𝐀 𝐋𝐈𝐓𝐓𝐋𝐄 𝐃𝐄𝐀𝐓𝐇 | Grindeldore. by ale at Inkitt
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𝐀 𝐋𝐈𝐓𝐓𝐋𝐄 𝐃𝐄𝐀𝐓𝐇 | grindeldore.

Summary

─Tócame. Hazme sentir como si estuviese respirando... hazme sentir que soy humano. La comisura de sus labios se curvó ligeramente al escuchar aquellas palabras. Deseaba ignorarlo, deseaba dejar de lado aquel sentimiento que se apoderaba de todo su ser. Pero ¿cómo podría ignorarlo, cuando ese chico era lo que más deseaba? Albus aún podía recordar esa noche junto a Gellert. Ambos habían tocado el cielo, eligiendo su pequeña muerte en una cama para dos. ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ ➪Disponible en wattpad y ao3. ➪One-shot Grindeldore, inspirado levemente en la canción "A little death" de The Neighbourhood. ➪Créditos al artista del fanart utilizado en la portada. ➪Los personajes mencionados pertenecen a la escritora J.K. Rowling.

Genre
Romance
Author
ale
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Única parte

┏━━━━•❃°•°•°•°❃•━━━━┓

❝Darling, your looks can kill

So now you′re dead.❞

┗━━━━•❃°•°•°•°❃•━━━━┛


Las estrellas brillaban en lo más alto del cielo, mientras su cuerpo deambulaba por aquel pequeño cementerio.

La noche era misteriosa; el viento cantaban suaves melodías, y sus delicados susurros hacían bailar las hojas de los árboles dormidos.

Albus se detuvo, vacilando un momento. Sabía a la perfección que no debía estar en un lugar como ese, a una hora tan alejada de lo usual, no obstante, tampoco era capaz de volver por su camino.

El aire se cortó ante el zumbido de alas, interrumpiendo el silencio de la suave noche de verano.

Dumbledore prestó atención: un pequeño pájaro había bajado de su nido, volando sobre aquellas tumbas y aquellos mares amargos acompañados de la luz escasa.

Sin aviso previo, el joven cobrizo ya se encontraba frente a la lápida por la cual había llegado hasta allí.

Analizó con cuidado las palabras grabadas, a pesar de que ya las había visto miles de veces.

Leyó el nombre de su madre, y en medio del silencio, juraba que las aves derramaban sobre las tumbas un manto de agudos y largos llantos.

Era un lamento, tímido y sincero. Quizás las penas no eran suyas, pero parecía como si lo fuera. Terminó cediendo.

Sintió una delgada lágrima saliendo de sus cuencas, y con las manos en los bolsillos, dejó escapar un inaudible y triste suspiro.

Habían pasado casi dos meses desde que su madre había sido enterrada. Casi dos meses que se habían convertido en una locura desesperante.

¿Qué sería de él si su progenitora no hubiese muerto? Probablemente, ahora mismo se encontraría recorriendo el mundo, desenvolviendo aquellas habilidades y mostrando su superioridad.

Pero no... Albus había regresado al Valle de Godric luego de la muerte de su madre. Un pequeño pueblo sin complicaciones, donde tendría que estar encarcelado para cuidar a sus hermanos.

Aquello no le molestaba, sabía que eran su familia... pero estar ahí no era algo que deseara por completo.

Al menos así era, hasta que el sobrino nieto de Bathilda Bagshot se posó ante sus ojos: un chico apuesto, brillante e inteligente al igual que él. Por primera vez, Albus había sentido que tenía a alguien a su mismo nivel, alguien que lo comprendía a la perfección.

Y para bien o para mal, el amor había florecido en los dos, al igual que los miles de planes que tenían y el deseo desesperado del propio futuro que esperaban crear.

Así era. Sus pensamientos volaban, tan alto, al igual que aquellos pájaros que aún mostraban su leve y tímido cantar. Después regresaban, enfrascándose de nuevo en su cabeza. Taladraban su cerebro, le hacían pensar miles de cosas donde ese chico, el misterioso Gellert Grindelwald, estaba presente.

Los orbes celestes dejaron de mirar la tumba de Kendra por un momento, centrándose en los sombríos alrededores.

