Dad
La familia según muchos, es lo mejor que se tiene en el mundo, si no tienes familia no tienes nada, al menos eso me dijeron.
Si dicen que no hagas tal cosa es por una razón en específico, solo usando la confianza para evitar que lo hagas sin dar muchas explicaciones, lo mismo pasa en viceversa, si te dicen que lo hagas, lo haces, no importa si crees que bajo tus ideales está mal o te sientes incómoda al hacerlo y con ganas de llorar al recordarlo cada noche. Te callas y lo haces... ¿Por qué? Pues es mi papá, si él lo dice, entonces está bien ¿No? Es muy complicado de explicar.
Ese día me había levantado tarde y ya lo escuchaba cabreado desde el primer piso, el zapateo de su pie me inquietaba, él lo sabía, aumentaba la velocidad y la fuerza de la pisada mientras más segundos pasaban.
Apenas tuve tiempo de agarrar lo primero que vi tirado en mi alcoba, una falda azul que me llegó hasta las rodillas, camisa de manga larga celeste y un abrigo morado de botones, lo abroché y salí corriendo hacia la puerta.
Me rodó los ojos con fastidio y escuché sus llaves abrir el cerrojo, sonreí suavemente al ver cómo si había usado el llavero de pata de conejo que le regalé, siempre supe que su animal favorito era el conejo, alcé los ojos y hablé.
—Buenos días papá, perdón por demorar.
—Ya sal.
Sin perder más tiempo acaté la orden y caminé a paso rápido hacia el carro estacionado a nuestra derecha, me abrió la puerta de los asientos traseros y entré, él fue al asiento del conductor, me pregunto que se sentirá ir de copiloto.
—Uhm... —moví ansiosa las piernas y apreté mi falda—. ¿Te gustó el llaverito que te regalé? —dije en voz baja.
Noté como sus ojos giraron hacia mí por el retrovisor y estiró los labios.
—Sí, es un bonito llavero —arrancó.
—Oh, me alegro de que te haya gustado —respondí más aliviada y encogiendo la cabeza por los hombros.
Recargé la espalda sobre el asiento y miré por la ventana contemplando el horizonte, no tardamos en llegar a la Pizzería, es bastante rápido, se me ha hecho repetitivo ya que él nunca se toma un día libre, ni los fines de semana, entonces son esos los días en los que debo acompañarlo, aunque en realidad me gusta mucho ir, siempre me ha sido muy divertido, es usual ver una cara nueva. Se estacionó con rapidez y de manera un poco repentina giró su cuerpo hacia mí, me sobresalté ligeramente, lo normal es que salga y yo misma me abra la puerta.
—Vanessa —entrecerró los ojos—. Hoy tengo algo importante que hacer, entonces vas a tener que ayudar a papá.
Se me iluminaron los ojos y una gran alegría invadió mi cuerpo, aunque también una gran duda, no me suele pedir ayuda en absolutamente nada, la última vez que intente servir de algo me recalcó que más ayudo si no estorbo.
—¿Yo? ¿Quieres mi ayuda? —pestañeé varias veces.
—Sí, es realmente simple lo que tendrás que hacer, es imposible que lo arruines.
—Oh —asentí emocionada—. ¡Sí papi! ¿Qué tengo que hacer?
—Ya te digo, primero entremos antes de que se nos haga muy tarde.
Salió del auto y me abrió la puerta, la felicidad irradiaba todo mi cuerpo, sentirme útil no es algo que logro experimentar todos los días, corrí hacia el local y entre junto a mi papá que volvió a abrirme la puerta, demostré mi gratitud dando pequeños saltitos sobre la misma ubicación esperando a que me alcanzara.
Ahora él parecía caminar más lento, viendo su entorno y tomándose la molestia de grabarse en la mente a cada niño que había llegado, todos estaban emocionados, corriendo por debajo de las mesas o bailando al ritmo de la canción "Talking in your sleep" es su tema principal y me lo sabía de memoria.
