Fantasía

Summary

El es un talentoso mago, ella una curiosa hada. Se encuentran por casualidad cuando el la ayuda de unos malvados humanos. Nada podría salir mal ¿Cierto?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1



Era una noche fría y otoñal en el bosque de Gravity Falls, la brisa soplaba fresca y la cosecha era abundante. En lo más profundo, en cierta cabaña a simple vista, acogedora, hogareña, que parecía fundirse con un gran y frondoso pino vivía la familia Pines, linaje de hechiceros poderosos por parte de los hombres y sabias hadas por parte de las mujeres.

La familia constaba de Stanley y Standford, dos magos gemelos, mayores y poderosos, no era muy usual el nacimiento de gemelos entre los magos, pero era aún más raro el nacimiento de mellizos; Dipper, el gemelo menor, hechicero como su padre y sus tíos, aún era aprendiz, pero era muy dotado para su corta edad de quince años. En cambio Mabel, la mayor por siete minutos, era una hermosa hada, como su madre y su abuela. Había obtenido sus alas a la edad de siete años, como cualquier hada normal.

Dentro de una semana celebrarían Mabon, también conocido por el equinoccio de otoño, donde se celebra la cosecha y la vida, donde se harían peticiones de protección para el invierno y abundancia para la primavera.

Mabel se levantó ese día temprano emocionada, debía buscar las mejores manzanas para la celebración.

-Buenos días Calabaza.- Saludo su tío Stan mientras preparaba el estofado.

-Buenos días niña.- Saludo Ford mientras se servía un vaso de jugo de arándanos.

-Mabel, querida ¿Cómo amaneciste?- La saludo Melody, una ninfa del bosque que muy amablemente solía traerles fruta fresca.

-Muy bien tía Mel, gracias.- Respondió la joven hada

Melody no era realmente tía de los gemelos, ella era esposa de Soos, un brujo huérfano que creció entre mortales, por ello no tenía mucho conocimiento del mundo de la magia, pero gracias a las casualidades del destino, Stan lo hizo su aprendiz cuando era muy joven, posteriormente lo adoptó como su hijo, uniéndose así a la familia.

-No olvides que tu y Dipper deben escoger sus ofrendas.- Recordó Melody.

-Si tía Mel, llevaré vino y uvas de la reserva del tío Stan.- Dijo Dipper de buena gana.

-Mmh, pero no muchas.- Dijo Stan disimulando en un tosido.

-Yo iré a buscar manzanas, de hecho, justo estaba por salir a cosechar algunas.- Dijo ella volando hacia la puerta.

-¿Irás al manzano que está cerca del lago?- Pregunto Dipper, tratando de parecer desinteresado.

-¿Por qué preguntas? ¿Por si me encuentro con Pacífica?- Le vio ella con ojos chiquitos, provocando que el se sonrojara.- Jeje le mandare saludos de tu parte ¡Ya me voy!-

La joven salió volando, literalmente, sabía que no muy lejos del lago crecían unos deliciosos manzanos, así que si bien podía recolectar para el Mabon, podría tomar otras más para su familia. Mientras volaba por el bosque, su tamaño se redujo al de un ser diminuto, casi de un ratón, no quería ser vista por humanos, pues si le temían o se fascinaban con ella, en ambas podría correr peligro. Por suerte estaban lejos de cualquier aldea humana.

-¡Mabel ¡Hola!- Escuchó una energética voz.

-¡Wendy!- Se alegró al ver a la dueña de dicha voz. Se trataba de una dríada de hermosa belleza, vestida con una túnica marrón atadas con cintas doradas, siendo lo más llamativo su hermoso cabello rojo, aunque lucía algo opaco, no le quitaba belleza. Era normal, pues el cabello de las dríadas cambiaba conforme a la estación y volvería a tener un rojo intenso durante la primavera.

-¿Saliste a buscar ofrendas para el Mabon?- Preguntó mientras alzaba su mano para que la pequeña hada se posara en ella.

-Si y se justamente que serán, unas deliciosas manzanas.- Exclamó dando una pirueta para aterrizar en su mano.

-Grandioso, yo en un momento me reuniré con mis compañeras para terminar de armar los cestos.-

-¿Mañana podré llevarte las ofrendas? Ya sabes, para que ustedes las tengas listas para colocarse en el altar.-

-Claro. Te dejó entonces, tengo cosas que hacer, pero fue un verdadero gusto toparme contigo.- Dicho esto entonces, Mabel le sonrió y volvió a emprender el vuelo a su destino.