Un sonido conocido llamó su atención. ¿Qué había sido eso? Sonaba exactamente como alguien apareciéndose en el lugar.

Entonces, lo vio.

Sí, era él. ¡Por supuesto que era él!

Albus podría reconocer aquellas hebras doradas a miles de kilómetros. Parecía incluso que la luz de la luna lo hacía ver mucho más claro.

Gellert había aparecido, en medio del cementerio, pero a unos metros de distancia de Dumbledore.

Los orbes bicolor miraban, buscando algo a conciencia en medio de las lápidas.

Al final, parecía que lo había encontrado.

El chico de hebras cobrizas supo de inmediato la razón de su llegada, o al menos, eso quería suponer.

—Llegaste tarde —dijo Dumbledore por lo bajo, cuando sus pies ya se habían acercado lo suficiente como para que Grindelwald lo escuchara.

—Oh, así que estabas esperándome —una sonrisa se dibujo en sus labios. Sus ojos miraron con prontitud a Albus, pero éste había centrado su atención en la tumba donde ahora se encontraban.

—Supongo que la respuesta es obvia. Aunque creo recordar que fuiste tú quien propuso venir aquí después de todo —mencionó, agachándose de manera ligera para que sus manos lograran tocar el sólido y frío material.

Las yemas de sus dedos delinearon con cierta delicadeza, optando después por retirar unas cuantas hojas que cubrían lo que más le interesaba.

El símbolo de las reliquias de la muerte se encontraba ahí, grabado en la tumba que más había interesado al joven Grindelwald desde su llegada al Valle de Godric.

—Ignotus Peverell —leyó Albus, a pesar de que habían visitado aquella lápida más de una vez—. ¿Vamos a contemplar su tumba por el resto de la noche, o acaso el señor Grindelwald tiene algún plan?

—Este era el plan —la voz de Gellert había salido en un susurro, pero Dumbledore logró recibirla a la perfección.

—¿Qué? ¿El plan era venir a medianoche a ver la tumba de Peverell por milésima vez? —el chico volvió a ponerse de pie, quedando cara a cara con el adverso—. Tus ideas son increíbles, Gell, pero ésta definitivamente no lo es.

Albus alzó la vista con levedad, admirando como el rubio sonreía, no sólo con los labios, había sonreído con la mirada y el corazón.

—El plan era verte... lo necesitaba —murmuró, provocando que Dumbledore sintiera un ligero calor en el aire.

Se miraron por un momento: sus corazones estaban atrapados en los ojos del amor, aquellos que le hablaban en silencio, y en donde la vida parecía ser como un manantial de melodías encrespadas.

Esos ojos, donde veía grabado con tinta su felicidad y su futuro.

El silencio los envolvió, y Albus apenas se había dado cuenta de ello; estaba demasiado ocupado admirando el rostro ajeno que no se había percatado de que ninguno de los dos decía nada.

Entonces, lo sintió. La mano de Gellert buscó la suya con una mezcla de timidez y cierta inseguridad. El joven cobrizo lo observó, esperando alguna respuesta que acabara con todos los cuestionamientos que tenía en la cabeza, pero ninguna llegó.

Sus manos se entrelazaron, y ahora Grindelwald había dejado de mirarlo a los ojos. Su vista descendió, admirando sus manos.

Albus no comprendía por qué, por qué de pronto se sentía tan extraño, tan distinto y necesitado.

—Yo también te necesitaba... —se atrevió a murmurar por fin, reemplazando el "necesito" a un tiempo pasado.

Volvió a encontrar los orbes heterocromáticos antes de que Gellert se acercara hasta él. Había sido tan rápido cuando sus brazos lo envolvieron, acabando con la distancia que ambos mantenían.

Albus se dejó envolver en ese pequeño afecto, y antes de que lograra decir algo más, Grindelwald lo sujetó.

Con una sonrisa en el rostro, los dos desaparecieron del lugar, más unidos que cualquier otro par.

══════════════ ⋆☆⋆ ══════════════


Las tuberías de agua tenían moho por todas partes

La habitación estaba en forma para dos

La cama quedó en ruinas.


