Unbreakable by Andrade4ever at Inkitt
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Unbreakable

Summary

Obito Uchiha, tras haber sido testigo de un gran evento traumático, se ve en la responsabilidad de velar por sus pequeños hermanos mellizos. Teniendo claro lo podrido que está el reino en el que viven, intenta destruirlo, luego mejorarlo y por último erradicarlo para volver a comenzar. "Este reino tiene su lado oscuro, pero todo lo tiene. Lo único que podemos hacer es mejorarlo, más no erradicarlo." Fue la mentira que creyó durante 3 años. Pero ya no más. Él cambiaría eso. Ya fuese por las buenas o por las malas. ---------- Kakashi Hatake es conocido por ser el cabrón más grande del palacio. Un príncipe heredero muy grosero, prepotente y antisocial. Creando una coraza debido a su condición discriminada de doncel y desarrollando problemas mentales ante el claro favoritismo de su padre por su hermana; haciendo como si él no existiera en ese plano terrenal. Podía apreciar claramente como su padre era manipulado y la decadencia completa del reino. Pero no lo permitiría por mucho. Él pondría al consejo en su lugar. Tarde o temprano.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El ruido metálico de los kunais chocando entre sí lo hizo temblar del miedo. Abrazó a sus hermanos a modo de protección mientras observaba desde el interior del armario.

No sabía quienes eran esos tipos, pero tenía claro que querían matar a sus padres. Escuchaba los gritos de algunos hombres cuando eran decapitados o heridos de gravedad. Sus padres estaban luchando para protegerlos y él se lamentaba el no poder hacer nada para ayudarlos. Tenía apenas 8 años. Podía manejar un kunai y un shuriken, pero si salía lo matarían en segundos. Sin mencionar que sus hermanos necesitaban protección.

Cuando estaba cenando con su familia, de la nada su padre le ordenó esconderse junto con sus hermanos. Él, como buen hijo obediente, le hizo caso y se escondió en el armario del cuarto de sus padres. Y entonces, pasados unos segundos, se escuchó como la puerta principal era derribada. Eso alarmó a los tres infantes.

—¿Qué sucede, hermano?— Preguntó una pequeña niña de 6 años.

—No lo sé, Mikoto. Pero no debes preocuparte. Tu hermano mayor te protegerá de todo.

El mayor sintió como su otro hermano se pegaba a él con miedo. El de hebras negras solo pudo abrazarlos a los dos. Pasó una media hora y dejó de escuchar ruido. Todo estaba en un profundo silencio. Un par de pisadas resonaron por toda la casa y luego volvió a haber silencio. El niño mayor se encontraba dudoso en si salir y ver lo que pasaba o quedarse un poco más ahí. Entonces, un fuerte olor fue captado por sus fosas nasales.

—¿Qué es ese olor, hermano?— Preguntó un niño muy similar a Mikoto.

El mencionado no habló, más de inmediato salió del armario junto con sus hermanos mellizos. Obito Uchiha reconocía ese olor. Era el mismo olor de cuando su madre encendía la fogata de los domingos. Era el olor del fuego consumiendo la madera.

El fuego consumiendo su casa de madera, para ser específicos.

Cuando los niños bajaron, lo primero que se encontraron fue un escenario horrible. Obito le ordenó a sus hermanos mellizos que no vieran, se voltearan y que se taparan los oídos. Ellos hicieron caso. Era una escena horrible y no hablaba por los cuerpos de hombres decapitados.

Sus padres estaban en el suelo. Reconocería el cuerpo de su padre en donde fuera. Lo que lo horrorizaba era el hecho de que lo reconocía por la ropa, ya que su cabeza no estaba. Su padre fue decapitado a corte limpio. En cambio, observó la melena oscura de su madre sobre el pecho de su padre. El doncel mayor no tenía sus brazos y estaba llorando silenciosamente sobre el cuerpo de su amado esposo. Obito se acercó a su madre con los ojos llorosos.

—Hijo, huye. No mires atrás y huye con tus hermanos. Recuerden que siempre los amamos, pero perdónennos por dejarlos solos a tan temprana edad.

