Capítulo 1: Muerte y renacimiento
Academias Cross:
Los ve alejarse, irse de aquel lugar casi destruido. Baja la mirada y les da la espalda, para comenzar a caminar hacía dónde su maestro lo espera con el cuerpo inerte de su gemelo.
No puede evitar que una punzada de dolor apriete su pecho, misma que crece cuando ve a Yagari con Ichiru en brazos. Junto a él está Cross, que con semblante triste voltea a verlo.
Cross abre la boca y después la cierra, luego baja la mirada, Zero continua con su paso hasta llegar con su hermano. Toma una de sus manos que cuelgan junto a él y la aprieta con delicadeza llevándolas a su frente mientras cierra los ojos, tratando de asimilar que, trás varios años lejos uno del otro, es así como lo recordara a partir de ahora. Gruesas lágrimas comienzan a recorrer sus mejillas y a diferencia de antes, ahora no las reprime. Deja que fluyan, como si con ellas, de alguna manera, limpiaran todo el dolor que siente destrozar su pecho.
Dos días después, observa con la mirada ida el ataúd donde su querido hermano descansará a partir de ese día. Yagari a su lado aprieta su hombro, una muestra silenciosa de apoyo, el cual él agradece llevando su mano hacia ella y de igual manera apretándola con suavidad. De lado contrario, otra mano sigue el ejemplo de Yagari, es Kaito, su ahora único hermano que también aprieta con delicadeza su hombro.
Zero voltea a verlo, y el solo hacerlo puede ver en su mirada que él también siente la perdida de Ichiru. Sin embargo, a pesar de que dos de las personas más importantes de su vida están ahí junto a él, brindándole su apoyo y ese amor incondicional de un padre y un hermano, una pregunta resuena en su cabeza una y otra vez: ¿cómo vivir a partir de ese día, sin su otra mitad que yace bajo dos metros de tierra?
Aprieta los dientes al mismo tiempo que regresa la mirada para ver como más y más tierra comienza a cubrir la última morada de su hermano. Al ver aquello ya tienen la respuesta. No, no lo soportara, una vida donde Ichiru ya no esté, no la soportara en absoluto.
No cuando él fue el responsable de que su hermano se encuentre ahora en ese lugar.
Santuario de Athena, Grecia:
La luz brillante que pega en sus ojos lo obliga a abrirlos con lentitud. Arriba de él, el cielo de un azul que él considera irreal es lo primero que ve, y luego las esponjosas nubes que con lentitud se mueven por el cielo, algunas con figuras curiosas, y otras solo con bordes irregulares. Desconcertado y más por inercia comienza a levantarse. Voltea a su izquierda y la sorpresa pareciera paralizarlo. Ahí, junto a él están sus compañeros que de igual forma que él se encuentran confundidos. Pero esta vez es diferente a la vez que despertó en Asgard, pues la blanca nieve y el frío insoportable no existen.
Examinando con detenimiento, reconoce el lugar, es la estrada al santuario de la diosa a la que protege. A unos pasos a su derecha, las escalinatas al templo de Aries lo saludan. Sigue su trayectoria, hasta que el templo aparece a su vista, pero también una figura que enseguida reconoce: la figura de la diosa Athena custodiada por los cinco santos de bronce que sonríen a más no poder.
Sin esperar alguna orden o algo que se le parezca, se levanta en su totalidad para enseguida hincarse y bajar la cabeza. Sus compañeros que al parecer también han notado a la diosa, siguen su ejemplo.
Pasos resuenan sobre las escalinatas de piedra, y el cosmos tan cálido y reconfortante de su diosa los comienza a envolver, tranquilizándolos al instante.
—Mis queridos caballeros —dice Athena, con una cálida y amorosa sonrisa en los labios— me es grato informarles que las guerras santas han llegado a su fin. Y antes de que lo pregunten, no, no están soñando, han regresado a la vida gracias a la intervención de Zeus con Hades.
Sin entender, Milo voltea a ver a sus compañeros que al igual que él están confundidos por aquellas palabras.
—Si ya no hay guerras —menciona Saga, levantando la mirada a su diosa— ¿Por qué regresarnos a la vida?