—¡Vamos papi! ¡Vamos! —jalé la manga de su camisa.
—Dame un momento estoy buscando algo... —paseó los ojos alrededor del local.
No podía ocultar mi frenesí, entonces intenté ver lo que él veía, llegó un momento en dónde clavó sus pupilas en una zona especifica, juré haberlos visto brillar y encogerse.
—¿Pa? —ladeé la cabeza y él se acuclilló a mi lado.
—¿Ves a esos niños de ahí? —señaló a un grupo de niños.
—¡Sí!
—Quiero que te hagas amiga de ellos.
—¿Qué me haga amiga de ellos? —Lo miré confundida—. ¿Solo eso?
—Sí, solamente eso... Y bueno también que agarres su confianza muy rápido.
—¿Eso no serían dos cosas?
Observé como su rostro se ponía serio y se quedaba callado, viéndome de esa manera que me aterraba, agradecía estar en un lugar público, si no me hubiera golpeado, debería de dejar que siga hablando sin hacer muchas preguntas al respecto.
—Solo hazlo —ordenó arrugando la nariz.
—¡O-Okey!
Me alejé rápidamente de él, aún sentía sus ojos perforar mi espalda, obedecí callada y me junté con los niños que mencionó, reconociendo a varios al instante, suelen venir paulatinamente.
—¡Hola! —saludó la única niña rubia después de mí.
—Hola Susie, hace un tiempo que no te veo aquí —respondí tiernamente.
—Es que mis papás no tenían tiempo para traerme, pero hicieron reserva y ya pude venir —aclaró brincando.
—¡Hola! —saludó un chico pelinegro.
—¡Gabriel! Hola otra vez, que genial que pudiste venir hoy —dije abrazándolo.
—Hola también a ti Vanessa —habló un pelirrojo.
—Uy perdón Fritz, no te había visto —fui a saludarlo de la misma manera.
—Oigan todas las luces están prendidas, no hay excusa para que no me logren ver —exclamó un chico afroamericano.
—¡Jeremy! —Con torpeza me abalancé hacía él—. ¡Todos vinieron! Que increíble, los extrañé mucho.
—Hay un chico nuevo, mira —habló Gabriel mientras sacaba de atrás de Jeremy a un rubio de piel pálida—. Vamos saluda, no muerde.
—Hola —dijo de manera tímida.
—Holi —extendí mi mano esperando un apretón—. Soy Vanessa, ¿y tú?
Demoró un poco en corresponder a mi muñeca y apretarla, abrió la boca para pronunciar su nombre pero fue interrumpido por los altavoces de los animatrónicos, era hora de jugar por premios.
—Yo soy-
—¡Chicos hay que ir a jugar o nos perderemos los premios! —gritó Susie desesperada por querer ganar.
—Si jugamos en equipo será más fácil —agregó Gabriel sonriendo a cada uno de nosotros.
—Tiene razón, hagamos equipo y nos repartimos lo que ganemos —Lo apoyé tomando de la mano al rubio y a Jeremy.
—¡Entendido! ¡A jugar!
Agarrar la confianza de cada uno de ellos fue realmente fácil, inclusive la del chico nuevo, desde antes había cultivado su amistad y florecía a cada minuto que nos pasábamos riendo de como nos caíamos al piso, ensuciábamos la ropa con comida o simplemente hablábamos de nuestra vida cotidiana.
Al final ninguno logró ganar nada pero no nos importaba, nos tumbamos en el suelo y giré la cabeza hacia el reloj de la pared notando que habían pasado algunas horas desde que llegué, me pregunté dónde estaba mi papá.
—Deberíamos reunirnos más seguido, me gusta pasar el rato con ustedes —dijo Jeremy.
—Opino lo mismo —replicó Susie.
—¿Y si traemos a nuestros papás para que se conozcan? Así coordinamos nuevas salidas —consultó Gabriel mientras se alzaba un poco la camisa de rayas que tenía.
—¡Buena idea! Podrían venir a mi casa, hace poco me compraron la NES —sugirió el pelirrojo.
