Lobo Hombre en París
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“Te veo mañana, no te quedes hasta muy tarde.”
Fue la escueta despedida de mi último compañero en salir aquella noche; recuerdo sus manos, grandes y pálidas, aprisionando entre sus dedos la correa de su pequeño morral para luego colgarlo en su hombro derecho; recuerdo su camisa blanca, pulcramente planchada y con el último botón café desabrochado; recuerdo la luz blanquecina de la oficina acariciando su mejilla izquierda; y, también recuerdo, el sonido de sus pisadas alejándose del edificio en el que solíamos trabajar.
Es interesante, ahora que me tomo el tiempo necesario de meditarlo, el cómo es que recuerdo hasta el más mínimo detalle del último ser humano con el que tuve contacto, pero, como dato curioso, no recuerdo mi vestimenta de ese día ni lo que desayune en la mañana, ¿habré llegado a responderle antes de que se vaya?
La cosa aquí es que, cuando mi pie derecho tocó el piso pedregoso de la plaza y la luz de la luna llena se reflejó en la oscuridad de mi cabello, todo se tornó, de repente, muy confuso.
Era mi segunda semana de trabajo en las oficinas de Línea de Emergencia ubicadas en la pequeña plaza de una durmiente Versalles, y yo, como siempre, fui el último en salir del pequeño edificio.
En noches como aquella, donde la luna asemejaba a la sonrisa del gato de Cheshire y la neblina decidía inundar todo el lugar, acostumbraba a sentarme a orillas de la pequeña fuente en medio de la plaza y prender un cigarrillo mentolado. El silencio y la quietud de la medianoche me brindaba una paz indescriptible. Fue precisamente esa noche cuando lo vi por primera vez, sentado en mi lugar habitual, bajo el suave titilar de la luz amarillenta de una vieja farola.
“Disculpe, ¿me podría decir la hora? "preguntó, con una sonrisa tan amplia que pudo haberle llegado hasta las orejas, una sonrisa amable, pero hambrienta, de esas que te hacen estremecer y activan una alarma de precaución en tu interior. Lo observé unos cuantos segundos antes de responder, no parecía un vagabundo, siendo ese mi primer pensamiento cuando lo vi; tenía la barba un poco descuidada y el cabello rubio le caía desordenado hasta los hombros, pero su vestimenta, aunque casual, se veía muy pulcra.
“Son las doce y catorce” Le respondí, sin despegar la mirada del reloj de mi muñeca. El extraño asintió, y su gran sonrisa se volvió una línea tensa en su rostro.
¿Por qué no seguí mi camino? No lo sé, y ya no importa, solo diré que el cigarrillo mentolado que fumé esa noche sentado al lado de aquel extraño fue el más placentero de mi vida.
...
Azul, sus ojos eran azules.
Me di cuenta de ello la segunda vez que lo vi.
Esa noche la luna formaba un medio círculo y el cielo se encontraba extrañamente despejado, su pálido brillo bañaba las pequeñas casas coloridas del rededor, dándole al lugar un aspecto místico.
Glup.
Glup.
El constante gotear de la fuente era el único sonido que interrumpía la quietud del momento, solo hasta que sus labios se separaron para dejar escapar unas cuantas palabras que se estamparon con notable fuerza en mis oídos.
“¿Siempre te quedas hasta tan tarde?”
“Responde tú. Siempre estás espiándome a través de los ventanales de mi oficina.”
Una sonora carcajada retumbó entre sus labios y su rubio cabello se balanceó al ritmo del suave soplo de la brisa nocturna.
Bosque, olía a bosque.
“Yo no te espío. Te estudio.”
“Me... ¿Qué?”
“Te. Es. Tu. Dio.”
De repente fui consciente del frío de la piedra calando en las palmas de mis manos, de las pequeñas gotas de sudor que se iban formando en mi frente, y de la presión en mi pecho al sentir la intensa mirada ajena.
Él me miró.
Yo lo miré.
Y pude haberme ahogado en la profundidad del mar en sus ojos.
“¿Debería preocuparme por eso?”
“Depende. ¿Te asusta?”
“No.”
Su sonrisa canina se redujo hasta un atisbo, tan contagiosa como la gripe.
“Deberías regresar a casa, Loki.”
“Por supuesto, sabes mi nombre, ni siquiera preguntaré cómo.”
“Te puedo decir el mío si eso te hace sentir mejor.”
“Si me vas a secuestrar o algo por el estilo al menos quisiera saberlo.”
Él volvió a sonreír, esta vez con pereza.
“Thor, es un placer por fin conocerte.”
“¿Eh?”
“Llevo muchos meses observándote desde la penumbra, oculto en la oscuridad de la noche, grabando en mi memoria cada uno de tus movimientos, de tus gestos, de tus miradas y sonrisas, esperando el momento perfecto para poder acercarme a ti. Pero, deberé seguir esperando, hasta que la luna deje su timidez a un lado y decida mostrarse en todo su esplendor.”
Sus ojos se iluminaron cual destellantes estrellas, y por un corto lapso de tiempo me pareció ver pequeñas salpicaduras amarillentas en el océano. La alarma de peligro hizo eco en mi pecho y mi instinto me gritó que me alejara de ahí lo más pronto posible.
Vete, vete. CO RRE.
Ahora sé que hice bien en quedarme.
“Oh, ya veo, así que eres de esos lunáticos que andan acosando a la gente.”
“¿Eso crees?”
“Sí.”
“No te engañes, si me creyeras loco ni siquiera te hubieses detenido a mirarme. ¿Por qué todavía sigues aquí, Loki?”
