Regalo
El hotel Hazbin tanto de día como de noche, era un mar de discusiones por parte del demonio de la radio y el soberano del Infierno.
Seguían con la misma idea de quién era mejor guía para Charlie. No sólo en tratar de apoyarla en su meta, que es redimir a los pecadores, sino en ser una guía para que pueda tomar las decisiones correctas para lograr hacerlo. De Lucifer se entendía aquello porque era su padre, pero ¿de Alastor? Él hace unas semanas atrás había aceptado que le tomó cariño a la princesa. Era como Nifty, alguien que necesitaba protección por ser un tanto ingenua, apesar de sus edades y de su independencia, requerían de ese cuidado parental. Al menos hasta que maduraran por completo.
La princesa del Infierno había entendido el por qué de aquellas peleas entre su padre y el pelirrojo. Ellos solo buscaban su bienestar. Si ambos querían lo mismo, ¿por qué llegar a recurrir a la competencia? Cuando podían trabajar juntos para conseguirlo.
“Es lo mejor” Se dijo la rubia, acercándose a Alastor que estaba hablando con Husk en el bar del hotel. No llevaba ni medio camino y a Charlie ya le empezaba a oler alcohol, demasiado alcohol. Cuando estuvo cerca, se percató de que Husk estaba bebiendo cerveza y que Alastor, “espera, ¡¿Alastor bebiendo?!” No se la creía, pero vio que lo que bebía era whisky, algo más refinado que el felino, como era de esperarse de él.
—Amm, oye Alastor. ¿Estás sobrio para lo que te voy a decir? —sonrió de lado la rubia un tanto nerviosa—. Es algo sobre mi papá y tú.
El demonio mencionado giró un poco la cabeza, para poder mirarle los ojos directamente a la princesa, contestándole con tranquilidad. —Oh, querida. Estoy más cuerdo que nunca, ¿de qué se trata? —sabía mentir muy bien, ya que llevaba más de 6 copas de alcohol. Estaba firme, pero mentalmente ya había perdido la razón. Y sólo iba a seguirle la corriente a Charlie, pensaba que no era algo de importancia. Sin embargo, cuando dijo “mi papá” tenía que estar listo para lo que dijera. Justo estaba tomando mucho whisky para olvidarse del mal rato que pasó con el ángel caído.
—Verás... —tomó una pausa, juntando sus dedos índices en señal de nerviosismo. Al principio, pensaba que Alastor tenía unas grandes vibras para intimidar a los demás, y sí las tenía. Pero lo conocía mejor e incluso confiaba en él. Confiaba que iba a aceptar la propuesta que le tenía, no importaba que protestara—. Quiero parar esas absurdas peleas que mi papá y tú llegan a tener, que por cierto, ya han sido muchísimas a lo largo del mes. ¿Qué tal una reconciliación?
Alastor al escuchar esas palabras no pudo evitar reírse a carcajadas, llevándose una mano a la cabeza. Cuando terminó o más bien, trató de parar con las risas, se pasó con la mano los cabellos rojizos hasta dejarla caer.
—Querida, el chaparrito de tu padre y yo estamos completamente bien. No entiendo el por qué te preocupas.
—¿En serio? A cada rato parecen esposos peleándose por la custodia de su hija. Deberían verse en escena, que ridículos —soltó a carcajadas ahora Husk. A lo que el locutor lo miró entrecerrando los ojos molesto, fue cuando de inmediato el otro cerró su boca.
—Por favor, por favor —rogaba Charlie juntando sus manos—. Sabes que no es cierto lo que dices. Necesitan reconciliarse, hacer las paces por así decirlo.
De nuevo iba a protestar, pero ¿qué más daba? Joder, estaba bien ebrio, y quería acabar con ese tonto caso lo más rápido posible, así se tuviera que humillar enfrente de su majestad. Total, no iba a recordar nada después, gracias al alcohol. Así que aceptó la propuesta, poniendo a Charlie feliz por su respuesta.
—Solo, un segundo —arrastró la copa sobre la barra dirigiéndolo hacia Husk—. Dame otro, lo voy a necesitar —y sin más, el felino obedeció. El pelirrojo lo bebió como sino hubiera un mañana—. ¿Y?, ¿cuál es la idea? Si se puede saber, Charlie.
Ella se quedó callada, meditando el cómo podrían hacer las paces. Pero no tuvo éxito, entonces miró hacia el sillón donde estaba su novia y Angel. Mientras el chico se limaba las uñas, Vaggie veía que color de barniz le quedaba a su amigo. Se veían entretenidos, hace unos meses no se toleraban y ahora, era todo lo contrario se llevaban de maravilla. Tal vez también arreglaron sus diferencias, y es lo que buscaba con su padre y Alastor. Que mejor que ellos en ayudarla con esto.
—Hay que preguntarle a Vaggie y a Angel —dijo, llevándose al pelirrojo de la mano. Aquel se dejó llevar como pluma en el viento hacia donde estaba ese par—. Oigan, ¿ustedes cómo se reconciliaron? Ya saben, antes se llevaban mal, así que...
