Capítulo 1
La mirada de esos ojos azules, carentes de brillo y vida, la dejan paralizada. Athena se estremece, y una gota de sudor resbala por su húmeda frente.
—¡Athena! ¡Athena! —escucha a lo lejos, sin embargo, por más que quiere abrir los ojos no puede, por más que quiere moverse no puede. Es solo hasta que unas grandes manos la sujetan por los hombros y la zarandean ligeramente que ella abre los ojos.
La espesa oscuridad inunda el lugar, y por un momento cree que sigue dormida. Con lentitud se incorpora y escanea el sitio. A su derecha, una enorme ventana cubierta por pesadas cortinas evita que la luz de la luna entre; a su izquierda, un enorme armario atraviesa de extremo a extremo la pared; y frente a ella se encuentra un lujoso tocador de caoba. Pero a pesar de haber dormido ahí gran parte de su vida, desconoce el espacio.
—¿Athena?
Lentamente, voltea a ver a quien la está llamando. Milo, a su lado, la observa con una intensa preocupación. Athena cierra los ojos, “es cierto, estamos en la mansión”, se dice mientras recuerda que hace unas horas ella y tres de los cinco santos dorados llegaron a Japón para ver algunos asuntos referentes a la fundación Kido. Y aunque siempre son los santos de bronce quienes la acompañan en estos asuntos, esta vez fueron los santos dorados los que tomaron aquella misión.
—¿Ha ocurrido algo? —al fin pregunta, pero Milo se toma su tiempo sin contestar, aún sin apartar la mirada de la diosa—. ¿Milo?
Cuando Athena abre nuevamente los ojos, Milo suspira y desvía la mirada, avergonzado.
—Su cosmos… —Milo respira profundamente para después arrodillarse frente a Athena—. Me disculpo si la he importunado, es solo que su cosmos parecía estar alterado y eso nos ha despertado. Creímos… creímos que estaba en peligro.
Athena suspira y voltea hacia la puerta; ahí están Mu y Aioria que, al igual que Milo, ya han entrado a la habitación para comenzar a buscar cualquier indicio de peligro. Ella sabe cuál es la razón de que su cosmos pusiera tan tensos a sus santos, aun así, se debate si decirles.
—No ocurre nada. Creo… —Athena nuevamente suspira—. Tuve una pesadilla —dice avergonzada—. Hace mucho que no vengo a la mansión de mi abuelo, puede que se deba a eso.
—Entiendo —responde Milo, no muy convencido, y volteando a ver a sus compañeros quienes asienten cautelosamente, señal de que todo está en orden. Milo suspira y regresa la mirada a Athena—. ¿Quiere que le traiga algo? —pregunta, más para desvanecer, por lo menos un poco, aquel incómodo silencio—. ¿Un vaso de agua?
Athena niega.
—Bien, entonces nos retiramos.
Con una ligera reverencia, Milo, Aioria y Mu salen de la lujosa habitación. Ya a solas, Saori se levanta de la cama y camina hacia la enorme ventana. Recorre las cortinas dejando ver una enorme luna llena que ilumina el cielo nocturno.
“No falta mucho”, piensa mientras observa la luna y cierra su mano en puño sobre el pecho. “No falta mucho”, se repite al mismo tiempo que un inexplicable terror invade su pecho y las ganas de llorar inundan sus ojos.
“Nuevamente, un mar de sangre bañará la tierra y a mis caballeros”.