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Pecado

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Dime una cosa; ¿Temes a la oscuridad? Nada debes temer si nada tienes que ocultar, la oscuridad solo se lleva a los pecadores. TW: Alusión a abusos infantiles

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18+

Capítulo Único

El crepúsculo ya caía cuando la vio. Una niña pequeña, sola sentada entre los arboles que delimitaban la estrecha carretera por la que transitaba.


Le calculaba unos seis años de edad, siete como mucho. ¿Que hacía una niña tan pequeña sola en mitad de la nada cuando estaba a punto de anochecer?


Probablemente —Pensaba Ted para sí mismo— Debe de vivir en una de las plantaciones de lavanda que hay por la zona. Habrá peleado con su madre y en medio de la rabieta, ha decidido irse de casa. Quizás los padres no se han dado cuenta, puede que ni siquiera la estén buscando aún.


Descendió la velocidad de su Toyota hasta detenerse completamente cuando llegó a su altura. Sacó la cabeza por la ventana, mostrándole a la cría una sonrisa tranquilizadora y le hizo señas con la mano para que acercara.


La niña lo hizo, sonriéndole de vuelta. Ahí fue cuando Ted se dio cuenta de que su largo vestido rosa estaba manchado de tierra, de que tenía pequeñas hojas y florecillas enredadas en la melena castaña y que portaba entre sus manos un improvisado ramillete de nomeolvides.


—¿Te has perdido, pequeña? —Le preguntó en cuanto la tuvo a una distancia suficiente para comunicarse con ella sin tener que gritar.


Las mejillas de la niña se encendieron con vergüenza y apartó la mirada.


—Si, señor —Contestó apenada una vocecilla infantil— Estaba recogiendo flores y me alejé demasiado del camino. Sé que no debo hacerlo, pero las flores más bonitas están dentro del bosque.


La niña alzó el ramillete que llevaba para mostrárselo, queriendo corroborar así su afirmación.


—Son muy bonitas. —Coincidió Ted ampliando su sonrisa.


—¿Le gustan las flores, señor? ¡A mí me encantan! Y a mis amigos también, todas las semanas sus padres les traen flores para que se pongan contentos.


Aquello extrañó a Ted. ¿Quién compraba flores una vez por semana para sus hijos? Lo pensó un momento, pero luego recordó que toda aquella zona estaba llena de cultivadores, la mayoría de lavanda, pero también algunos de azafrán o de girasoles. Probablemente la niña se refería a eso, no era de extrañar que una madre amorosa cortase un par de flores de vez en cuando de sus propios campos para dárselas a sus hijos si tanto les gustaban.


—Me gustan mucho las flores —Respondió, haciendo que los ojos de la pequeña se iluminasen emocionados.


—Puedo conseguir flores para usted, si quiere. Seguro que mis amigos me dan alguna de las suyas. —Respondió contenta.


—No hace falta, cielo. Lo que deberías hacer es irte a casa, se va a hacer de noche y tendrás frío.


Ante eso, la pequeña esbozó un puchero.


—No sé cómo volver a casa —Lloriqueó limpiándose una lágrima de la mejilla.


—¿Quieres que te acompañe? Puedes subirte en mi coche y daremos una vuelta por las casas de la zona hasta que encontremos la tuya ¿Que te parece?


Todo rastro de llanto desapareció del rostro de la niña, siendo sustituído por una sonrisa de oreja a oreja que mostraba unos dientes torcidos y algo amarillentos.


Ted abrió inmediatamente la puerta del copitolo, la niña se subió de un ágil salto, feliz, y Ted se inclinó sobre ella para colocarle el cinturón. Fue ahí cuando notó algo extraño. La niña olía a lavanda y a nomeolvides, a flores en general, pero debajo de todo ese olor había otro mucho más desagradable que no notabas hasta que te encontrabas muy cerca de ella, un olor extraño, como a podrido.


—¿Te has frotado contra un animal muerto? —Preguntó cuando le hubo colocado el cinturón.


La niña se encogió de hombros.


—Me caí mientras recogía flores.


