Prólogo
Lamentos ahogados y suspiros entrecortados, es todo lo que se escucha en ese pequeño espacio. Ella llora incansable, abrazándose así misma, sin ser capaz de levantar la mirada.
Él está sentado en el sofá con forma de ele, pensando en cuál será su siguiente línea. No sabe qué más decir ante las acertadas acusaciones que ella le ha hecho. Se pregunta si debe seguir con el acto o simplemente marcharse. De cualquier modo, ya ha obtenido cada cosa que se propuso desde el inicio, por lo tanto; ¿qué sentido tiene quedarse si todas sus mentiras han sido descubiertas?
La ve llorando, parada frente a él. Ella usa un vestido negro, sencillo, pero tallado a la figura. Si no fuera porque llevan dos horas y media peleando a plenas diez de la mañana... ya la habría puesto de espaldas, y la estaría embistiendo como un animal.
Sabe y es consciente de que es un adicto a sentirla, así mismo, está convencido de no amarla. Nunca podría amarla, o eso se repite en su interior como si de un mantra se tratase.
Considera que ya ha tenido suficiente y que es mejor largarse. No más dramas. Bastante ha fingido ser quien no es, y todo por llevársela a la cama desde aquella ocasión.
Se rasca la ceja derecha mientras continúa con los codos reposados sobre las rodillas. Está inclinado hacia adelante. Ve sus botas negras de rockero, esas que ella le regaló para su cumpleaños número veintiocho. Lleva su atención hacia algunos hilos sueltos de su pantalón rasgado en tono negro. Saca algunas hebras y determina que ya no desea perder el tiempo. Suspira, chasquea la lengua, y decide que es la hora de dejarle saber lo que piensa acerca de la situación.
—Honestamente... —dice, alargando su mano para coger las llaves del auto—, estoy harto de ti y tus paranoias. —se levanta del sofá de manera apresurada, toma su chaqueta de cuero, y le da una fugaz mirada a la joven que aún llora, herida por sus palabras—. Fue divertido mientras duró.
Él intenta creer que no la echará de menos. Tres años de sexo con ella, sí, eso debe bastarle. No va a reconocer nada de lo que le ha reclamado, simplemente... prefiere irse. No necesita ese tipo de complicaciones en su vida.
—Vete y nunca vuelvas —le pide ella a manera de susurro. Su garganta no le ha permitido expresarse más fuerte. No puede verlo a los ojos, no si está a punto de salir por la puerta, no si está yéndose para siempre de su vida.
—Buena suerte —le desea él, abriendo la puerta para cerrar tras sí.
—No te vayas... —susurra sin poder mover sus pies. Es como si sus plantas estuviesen clavadas en la mullida alfombra—. No te vayas... —repite, con la estúpida esperanza de ser escuchada, y que por alguna razón, él vuelva y la bese como un loco, así como en cada reconciliación intensa después de una discusión—. No... no te vayas... —musita, logrando por fin dejarse caer.
Su llanto se intensifica mientras se abraza a sí misma. Se siente sofocada, con ganas de correr tras ese hombre que es todo para ella. Ha sido el primero y el único, y lo quiere de vuelta.
Niega y se convence de que por mucho que duela dejarlo ir, debe conservar su dignidad. La ha engañado en múltiples ocasiones, y ya no puede tolerar más.
No sabe por cuánto tiempo vaya a sufrir por esa horrible despedida, pero se promete seguir adelante. Debe hacerlo... no tiene otra salida.
La vida continúa, muy a pesar de que sienta que la suya se ha acabado.









Pucha... 🥺 Ya me dieron ganas de darle un zape a Shanks 🤜🏻🤛🏻