La Inmoralidad del Amor (Miguel O'Hara x Lectora)

Summary

¿Una prostituta de clase media y el Duque de Nueva York? ¡Qué escándalo! Inspirada en "Pretty Woman" (Mujer Bonita) y la Época Victoriana con Miguel. (Arte hecho por mi c:)

Status
Ongoing
Chapters
6
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n/a
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18+

Prólogo

Tal vez era la lluvia, el clima siempre frío y sombrío lo que convirtió a Nueva York en el antagonista de sus estados vecinos.

Llena de vida incesante durante el día y la noche. La ciudad nunca dormía realmente, llena de gente que perseguía sus sueños a diario, a pesar de los peligros que acechaban en cada rincón oscuro y abandonado.

Los edificios altos y las fábricas se elevaban hacia el cielo en un intento de crecer más que sus competidores. Cuanto más grande mejor, ¿verdad?

Porque eso significaría tener más empleados y gente para cubrir la demanda, ¿verdad?

Incorrecto.

A pesar de que la ciudad estaba inundada de edificios de exquisita y orgullosa arquitectura, poca gente podía realmente experimentar la novedad de una vida digna.

Algo surrealista, como una utopía para los habitantes de los barrios marginales del distrito oeste, ya que la economía sólo parecía prosperar en los sectores más bonitos de Nueva York, manteniendo a los ricos más ricos y a los pobres, más pobres. Perpetuando el ciclo de desigualdad interminable entre sus habitantes ya demacrados y vacíos. Truncando toda posibilidad de properidad de aquellos que no tuvieron la suerte de nacer en una cálida cuna de oro. El rey había tenido otro proyecto en mente, dejando atrás sus intenciones iniciales de ayudar ese sector.

¿Pero hacía cuánto tiempo había prometido un cambio?

No importaba. No cuando el hambre, las enfermedades, la pobreza y otros horrores persegían a los excluidos de los privilegios, aprovechándose de los más débiles y enfermos, trabajando tal cual parcas autoimpuestas, especialmente en lo que se consideraba las alcantarillas vivas de la ciudad.

Los muros harapientos y desvencijados se extendían a cada paso, llenos de niños y sus padres, bañados en inmundicias y cenizas provenientes de las fábricas contaminantes, cuya maquinaria siempre recordaba a los más desválidos cómo era la vida. Dura, ruidosa, fría e imperdonable.

La ropa fue robada a otros o simplemente quitada de los cuerpos que sucumbía a las duras dificultades de la vida sin mucho pensar. A menudo los cuerpos eran arrojados al río, ya que el cementerio cobraba una pequeña tarifa por recibir a los muertos. A los desafortunados no se les permitía ni un solo lugar en la tierra, ya que apenas tenían dinero suficiente para comer, y mucho menos para su descanso perpetuo.

Elegir entre enterrar a un amigo o familiar y comer al menos una vez al día durante un par de días, era la duda constante que tenían muchos. Y así comenzó la tradición de arrojar cadáveres al río. Pero años después dicha práctica tuvo que ser detenida, ya que el río suplía una fuente primaria para el ganado de muchas fábricas y estos enfermaron, dando así comienzo a una escasez de alimentos y otros bienes diversos.

Si los pobres ya sufrían, la escasez de agua azotó con todas sus fuerzas los barrios marginales, empujando a la gente a buscar formas desesperadas de sobrevivir, incluso si eso significaba prolongar el sufrimiento un día más.

La policía encontraba a menudo cuerpos demasiado putrefactos, plagados de moscas en las casas ya destrozadas; el rumor de que elmiasmase extendía desenfrenadamente en los barrios marginales sólo hizo que el distrito oeste de Paxton fuera más susceptible al trato inhumano por parte de los ricos.

Había trabajos agotadores en todos los sentidos. La lavandería hacía que las mujeres e incluso los hombres lloraran del dolor de espalda. Las fábricas con sus chimeneas ominosamente altas derramando la misma porquería oscura que sus ocupantes inhalaban a diario; Las minas de carbón que se habían convertido en una lápida viviente, cobrando vidas semanalmente entre ellos.

Sin embargo, las ofertas de trabajo fueron la principal razón de que se produjeran muchas revueltas. La situación se volvió crítica cuando algunos de los más ricos y poderosos prohibieron a la gente de los barrios marginales trabajar en sus fábricas., ya que algunos robaban la mercancía para poder alimentar a sus familias.

Sin embargo, el Príncipe ideó una solución temporal que proporcionó cierto alivio a los oprimidos. Obligó a los propietarios a vender sus empresas o a proporcionar 100 plazas más para la gente.