Las lagrimas de Obito comenzaron a descender de forma lenta mientras escuchaba las palabras de su madre. El pequeño se acercó y abrazó la cabeza del doncel con mucha fuerza. Las lagrimas del azabache mayor no paraban de caer y, cuando una ventana fue rota, Madara le ordenó que se fuera con sus hermanos. La sala comenzó a ser incendiada ante la entrada de una coctel molotov por la misma ventana rota.

Obito no quería irse. Él se quería quedar con su madre. Pero no podía dejar a sus hermanos desprotegidos. Lentamente soltó a su madre y, con mucho dolor en su corazón, se alejó de él. Estaba por tomar a sus hermanos, pero otra ventana fue rota con otra bomba.

—¡Mikoto, Kagami, corran hacia la salida trasera! ¡Ahora!— Les ordenó Obito mientras tocaba los hombros de sus hermanos y, posteriormente, se tapaba la nariz por el humo que se estaba creando.

Los mellizos no dijeron nada y comenzaron a correr. Obito, por su parte, solo volteó a ver a su madre una vez más.

Grave error.

Justo cuando volteó, vio como una molotov le caía a su madre, quien lo miraba con una sonrisa triste en su cara. Ante la explosión, Madara Uchiha solo pudo soltar un gran grito mientras su cuerpo se prendía en llamas. Obito tembló y se quedó mudo al ver como su madre era quemado vivo. Y cuando desvió su mirada, la cabeza de su padre castaño lo hizo que quisiera vomitar. Sin esperar más, salió corriendo en busca de sus hermanos.

Los tres lograron salir de la casa que se caía a pedazos por el fuego. Los infantes se adentraron al oscuro bosque que rodeaba su casa. El mayor se detuvo por unos momentos al observar a las personas que estaban incendiando su casa y que, obviamente, asesinaron a sus padres.

Todos traían la misma ropa que los muertos de la casa, pero logró observar algo. Un símbolo raro en forma de espiral con un pequeño triángulo en la parte inferior izquierda. El símbolo del reino de Konoha. De su propio reino. Se quedó hipnotizado con ese emblema. Sus ojos no podían dejar de verlo, pues no se creía que los guardias de su nación estuvieran haciendo tal cosa. Escuchaba como sus hermanos lo jalaban de los brazos, pero no se movía.

Fue entonces que visualizó algo. Alguien había llegado. Un hombre de cabello negro con una capa que se notaba fina. No sabía quien era, pero todos los presentes se arrodillaron ante él.

—Lord Orochimaru.

—¿Todos están muertos?

—Sí, mi lord.

—Bien. Nadie dirá nada sobre lo que ocurrió aquí, ¿entendido? Esta casa nunca existió.

—¡Entendido!

Obito se había quedado petrificado mientras escuchaba al hombre hablar. Comenzó a correr junto con sus hermanos al notar que el azabache estaba viendo en su dirección. Las lagrimas se acumularon en sus ojos mientras corría tomando vagamente las pequeñas manos de sus hermanitos. Su vista se vio nublada por unos momentos mientras un destello rojizo se hacía notar desde sus ojos, por lo que terminó tropezando con una roca; preocupando a los menores de inmediato.

—¡Hermano! ¿¡Te encuentras bien!? ¡Hermano!— Exclamó Mikoto con pequeñas lagrimas saliendo de sus ojos.

—E-Estoy bien. Sigamos.— Se talló sus ojos con dolor.

—¿Pero a donde vamos?— Preguntó Kagami con sus ojos brillosos; amenazantes de derramar lagrimas saladas.

—No lo sé, pero por el momento nos alejaremos de este lugar lo más que podamos.

El niño se levantó del suelo y siguió corriendo con sus hermanos. Y tras correr una hora, Obito se detuvo debido a que sus pequeños hermanos ya no podían seguir. Era normal, pues solo eran unos niños de 6 años. Se detuvieron a mitad del bosque. No sabían la hora que era, pero la luna estaba en la cúspide. Los rayos lunares era lo único que tenían como guía en ese oscuro sendero.

Obito se sentó y, a sus dos lados, sus hermanos hicieron lo mismo; recostándose sobre sus hombros con cansancio. El mayor solo sonrió levemente mientras volteaba a ver la luna. ¿Ahora que se supone que harían? Estaban por completo solos. No podía ir a pedir ayuda al palacio, después de todo, de ese lugar vino la orden de que eliminaran a su familia. Obito ya no tenía a sus padres por culpa de ellos.

