Introducción
"¿Qué fue eso?"
Érase una vez en las calles lluviosas de Nueva Donk, un grupo de chicos grandes y fortachones entre doce y catorce años rodeaban a un simple niño. Aunque aquel niño era evidentemente alto, también era muy delgadito y con apariencia de menor edad que los victimarios.
El chico suplicaba y suplicaba que lo dejaran en paz, aunque en una de esas el líder de los matones tomó una vara de metal que encontró en el callejón a un lado del cubo de basura y se le pintó una sonrisa mezquina y aterradora. La víctima simplemente tragó saliva de tan solo imaginarse lo que le depararía.
El resto de los chicos miraban a su alrededor en caso de que se acercase algún adulto o individuo mayor que ellos, para ellos avisar a su líder y echarse a correr. Pero no, como siempre en estas solitarias y tristes calles de Nueva Donk lo único que había era el viento arrasador de octubre y gatos hambrientos rodeando el callejón sin salida solo en busca de comida.
—Ay... ¿por qué no esperé a Mario? — Se cuestionaba aquella víctima en su mente.
—Como hoy no nos diste nuestro almuerzo... te va a tocar tu castigo. — Empezó a hablar el chico quien se acercaba lentamente a su víctima.
—Por favor no me hagas nada... hoy mamá no tuvo la oportunidad de hacernos de comer, no fue mi culpa. — Dijo llorando el pequeño y triste niño de cabello castaño.
—¿Y dinero? ¡Si no tienes almuerzo, mínimo te tuvo que dar algo de dinero! — Dijo más enfadado y lo tomó del cuello de su camiseta.
—No nos dio dinero... no tenía para darnos en esta semana. — Argumentó de vuelta, con un poco más de miedo y dificultad por la posición en la que estaba.
—¡Mientes, verde!
Lo soltó del cuello y con mucha impotencia le dio un varazo en la parte de su abdomen, quien quejó muchísimo del dolor. Y, por si fuera poco, los quejidos del pobre y pequeño Luigi no le pareció lo suficiente para estremecer el corazón de piedra del victimario, al contrario, eso le daba más satisfacción y se reía por lo "patético" que se veía ante sus insensibles ojos.
—Ay, ¡ya siéntate por favor! — Le dio una patada, arrojándolo contra el suelo — Me causas tanta rabia... ¿por qué tuviste que existir? ¿¡Te das cuenta de que por tu culpa me quedé sin postre en la hora de receso!?
Lo golpeó nuevamente y el chico se hizo bolita para evitar que dolieran aún más sus golpes, solo sollozaba mientras le cometían el acto. Algunos de los amigos del victimario se empezaron a reír, diciendo palabras hirientes como "cobarde", "bueno para nada", "estúpido", "idiota" y sinfín de palabras más.
—Y me vienes con la excusa de que según no tienes dinero mientras pones esos ojitos de perro moribundo y en vez de causarme lástima, ¡me provocas risas! Patético-
—Em, creo que esta vez el verdecito tiene razón... ¿qué no ves que su familia es muy pobre? Solo mira las fachas que tiene este imbécil... ¡no le alcanza ni para sus calzoncillos! — Mofó uno de los matones y se empezó a reír.
Sus compañeros comenzaron a atacarse de la risa también, e inclusive el propio líder quien usualmente detiene esos momentos de "gracia". Esto le provocó una gran rabia al chico Luigi, porque podría soportar cada uno de los malditos golpes que le daban diariamente, pero... ¿meterse con su familia? ¡Eso sí que no lo iba a permitir!
Tomó todo el coraje que tenía, aunque su cuerpo de diez años estuviese frágil y lastimado no fue impedimento de sacar ese coraje y darle un gran puñetazo a su contrincante mayor, quien sorpresivamente sufrió por el impacto y el ambiente se quedó en silencio. Empezaron a derramar gotas de sangre, saliéndose de las fosas nasales del chico, poco a poco se escuchaban murmullos y unas pequeñas risitas pero ahora hacia el victimario.
Esto lo hizo avergonzarse y a la vez enojarse. Intentaba respirar profundo para tratar de tranquilizarse y no cometer un acto atacante fuera de lo "normal", aunque solamente bastó ver los ojos azules y asustadizos del pequeño Luigi...