No tenía claro cómo es que había pasado, cómo es que de pronto sus labios se habían buscado tan desesperadamente. Sus cuerpos anhelaban sentirse, respirar su aroma sin que no quedara nada más.

La noche seguía siendo tranquila ante el leve viento, aunque la cabaña solitaria no parecía ser la mejor opción que él hubiese preferido para una noche como esa.

En medio de todo, Albus se permitió observar el rostro del chico sobre él, y parecía que todos sus sueños se habían convertido en verdad.

Desde hace semanas atrás, Dumbledore soñaba con ese muchacho, soñaba con esos ojos, con esos labios, soñaba con el futuro que ambos traerían.

Su joven corazón suspiraba, muriendo al sentir la cálida llama en su interior.

Gellert también lo estaba mirando cuando empezó a desabotonar su camiseta, retirándola para dejar al descubierto su torso.

Albus soltó un suspiro, estremeciéndose ligeramente al sentir como Grindelwald pasaba las yemas de sus dedos por su pecho expuesto, despertando miles de sensaciones que el chico creía inexistentes.

—¿Aún no empiezo y ya estás así por un simple toque? —se burló el rubio, mientras su mano volvía a subir por su cuerpo. Dio a parar al rostro adverso, haciendo a un lado unos mechones rojizos que le impedían contemplar la faz de su amado adecuadamente.

—Deja de hablar, Grindelwald —respondió por lo bajo. Su rostro ardió en cuestión de segundos.

—Quizás puedas obligarme a hacerlo, Dumbledore. —El muchacho sonrió con cierta picardía luego de mencionarlo.

Los orbes bicolor encontraron por una fracción de segundo a los contrarios, tomándose el tiempo de admirar el brillo de deseo que desprendían.

Gellert inclinó su cuerpo con levedad, acercándose con la intención de reclamar los labios de su amante.

Sentía sus respiraciones entrelazarse, anhelando la cercanía con todas las fuerzas posibles.

—Si vas a besarme hazlo de una vez. —Susurró Albus, analizando sin apuro el encanto en el rostro del más alto.

Eso había sido suficiente. Aquellas simples palabras habían derrumbado la barrera invisible que los dos habían tratado de levantar —y en lo cual habían fracasado—.

El joven cobrizo observó la sonrisa de Gellert dibujándose tan rápido ante lo dicho. Había algo que le hacía querer decir más cosas, pero ninguna palabra salió en ese momento.

Sus ojos se cerraron automáticamente al sentir el primer roce entre sus labios. Los besos se entregaron y devolvieron, saciando la sed inexplicable que se apoderaba de todo su ser.

La oscuridad compacta era el único testigo de su entrega infinita de besos jubilosos.

Así era. Lo único capaz de acabar con el silencio era el sonido de sus labios, bailando entre sí una, y otra, y otra vez.

Albus se aferró a Gellert, sin detenerse. Sus secretos y pasiones se guardaron en esa pequeña habitación para dos, y aunque trataba de impedirlo, una noche como esa era todo lo que su corazón deseaba.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero poco a poco, la falta de aire había hecho presencia. Al separarse se encontró con el rostro de Grindelwald, con los labios humedecidos, y los ojos brillando ante sus deseos.

Algo en su interior gritaba que aquello no era correcto, pero ¿cómo aceptar que no lo era, cuando lo hacía sentir tan bien? Para bien o para mal, Albus sabía que Gellert era todo lo que necesitaba.

No tardaron demasiado en acercarse nuevamente ante aquella noche clandestina de besos, en un silencio compartido, entre dos personas que se amaban.

Profesaban su amor eterno con delicados y simples roces, mientras la pasión inundaba adyacentes deseos, con alas que ardían en su interior.

Sus ojos veían a Grindelwald con un real y completo sentimiento. Ese chico era suyo, y él estaba dispuesto a entregarle todo de sí mismo, sin importar que el mundo se hiciera añicos a causa de ello.

Los roces seguían, pero era sólo eso: intentaban expresar su amor con besos y caricias, roces cariñosos que terminaban volviéndose desesperados poco a poco. Su alma se fundía en la pasión roja, y cuando se separaban, Albus miraba los ojos heterocromáticos que habían logrado cautivarlo desde la primera vez.