Angel y Vaggie la miraron pensativos, pero fue su novia quién respondió. —Amor, eso creo que se resolvió con hablar. Nos conocimos mejor.
—Sí nena, pero ¿reconciliación? Son ustedes las novias, no Vaggie y yo. Además no soy de chicas, prefiero a los hombres guapetones como ese de allá —señaló a Husk que seguía tome y tome cerveza, sin escuchar las palabras del más joven, por lo que Angel bufó con cierta molestia, retomando la conversación—. ¿A qué viene todo esto?
—Necesito por favor que me apoyen a que Alastor y mi papá hagan las paces.
—Con que era eso. ¡Carajo! —respondió con emoción el albino, mirando ahora a Alastor—, no me digas que el fresita proxeneta ya está saliendo con el rey. ¡Lo sabía! Se vio la tensión sexual desde que se conocieron. En ese caso, yo recomendaría que le diera flores o chocolates, o... un buen revolcón en cualquier sitio del hotel. No se preocupen por nosotros que no estaremos en ese momento —se llevó una mano hacia su mentón, pensando en cómo sacar un buen dinero con eso—. Se ganaría muy bien si publicamos como el demonio de la radio se coge al soberano del Infierno.
—¡Mierda, no! —exclamó la rubia, mientras que el pelirrojo le estaba colmando la paciencia. No estaba ni ebrio ni sobrio, pero esperaba que cuando estuviera con Lucifer pudiera estar muy ebrio. Otra más y lo reventaba, y no de la manera que le gusta a la estrella porno, sino a madrazos para que se callara—. Mi padre y Alastor no son pareja, Angel. Lo único que pido es una opinión para que ambos se den las paces. Y, conociéndolos no creo que la mejor forma sea hablando. El regalo que dijiste al principio puede que sirva.
—¿Flores o chocolates?
—No forzosamente eso. Puede ser algo que le guste —sugirió Vaggie—. ¿Qué le gusta a tu papá, Charlie?
La princesa no pudo evitar pensar en los patitos de hule que su padre se esforzaba en hacer. De diferentes diseños y funciones, ya sea desde dar una voltereta hasta escupir fuego. De tantos, su favorito desde niña siempre fue el que servía hot cakes.
—Los patitos de hule —comentó con ternura.
Los demás sabían que el rey no era como se lo imaginaban, serio y estricto. Todo lo contrario, era alguien simpático y adorable. No se quejaban de su actitud, de hecho les agradaba bastante así, incluyendo a Alastor, que en los más profundo de su ser lo acepta como es, contando su lado oscuro que en realidad él era el único que conocía esa parte. Orgulloso y presumido.
“Como yo” Se dijo el locutor. Lo admitía, y tal vez era un progreso.
—Ahí está. Denle al rey su patito —comentó Angel agarrando el barniz que había elegido Vaggie para él, un hermoso rosa pastel.
—No es fácil, Angel. ¿Dónde van a conseguir un patito de hule en Ciudad Pentagrama? —preguntó Vaggie preocupada de que la idea se fuera para abajo.
—El único que sabe hacerlos es mi padre. Pero, ¡podemos intentar hacer uno! —respondió con ánimo la princesa.
—Oh-ho querida. Se te olvida que puedo hacer uno con mis poderes —dijo Alastor, preparando su bastón para hacer su función—. Déjenmelo a mí —hizo tres vueltas a su bastón-micrófono para que de él salieran cinco patitos terciopelados, uno de los materiales más suaves del mundo.
—¡Wow, Al! Y te empeñaste tanto que hasta fueron cinco patitos. Se nota que andas enculado por el rey —dijo con una sonrisa burlona el albino.
—Cuida esa boca tuya, mi afeminado amigo. Un patito no es suficiente, con unos cinco bastarán para que tengamos el resultado que queremos.
—Touché, fresita.
—Al, fue una buena idea que no los hicieras de hule. Todos los que tiene mi papá son de ese material.
—En efecto, tomé en cuenta eso. Ya que los otros son tan simples, estos a diferencia son únicos —dijo con un porte firme, poniendo la punta de su bastón en el suelo—. No esperabas que hiciera unos como los que hace su majestad.
—En realidad, me esperaba una sorpresa y me la llevé —sonrió gustosa del resultado—. Ahora, hay que ir con mi papá.
—Por mí sin problema, pequeña. Mientras más rápido acabemos con esto, mejor.
La rubia y el pelirrojo caminaron hacía la habitación del soberano. Era la habitación más alegre por la decoración que él mismo había hecho. Con focos de manzana alrededor, la puerta de color brillante y ni se diga de su interior, parecía una fiesta explosiva, pero sin ser a la vista molesto, era diferente y llena de un toque dulce.