Estalló de la ira.
—¡Eres un imbécil! — Lo acorraló nuevamente a la pared — ¡No sabes la maldita mierda que te espera!
Justo en ese momento el clima empezó a empeorar, la lluvia era más intensa y los rayos empezaron a notarse.
Aun así, eso no importaba, pues el chico apretó la vara de metal y estaba a punto de darle el gran golpe de su vida, aunque el astuto chiquillo ya tenía previsto ese ataque y trató de evitarlo, forcejeando con éste mientras tomaban la misma dicha vara de metal.
El chico mayor no lo comprendía, ¿de repente se volvió fuerte el niño de diez años? ¿O por qué alguien de esa edad parecía tener más fuerza contra alguien de trece años?
—¡Ya acábalo, Brice! — Gritó un chico mientras veía el forcejeo.
—Le estoy dejando que se luzca un poco... ja, ja. — Expresó intentando disimular sus nervios.
El pequeño Luigi frunció el ceño y apretó la vara de metal con todas sus fuerzas, a tal grado de gritar de dolor mientras intentaba empujarlo. Esto solamente provocó risas al resto, tanto que se empezaron a descuidar sobre si se acercaba alguna persona o Mario; el hermano de Luigi. El tal Brice estaba muy nervioso porque se veía que no podía con tanta fuerza del chiquillo.
Sin embargo, todas esas risas y abucheos para Luigi se esfumaron porque todos fueron testigos del cómo un pequeño rayo de tonos verdes empezó a esparcirse por la vara, apuntando hacia Brice y provocándole una gran descarga eléctrica en su cuerpo, desmayándolo al instante. Los chicos rápidamente miraron hacia arriba o tratar de entender cómo fue que sufrió dicha descarga, el pequeño solamente se asustó y soltó la vara de metal, mirando sus pequeñas manos y viendo como peculiarmente desprendían chispitas alrededor de éstas, de los mismos tonos del rayo. Las cerró y las apretó levemente donde él mismo fue testigo de cómo se acumulaba nuevamente esa energía "verde".
Eso lo asustó aún más, dio un sobresalto y escondió sus manos en sus bolsillos, iba a aprovechar fugarse de ahí ya que los matones estaban distraídos intentando despertar a su líder. Pensaba que lo iba a lograr, hasta que sintió como alguien tocó su hombro y volteó lentamente, sintiendo muchos nervios.
—Tú no viste nada...
—¿Ah?
Antes de hablar, recibió un puñetazo en su rostro, lo suficientemente fuerte para dejarlo inconsciente. Lo último que recordó antes de cerrar sus ojos fue a todos los chicos llevarse a arrastradas a Brice desmayado.
A unos cuantos metros del callejón sin salida, una pequeña niña rubia de siete años iba caminando junto con quienes parecían ser sus "padres", los tres protegiéndose de la lluvia con sus respectivas sombrillas. La pequeña le contaba de temas casuales como juguetes, su programa favorito... hasta que los tres vieron al niño inconsciente en las afueras del callejón.
—¡No puede ser! — Exclamó la mujer angustiada.
Los adultos se acercaron al niño, aventando sus paraguas al suelo. Intentaban reanimarlo, dándole ligeras cachetadas hasta que por fin despertó, muy adolorido por los golpes, por cierto.
—Uh... ¿e-en dónde e-estoy? — Preguntó en un tono bajo y poco a poco abría sus ojos.
—¿Estás bien? — Preguntó la niña al asomarse un poco.
Al inicio se asustó al notar rostros extraños cerca de él, levantándose de golpe, pero se cayó nuevamente.
—Ten esto, te protegerá de la lluvia. — Dijo de forma amable el señor treintañero.
Le entregó la sombrilla que había tirado al suelo, quien dudosamente aceptó el chico. La mujer lo ayudó a levantarse, de ahí sintió un poco más de confianza.
—Protégete de la lluvia... — Dijo la niña al intentar darle su paraguas.
—No, mi amor... tú protégete. — Le regresó el paraguas a la chica, después miró a Luigi, arrodillándose para estar a su altura — ¿Sabes cómo regresar a tu casa?
