vengarte, sobretodo si esa asesina nunca lucha de vuelta.
— Te devolveré el favor — Su voz áspera busca colarse por las rendijas de las rocas, quizás esté hablando a la sombra, quizás a mí, quizás a las dos. En una promesa que nunca llega.
No tengo miedo, y él lo sabe. Puede que eso le irrite, pero el miedo desapareció de mí hace tiempo ya, y para cuando fue asignado a palacio, no quedaba ni una pizca de humanidad en la superficie.
Asier da unos pasos y se asienta en la escultura de mi derecha. Una escultura mucho más alta que él, de una bella ninfa sosteniendo un jarrón entre sus brazos desnudos. Asier ha crecido mucho en estos dos últimos años. Una incipiente barba se asoma en su mentón. Es mucho más alto que Osmon, quizás cerca de la altura de Reima, uno de los guardias reales que visita a la princesa cuando piensa que nadie le ve.
Asier tiene la piel pálida salpicada de lunares. Sus labios aparentan ser suaves como el terciopelo y sus ojos brillantes como zafiros pueden iluminar más que la luna. Tiene un cuerpo atlético, con ropas ajustadas de combate, que pocas veces cambia por atuendos de palacio. Una determinación férrea a ser más que un guardia, más que un espía.
Asier es todo lo que una familia en contra de la corona, no querría. Leal a sus principios, caballeroso, un luchador nato, un protector ...
La madre de Vasi lo nombró para ser un espía de la corte, el rey lo nombró guardia, otros dicen que es un soldado, parte de la infantería, la mayoría lo tratan como a un general. Nadie sabe qué es exactamente, pero sí, que es alguien que no quieres en tu lista de enemigos.
Algo que llegó tarde para mí.
— Deberías estar con la princesa Vasilissa — No es una pregunta. Algo parecido a una orden en su voz, pero ambos sabemos que no sigo órdenes.
— Vasi está entretenida con amantes, alcohol y música — Comento ante su mirada de desprecio por el mote de la princesa. Nadie que no sea un igual debería llamarla así, por supuesto, pero no me importa, a Vasi tampoco.
El silencio vuelve a reinar durante unos largos minutos. El sonido del aire moviendo las hojas y algún que otro crujido de animales en el bosque es lo único que atraviesa el viento.
Cuando el viento cambia de dirección noto el olor a menta proveniente de él. Quizás esté masticando alguna hoja para distraerse. Es extraño, pero cuando tiene la boca cerrada casi parece atractivo.
El pelinegro llegó al palacio hacía unos 3 años, después del ... incidente. Fue asignado a los barracones y no tardó más de unos meses en ascender una y otra y otra vez. La primera vez que nos cruzamos en los pasillos se lanzó a mi cuello. Trató de estrangularme con todas sus fuerzas a plena luz del día, justo delante de la madre de Vasi, delante del Rey y todos sus soldados. Seguramente fue un ataque de rabia, pero fue lo más estúpido que pudo hacer.
Mientras yo quedé con moratones en la base del cuello, el fué encerrado durante semanas y negado a alimentar por días hasta que suplicara por ello.
La vida aquí le había endurecido la piel, y su mirada de adolescente se había quedado muy atrás. Al cabo de los meses consiguió esa fuerza de voluntad de sólo chirriar los dientes o empuñar su espada cuando nos cruzábamos.
La tensión que desprendía siempre hacía que los guardias dieran un paso hacia delante. Más de una vez nos habían separado de una que otra pelea, siempre empezada por él.
Nos iba bien. Todo el mundo sabía que no podía matarme, todos sabían que desear mi muerte era una sentencia de muerte en su propia cabeza.
La princesa se divertía en sus ataques de ira, la reina se escandalizaba y los caballeros no se mostraban muy contentos. La indiferencia en mí sorprendía al mismísimo Rey.
En los últimos dos años Asier había conseguido tantos reconocimientos que estaba casi libre de desearme la muerte. Como su preocupación se había vuelto hacia la corona ya casi no había enfrentamientos entre nosotros. Y digamos que cruzarnos en el jardín no era algo extraño, sólo fingimos que no nos habíamos visto.
Hoy Asier debía estar muy enfadado por algo que no tenía que ver conmigo para haberme puesto un cuchillo en el cuello.
Mi mirada se enfocó en la oscuridad ondeante del bosque, y en los leves rayos de luz, que la plateada luna atravesaba. En la noche podían distinguirse dos figuras danzantes. Dos amantes seguramente.