—¡Vaya! Dicen que es muy buena consola, yo tengo una Atari viejita —declaró el de afro riéndose.
—No creo que quieran venir a mi casa, yo tengo una cocinita nomas —dijo Susie.
—Ay no muñecas no —se rio Gabriel.
—Yo ni tengo consola —anunció el rubio.
—¿Qué tal la tuya Vanessa? —consultó la niña.
—¿La m-mía? —forcé una sonrisa arrugando el rostro.
—¡Sí! —replicaron todos al unísono.
—No, no... Yo no tengo nada como lo que ustedes tienen chicos.
—¿No? ¿Tus papás no te compran algún juguete? —indagó Fritz volteándose a verme.
—Bueno uhm... Sí, pero no cosas tan divertidas —desvié la mirada hacia otro lugar, apreté mis mangas moradas con fuerza —. ¡Además! No creo que quieran jugar con partes de una Barbie que parece que le pasó un camión por encima —fingí reír.
—Ay no muñecas no.
—Guacala.
—No, no, no, no.
—Oigan yo si quisiera —recalcó Susie acomodándose la blusa amarilla.
Gabriel se levantó limpiándose la mugre del cuerpo, nos ayudó a pararnos también a nosotros, logré notar que la atención de varios niños y adultos estaba en Fredbear, un animatrónico que sale en eventos exclusivos.
—¡Iré a llamar a mis papás para que conozcan a los suyos! —dijo el pelinegro mientras se alejaba.
—¡Yo también! —Se fue corriendo mi amiga.
—¡Ya vuelvo! —dijo Jeremy.
—¡Yo les gano! —declaró Fritz.
Nos quedamos solos el chico nuevo y yo, cruzamos miradas y nos sentimos algo incómodos al no decir nada, luego nos reímos por la misma razón.
—¿Tú no irás por tus papás? —Le pregunté.
—Si iré... Pero primero estoy viendo cómo decirle a mis papás que ya hice amigos.
—¿No tenías? —Me giré hacia él.
—Soy nuevo en la ciudad y soy algo reservado... Me llevaron aquí con la esperanza de que hiciera vida social —rascó su hombro apenado.
—Ustedes también son mis primeros amigos —Le sonreí mostrando los dientes.
Él me imitó con una pequeña carcajada, parecía que había encontrado las palabras correctas que estaba buscando, se alejó de mí no sin antes despedirse moviendo su brazo de izquierda a derecha, lo observé ser tragado por la lejanía.
Caminé con lentitud paseando las pupilas por el local, intentando hallar a mi papá, era un hombre alto y con poca barba en la barbilla, es fácilmente reconocible desde lejos, había algo que lo destacaba de todos los adultos, es un no se que, siempre sé cuando me mira, como ahora.
Con el rabillo del ojo observé detrás de mi oreja, estaba parada al frente de una de las entradas oscuras del árcade, sentí una mano tocar mi hombro y me jaló con fuerza para atrás, di un leve chillido al ser succionada por la negrura de la zona.
—¡Ah! —temblé.
—Shhh —susurró en mi oído—. Soy papá.
Despegué los párpados y me giré a verlo, traía el traje del conejo amarillo, ese que tanto me gustaba, aunque no tenía puesta la máscara, me alivié un poco y respiré profundo.
—¡Me asustaste! —pataleé al suelo.
—No te aguantas ninguna broma —Se carcajeó en voz baja—. Gracias por la ayuda, todos saben tu nombre, ¿verdad? —me acarició la mejilla.
—¡Sip! Me hice muy amiga de ellos, ahorita fueron a traer a sus papás para ver si nos volvemos a reunir en otra parte —declaré aplaudiendo.
—Ya veo —vio detrás de mi hombro y respiró agitado—. Quiero que te alejes de ellos desde ahora.
—¿Qué? —Mi sonrisa se desvaneció.
—Lo que escuchaste, ve a jugar por otra parte o siéntate no importa, no te topes con ninguno.