—S-Sí... — Asintió levemente.
—¿Cómo fue que terminaste así, cielo? — Preguntó la mujer en un tono angustiado y dulce a la vez.
De tan solo recordar cada golpe, cada risa burlona le daba un profundo miedo, aunque no tanto el como aquel poder que en algún momento tuvo en sus manos.
Desvió la mirada, diciendo:
—Me caí y me pegué con la pared, es todo.
—No creo que sea una simple caída... — La mujer comentó en un tono dudoso.
—S-Solo quiero regresarme a casa... es todo.
—¿Si sabes en dónde vives?
—Sí... me sé el camino perfectamente. — Le respondió con seriedad al señor.
—¿Por qué no lo acompañamos para que no vaya solito? — Preguntó inocentemente la niña de siete años.
—No, no gracias... así estoy bien. — Comentó Luigi de forma penosa.
—Insisto yo también, te acompañamos hasta tu casa... porque un niño como tú no debería de estar solo a estas horas. — El hombre explicó — Ya está oscureciendo y siempre hay mucho peligro por aquí.
—Aunque sea caminamos detrás de ti para que no sufras otro accidente. — La mujer esbozó una sonrisa.
Si ellos tres iban detrás del chico como forma de defensa, quizás los matones no tendrían la forma de como molestarlo. Después de tanto dudarlo, accedió a la propuesta y empezó a caminar, guiándolos a su hogar.
Después de algunas cuadras recorridas, llegaron justo al frente de una pequeña vecindad, con aspecto cutre, pero eso era lo único para sobrevivir en esta ciudad. Los adultos se sorprendieron un poco por el ambiente que había en la manzana; en una casa había personas fumando una dudosa hierba, otros tomando sustancias nocivas y gritando como locos, grupos de pandillas "charlando" con un sujeto muy extraño que estaba entregando ciertos productos que no eran de muy buena espina.
—¿Por qué esta persona le sale espuma en su boca? — Preguntó la niña al señalar directamente el sujeto.
Y en efecto, había un hombre vagabundo que se retorcía en el suelo mientras le salía espuma por su boca, pero lo más sorprendente de esto es que a las personas de afuera no le parecía interesarle en lo más mínimo. El hombre cubrió los ojos de la niña sin darle respuesta alguna ante su pregunta.
—¿En qué casa vives, cielo? — Preguntó la mujer asustada, intentado evadir lo que acontecía con el hombre vagabundo.
—¡En esta! — Apuntó hacia el frente.
Había señalado una pequeña casa de madera, algo deteriorada, pero su aspecto decorativo no estaba tan mal del todo. El niño corrió alegre hasta llegar al frente de su puerta, entregándole la sombrilla prestada al señor, quien sostuvo con fuerzas la mano de su pequeña y ellos junto con su esposa persiguieron al niño, pero en un paso más calmado.
—¡Mamá, soy yo! — Gritó el niño mientras tocaba fuertemente la puerta.
A los pocos minutos la puerta fue abierta por una mujer de cabellera castaña, con ojos azules y grandotes como los de su hijo. Llevaba una camisa holgada y sin mangas de color blanco, donde se podía apreciar muy bien su brazo izquierdo lleno de tatuajes y también portaba un pantalón roto de mezclilla y de calzado unas botas negras y grandotas.
Su pelo lucía despeinado y su rostro abatido, al parecer la mujer había trabajado mucho, pero esas expresiones se esfumaron al ver a su hijo faltante.
—¿¡Qué demonios te pasó, hijito!? — La concertada mamá dijo al abrazarlo con mucha ternura — ¿¡Quiénes te hicieron eso!?
—N-Nadie... yo me caí solito por andar jugando en las calles. — Respondió el niño apenado.
La mujer vio a los sujetos y a la niña que los acompañó Luigi, no entendían porque estaban con él. Los adultos notaron la inseguridad de la mujer e inmediatamente uno empezó a explicar:
—¡Oh, lamentamos la rudeza de no presentarnos! Mi nombre es Claudia y él es mi esposo Pascual.