Un chasquido de lengua por parte del pálido me indicó que también los observaba. ¿Alguna vez haría algo propio de su edad? ¿Habría jugado con las doncellas igual que lo hacía Osmos? ¿ O era alguien que le gustaba la adrenalina como a Reima?
Sacudí la cabeza. Un hombre era un hombre, todos sucumbían a los deseos, ya fuera más excitante o menos. También lo hacían la mayoría de damas de la corte. Por no hablar de los juegos que se traía entre manos la mismísima princesa o los amantes de la reina.
La pareja frente a nosotros se movió en la oscuridad. Siendo tragados por ella, pero podía sentirlos, sentía su movimiento, sus respiraciones. La sombra siempre estaba activa, siempre me susurraba los secretos que se ocultaban en ella. Como un sexto sentido siempre podía sentir todo a mi alrededor, nada me pillaba por sorpresa. Por muy silencioso que fueras, la sombra me advertía de tu presencia, ya fuera la sombra en tu ropa, en tus pies, la sombra bajo el banco frente a tí. Ella tenía ojos en todas partes.
Un movimiento captó la atención de la sombra, helándome las manos y los pies. Acechando a la pareja la sombra me advirtió de algo mucho más grande que un ciervo, más fuerte que un jabalí, más rabioso que las ratas.
Me incorporé deprisa mareandome en el acto. La pareja no sobreviviría, me susurró el viento. Asier se movió.
Podían considerarme una alarma humana. Era mucho más útil mantenerme viva, por mucho que le doliera.
La pareja gritó, y sonó el crujido seco de los cuerpos al caer. La espada de Asier brilló en la luz lunar. Las criaturas oscuras nunca se acercaban a palacio, y nunca iban solas.
Pero siempre había una excepción para la regla.
— Busca a los guardias — Me pidió. Aparté la mirada del bosque hacia la suya. No había discusión y punto, eso decía su mirada.
Suspiré ante mi pequeño rato de descanso y recorrí el camino de vuelta a desgana.
Nada más cruzar la puerta le comuniqué a los caballeros, que no tardaron en dar la voz de alarma.
Subí las escaleras, cruzando pasillos blancos, jarrones con flores, ventanales y puertas enormes hasta llegar al dormitorio de la princesa.
Sonidos obscenos flotaban en el pasillo, atravesando la gran puerta cerrada, no me molesté en llamar. Vasi nunca cerraba la puerta con llave.
Y allí estaba ella, en su gran lecho con una chica morena pegada a su cuello y un joven besando su abdomen. Enroscados en extremidades, ropa y sábanas no se molestaron en mirarme.
Suspiré ante el olor del fuego mezclado con alcohol y sexo. La princesa gozaba de excederse en todo lo que le resultara divertido o interesante.
Tosí llamando su atención, y la chica que como sanguijuela se pegaba a su cuello gruñó. Caminé cerca de la ventana, atravesando la habitación hasta dejarme caer frente a uno de los sillones. Dejé mi mirada en las llamas, no afectada ya por los sonidos.
— Deberías dejarlo para otro momento — Dije cansada. — He avistado movimiento en el bosque.
La rubia lloriqueó una queja antes de despedir a sus amantes, prometiéndoles una segunda vez pronto. Escuché la tela escurrir por su piel antes de que se sentara a mi lado abrochándose un fino camisón de satén.
El fuego se avivó y luego se redujo a brasas. Puse los ojos en blanco y la miré. Su lisa cabellera rubia caía por debajo de su pecho, sus labios rojos estaban corridos por los besos y tenía manchas en la piel por otros labios. Su camisón negro resaltaba la piel tan blanca que parecía sacada de un cuento de hadas.
Algo propio de una futura reina de Neráides. Un continente entero.
— Entonces encontraste alguna bestia oculta — Dijo avivando de nuevo el fuego con una simple mirada — ¿qué eran? ¿Fóvos? ¿Aímas? ¿Un Phychí perdido?
— No lo sé. No tuve tiempo de verlo antes de que Asier me dijera que llamara a los guardias. — Suspiré. La princesa enarcó una ceja y me sonrió.
Le encantaban las historias que tuvieran que ver con Asier y yo solos en cualquier lugar.
—Interesante — Se inclinó hacia mí, haciendo que el cabello se deslizara a un costado, y exponiendo un reciente moratón en el hombro.