Quería gritar. Llorar hasta que sus ojos dolieran tanto que ya no los sintiera. Quería que su pecho dejase de arder de esa forma tan horrible. Su corazón estaba siendo incinerado de la misma forma en la que fue su madre: sin piedad. Los espasmos de su cuerpo estaban siendo controlados para no alterar a sus hermanitos.

Sus hermanos.

¿Cómo les diría lo que pasó?

Todavía eran demasiado inocentes. Unos niños que apenas estaban comenzando a vivir su vida. No podía decirles que sus padres fueron brutalmente asesinados a manos del propio palacio. ¿Pero cómo explicarles que ya no volverían a ver a sus padres? ¿Qué ya no podían volver a su hogar nunca más? Su mente estaba entrando en una gran crisis. Solo tenía ocho años, joder. No debería tener esa carga en sus hombros desde tan temprana edad.

El sonido de una rama quebrándose hizo que sus sentidos se activaran. Obito observó todo su alrededor en espera de saber lo que provocó ese ruido. Entonces, de un arbusto, una pequeña bola de pelos blanca apareció. Dicho animal estaba soltando gemidos lastimeros y de dolor, pero no parecía estar lastimado. Sus hermanos observaron al animalito con tristeza. Mikoto se separó un poco de su hermano y tomó con cuidado al pequeño que no parecía tener más que unas semanas de nacido. Obito se levantó al escuchar más aullidos de dolor. Caminó a un par de metros y, justo debajo de un gran árbol, estaba un lobo gigante de color café muerto. Con él, o más bien ella, había otro cachorro de la misma tonalidad.

—Que horrible...— Fue lo único que pudo decir ante tal escena. Ese animal había sido asesinado, pues tenía varias flechas incrustadas en su cuerpo. Todas con el pequeño logo de Konoha.

— ¡Kagami, no mires!

Pero a su hermano menor no le importó y siguió acercándose de todas formas. Se aterrorizó al ver al animal muerto, pero su vista se desvió de inmediato al pequeño lobezno café. Se acercó y lo tomó, aunque justo cuando lo cargó, otro lobo pequeño salió de detrás de su madre. Un lobo negro de ojos rojos. Este apenas y se podía mantener en pie, pues tenía la misma edad que los otros dos lobos. Mostró sus pequeños colmillos a modo de amenaza. Obito lo observó y se acercó. El animal retrocedió un poco con miedo y, posteriormente, fue cargado por el Uchiha.

—Tranquilo, no tienes que preocuparte. ¿Los del palacio también te quitaron a tu madre? Sé lo que se siente.

El pequeño animal pareció entender lo que decía Obito, por lo que solo recostó su cabecita en el pecho del niño. Obito volteó a ver a sus hermanos, los cuales parecían fascinados con los animalitos. Devolvió su vista al cadáver de la loba y solo pudo soltar un suspiro.

—¿Qué les parece si nos los quedamos?

—¡Sí!— Exclamaron los mellizos al mismo tiempo.

Obito sonrió por la reacción de sus hermanos. Estar con esos lobos los ayudaría a distraerse de todo lo que está pasando. Comenzó a caminar, pero el pequeño que llevaba en brazos comenzó a llorar. Se removió de forma brusca y cayó al suelo. Sin esperar mucho, se fue corriendo hacia su madre y se restregó contra ella. Obito no pudo contener sus lágrimas. Era exactamente él con su madre hace apenas una hora. Se acercó al lobito y lo volvió a tomar entre brazos. El animal volvió a removerse y a soltar chillidos, pero Obito lo sostuvo fuerte.

—Sé que duele, pequeño, pero esto es lo mejor.

Y entonces se alejaron del lugar. Caminaron por otro rato hasta que divisaron una aldea. No había nadie en las calles por razones obvias. Obito buscó algún lugar en donde puedan quedarse, pero todo estaba cerrado. Fue entonces que vio una casa con una farola encendida. Se acercó pensando que era algún hostal o algo similar, pero no, solo era la casa de una anciana, la cual estaba tejiendo junto a la ventana.