—No entiendo... —Se me humedecieron los ojos.
—¿Qué no entiendes? ¿Debo explicarte con bolitas y palos?
—¡No es eso! —alcé mi voz—. ¿Por qué me dijiste que me hiciera su amiga si ya no quieres que los vuelva a ver?
Me quedó mirando serio y sus cejas se encarnaron, me tomó de los hombros sin mucha delicadeza y apretó, me acercó a su rostro para lograr hacer un mayor contacto visual. Otra vez me veía de esa forma, como si fuera un enorme lobo y yo un simple conejo, amenazando en devorarme.
—Solo has lo que te digo.
—Pero, ¿por qué? —Las lágrimas amenazaron en salir.
—¿En serio quieres saber? —ladeó la cabeza y su tono fue siniestro, me heló los huesos.
—Y-Yo... Pero...
—No preguntes algo si no quieres saber la respuesta —Se levantó y empujó mi espalda hacia fuera del lugar—. Ve a jugar.
Me fui roja como un tomate, utilicé las mangas para limpiar mi sollozo y terminé echada en el baño abrazando mis rodillas, secando el mar de lágrimas con la falda teñida de azul oscuro.
—No es justo... —sorbí por la nariz—. Quizás si me escabulló y les hablo... Hagamos un plan para vernos algún otro día a escondidas...
Imaginé distintas formas de esquivar a mi padre y estar con mis amigos, eran los primeros que tenía y no los iba a dejar ir tan fácilmente, pero la idea se fue esfumando mientras más recordaba los ojos de mi papá mirándome de esa manera, los castigos y palabras hirientes que podría hacerme y decirme si se enteraba ¿Valían tanto la pena? Suspiré determinada.
Sí la valían.
Me paré con firmeza y me lavé el rostro con agua fría, me sequé con mi propia ropa y salí del baño a buscar a mis amigos, el lugar era algo grande entonces me sería fácil esconderme pero difícil encontrarlos, corrí por debajo de los manteles y me quedé esperando a reconocer algún zapato o prenda de las que ellos usaban.
No tardé nada en detectar los jeans y zapatos del chico nuevo, pero a su lado también estaban dos patas afelpadas de conejo, caminando hacia una de las zonas más alejadas de la pizzería, me extrañé bastante y decidí seguirlos discretamente, confirme que lo estaba llevando a rincones que jamás me atreví a entrar o dejaron que explorara.
Comencé a sudar bastante por el estrés que fui sintiendo, sabía que mi papá animaba las fiestas pero nunca lo había visto apartar a ciertos niños, relacioné eso con lo que me había dicho hace varios minutos sobre no acercarme más a ellos. Tal vez hablaría con ellos para que no me hablaran jamás, me pregunté las razones detrás de tanto empeño ¿No merezco tener amigos? No sé que hice mal.
Me arrastré por el suelo y me escondí entre las piernas de la multitud que yacía parada alabando a los animatrónicos, por un momento retrocedí asustada al ver cómo la cabeza del conejo daba un giro de 180° casi atrapándome, como si hubiera sentido que lo seguían, agradecí por primera vez ser pequeña, después continuó y yo igual.
Hubiera querido avanzar más pero las personas se me atravesaron, estaban cantando a todo pulmón el feliz cumpleaños de un niño al que no conocía, las voces me irritaron y aturdieron por algunos segundos hasta que noté que había perdido de vista a mi papá y a mi amigo, angustiada corrí hasta donde supuse que podían haber ido, cada paso que daba hacía que las cosas fueran más difíciles, el ambiente de jolgorio infantil se fue aminorando hasta el punto en que un lugar tan feliz como ese, me dio pavor y me puso todos los pelos de punta, inclusive el sonido había disminuido, como si fuera un lugar totalmente aislado del resto.
Al final me topé con una habitación vacía llena de nada más que polvo y mugre, tosí repetidas veces intentando sacar el aire contaminado de mi nariz, toqué las paredes creyendo de manera creativa que habría alguna puerta secreta o algo parecido, vaya mi sorpresa cuando si fue así.
