PARTE 1

La cera de la vela cayó sobre mi abdomen, cerca del ombligo. Quemaba, pero ese dolor me gustó, quizás demasiado. Sentí su lengua pasearse entre mis muslos lastimados; él los mordió tanto que estaban llenos de moretones y rasguños. Me preguntó si yo lo deseaba y respondí gimiendo. Cada ruido obsceno que abandonaba mi boca era respuesta suficiente a sus preguntas.
Entró despacio en mí y empujó su cuerpo hacia el mío. Olía a sudor, colonia de caballero y pasión. Me hacía babear y mojarme lo fuerte y duro que era su abdomen, sus brazos, sus piernas... Estocada tras estocada, derritió mi cerebro, corrompió mi cuerpo y grité por más. Más y más. Grité hasta quedarme sin voz.
Volteó mi cuerpo, usándome como trapo viejo y ligero. Tomó mis caderas y volvió a penetrarme, pero esta vez no fue amable. Golpeó mi interior con furia, el chapoteo de nuestras pieles era exquisito. Me sentía como una perra, su perra, y pedí por más...
Aemond dejó de leer. Siempre lo hacía cuando comenzaba sentir que su hombría se endurecía y él perdía la razón. No estaba bien, él era un hombre de fe. Bloqueó el teléfono y lo lanzó a la cama. Despeinó sus cabellos rubios, recién cortados por el barbero del pueblo, y suspiró amargamente.
Era un pecado, uno atroz. Leer esos relatos era caer en uno de los más bajos pecados de la carne, pero lo disfrutaba. Las palabras de esa mujer (asumía que era mujer, en realidad nunca aclaró su género) eran deleitosas, casi podía escucharla hablarle al oído. Imaginaba que tendría una voz suave, seductora y cantarina, quizás madura, pero apetecible. Cada vello de su nunca se erizaría y su hombría despertaría, dura y firme contra su abdomen.
Dio un golpe a la mesa de madera, la taza de café sobre ella tembló y se derramó un poco de su contenido. Debía detener esos pensamientos impúdicos, pronto dirigiría la misa de las siete.
Mientras daba la misa, su mente divagó en las palabras de Lucerys. Ansiaba terminar y por fin irse a casa a terminar el relato. Lucerys escribía relatos eróticos para una famosa revista para adultos. Aemond la leía por internet, porque en el pueblo era imposible conseguirla, además... ¿Qué diría la gente si lo vieran leyendo algo así?
Conoció los relatos de Lucerys gracias a su hermano, Aegon, un pecador desvergonzado. Hey, esto te va a gustar, mojigato de mierda, decía el mensaje, Aemond iba a ignorarlo, pero la curiosidad mató al gato, a Aemond, en este caso, y entró al link.
Durmió hasta tarde leyendo las palabras de esa sensual mujer. Admiraba la fluidez de sus palabras, cada narrador tenía su propia voz, y lo variados que eran sus relatos. Un día podía ser una alumna y su maestro, otro un par de hermanastros o una madre con el mejor amigo de su hijo, quince años menor. Construía diversos universos en los que Aemond se veía inmerso hasta altas horas de la noche.
Terminó la misa dando la bendición, y todos los fieles se retiraron. Charló un poco con las mujeres devotas, asintiendo y sonriendo, aunque en realidad no escuchó nada de lo que decían. Su mente divagaba en los relatos de Lucerys. Era una obsesión. Despidió a a última persona y por fin pudo respirar en paz.
Miró la iglesia vacía y sus pasos hicieron eco en el pulido suelo. Antes de apagar las luces, la puerta se abrió de golpe y un muy sudado Willis Fell, entró corriendo.
Willis era muy devoto, padre y madre creyentes desde jóvenes, y le gustaba pasar tiempo con Aemond. Y a Aemond también le gustaba pasar tiempo con Willis, admiraba lo inteligente que era, pronto se iría a la ciudad para estudiar la universidad, pero esta vez no quería brindarle un poco de su tiempo. Fingió su mejor sonrisa y detuvo su andar. Esperó a que el joven lo alcanzara, recargándose en sus propias rodillas, recuperando el aliento.
—¿Qué pasa, Willis? —preguntó, preocupado—. ¿Estás bien?
—Padre... —musitó, sin aliento. Tenía asma, así que sacó el inhalador de su bolsillo, lo colocó en su boca y presionó dos veces—. Llegó un joven al pueblo.
Era un pueblo pequeño, todos se conocían, la llegada de alguien nuevo podía ser muy escandaloso. Aemond amaba recibir a los visitantes o nuevos residentes, pero hoy no. Joder, ¿por qué no entendían que él también tenía derecho a una vida privada?