Antes de ir hacia los manzanos, pasó por el lago a saludar a su mejor amiga, Pacífica, una bella ondina, una ninfa de agua dulce. Tarareaba una apacible canción mientras se peinaba su cabello rubio a la orilla del lago, contemplando su reflejo.

-Hola Pacífica ¿Vanidosa como siempre?- Se burló mientras volvía a su tamaño normal.

-Muy graciosa Mabel. ¿Soy yo o tu hechizo para hacerte grande no funcionó?- Contra atacó la rubia, haciendo referencia a que no hace mucho, Dipper la había superado en estatura. La castaña solo le saco la lengua.

-¿Irás a la celebración de Mabon?- Preguntó ella volando a su lado.

-Claro que sí, será divertido. Amm... ¿Dipper ira?- Preguntó aparentando sonar casual, pero Mabel la miró con ojos sospechosos.

-Tal vez.- Le dijo ella, provocando que la ninfa se sonrojara.- Boba, ya admite que te gusta.-

-Es un buen mago y lo admiro por eso, es todo.- Replicó cruzándose de brazos.

-Ajá.- Le dijo sarcástica.- Y el cielo es color verde.-

-Por cierto, entonaré una canción para el festival, ya sabes, para avivar el ambiente.- Dijo Pacífica intentando cambiar de tema.

-¿Enserio? ¡Cántala!- Se entusiasmó el hada, olvidando la burla por los sentimientos de la ninfa hacia su hermano.

-¿Y arruinar la sorpresa? ¡Ni hablar!- Rio juguetona, solo lo había dicho para desviar el tema y su amiga había picado.

-No es justo, ustedes los elementales de agua son muy celosos de sus canciones.- Dijo en un puchero por el alboroto que le provocó su amiga.- Ojalá cantara tan bonito como ustedes.-

-Vamos Mabel, sabes que cantas precioso, la voz de un hada es inigualable.- La animó la ondina.

-Si, pero sabes que nada se compara con las voces de los elementales agua.- Dijo con admiración.

-Ya, pero no quita el hecho de que cantes hermoso. No te desanimes, tal vez para Samhain podamos preparar un dueto.-

-Y espero que para ese entonces tu y mi hermano se decidan, en serio, son peor que los humanos indecisos.- Dijo ella, dando a entender que no olvidó el tema del todo.

-Ehh...- La pobre ninfa estaba más roja que una amapola.

-Tranquila, te dejare meditar como se lo dirás porque se que el bobo de él no dará el primer paso y tendrás que hacerlo tu. Tengo que ir a recolectar manzanas.- Le dijo guiñandole un ojo con una sonrisa traviesa, Pacífica no respondió y solo hundió la cabeza en su túnica azul, completamente roja.

Mabel volvió a emprender vuelo, llegando por fin al dichoso manzano, no muy lejos del lago. Vaya suerte, todas las manzanas estaban maduras, tan rojas y brillantes como la sangre, dando un aspecto apetitoso que incitaba a morderlas. Voló cerca de la copa y comenzó a cortar las más rojizas, guardándolas en un bolso de cuero. Pensó en lo que dijo su amiga acerca de su canto, por lo que sin pensar, comenzó a entonar una pequeña canción.

-Escucha el susurro de las montañaste llevaré a un lugar encantadoadéntrate en bien, no tengas temoryo te guiaré hasta su corazón.-

-En sus bosques te perderásexcitado por la magiay la brisa del mar que, acariciaratu rostro al caminar.-

Su voz era tan angelical, tan pura, capaz de hipnotizar a cualquiera que tuviera la suerte o desdicha de cruzarse con ella.

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“¿Qué es ese cántico?”

Y fue justamente aquello lo que atrajo la atención de un poderoso mago de cabellera larga y dorada que merodeaba por la zona. A pesar de su fría e indiferente apariencia, ni siquiera él pudo resistirse al escuchar tan divina voz, no queriendo permanecer en la incertidumbre, se adentró con tal de escuchar a quien le pertenecía tan maravillosa voz.

-Así que es un hada de los bosques.- Susurró para sí, escondido tras la vegetación mientras contemplaba a la joven castaña revolotear sobre el manzano.

Normalmente él habría continuado su camino, siéndole indiferente la presencia de aquella criatura, pero inevitablemente quedó cautivado con su voz y su apariencia inocente y delicada.

Justo cuando la chica estaba por terminar su labor, el mago sintió cambiar la atmósfera de una manera extraña, algo no andaba bien.

-Listo, creo que con estas bastará. Seguro que el tío Stan querrá comer unas cuantas antes de la ofrenda.- Dijo Mabel para sí, ignorando aún la presencia del mago.