Abrí la boca atónita por lo que veía, había un botón escondido entre toda esa capa de polvo, lo apreté y sin esperar mucho la puerta se extendió para atrás, un gran escalofrío me recorrió hasta la médula y un aire frío me hizo retroceder, no entendí la existencia de esa habitación y mucho menos el porqué mi papá llevaría a mis amigos aquí, este lugar era horrible ¿Los iba a amenazar? No quería imaginarme ninguna otra posibilidad.
Me aproximé hacia adentro sin ninguna lámpara o algo para alumbrarme, solo teniendo la luz de la entrada para guiarme, tragué duro y no dejé que el temor me hiciera arrepentirme, con las manos tocaba los costados que me rodeaban y así evitaba caídas o choques, el lugar era algo estrecho.
Apreté los puños con fuerza casi clavando las uñas en mis palmas y decidí dar mis primeras palabras.
—¿H-Hola? —susurré, pero el eco expandió mi voz hasta el fondo.
Pude escuchar a mi corazón palpitar de manera descontrolada, tuve que poner ambas manos sobre mi pecho para evitar que saliera disparado, asomé la cabeza por una esquina a la que había llegado, dándome cuenta de que después del pasillo todo lo demás parecía un enorme laberinto, entonces mi valentía se fue cayendo a pedazos al momento de oler a la lejanía el metálico y pestilente aroma a sangre, sé cómo huele la sangre y estoy totalmente segura de que eso lo era.
Caí al suelo al perder la fuerza de mis piernas, no reaccionaban, respiré por la boca con fuerza, jadeando por aire aunque fuese gran parte polvo, volví a mirar para todos lados hasta que me fijé en una esquina aún más oscura, una zona casi imperceptible pero que mi olfato pudo localizar, brillaba levemente.
Gateé hasta allí con lentitud y apreté los párpados forzando a mi vista a observar lo que sea que tenía delante, al dar un paso más con mi rodilla sentí algo húmedo mojarla por completo, el tufo llegó hasta mis fosas nasales y apenas me dio tiempo para procesar el líquido que había pisado, espeso y caliente.
Mi mano se había extendido involuntariamente hacia al frente tocando lo que parecía ser un pequeño hombro empapado en el mismo líquido que estaba pisando, entonces lo reconocí.
—¡Ah! ¡Aaah! —grité aterrorizada.
Lo que tenía delante era el cuerpo del chico rubio que había conocido hace poco, su cabellera dorada había resplandecido aún en toda esa oscuridad, al igual que su sangre.
Mi instinto de supervivencia se activó de inmediato y la adrenalina me hizo reaccionar, me levanté de golpe y corrí directo a la salida, resbalándome varias veces por el líquido carmín que había aplastado, estuve por llegar a la meta de no ser porque una gran mano metálica de color amarillo me atrapó y cubrió toda mi boca, más bien todo mi rostro a excepción de mis ojos.
—¡Mmmm! ¡Mmmm! —pataleé y retorcí en su agarre.
Lloré a mares suplicando por mi vida, estaba alejada del suelo dando patadas al aire, me arrastraban una vez más hacia ese horrible laberinto del que deseaba salir y nunca haberme metido.
—¡Shhh! ¡Cierra la boca! —carraspeó en mi oído.
Sí, esa era la voz de mi papá.
Temblé espantada y no dejaba de sofocarme con mi propia saliva, me encogí sobre mi misma haciéndome bolita aún en los brazos de mi progenitor, no quería ni abrir los ojos.
—¡Mmm-mm...! —Mi sacudida logró hacer que mis manos arrancaran la máscara de su rostro.
—¡Ya! —Me sacudió agresivamente—. Ya...
Poco a poco me calmé y fue aflojando su agarre sobre mí, se apoyó sobre una de las paredes y se deslizó hacia el suelo conmigo en brazos, aún no me soltaba y creo que no lo hará hasta un buen rato, su traje apestaba a sangre y estaba humedecido por la misma, lo sentía pegajoso. Mis manos sostuvieron con firmeza la pata de conejo que aún tenía sobre mi cara.