—Lo encontramos inconsciente bajo la lluvia y lo encaminamos para que llegara a salvo a su hogar. — Su esposo Pascual añadió.
—Oh, la verdad desconozco por qué mi niño no llegaba a casa, siempre ha sido muy puntual con su hermano. — Dijo mientras le acariciaba la cabellera a su hijo — ¿Por qué no me esperas a la sala para curarte tus heridas? Te preparé unas deliciosas galletas de mantequilla, ¡anda cielo!
Luigi entró a su hogar con una sonrisa, a pesar de que la mayor parte del día fue una completa desgracia. Solo le bastaba ver a su mamá esperándolo como siempre hacía desvanecer todos esos momentos malos.
—Les quiero agradecer mucho, estos barrios son peligrosos para mis niños... pero tampoco no tenemos en que caernos muertos. — Comentó la mujer en un tono agobiado — No es la primera vez que mi hijo viene golpeado, pero por más que le suplico que me cuente la verdad, ¡él simplemente no quiere decir! Siempre viene con la excusa de que se lastimó... lo digo para que ustedes tengan algo de cuidado con su niña-
—Lo tendremos en cuenta, igual te aconsejamos que vigile más a su hijo... porque sí está muy lastimado. De seguro unos bravucones le hicieron eso.
—No lo dudo, por el barrio andan niños muy malcriados... en fin, nuevamente gracias por la preocupación que le pusieron a mi hijo ¿no quieren una galletita o un vaso de agua? ¡Lo que ustedes desean!
—No, estamos absolutamente bien... muchas gracias. — Respondió la mujer con una sonrisa amable.
Los adultos se retiraron del hogar junto con la niña. La mujer tatuada se dirigió con su hijo, sentándose a un lado de él.
—¿Cómo fue que "te caíste"? — Preguntó la mamá.
—E-Ehh... pues sucedió. — Respondió desviando su mirada.
—¿Estás seguro? — Preguntó nuevamente en un tono más angustiado.
—¡Que sí, mamá! — Respondió un poco enfadado — Por andar saltando entre las calles y paredes hice un mal movimiento, me caí y me golpeé varias veces.
—Espero que me estés contando la verdad... — Su mamá comentó en un tono serio.
—¡Hola bro! ¡Hola Louise! — Interrumpió una voz de niño.
Era nada más ni nada menos que:
—¡Mario! — Se alegró su hermanito Luigi al verlo.
—¡Mario, soy tu mamá! — Su madre recalcó enfadada.
—Ups, lo siento... ay bro, ¿¡qué demonios te paso!? — Mario preguntó más sorprendido que horrorizado.
—Me "caí" ... larga historia. — Respondió en un tono extraño.
—Entiendo... — Mario respondió serio intentando controlar el enojo apretando sus puños.
Después de aquella conversación, pasaron los minutos, la cena... ya era el turno de dormir. Los chicos ya estaban preparados para dormir, tenían su pijama puesto y se cepillaron muy bien los dientes, ambos se dormían en una misma cama, por lo que al momento de acostarse Mario inició un tema de conversación:
—Ahora sí ya dime... ¿qué demonios te hicieron esos cobardes? ¿Te quisieron robar más dinero, comida? ¿O por qué te golpearon?
—Por más que intentaba defenderme no podía, eran seis contra uno... me dieron muchos golpes-
—No pues eso sí se nota Weegie... ¡te dije que me esperaras!
—La verdad sí debí hacerte caso...
Se levantó la mitad de su blusa donde se mostraban aún las marcas de la vara de metal y los moretones... al ver todo esto le provocó una gran rabia a Mario.
—¿¡Quién de todos los imbéciles fue el que te hizo eso!? ¡Porque a ese me lo voy a partir en mad... cuadritos!
—¡Mario no seas tonto! — Interrumpió Luigi intentando acallarlo — No vas a poder contra Brice, él es mayor que nosotros y es muy agresivo...
—Ay, ¡Brice es el más inútil de todos! ¡Va a ver el día de mañana, se va a arrepentir de haber tocado a mi hermano!
—Ay hermanito... insisto, no hagas nada, ¡te va a ir peor!
—Eso estará por verse mañana... — Dijo igual de decidido y enfadado.