Una flecha salió disparada impactando en el omóplato izquierdo de la chica, muy cerca de su ala. La pobre emitió un alarido de dolor antes de terminar desplomada en el suelo, dejando caer su bolsa con todas las manzanas que había recolectado.

-¡Un hada!- Escucho la voz de un hombre.

Cazadores, despreciables humanos hambrientos de avaricia, solo esa clase se atrevería a adentrarse tanto en el bosque para profanarlo en busca de criaturas y tesoros, anhelando cosas que ellos jamás podrán tener.

Vio como estos se acercaron a reclamar su “presa”. Esto enfureció al mago. Si bien, le eran indiferentes lo que le pasara a las demás criaturas, no había cosa que le molestara más que los humanos negándose a reconocer su lugar y metiéndose en asuntos de la magia que no les correspondían.

Pronunció una oración en latín, provocando que los árboles alrededor comenzaran a crujir, los cazadores se alertaron por el repentino cambio, cuando ¡BAM! Una rama de un árbol golpeó fuertemente al que estaba cerca de Mabel, mandándolo a volar casi cinco metros de donde estaba. Los demás hombres corrieron despavoridos, pero de todos modos, las ramas hechizadas no tuvieron piedad. ¿Qué fue de ellos? ¿Estaban bien? ¿Malheridos? ¿Muertos? No le importaba.

Camino hasta la pequeña hada inconsciente, faltó poco para que la flecha rompiera su ala, pero si intentaba volar, sin duda aquello pasaría. Observó más de cerca aquellas facciones tan angelicales e inocentes, parecía hecha de porcelana. Algo sentía crecer dentro de él, pero no sabía explicar que, aquella criatura lo atraía de una manera extraña, por lo que la tomó en brazos y partió.

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Se encontraba abrazada por la calidez y comodidad de su cama, era tan mullida y estaba tan a gusto como para no despertar nunca, pero luego noto que algo andaba mal ¿Un cobertor de piel? Notó también que su almohada era mullida y cómoda, pero estaba hecha de tela y rellena de plumas. Su cama estaba hecha con una rosa que agrandó gracias a su magia y usaba varios pétalos como cobija y su almohada era de hojas entretejidas, rellenas de lavanda y romero. Por lo que inmediatamente supo que no era su casa. Abrió los ojos con pesadez y vaya sorpresa que se llevó.

Estaba en una cama de dosel, con hermosos bordados, una habitación con paredes de piedra y varios tapices en las paredes, la luz apenas se filtraba a través de los vitrales en las ventanas, parecía ser un castillo. No recordaba cómo había terminado ahí y temía averiguar el porqué. Por instinto replegó sus alas, pero un dolor punzante se hizo presente desde su omóplato izquierdo hasta casi la base de la columna y un poderoso tirón de su brazo izquierdo.

Esto la asustó, puesto que un daño así podría costarle su capacidad de vuelo. Se levantó de la cama, sintiendo el mullido tapete aun lado de esta. Dio pequeños pasos hasta llegar a la puerta, la cual estaba abierta, sintió escalofríos cuando se le acabó el tapete y tuvo que pisar las frías baldosas de piedra; normalmente estaba acostumbrada al calor de la madera o a la frescura del bosque. Se dio cuenta que tenía una bata blanca de dormir muy ligera y se sonrojó al pensar quien la había desnudado.

AL salir, se percató que el lugar en el que estaba era como un castillo de cuentos, pero no exactamente de los buenos: estaba oscuro, apenas iluminado por la luz que se colaba por los vitrales y algunos candelabros, había cuadros de lo que parecían ser magos importantes decorando algunas paredes y varios tapices, algunos con diseños de patrones de la naturaleza y otros relatando historias.

Dio media vuelta, intentando buscar la salida, pero para su sorpresa, choco contra alguien, una persona alta, ataviada con ropajes elegantes de negro con dorado y algunos tonos ocre. Alzó la mirada, encontrándose con un hombre de larga cabellera ondulada y rubia, piel ligeramente bronceada, un parche en el ojo derecho y el izquierdo una hipnotizante iris ámbar con la pupila rasgada como la de un felino.

-Ah ya despertaste.- Dijo el.

-¿Q... quién eres?- Preguntó ella nerviosa, temerosa de aquella imponente persona.

-Soy un hechicero.- Dijo de forma pretenciosa.- De los más poderosos que llegaras a conocer, pequeña hada. El gran Bill Cipher.-

Mabel sintió miedo, pues aunque ella misma descendía de familias de magos, estaba consciente de que no todos eran buenos y era muy común que capturaran otras criaturas para sus fines, entre ellas; las hadas. Actuando más por instinto, replegó sus alas y alzó vuelo, pero de nuevo la herida de flecha sintió quemarle, haciendo que solo se impulsara unos metros y se desparramara contra el suelo.