El locutor tocó la puerta, sosteniendo en su otro brazo a los patitos, Charlie estaba a su lado. Supuso que si ella estaba a su lado, ninguna locura podría ocurrir. Oh, pero si también estaban en una esquina del pasillo el par con el que habían hablado. Perfecto, ¿qué malo podría pasar? Deseaba que solo se quedarán como espectadores en silencio, en especial Angel.
Entonces, el rubio abrió la puerta sorprendido de ver a los dos afuera. A Charlie le dedicó una mirada de ternura, no se podía decir lo mismo con el otro que solo lo fulminaba con la mirada. Debía tener muchos huevos para volverse a enfrentar con él, ¿hasta dónde llegaba su impertinencia?, ¿se le olvidó que hace unas horas ya habían discutido?, ¿quería otra pelea o qué?
Todas esas preguntas desaparecieron en cuanto vio los patitos entre los brazos del demonio de la radio. Su mirada se suavizó, conectando sus ojos con los del pecador. ¿Qué tramaba?, y ¿ese olor era alcohol? Estaba impregnado en toda la vestimenta del más alto.
—Mil disculpas su majestad, por haberlo despertado en altas horas de la noche. Estos patitos son para usted. Es un regalo de mi parte, por todas las mierdas que he hecho últimamente —se los entrega con cuidado para que no se le cayera ninguno. El rey los recibió como unos pequeños bebés, con cautela y amor. Se le iluminó la mirada.
—¡Que hermosos! Y son de terciopelo. Jamás he podido hacerlos así —respondió contento abrazando a los patitos, e intrigado de cómo los pudo hacer aquel demonio—. ¿Con que un regalo, eh? Dime, ¿cómo los hiciste?
—Muy fácil, mi estimado rey chaparrito. Hice uso de mis poderes. Ya viste lo que puedo lograr hacer, puedo hacer incluso cosas que te gusten.
Lo último sonó como un coqueteo. O tal vez solo fue la imaginación de Lucifer.
—Ignoraré ese insulto infantil, para que no arruines el momento. ¿Así que usaste tus poderes? Es una lástima, yo mismo los hago a mano. Perooo —alargó la “o”, dejando intrigados a los otros por lo que fuera a decir—, ESTAN ADORABLES —exclamó de alegría, lo cual mostró una dulce sonrisa.
Alastor se había rebajado a tanto, a humillarse de tal forma ante los pies del soberano del Infierno. Y juraba que no iba a recordar nada de esté día, pero... como olvidar esa sonrisa tan dulce parecida a la inocencia de un chiquillo. Lo que realmente se veía adorable en ese momento no eran los patitos, sino la hermosa sonrisa de Lucifer. Las palabras no le salían al pelirrojo, no podía decirle en frente de todos esa tontería... no... no quería... no podía... tener el valor.
—Adorable —se le escapó por la boca.
—¿Eh? Es justo lo que acabo de decir, son adorables —recalcó de nuevo el ángel caído, sin saber que eso que acababa de decir Alastor se refería a él.
—Me tengo que ir, que gusto que te gustaran —fue algo cortante y rápido a la hora de irse hacia su habitación.
—Al, espera —dijo la princesa, pero ya era demasiado tarde. El locutor se había encerrado con seguro.
—Char Char, fue una sorpresa para mí. Sería algo grosero de mi parte que no le diera nada a Alastor. Así que, ¿qué es lo que le gusta?
—Si me lo permite, mi rey —Angel se acercó poniéndose a lado de Charlie—. El fresita proxeneta es un asesino y caníbal, usted mismo puede darse la idea de lo que le puede gustar.
Vaggie se pegó en la frente con su mano. Dando a entender que fue una estupidez el comentarle eso al rey. Es decir, Alastor podría tener otro gusto que no involucrara la sangre.
—Entonces, ¿le gustará que le entregue un venado para el desayuno? —preguntó inocentemente el rubio.
Que locura.
—Sería mejor que lo conozcas del todo bien, papá. Estoy segura que Alastor no sólo es un sádico como todos piensan. Recuerda mi canción, “todo demonio tiene un arcoíris” —tomó a su papá por los hombros para dirigirlo adentro de su habitación—. Ahora solo descansa. Nos vemos mañana —besó su mejilla y el rubio le devolvió el gesto.
A la mañana siguiente, Alastor se había despertado temprano como de costumbre. En la madrugada tardó en dormir por esa mirada que le dedicó el rubio. Esa sonrisa, esa jodida y dulce sonrisa. Pudo haber olvidado todo pero no esa sonrisa del rey.
“Idiota, el patito más adorable eres tú“.
Y lo que dijo fue tan honesto que ahora iba actuar diferente con el rubio. Demostrándole su escondida sinceridad que había descartado todo este tiempo, hasta cuando estaba en la Tierra. Era el maestro de las mentiras. Todo cambió en aquella madrugada. Incluyendo el sentimiento que ahora estaba desarrollando por Lucifer.
Recordaba la frase de su madre, que ahora tomaba sentido porque lo estaba viviendo: “Del odio al amor”.