Se maldijo mentalmente. Él estaba para servir, sus necesidades pasaban a segundo plano cuando de los demás se trataba. En el seminario aprendió a desprenderse de su egoísmo y amar al prójimo. A veces le costaba, pero seguía siendo humano.
—¿Es así, Willis? ¿Cómo lo supiste?
—Se está hospedando en la vieja casona cerca del Lecho de Pulgas. Es muy joven, al parecer es un escritor que vino a un retiro de escritura, y quiere conocerlo, Padre.
—Pasaré a visitarlo mañana, hoy ya es muy tarde. ¿Tienes su número? Así podré agendar una cita con él.
—Le pasé el suyo, Padre —comentó, alegre—. Dice que él le mandará mensaje.
Genial, ahora un desconocido tenía su teléfono. Gajes del oficio.
—Gracias por avisarme, Willis. Regresa a casa con cuidado.
—Descanse, Padre.
Willis corrió de nuevo hacia la salida. Intentó decirle que no lo hiciera, pero ya estaba lejos. Aemond por fin se fue a casa.
***
Vivía en la casa parroquial, detrás de la iglesia. Se la entregaron en muy mal estado, pero Aemond hizo uso de sus dotes de carpintería, jardinería, entre cosas cosas, para traerla a la vida. Consiguió hacerla habitable, incluso disfrutaba sus días libres leyendo la biblia en el porche o cuidando de sus plantas. Recibía pocas visitas, porque todo lo trataba en la iglesia. Solo su madre venía de vez en cuando desde Oldtown, aunque sus visitas se volvieron escasas. Ella seguía molesta por haberse ido a un pueblo, lejos de ella, en lugar de permanecer en la parroquia de Oldtown.
Algún día lo superaría, Aemond ya estaba acostumbrado a los berrinches de Alicent.
Ese día recibió la visita del escritor, acordaron verse en la casa parroquial, al mediodía.
Se llamaba Luke y los visitaba desde Driftmark. Chico de dinero, bastante guapo y muy joven. Tenía veinticuatro años, se había titulado en Lengua y Literatura; escribía para una revista famosa, de la cual no mencionó el nombre. La ciudad lo abrumaba y la inspiración parecía no querer salir de su escondite.
—Creo que la tranquilidad del pueblo me ayudará a escribir —comentó, acariciando la orilla de la taza de porcelana. Sus dedos eran delgados y delicados, adornados por gruesos anillos. Aemond los miró más de la cuenta, hasta que se quemó con la tetera. Luke reprimió una sonrisa—. ¿Se encuentra bien, Padre?
—Sí, solo me distraje. Entonces... ¿Retiro de escritura?
—Exactamente.
—¿Qué escribes?
—Relatos... —dudó—. Sí, relatos.
—¿Sobre qué?
—Depende mucho de lo que me pida la revista, soy muy versátil, pero esta vez me está costando. Es por eso que decidí venir aquí y hablar con usted.
—¿En qué puede serte útil un viejo cura como yo?
—Venga, no es tan viejo. ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta y algo?
—Treinta y nueve, cumplo los cuarenta en dos meses.
—Sigue siendo joven.
—Me halagas.
Luke sonrió y bebió de la taza. Sus labios rosados y acorazonados contrastaron con la blanca porcelana. Aemond carraspeó.
—Pues adelante, estoy a tu disposición.
Eso amplió la sonrisa de Luke. El joven abrió las piernas y recargó la espalda en la silla. Llevaba una camisa bermellón, abierta del pecho, y un pantalón ajustado. Su pecho era pálido y liso, y de su cuello colgaba un collar. Desde donde se encontraba, Aemond no lograba ver el dije unido a la cadena; parecía ser una estrella. Luke se movió y ocultó el collar.
—Necesito hacerle preguntas sobre su profesión. ¿Le parecería reunirnos el viernes por la noche? Podemos cenar en la casa que renté y charlar.
—Me parece una excelente idea.
Luke se puso de pie y extendió su mano hacia Aemond. El cura no dudó en estrecharla, fascinándose por lo suave y fría que era. Despidió al escritor y lo vio alejarse, Luke se despidió con la mano a lo lejos y Aemond correspondió.
Durmió pensando en Luke, en lo bonito que eran sus ojos, en cómo el viento movía sus rizos y la sonrisa pícara dibujada en sus labios. Lucía angelical bajo la luz del sol, que exponía las pecas de sus mejillas. Pero Luke estaba muy lejos de ser un ángel.
Aemond se dio cuenta demasiado tarde.