Al mirarlo directamente a los ojos, sentía perderse. Estaban llenos de fuerza, frutos de imaginación y deseo. En sus ojos, la muerte era un beso ardiente que abrazaba su alma. Se sentía desvanecerse, pero tan vivo a la vez.

Gellert lo observó, en silencio, mientras su respiración trataba de regularse. Dumbledore sabía que quería decirle algo, y no era porque estuviese usando la Legeremancia; en realidad, la expresión en su rostro lo decía todo.

—Gellert... —llamó el joven, llevando una de sus manos al rostro del antes mencionado para delinearlo con suma delicadeza.

—Al... —mencionó Grindelwald con una voz que apenas había sido audible, sin embargo, debido a la cercanía, lograba escucharse perfectamente—. Tócame... hazme sentir como si estuviese respirando.

¿Por qué aquellas palabras tenían tanto poder? Fue como si su corazón se detuviese de golpe, y luego comenzara a latir nuevamente, tan, pero tan rápido que juraba que estaba a punto de salirse.

La comisura de sus labios se curveó ligeramente al escuchar aquello.

Albus quería ignorarlo, deseaba dejar de lado aquel sentimiento que se apoderaba de todo su ser. Pero ¿cómo podría ignorarlo, cuando ese chico era lo que más deseaba?

Quería tocarlo, y también ser tocado por él. Anhelaba esculpirlo, y ser esculpido por sus manos. Deseaba amarlo, pero ser amado también. Ahora, en esa noche, el joven cobrizo juraba que todo era verdad.

—Déjame hacerte sentir que todo vale la pena —el murmullo de Gellert volvió a traerlo a la realidad. Unió su frente con la ajena, sonriendo imprevistamente ante las palabras y acciones.

Todo valía la pena, de eso ya estaba seguro.

El amor habitaba, eterno en la luz que se ataba a su destino. Se desnudaba en sus labios y ardía en su pasión.

Albus se atrevió; no era la primera vez que ambos tenían un encuentro como ese, pero el mayor aún así estaba algo nervioso al ser el primero en actuar esta vez.

Su mano bajó, delicadamente por la espalda descubierta de Grindelwald, mientras sus labios creaban un perfecto camino por el cuello del rubio. Logró escuchar un muy leve jadeo por parte del muchacho, y eso había sido suficiente para saber que lo estaba haciendo bien.

La noche siguió transcurriendo, tan lento en realidad, pero tan deprisa para ellos.

Ninguno supo en qué momento todo había terminado así, pero no se arrepentían. La estorbosa ropa estaba ya en otro lugar de la habitación, separada de ellos. La llama en su interior ardía, y sus cuerpos sudorosos anhelaban toda la cercanía posible.

Dumbledore escuchaba a Grindelwald llamarlo a susurros en medio de su íntimo momento, y él sólo podía hacer lo mismo.

Luego los lugares cambiaban, pero al final, eran una sola alma, esa alma donde ahora habitaba el infinito. En su piel se encontraba la noche, esa noche en que sus dos cuerpos se consumieron hasta el desvanecimiento.

Lágrimas salían, jadeos involuntarios escapaban, y los deseos continuaban creciendo.

Ese era su secreto... un íntimo secreto, donde los dos, bajo las sábanas, se llevaban hasta el cielo. Morían lentamente ante las caricias y el calor desesperante, pero se sentían vivos al estar juntos.

Ellos continuaban, perdiéndose y encontrándose, eligiendo su pequeña muerte en esa cama para dos.

A lo lejos, una figura los observaba. Los ojos azules analizaban con cuidado, bajo sus gafas de media luna.

Es evidente que no tenía planeado recordar aquella noche de una manera tan exacta, pero cuando se había convencido de que no era correcto, ya se encontraba allí, recreando la noche, que a pesar de años seguía recordando.

—Cariño... tu apariencia puede matar —susurró, más bien para si mismo, permitiéndose apartar la vista por primera vez en la noche.

Algo en su interior decía a gritos que tenía que regresar. En cualquier momento alguien podría llegar a la habitación para buscar al director de Hogwarts, y él se encontraría ahí, recreando una noche de su juventud.