—Oh, vaya, ¿pero qué es lo que estoy viendo?

La anciana dejó de tejer y achicó sus ojos. Se le hizo extraño el ver a tres niños con lobeznos vagar solos por la madrugada. Obito, al ver que la mujer los vio, estaba a punto de correr, pero la anciana los detuvo y los invitó a pasar.

No debería de aceptar tal invitación de una desconocida, pero los tres eran niños. ¿Qué mal podían pensar? Los tres entraron y se sentaron en el pequeño sofá de la sala. La anciana les ofreció algo de comer y ellos aceptaron gustosos. Les llevó un poco de pan y leche; disculpándose por ser lo único que pueda ofrecerles. Los niños no alegaron nada, solo agradecieron la comida y la engulleron. La anciana incluso había traído leche para los pequeños lobos en un tazón mediano.

La mujer no pronunció palabra alguna en ningún momento. Solo observaba como los niños comían y, pasada una media hora, los pequeños de 6 años se quedaron dormidos al instante. Obito, por su parte, se mantuvo despierto en todo momento. Observó a la anciana de unos 80 años con curiosidad.

—¿Por qué nos ayudó?

—¿Quién no lo haría? Solo alguien sin corazón no prestaría su ayuda a quien lo necesita.

Obito bajó su mirada al suelo.

—¿En donde están sus padres?

El pequeño se tensó visiblemente por la pregunta.

—E-Ellos...

Sus lagrimas comenzaron a bajar de forma lenta mientras recordaba a su madre siendo consumido por el fuego y la cabeza de su padre. Se abrazó a si mismo al sentir demasiado frío. Tanto frío que le quemaba.

Era algo irónico. El fuego, en forma de quemadura, podía llegar a ser indoloro ante la destrucción de las terminaciones nerviosas. Pero el hielo, si se tocaba mucho se adhería a tu piel y te quemaba. En ambos lados terminas herido.

—No tienes que decirme si no estas listo, pequeños. Puedo deducir lo que vas a decir...

Obito agradeció en silencio el que no lo obligara a relatar tal hecho traumático.

—Pueden quedarse aquí el tiempo que quieran. Son bienvenidos.

—¿P-Pero no seremos una molestia?

—Oh dulzura, no serán una molestia. Vivo sola, después de todo. Su compañía me hará muy feliz.

El niño no dijo nada, solo sonrió levemente. Obito no supo cuando se quedó dormido, pero cuando abrió sus ojos los rayos del sol estaban golpeando su cara. Parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la luz y luego se levantó. Visualizó a la anciana de reojo, la cual estaba en una silla mecedora tejiendo. Al ver que el niño despertó le brindó una cálida sonrisa. De inmediato le ofreció algo de comer a él y sus hermanos, los cuales despertaron luego de un rato.

Los tres niños se quedaron con la anciana días, días que se convirtieron en semanas, luego meses y por último años.

Cada que los hermanos se quería ir del lugar, la anciana insistía en que se quedaran con ella. Después de todo, ella había perdido a su familia hace muchos años. A su esposo en la guerra entre Konoha y Kiri y a su hijo en la batalla del valle que se dio entre Suna y Konoha. Había estado casi 20 años en soledad, por lo que estar en compañía de niños la hacía feliz. Ella siempre quiso tener nietos, pero nunca pudo por las circunstancias que la nación vivía constantemente.

Obito comenzó a tomarle cariño a Nobari. Esa amable anciana prácticamente había salvado sus vidas. Si ella no los hubiera ayudado, ¿Quién sabe en donde estarían? Ella los acogió no solo a él y a sus hermanos, sino también a los pequeños lobeznos. Además, si ellos se iban de ese lugar él no podía garantizar que encontraría uno bueno para sus hermanos. Terminó quedándose más por sus hermanos que por algo más.

Aun a pesar de haber pasado más de cinco años, Obito nunca pudo olvidar la tragedia de sus padres. El rencor que le nació hacia su propia nación era casi ciego. Quería venganza de alguna forma, y Nobari notaba esa mirada llena de odio en el Uchiha, en especial cuando su sharingan se activaba. Ese dojutsu del que su madre siempre le había hablado, diciendo que era un arma muy poderosa en el arsenal de los Uchiha. Algo codiciado por los cinco reinos, por lo que no tenía que mostrarlo tan fácil.