—¿Por qué me seguiste? No debiste hacerlo, esto es tu culpa
Habló con rabia y escupiendo saliva, sus facciones estaban tan arrugadas como las de un perro a punto de morder.
—Mira lo que me estás obligando a hacer —dijo entre dientes.
Otra vez sentía la fuerza de sus manos atacar a mi mandíbula y cuello, me estaba ahogando, me contorsioné en un intento por zafarme, mis piernas dieron golpes vagos por su estómago afelpado, no quería morir. Logré mirar hacia arriba suplicando con mis ojos vidriosos que parara, jamás lo había visto por tanto tiempo directo a las pupilas, sus manos temblaron y aunque su cara reflejaba odio pude ver qué su mirada se ablandó contra mis plegarias.
Tuve que esperar agónicos segundos para que me soltara por completo, dejándome caer a su lado boca abajo, respiré agotada y apenas tuve fuerzas me alejé hacia la otra pared y me oculté entre mis piernas esperando a que ese fuera mi refugio contra el monstruo que tenía a centímetros.
Pudo escucharme llorar en silencio, intenté ocultar mis jadeos entre mi brazo y ropa, pero mis contracciones de espalda delataron mi estado vulnerable, volví a sentir su mirada clavada en mí, está vez no me quemaba como las de siempre, era más de confusión o lástima.
—Vanessa... —dijo con sutileza y calma.
Lo escuché moverse y ponerse a mi costado, me paralicé por completo y esperé a que volviera a sujetarme, acababa de descubrir que mi papá asesino a mi amigo, y muy probablemente a los demás también, ese olor a sangre no se debía a solo una persona, pero no estaba segura.
Su mano acarició lentamente mi espalda, de arriba para abajo, no supe si intentaba consolarme o que ganara su confianza para después apuñalarme, claro que note el cuchillo que tenía por la cintura, escondido en medio del traje.
—En serio no debiste meterte, maldita sea, ahora que hago contigo —habló para mí o para sí mismo, no lo sé.
—P-Por favor... —rogué una última vez, giré mi cabeza abriendo mis brillantes ojos hacia él.
Ahora él fue quien me desvío la mirada, se apretó el puente de la nariz indeciso y suspiró, pude notar el traje teñido en sangre y su cara bañada en sudor, había hecho un gran esfuerzo y no fue solo en mí.
—Escucha... Si haces lo que te voy a decir, todo va a salir bien, ¿okay? —dijo volteándose y acercándose a mi rostro.
Asentí con inseguridad, él sacó un trapo del bolsillo y me hizo pararme, me levanto un poco la falda y limpio mi rodilla llena de la sangre ajena, luego con ese mismo trapo en las partes limpias secó mis lágrimas, ambas manos fueron a mi cara, él estaba acuclillado.
—Nadie tiene porque saber de esto, ¿entendido?
Asentí nuevamente, hizo mi cabello para atrás tratando de peinarme lo mejor que podía y que no pareciera que casi moría, cuando estuve más decente se levantó y me tomó de la mano.
—Quiero que salgas y finjas que todo está bien, yo te alcanzo después, tengo que limpiar el traje.
Afirmé y me dio un pequeño empujón por la espalda, observó como salí de la habitación y antes de cerrar la puerta reuní las fuerzas para preguntar una última cosa.
—¿T-Tú... Mataste a todos mis amigos? —tartamudeé.
Se viró y antes de volverse a poner la máscara alzó una ceja.
—¿En serio quieres escuchar la respuesta?
Eso me basto para confirmar mis sospechas, apreté mi mandíbula y me fui a paso lento de allí, escuché la puerta cerrarse con fuerza, una vez ya no estuve a su alcance corrí lo más rápido que mis piernas me dejaron y fui a llorar al baño, ni siquiera verifique si era de hombre o mujer, solo sé que necesitaba llorar sentada sobre un inodoro.