—Quizás ya estés muerto —alguien exclamó. La voz había salido de la nada, tanto que lo regresó de golpe a la realidad. Aún así, Albus sabía de quién se trataba.

Se volvió, encontrando el rostro del hombre que tan bien conocía.

—¡Por Merlín! ¿Qué haces aquí, Gellert?

—No sabía que el director de Hogwarts usara el pensadero para... esto —dijo con un tono burlón, elevando la mirada desigual hasta el recuerdo de sus almas jóvenes.

—No lo uso para eso, querido Gellert —puntualizó Dumbledore con calma, sonriendo amablemente, como si de esa manera tratara de convencerlo y fuera posible ignorar la vergüenza que por un pequeño instante se había apoderado de él—. Sólo fue...

—No te culpo, fue una gran noche —interrumpió el otro—. Aunque, ¿qué pasaría si no hubiese sido yo quien entrara a tu oficina? Estarías muerto ahora, probablemente. O quizás sólo fueras el causante del trauma de algún alumno.

Albus rio ante eso, a la par que sentía su rostro arder por un momento. Intentó disimularlo acomodando sus gafas.

—Deberíamos volver, pero antes... ¿podría saber qué haces tan tarde aquí? —indagó, ganándose que Gellert sonriera ante el cuestionamiento.

No obstante, ambos regresaron a la oficina antes de que Grindelwald pudiese responder.

—Bueno... sólo quería verte —confesó una vez se encontraban de vuelta en la oficina—. Es algo aburrido, ¿sabes? Quisiera tenerte solo para mí las veinticuatro horas, pero creo que tu escuelita es más importante.

Dumbledore lo miró, sonriendo con dulzura y negando con la cabeza.

—Una extraña confesión de tu parte.

—Pasé a visitar a tus hermanos antes de venir... Ariana me pidió que te entregara esto —dijo, extendiendo un carta que había sacado del interior de su chaleco—. Dijo que planeaba enviártela desde temprano, pero Aberforth utilizó su lechuza para algo importante.

—Y ahora la lechuza eres tú.

—Sí, puede que lo sea —Gellert sonrió, acercándose un paso hasta el director.

Dumbledore se permitió contemplar el rostro de su amante. No importaba cuántos años hubiesen pasado en ambos, Albus aún creía que Grindelwald seguía manteniendo su encanto, y todo lo que alguna vez le cautivó.

Habían dejado sus planes atrás hace muchísimo tiempo. Nunca hubo un duelo, Gellert nunca lo abandonó ni peleó contra él, y Ariana Dumbledore aún estaba con vida.

Los dos continuaron haciendo un bien propio en el mundo que habían creado.

Dos hombres de grandes mentes, y de los magos más poderosos que pudiesen existir, sólo dispuestos a amarse. Así era... y Albus lo agradecía más que nunca.

—Tal vez podríamos revivir aquella noche —la voz de Gellert terminó con el silencio del lugar—. Sentir que somos humanos otra vez.

Dumbledore lo miró confuso, a pesar de que sabía a qué se refería.

—¿Ya no lo somos entonces? —Albus sonrió, mirando al adverso en espera de una respuesta que no hizo presencia.

Sus pies comenzaron a andar hasta que los dos quedaron frente a frente. Gellert sonrió, callando, aún cuando tenía la respuesta perfecta hacia su interrogante.

Entonces, lo besó. Sus labios respondieron sobre los ajenos, cada una de las preguntas que Dumbledore se había formulado. Ignoró el leve cosquilleo que se formaba debido al bigote adverso, y simplemente continuó besándolo, aferrándose a él como si fuera lo mejor en su mundo.

Sus sentidos se perdieron al igual que sus mentes, pero sus almas seguían ahí, dispuestas a darlo todo.

Se amaron, y aún seguían haciéndolo a pesar de todos los años transcurridos. Ambos se necesitaban mutuamente para seguir, y lo mejor de todo, era que harían todo lo posible por permanecer así.


Albus una vez había escuchado que no ser amado era una completa desgracia, pero no poder amar... eso sin duda era mucho peor.

Es por eso que ahora estaban frente al otro, delirando en sus ojos y amándose con todas las fuerzas del mundo.

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