“Muestra tu sharingan cambiante ante un enemigo fijo. Un muerto no puede hablar.”

Fueron las palabras de Madara momentos antes de que el ataque ocurriera; haciendo referencia de que los Uchiha utilizaban eso para matar, no de otra forma. Obito no lo creía así, pues estuvo entrenando con su dojutsu durante años y supo como sacarle provecho.

Pero su odio nunca se iba.

Cuando cumplió 15 años, Obito estaba decidido a hacer un ataque directo al castillo. Estaba preparado con su mascara de marcas negras. Sus hermanos quisieron detenerlo, pero él los ignoró. Y justo cuando estaba sobre el lomo de su fiel lobo azabache, Nobari salió a detenerlo. La pobre anciana no quería ver a su pequeño convertido en un criminal. Estaba al borde de su vida, por lo que no quería morir sabiendo que uno de sus pequeños niños se volvió un traidor a la corona.

Ambos se envolvieron en una pelea verbal muy fuerte, en donde Obito salió ganando. Y cuando estaba por irse, escuchó como la anciana colapsaba. Se bajó del lobo y fue en su ayuda. Llamaron al único ninja médico de la aldea para que la ayudara, pero este dijo que no había mucho por hacer. Ella estaba muriendo de forma natural.

En sus últimos momentos de vida, Nobari habló con Obito. Sus hermanos menores no querían despedirse de ella, pues sabían que no aguantarían como su hermano.

—Obito-chan, no sabes lo feliz que fui en estos siete años. Tú, tus hermanos e incluso esos revoltosos lobos me hicieron la mujer más feliz del planeta. Pero no quiero que se sientan mal cuando yo me vaya, ¿sí?

—¡No digas estupideces, abuela! Tú no vas a morir. ¡T-Tú vas a sobrevivir!

La anciana rio levemente mientras sentía como Obito tomaba su mano. Ella solo lo observó fijamente; notando como a pesar de estar preocupado, la chispa del odio estaba en su mirada.

—Obito, quiero que me prometas algo. Quiero que olvides tu venganza.

—Nobari-san...

—No quiero que desgracies tu vida solo por tu odio. Obito, no quiero que seas un criminal. Tus hermanos necesitan de ti. Tanto tú como ellos han sufrido mucho en el pasado, pero para poder avanzar hay que dejar atrás los obstáculos. Por favor, no dejes que tu odio te ciegue. Esta nación tiene sus lados oscuros, sí, pero todo lo tiene. Lo único que podemos hacer nosotros como seres humanos conscientes es intentar mejorarlo, no erradicarlo, porque eso es algo imposible. Si sientes odio por lo ninjas impertinentes y corruptos, vuélvete uno para cambiar eso. Vuélvete ese ninja honorable que pudo haberlos salvado a ti y a tus hermanos de la desgracia.

Obito no dijo nada, solo asintió mientras las lágrimas bajaban por sus ojos. El destello rojizo de su sharingan estaba presente. Sus tomoes daban vueltas y vueltas y, cada que la mano de Nobari perdía fuerza de agarre, los tomoes se iban deteniendo hasta formar una figura nueva. La figura que le daba un nuevo comienzo a su vida.

La anciana solo sonrió con debilidad. Cerró sus ojos mientras todo su cuerpo quedaba inerte. En su cabeza, solo pasó un último pensamiento.

“Es igual a ellos.”

Posteriormente, la muerte la recibió con los brazos abiertos.

Desde la ida de Nobari, Obito se juró alejarse del camino del odio. Fue la última voluntad de la mujer que tanto lo cuidó. Además, tenía mucha razón en todo lo que le dijo. No solo era él el que se jugaba el cuello, también sus hermanos. No tenía sentido tener una vida en la que se la pasaría maldiciendo a los malditos que le arruinaron su existencia. Entonces, se propuso de meta ser el mejor ninja que ese maldito reino podía tener.

Y cuando cumplió 17 años se inscribió para realizar las pruebas para ser ninja.

Y aprobó.

Continuará...

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