-¡Ouch!- Se lamentó patéticamente.

-Hada tonta, romperás tu ala si intentas volar.- Le reprocho el hechicero como si fuera lo más obvio del mundo.

-¿Acaso tu..?- Pregunto sorprendida y asustada.

-¿Crees que yo te herí? No. De hecho deberías de darme las gracias, estabas a punto de ser capturada por cazadores humanos.- Explicó mientras revisaba que la herida no se hubiera abierto o que el ala se hubiera dañado.

-¿Humanos?- Preguntó ella sorprendida.

-No se si eres muy distraída o muy tonta, pero hasta a mi me pareció extraño que un hada del bosque se dejara sorprender por criaturas tan patéticas como esas.- Dijo mientras la cargaba, cosa que la hizo sentir incómoda.

-Puedo sola, tal vez no pueda volar pero aún puedo caminar.- Contestó ella haciendo un puchero.

-No creo que puedas hacerlo sin que te mates tu sola.- Se burló el rubio, dicho esto la cargo estilo nupcial, haciendo que se sonrojara. Su túnica olía a hierbabuena y manzana verde.

Nuevamente la regresó a su habitación y volvió a cerciorarse de que nada malo le pasara a su ala.

-Bien, por el momento todo está en orden, pero te recomendaría no volar o podrías incluso romper tu ala.- Ella se alarmó al escuchar esto.- Si descansas y te abstienes de volar, sanará.- Hablo de una manera extrañamente casual, pero los ojos de la castaña se comenzaron a inundar de lágrimas.-O..oye ¿Y ahora qué demonios te pasa?-

-Soy una tonta, si hubiera prestado más atención ¡No volveré a volar!- Hundió la cara en sus manos, llorando a mares.

-¡Ey, ey! No dije que no volverías a volar, dije que si te abstienes de hacerlo por unos días, estarás como nueva. Deja de lloriquear.- La verdad es que el rubio no era muy bueno consolando a los demás, no sabía bien qué decir o qué hacer.

-¿Por qué me trajiste? No es que no lo agradezca pero ¿Porque? No tengo nada a cambio.- Ella era consciente de cómo funcionaban las cosas, usualmente los hechiceros ayudaban siempre que buscaban algo a cambio que les beneficiara.

-Supongo que tu presencia es más que suficiente. Las hadas son seres difíciles de dejarse ver.- Contestó encogiéndose de hombros.

-Sabía que no era por buena fe, ahora soy tu hada personal.- Replicó enojada.- Que sepas que las hadas no tenemos dueños.-

-No creo que llegues muy lejos en esas condiciones.- Le reto, mostrando una sonrisa.

-No estaré herida por siempre.- Lo reto.

-Estoy consciente de eso.-Tenía una sonrisa perversa.-Ahora se buena hada y descansa, lo necesitarás.- Dicho esto dio media vuelta y salió de la habitación.

Mabel comenzó a llorar en la que ahora era su cama, ¿Cómo pudo haber sido tan descuidada? si hubiera prestado más atención no estaría en esta situación, sus tíos estarían preocupados por ella cuando se dieran cuenta de que no volvería. Dipper, su querido hermano, lo más seguro es que ya estuviera removiendo cielo y tierra buscándola ¿Cuánto había pasado? ¿Un día? ¿Solo medio? No lo sabía y no pensaba preguntarle a ese hechicero, que solo la salvo como un humano que salva a un pájaro herido para luego conservarlo.

“Pues si ese imbécil altanero cree que me quedaré con él, sueña. A la menor señal de que pueda volar, me iré de aquí.”

Se asomó por la ventana de su cuarto, contemplando un inmenso bosque, nada más que árboles y algunas praderas se divisaban. Definitivamente no podría salir de ahí a pie, no sabía qué camino tomar para regresar a casa.

Se tumbó sobre su nueva cama y noto que en su cómoda había un cuenco con manzanas, tan rojas como la sangre. En otro momento hubiera apreciado el gesto, pero sabía que nada de lo que viniera de aquel hechicero era bueno, o al menos, eso le dio a entender.

Durante la semana, todos los días, aquel hechicero iba a visitarla a su alcoba para realizar hechizos de sanación, aunque claro, aún no podía volar, limitándose a recorrer el castillo caminando. Lamentablemente, la pobre hada se sentía asfixiada entre paredes de piedra, lejos del bosque, Extrañaba lo acogedor de su cabaña, además el hechicero le gustaba jugar con ella en un punto que a ella no le gustaba. Por ejemplo, un día después de una curación, este comenzó a acercarse de más a su rostro, casi rozando sus labios con los de ella.