Eso explicaba el vestido manchado de tierra, probablemente la cria había caído sobre un cadáver a medio comer de un conejo o algo así, habia muchos por la zona, y el desagradable hedor se le había pegado.


Sin darle más vueltas al asunto, Ted arrancó el coche y comenzó a circular despacio por la carretera, con la niña a su lado, canturreando una canción que le era desconocida.


—¿Cómo te llamas, pequeña?


—Me llamo Aradia, señor.


—¿Aradia? Es un nombre extraño, no lo había escuchado nunca. —Preguntó Ted, realmente sorprendido.


Aradia se encongió de hombros.


—Es muy antiguo, pero es el mío. Ya nunca te vas a olvidar de él.


En eso la pequeña tenía razón, él jamás olvidaba un nombre.


—Yo me llamo Ted. —Le aclaró a la niña, dándose cuenta de que aún no se había presentado.


La cría no respondió ni hizo preguntas, volvió a regalarle una sonrisa de dientes torcidos y siguió canturreando esa extraña cancioncilla que a Ted le sonaba como a latín. Supuso que venía de una familia muy religiosa, solo los más grandes meapilas enseñan a sus hijos canciones en latín, probablemente hablaba de la gloria de su dios o similar. No pudo contener una mueca de desagrado, Ted siempre había sido un ateo declarado y detestaba la hipocresía de la iglesia y de sus sacerdotes.


Condujo en silencio durante varios minutos, hasta llegar al final de la carretera. Tomó un desvío y se internó en el bosque por el camino oculto que ya conocía de sobra y que desembocaba en un pequeño claro de difícil acceso.


Echó una mirada de reojo a Aradia, normalmente en ese punto los niños se ponían inquietos, pero ella permanecía tranquila, canturreando y moviendo las piernas con las manos sobre su regazo. La verdad es que era toda una señorita sureña bien educada. Encantadora.


Entre baches y socavones, llegó por fin al enmarañado claro rodeado de pinos tan altos como alcanzaba la vista, y cubierto de una maleza tan espesa que casi ocultaba totalmente la luz de la luna. Detuvo el motor y miró de nuevo a la niña, esperando encontrar algún rastro de miedo en ella. Se sorprendió al verla tan calmada, realmente debía ser una chiquilla imprudentemente confiada.


—Creo que le pasa algo al motor —Mintió Ted.—Voy a bajarme un momento para comprobarlo ¿Vale?


—Claro, Ted, lo que quieras. —Respondió Aradia sin mirarle a los ojos.


Ted hizo ademán de abrir la puerta, sacando disimuladamente las esposas de su bolsillo trasero. El metal brillo con la escasa luz de la luna que se filtraba por el follaje. Rápido como una centella, se abalanzó sobre la pequeña con intención de esposar su mano derecha a la puerta del coche. Así no podría escapar aunque lo intentara.


Aradia ni siquiera se inmutó, pero Ted estaba demasiado concentrado como para darse cuenta. La mano de la niña seguía quieta sobre su regazo, pero cuando quiso atraparla, el metal de la esposa se cerró en el aire con un fuerte chasquido y, sin que los ojos de Ted hubieran registrado movimiento alguno, de repente el brazo de la niña ya no estaba allí.


Sorprendido, la miró a los ojos, dándose cuenta de que algo había cambiado. No se había fijado en el color de sus ojos al montarla en su coche, pero estaba seguro de que no eran rojos.


El olor nauseabundo que había notado antes se intensificó, llenando el coche de un terrible hedor a putrefacción, como si un cadáver hubiera estado descomponiéndose allí durante meses.


Instintivamente, Ted se llevó la mano al rostro, tapándose con ella la boca y la nariz. Las esposas volaron de su mano sin que nadie las tocara, yendo a parar al suelo del asiento trasero.


Aradia seguía sin decir una palabra, quieta sobre el asiento del copiloto, mirándole con esos ojos inyectados en sangre y dedicándole una sonrisa de dientes amarillos que ahora eran afilados como cuchillos.