Puede que le haya respondido balbuceando algún monosílabo, puede que no. No tengo ninguna imagen en mi cabeza luego de esas palabras, pero lo que sí recuerdo son las sensaciones; el toque de sus ásperos dedos sobre mi muñeca, impidiendo que me vaya; el olor a roble y tierra mojada que desprendía todo su cuerpo, cuando me atrapó entre sus grandes brazos; el suave roce de su cabello en mi cuello, cuando se inclinó para olfatearme; y luego...
La humedad de su boca contra la mía.
El gutural gruñido que resonó en su pecho, como una vibración, como el “click” que hace un interruptor al encender algo; y lo supe, ese fue el preciso momento en que despertó el animal escondido en la negrura del vorágine negro que es su alma...
...
La tercera vez que lo vi era noche de luna llena, el hombre de cabello castaño que trabajaba en la oficina al lado de la mía se despidió como en cada término de jornada, no recuerdo su nombre ni su rostro, y no planeo esforzarme en hacerlo. Me quedé como siempre, ordenando algunos reportes de los últimos incidentes ocurridos en la ciudad; el repique del reloj colgado en la pared era lo único que se escuchaba, y, como ironía de la vida, combinaba a la perfección con el sonido del aire que entraba y salía por mis fosas nasales con mucha prisa.
Era mi instinto, ahora estoy seguro de eso. No fue en vano el frío que sentí recorrer mi espina dorsal cuando vi a Thor merodear por la fuente.
Él me miraba, y sonreía.
Yo lo miraba, retenía el aire y suspiraba, tratando de controlar el temblor en mis manos. Creí que si me quedaba por más tiempo dentro de la oficina él se cansaría de esperar y se iría.
Uh, mi error.
Thor caminaba un poco encorvado, sus ojos brillaban bajo la luz blanca de la luna, los músculos de sus brazos parecían tensarse de rato en rato, dando la impresión de que le costaba controlar sus movimientos, y su sonrisa...
Era la misma sonrisa canina y depredadora de la primera vez, solo que más... No lo sé ¿tétrica? ¿Hambrienta? ¿Llena de deseo?
El se acercó al vidrio de la enorme ventana frente a mí escritorio, barrió el lugar con los ojos y su cuerpo se paralizó por un momento.
“¿¡Qué quieres?! ¡Vete, o llamaré a la policía!”
Mi voz temblaba, mis manos temblaban, mis piernas temblaban, mi alma tembló, haciendo que todo en mi se estremezca.
Tic, tac.
Él desapareció de mi campo visual.
Tic, tac.
Un golpe en la madera de la puerta.
... Tac, tic.
La enorme silueta que formaba su cuerpo apareció frente a mi, como si de una visión fantasmagórica se tratase.
Cerré los ojos rogando por despertar de esa pesadilla, deseando que cuando los abriera me encontrara en la cama de mi habitación, contando en silencio los segundos.
Uno, dos, tres...
El cuerpo de Thor retorciéndose sobre el mío, doblándose, produciendo crujidos grotescos.
Cuatro, cinco, seis...
Pelo, mucho pelo, llenando cada rincón vacío de su piel, cubriendo su cuerpo cual espeso manto gris.
Siete, ocho, nueve...
Sus dientes de repente eran filosos colmillos que no se molestaba en ocultar.
Diez.
Sus ojos azules mutaron en un amarillo opaco, pero su rostro...
Aún podías ver los restos de su humanidad por los finos rasgos que quedaron en su rostro.
Cualquier artista vanguardista que hubiese podido verlo lo describiría como una hermosa criatura de la noche, un ejemplar digno de ser inmortalizado en un lienzo, digno de ser contemplado y valorado por muchas generaciones.
Era bello, muy bello.
De ese tipo de belleza que te da miedo, esa belleza que asusta.
¿Qué hice a continuación? No estoy seguro, creo que me metí debajo del escritorio en un vano intento por esconderme. De más está decir que no sirvió de nada, él me envolvió en todo su ser, me sumergió por completo en él, con tanta delicadeza que por un momento me sentí como una pluma siendo mecida por el viento, como una hoja seca cayendo del árbol en otoño, como... Algo etéreo.
Etéreo; esa es la palabra para definir lo que pasó después, fue etéreo el vaivén de sus caderas entre mis piernas, fueron melifluos los sonidos que producían sus labios al danzar sobre los míos, los jadeos involuntarios que escapaban de mi boca y los gruñidos que él soltaba cuando yo tiraba del pelaje de su nuca.
Tal vez hubo sangre cuando enterró sus filosos caninos en la piel de mi cuello, pero no recuerdo dolor alguno, había caído en total limerencia por el placer producido por el orgasmo compartido.
¿Fue el mejor sexo de mi vida? Lo fue.
Lo fue por completo.
¿Y qué pasó después? No lo sé, desperté a la mañana siguiente envuelto en la calidez de unos fuertes brazos humanos, con la respiración tranquila de Thor rozando mi cuello, rodeado por cuatro paredes de madera, donde una pequeña ventana filtraba la luz del amanecer.
Fueron árboles lo único que alcancé a ver cuando me asomé al exterior, y solo árboles fueron lo que pude ver por el resto de mis años.
Viviendo en aquella pequeña cabaña, rodeado por hectáreas de bosque virgen, compartiendo el lecho con un hombre que cada noche de luna llena deja su apariencia humana para convertirse en una preciosa bestia que busca saciar sus más oscuros deseos en mi cuerpo, que yo gustoso, le cedo.