Para los ricos era bastante más fácil contratar gente que regalar el fruto de un duro trabajo de décadas, simplemente porque el príncipe pensaba de vez en cuando en los demás.

Muchas familias se beneficiaron de la iniciativa. Incluyendo la tuya. Y por familia significaría tu madre y tú. Ambas féminas de clase trabajadora que alquilan una pequeña y miserable habitación en las afueras de los verdaderos barrios marginales. Tu padre había desaparecido hacía mucho tiempo en un accidente minero, o eso te decía a menudo. Pero en verdad, tu nacimiento fue el resultado de una aventura entre un noble y tu madre.

El hombre murió en condiciones misteriosas un par de meses después. Aparentemente un infarto.

Tu madre sabía un poco de todo, ganándose un par de favores aquí y allá que poco a poco te hicieron ir a una escuela comunitaria.

-Sólo porque somos pobres debemos seguir siendo ignorantes y sucias.

Tu educación e higiene siempre parecieron su principal preocupación, pues siempre hablaba de cómo serías una buena dama de sociedad mientras te limpiaba la suciedad de tus pequeños dedos. Lo bien que te iría y cómo conseguirías un buen marido que te amara y te apreciara.

Pero tu infantil cerebro sólo se concentraba en trabajar lo suficiente para conseguir comida. Entenderías los deseos e tu madre más tarde. Trabajabas junto con ella en una de las tantas fábricas de ropa. Los niños que trabajaban recibían un pago relativamente pequeño dependiendo de su labor.

El tuyo era el alimento diario y ocasionalmente ropa y otras cosas, ya que los mayores recibían el dinero. Algunos ricos veían tal cosa como una humillación, otros como una ayuda, ya que los padres no tendrían que preocuparse de que sus hijos fueran usados ​​como ladrones, o peor, maltratados y abusados en las calles .

Funcionó bien durante un tiempo, hasta que la muerte cortó el hilo de la vida de tu madre de un tajo cruel. Los humos de las fábricas a menudo costaban la salud de muchas personas, dejando a los niños a merced de la iglesia o de los orfanatos. Otro problema que se solucionó en cuanto la clase alta empezó a quejarse de las pandillas infantiles que se colaban en los barrios ricos.

Un agente de policía te retuvo mientras intentabas alcanzar el cuerpo sin vida de tu madre mientras le implorabas que se despertara de su descanso eterno mientras te arrastraban a un orfanato. Sabías que no la volverías a ver, sabías que la tirarían al río y alimentarían con su carne a los caimanes y aves rapaces. Par la clase trabajadora sólo había un destino una vez la muerte visitaba. El río.

El único recuerdo que te permitieron guardar de tu madre en el orfanato fue su cadena de oro. Algo que tu madre siempre guardaba en sus bolsillos, y ahora era tuya. Sólo pudiste observar el carruaje llevársela para jamás volver.

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La primera de las muchas noches en el orfanato fue de un frío imperdonable. Niñas de todas las edades permanecían dentro, las más pequeñas lloraban por sus madres, otras por sus padres. Las mayores o eran compasivas o amargadas, no había un punto medio.

Pero no podías quejarte, te daban comida, un baño todos los días, ropa y pronto estableciste una pequeña amistad con una chica llamada Aveline mientras hacías tus tareas diarias en el orfanato. Aveline era hija de una cortesana que fue asesinada hace un par de meses atrás. Ella tenía catorce años, tú doce.

Pero al cumplir los dieciséis años escapaste con ella. La vida en el orfanato era demasiado cruel y aburrida. Aveline tenía dieciocho años, era legalmente mayor de edad y podía cuidar de ti. Sin embargo, la libertad no duró mucho ya que fue arrestada por disturbios e indecencia, es decir, estaba borracha en la calle mientras tu la esperabas afuera del bar.

Te llevaron de regreso a las autoridades, pero esta vez, en lugar de un orfanato te enviaron a un convento para tratar de apaciguar la rebeldía que había en ti, según una de las monjas. Te llevaron para poder hacer de ti una alma recatada, perfecta para un hombre trabajador.

Pero la solución sólo empeoró el problema. Te escapaste cuando tenías diecisiete años y, para tu sorpresa, te reencontraste con Aveline oDaisymientras paseaba por las calles.

Te llevó a su casa, una habitación en los numerosos burdeles de Paxton. Salió de la cárcel y conoció a Madame Grevaille, quien no dudó en ofrecertetrabajoal verte.