—Porque yo se lo pedí —responde Athena arrodillándose frente al caballero de Géminis al mismo tiempo que coloca su báculo a un lado de ella para posteriormente tomar sus mejillas—. Sacrificaron mucho en la pelea contra Hades, a algunos incluso, no les importó perder su honor como caballeros para que en la guerra contra el dios de inframundo, yo tuviera una oportunidad en contra de él. Es por eso que le pedí, le supliqué que les diera una nueva oportunidad de vida, y después de ver como lucharon tan valientemente para proteger la tierra en Asgard, accedió, siempre y cuando no levanten la mano contra algún dios en esté tiempo de paz, pues los dioses han accedido tampoco levantar su mano contra la tierra —Athena levanta la mirada para ver a sus caballeros—. ¿Acceden a llevar una vida sin luchas, sin guerras entre dioses?
Confundidos, los doce santos de oro se mueven incomodos en su lugar, sin saber como responder a aquella pregunta. ¿Cómo comenzar a vivir una vida normal cuando fueron entrenados desde niños para luchar?
Athena vuelve a suspirar.
—Sé qué les será difícil, pero eso no significa que será imposible. Yo estaré a su lado, de igual manera intentando vivir una vida normal. Zeus me permitió hacerlo, así que mis queridos caballeros a partir de hoy una nueva vida comienza tanto para ustedes cómo para mi.
Aquellas palabras parecieran tranquilizar a los santos ahí reunidos, en especial tranquiliza a uno que sin poder evitarlo voltea a ver aun santo en especial, uno que desde que son niños ha despertado en él un sentimiento que jamás ha podido expresar con palabras pero si con hechos..., o eso quiere pensar, pues sabe a la perfección que la forma en que se comportó con él en aquella tierra lejana, o el como lo trató cuando regresó al santuario como enemigo, deja mucho que desear.
Con pesadez suspira y baja la mirada. ¿Cómo acercarse a él ahora, cuando ambos terminaron sumamente dañados por culpa de los dioses? Ambos se lastimaron, pese a la amistad que habían forjado por años, ambos se hicieron un inmenso daño.
Sacude la cabeza y se levanta junto a sus compañeros cuando Athena les da la orden de hacerlo, y la cual informa que todos tienen permitido seguir ocupando sus templos y de igual forma, todos tienen permitido salir del santuario si así lo desean; viajar, conocer el mundo, un privilegio que hasta ese momento no tenían. Algunos emocionados con la idea, comienzan a fantasear con la posibilidad de regresar a sus países de origen, otros más conocer las grandes ciudades, empaparse con la tecnología o con caprichos tan mundanos como cualquier ser humano. Los más jóvenes como los santos de bronce, intervienen con aquellas ilusiones de estudiar una carrera y otros más en comenzar a explorar aquellas actividades que les llama la atención.
Camus, aquel santo del que no ha podido apartar la mirada, coloca una de sus manos sobre el hombro de su pupilo.
—¿Medicina? ¿Estás seguro de eso?
El caballero del cisne asiente, y Camus no puede más que mover la cabeza en un gesto de aceptación, prometiéndole al mismo tiempo que estará ahí para lo que necesite y requiera.
—Y, usted, ¿qué es lo que hará a partir de ahora? —pregunta Hyoga, curioso ante la respuesta de su maestro.
Camus sonríe con calidez, sonrisa que pocos conocen, incluyéndolo a él.
—Cumplir una promesa que hice de niño.
—¿Promesa?
Camus asiente, sin que aquella sonrisa se desvanezca de sus labios.
—Me casaré.
Aquella respuesta deja sorprendidos a más de uno. Los que permanecían hablando con sus compañeros o con algún santo de bronce, han callado y han volteado a ver al santo de Acuario con la boca abierta.
—¿Casarte? ¿con quién? —interviene la misma Athena.
—Con mi amigo de la infancia —responde Camus, e instintivamente todos voltean a ver a Milo, pero que él recuerde jamás hicieron una promesa semejante— Surt. —concluye el caballero de Acuario, lo que hace que sus compañeros enmudezcan.