-Eres tan hermosa.- Le susurro, provocando una mirada de confusión en ella.-Y tan inocente.- Rio al ver su expresión.

-¡Y tu raro!- Replicó como una niña pequeña, roja como una amapola.

La verdad es que no podía evitar admitir que era increíblemente guapo, además de que tenía ciertas atenciones con ella. Cómo servirle sus comidas favoritas, le había regalado hojas de pergamino y carboncillo para dibujar y un cesto repleto de duraznos.

El único rato que solían hablar sin pelear era en la hora de la comida, donde se sentaban en una gran mesa de madera de caoba oscura. Eran de los más gratos ratos que pasaban.

-Sigo preguntándome cómo es que las hadas no toleran la carne.- Comentó él mientras degustaba un jugoso filete de ciervo asado.

-Bueno, gustos de cada especie.- Dijo ella encogiéndose de hombros, mientras daba un sorbo a su copa de leche fresca con miel.- Aunque debo felicitar a su cocinero por este platillo.- Dijo ella amablemente, señalando sus rebanadas de pan, ligeramente tostado y untado con mermelada de frutos rojos, decorado con pétalos de rosa y glaseado con azúcar y canela.

-La verdad es que, mi cocinero solo preparo el asado.- Dijo él dando un sorbo a su copa de vino y desviando la mirada.

-¿Entonces a quien agradezco tan deliciosa comida?- Pregunto curiosa.

-Pues, prefiere mantenerse anónimo, pero le mandaré tus felicitaciones.- Dijo tomando otro largo sorbo.

“No hace contacto visual y está nervioso ¿Acaso él...?”

Se sonrojo ante la idea de que él mismo hubiera preparado la comida para ella, pero rápidamente descartó el sentimiento al recordarse que era como su mascota.


Faltaban tres días para el Mabon y se sentía completamente impotente ahí, como pájaro en jaula de oro, quería impresionar a su amiga Pacífica con una canción, quería llevarles manzanas a su familia, donde tal vez su tío Stan hiciera una deliciosa sidra , esperaba hacer de casamentera con su mejor amiga y su hermano. Pero estaba atrapada ahí.


Bill notó la apariencia apagada del hada. Claro, no había salido desde que llegó ahí, de modo que la invitó a pasar el rato afuera en sus jardines, rebosantes de arbustos de rosas, hortensias, dalias de todos colores, así como un huerto con varias frutas y verduras.

Bill tomó un lirio rosa y lo acomodo en el cabello de Mabel, para luego sentarse en el pasto a leer un complejo de magia negra, mientras el hada gozaba de un rato al aire libre. Había algo que le causaba cierta atracción a la pequeña criatura, por lo que no podía concentrarse del todo en su lectura.

-En dos días será el Mabon, me reuniré con otros magos para las ofrendas en el bosque, tendrás el castillo para ti sola, pero hay de ti si se te ocurre escapar.- Dijo sin despegar la mirada del libro.

-Quisiera poder salir a celebrarlo con mi familia, han pasado días y se preguntarán donde estoy.- Comentó ella melancólica.

-Lo lamento, pero si te dejo ir corro el riesgo de que no vuelvas.- Por alguna razón, no quería dejarla ir.

-Pues si no vuelvo es porque estoy aquí en contra de mi voluntad.- Le reclamó el hada.

-¡Dije que no! ¡Y NO ES NO!- Alzó la voz el mago, cerrando fuertemente el libro.

Mabel se asustó y al ver su rostro aterrado, Bill se marchó del jardín, yendo directamente a sus habitaciones y cerrando la puerta en un estrepitoso azote.

“Maldita sea, es solo una pequeña hada ¿Por qué demonios no puedo dejarla ir?”

Si Bill hubiera estado con la cabeza fría, sabía con certeza lo que le pasaba, pero estaba cegado sin saberlo, de deseo. Y es que criaturas como ella, por naturaleza sus encantos desprendían deseos y atracción en quienes las vieran, por lo que, él al escucharla cantar, cayó sin saberlo en sus redes, deseando poseerla como si de un tesoro se tratase. De igual manera, Mabel no lo hizo apropósito, ella creía que las únicas criaturas capaces de hipnotizar con sus voces eran las sirenas y las ninfas de agua, pero no, toda criatura femenina tenía encantos innatos de encantar a hombres y sin querer, había encantado a un hechicero muy poderoso.