-¡Con una chica linda como tú, pronto tendrías tu propio lugar!- La señora habló, pero ni ella ni Aveline te presionaron. Esa sería tu desición. Sin embargo , ayudabas en el burdel durante las noches ocupadas, incluso después de un largo día en la fábrica. Llamaste la atención de un par de nobles mientras visitaban a Aveline, pero cortésmente les rechazaste. Principalmente por miedo.

-Estoy bastante segura de que ganarías más dinero que yo. ¡Mírate! y mírame- Aveline farfullaba adormilada mientras le acariciabas el pelo. La salud de tu amiga se estaba deteriorando lentamente gracias a un estilo de vida excesivo.

-Sabes que no podría hacerlo. No soy tan valiente como tú.

-No soyvaliente.- Ella bostezó, -Soy sólo una mujer joven que debe trabajar en el trabajo más antiguo del mundo para poder comer y proveer.

-Lo siento. Por ser una carga.- Un tinte de vergüenza te invadió al saber que Aveline era la que básicamente llevaba la carga del alquiler sobre sus hombros. Aunque tenías un trabajo, no te pagaban lo suficiente para ayudar a Avy, como la llamabas, de la forma que realmente querías.

Y Madame Grevaille siempre estaba dispuesta a enseñarte las artes de la seducción, a atraer al tipo adecuado de caballeros que pagaban más que suficiente para subsistir un par de semanas. O meses si sabías jugar correctamente tus cartas.

- Que no lo eres. Sé que esto es todo menos lo que tu madre querría para ti, pero... nunca hemos sido una prioridad para aquellos con poder a menos que llenemos aún más sus bolsillos, querida.- Ella se acurrucó en tu regazo, disfrutando de tus suaves caricias. Un contraste espantoso con el trato que algunos de sus clientes le daban.

-Lo sé. Sé que no haces esto porque te gusta.

-Lo único que me gusta es cuando pagan y se van. Excepto el señor Nimeux. Ese hombre puede usarme a su antojo todo lo que quiera-. Avy se rió adormilada cuando un fugaz recuerdo del hombre vino a su cabeza.

-¡Ugh!, Avy, detente.

-Solo digo que ganarías mucho dinero con tu virginidad.

Jadeaste, fingiendo ofensa, -¡¿Quién dice que soy virgen?!

-Oh, basta. Jacob Billard no cuenta.

Ambas se rieron. Pero en el fondo de tu mente sabías que era la única manera en que una mujer podía salir a flote. El nuevo duque parecía ser lo suficientemente laxo como para aprobar una ley que permitiera a las mujeres trabajar en varios otros empleos. Construcción incluida. Hubo revueltas, como de costumbre, pero nuevamente resultó en beneficio de los pobres.

Tu posición hacia la realeza era todo menos buena, aunque por supuesto reconocías sus intentos de mejorar la ciudad ya que el rey estaba actualmente ocupado con otras cosas reales que no podían esperar.

Pero también formó tu mantra“Hechos, no palabras”. Creías más en las acciones que en las palabras elegantes.

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Aunque pasaron los años, hubo pocos cambios en los barrios marginales. Afortunadamente, tú y Aveline habían podido mudarse a los burdeles del distrito exterior y oeste con la ayuda de otra señora llamada Susan Lewis, una vez que cumpliste los dieciocho años.

Lejos del verdadero caos que azotaba sin parar al pueblo. Te hiciste un tatuaje para celebrarlo. Una hermosa violeta en tu espalda. Pero a pesar del cambio, la mentalidad de la gente siguió siendo la misma. Especialmente la de los hombres. Y el sujeto que acompañaba a Aveline esa noche era otro ejemplo más.

Su habitación era visitada a menudo por extraños, siempre perfumaba el lugar con rico incienso de lavanda alrededor de la habitación para ocultar el olor a sexo. Algunos eran lo suficientemente amables como para dejarle una propina a Avy, otros hacían que cada centavo valiera la pena al hacerle peticiones más que ridículas. O eso te decía Aveline cuando terminaba y cuidabas de ella.

Pero éste definitivamente no estaba siendo ni amable ni civil con ella. A pesar de las muchas veces que intentaste intervenir con su clientela, Aveline siempre te decía que estaba bien, que todo era parte de lafantasía. A veces dichos clientes se enojaban por la intrusión y se marchaban. Esto haría que Avy se enfadara contigo durante un par de días. Sin embargo, al escucharla pedir ayuda, encendió tus alarmas de inmediato.

“¡Que te calles!” Una fuerte bofetada, la botella rompiéndose y un grito adolorido de Aveline fueron más que suficientes para que entraras corriendo a la habitación sin pensarlo mucho.