Ted se separó de ella todo lo que pudo, trató de abrir la puerta del coche y huir, pero el seguro estaba puesto y por más que lo intentó no logró desbloquearlo.


Aterrado, se volvió de nuevo hacia la niña, evitando por todos los medios mirarla a esa cara que de repente estaba surcada de horrendas cicatrices. Aquello también fue un error, porque fijó la vista en el sencillo vestido y se dio cuenta de que lo que había tomado por restos de tierra no eran tal cosa, era sangre, sangre negruzca, podrida, húmeda y llena de coágulos.


—¿¡Qué demonios eres tú!? —Medio balbuceó medio gritó, reanudando otra vez sus intentos de abrir la puerta del coche.


Con toda la calma del mundo, el ser respondió.


—Ya te lo dije, Soy Aradia, ángel caído, hermana de Lucifer, infanta del infierno y castigadora de pecadores.


Una gota de sudor frío resbaló por la frente de Ted, aquello no podía ser real, tenía que ser una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.


—¡Yo no creo en el infierno! —Le gritó a aquel monstruo, escupiendo perlas de saliva al hablar.


Aradia se rió, una risa de ultratumba, la risa de miles de voces infantiles sonando a través de su boca.


—No importa, Ted. El infierno sí que cree en ti.


La sonrisa del demonio se amplió hasta lo imposible, abriendo su mandíbula, mostrando partes del cráneo ahí donde la encía putrefacta se había desprendido. El hedor se hizo insoportable y Ted, desesperado, trató de romper el cristal de la ventana golpeándolo con el codo, pero enseguida descubrió aterrorizado que no podía moverse. Hasta el último músculo de su cuerpo se había paralizado y lo único que podía hacer, era contemplar impotente como aquella niña demoníaca gateaba de forma extraña por el salpicadero hasta llegar hasta él y montarse a horcajadas sobre su regazo.


El contenido del estómago de Ted salió disparado hacia arriba como una bala, siendo expulsado a través de su boca en forma de caño que fue a parar sobre el rostro y el vestido de la niña, pero ella ni siquiera pareció notarlo.


—¿Quieres saber quien soy, Ted? —Habló de nuevo, con todas aquellas voces saliendo al mismo tiempo de su garganta, decenas, tal vez cientos de niños hablando a través de ella— Soy dolor, soy miedo, soy ira, soy impotencia, soy llanto, soy vergüenza. Soy los espíritus de aquellos niños a los que dañaste. Soy tu sentencia, que se ha dictado por fin.


—Por favor, déjame ir... —Suplicó con el hilo de voz que la rigidez de su cuerpo le permitió emitir— Por favor, Aradia, perdona mis pecados.


El demonio volvió a reír de esa manera tan escalofriante, como si cientos de almas habitaran en su interior y ella fuera la portavoz de todas ellas.


—Eso no depende de mi, Ted. Depende de ellos, de todos esos niños a los que hiciste daño. Ellos me llamaron, están aquí conmigo ahora mismo —Aradia se tocó el vientre con las manos y una nueva cacofonía de risas se escuchó desde su interior— Ellos se entregaron a mi a cambio de ver cómo eras castigado por tus pecados. Dime, Ted. ¿Crees que ellos están dispuestos a perdonarte? ¿A dejarte ir?


Ted cerró los ojos, derrotado, con la certeza de que moriría esa misma noche y de que no sería rápido ni agradable. Al fin y al cabo, él nunca había sido compasivo con sus víctimas.


Un terrible alarido resonó por todo el bosque, tan fuerte, que los pájaros huyeron espantados de los árboles, gorjeando y piando en señal de miedo y protesta. Los cristales de un viejo Toyota Land Cruiser del 65 se tiñeron de rojo y el mundo fue un lugar un poco mas seguro aquella noche.


Al amanecer, algunos viajeros llamaron a la policía, avisando de que habían visto a una niña pequeña, sola y manchada de tierra caminando por la linde del bosque y portando un pequeño ramo de flores, pero que desaparecía inmediatamente cuando trataban de acercarse a ella para ayudarla.


FIN.

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