No salí por un buen rato de allí, aun cuando varios me tocaron la puerta, fingí que no había nadie y seguí llorando internamente, la culpa me llenó por completo y no dejaba de pensar en todos mis amigos, yo los conduce a su muerte, aun cuando no sabía fui cómplice de 5 homicidios y Dios sabrá cuántos más por accidente, desde cuándo he sido utilizada para esto ¿Iré a la cárcel? ¿Mi papá irá a la cárcel? ¿Con quién viviré? No tengo a nadie más, él es lo único que me queda.
Después de horas, minutos o segundos salí, no se cuanto tiempo pase adentro pero era hora de salir, no quería que llamaran al conserje o a los de seguridad, me pregunto en dónde diablos estarán.
Como si fuera por arte de magia allí estaba mi papá con el traje de conejo, más limpio que nunca, no entiendo cómo las manchas de sangre salieron tan rápido, quizás tenía repuestos para el traje o algo parecido, eso no fue lo que me llamó la atención, sino la tranquilidad con la que se estaba tomando fotos con más niños de la fiesta, ahora específicamente con el cumpleañero. Para él no ocurrió nada.
Me quedé observándolo perpleja y al parecer me notó, hizo una pequeña pausa a las fotos y se me acercó, todos los niños brincaron como locos por su presencia, se arrodilló para quedar a mi altura y con esos grandes ojos celestes me sonrió bajo la botarga.
—Tranquila, te prometo que todo será diferente a partir de ahora —afirmó acariciando mi rostro con dulzura, lo cual fue algo totalmente nuevo para mí y me había gustado.
—¿En s-serio? —pregunté ilusa.
—Sí —Me despeinó un poco y me extendió la mano entregándome un objeto.
—¿Y esto?
—Un regalo —respondió.
—¿Para mí? —abrí ambos ojos reflejando inocencia.
—Sip.
Formé una pequeña sonrisa y lo abracé, las veces en que los regalos vienen de parte suya no son seguidas, pero siempre las aprecié.
—Gracias papá...
—¿Qué tal si nos tomamos una foto? —se levantó.
Asentí muchas veces emocionada y me dirigí con él hacia la zona en dónde las fotos se tomaban, era debajo del cartel que decía "Welcome", las mejores fotos salían allí. Sujeté con fuerza el avioncito rojo con blanco que me había regalado y sonreí.
—¡Sonrían! —dijo el camarógrafo.
El flash de la cámara me cegó, al igual que lo había hecho el regalo y esa estúpida foto. Mi padre podía ser una persona horrible, pero cuando me trataba bien el remordimiento me carcomía.
Horas después llegamos a la casa y no topamos más el tema de los niños, yo no quería jamás volver a hablar sobre ello, no significa que no los piense, jamás los olvidaré y viviré toda mi vida con esa culpa, pero por ese día preferí enfocarme en el buen trato que me daba mi papá, subimos a mi alcoba y prendí la luz emocionada.
Coloqué sobre uno de los estantes mi nuevo juguete, acomodándolo al costado de los otros pocos objetos que tenía apilados de manera ordenada, mientras yo me distraía pude notar como por ciertos ratos, él miraba cada juguete con una gran sonrisa, como si recordara cada detalle al haberlo conseguido, no entendí lo divertido de su rostro y que tan entretenido debió haber sido obtenerlo, digo, no sabía que le gustaba invertir tanto en mí, parecía muy orgulloso, los miraba como si fueran trofeos. Pasó los dedos por los peluches, pulseras, juguetes y entre otras cosas que me había regalado, sonrió retorcidamente al llegar hacia el avión. Ese avioncito al parecer fue muy divertido de encontrar.
Quizás solo fue imaginación, pasé por su lado y jalé su brazo.
—¿Podemos v-ver una película juntos? —pedí con temor a que se negara como siempre.
Tardó en responder por estar mirando mi cuarto, luego obtuve su atención.
—Claro amor, prende la televisión.