El hombre era grande, un poco corpulento y definitivamente estaba maltratando a tu mejor amiga de manera demasiado brusca para sus gustos.

Aveline luchó, a pesar de estar desnuda, tomaste la escoba y la rompiste en la espalda del hombre, quien gruñó y se alejó tambaleándose de dolor. La ira y el miedo corrían por tus venas en partes iguales mientras agarrabas la botella dentada y apuntabas al hombre.

Si ambas iban a morir, al menos se irían peleando.

-¡Retrocede, maldita sea! -gritaste con todo el enojo que pudiste

El hombre gruñó y trató de alcanzarte, pero si mezclarte con prostitutas y ladrones te había enseñado algo, fue a defender a una amiga, incluso si el mismísimo terror calaba en tus huesos.

“¡Maldita puta!”

Cortaste con la parte afilada de la botella, dondequiera que cayera. Para tu suerte, el filo de la botella cayó en la cara al agresor. Cortando profundamente la carne en su mejilla derecha.

Él rugió de dolor, pero te miró fascinado, enojado y horrorizado. Un escalofrío recorrió tu espalda.

-¡Sal ahora!

A pesar de que tus extremidades temblaban, cortaste el aire con silenciosas advertencias, el hombre escapó cuando Aveline comenzó a pedir ayuda a través de la ventana mientras tú la protegías.

Te aseguraste de que el hombre había escapado y cerraste la puerta, en caso de que decidiera vengarse de ustedes dos. Los brazos de Aveline te rodearon inmediatamente, llorando con aullidos y sollozos de dolor.

-Oye-, murmuraste mientras ella se tambaleaba.

-Estoy aquí. Tranquila, se acabó.- Susurraste mientras la ayudabas a acostarse en la cama, cubriendo su cuerpo magullado con las sábanas para ahorrarle algo de dignidad. No es que eras ajena a un cuerpo desnudo, después de todo le ayudabas a Avy a prepararse o les preparabas un baño a ella y a las demás en el burdel.

-Duele.- Ella gimió mientras le limpiabas la sangre del pómulo y la nariz con un paño de seda que te encontraste por ahí

-Lo siento, Avy.

Ella gruñó mientras cerraba los ojos -¿P-Pagó?”

Tu corazón se hundió tanto en ira como en tristeza. Ésta era exactamente una de las razones por las que no te convertías en cortesana. Demasiados riesgos, incluida la probabilidad de que sus clientes, si no sus esposas en un arranque de celos, te golpearan o peor.

“No lo hizo.”

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Madame Lewis y Grevaille fueron las primeras en aparecer en escena, atendieron las heridas de Aveline y la dejaron descansar. Estabas en tu habitación, sobrepensando en los acontecimientos, cuando se acercó Madame Lewis.

-Hiciste un buen trabajo protegiendo a Aveline.

-Yo estaba tan asustada como ella, señora.

-Aun así, lo hiciste bien. ¿Puedo sentarme?- Asentiste mientras la señora se posaba a unos centímetros de tu cama.

-¿Has... considerado mi propuesta?

-Contra todo pronóstico. Sí. Quería evitar esto tanto como pudiera pero... Avy está lastimada, el alquiler se acerca, la fábrica no me paga lo suficientemente bien y tenemos que comer.

-Ser una cortesana está lejos de ser honorable, querida-

-Con todo respeto, señora, el respeto no traerá comida a mi mesa. Sabía que tarde o temprano llegaría a esto.

-La necesidad nos empuja a hacer lo impensable, querida. Pero no temas. Si trabajas para mí, te enseñaré el tipo correcto de personas que debes buscar.

Lanzaste un suspiro de derrota, pidiendo perdón mentalmente a tu madre por el camino que estabas a punto de tomar.

-¿Podría darme un par de días más? Quiero tener suficiente dinero para comprar todas esas cosas que me dijo que necesitaría.

-Por supuesto, querida. Por favor, avísame si necesitas algo más.

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-Aunque no me gusta mucho que te conviertas en una cortesana, estoy feliz de que finalmente podamos salir de este maldito lugar. Estaba pensando en conseguir un departamento en Brasswood Avenue. Los hombres allí son limpios y no animales como estos cabrones.- Avy murmuró mientras te preparabas para ir a trabajar a la fábrica.

-Necesito que me ayudes a escoger algunas cosas, ya sabes, vestidos y esas cosas ¿Puedes acompañarme?

-¡Por supuesto que sí! Te llevaré a esta bonita tienda. Me he hecho amiga de la dueño. Una de nosotras, en realidad.

La miraste fijamente por un momento.

-¿Ya has elegido tu nombre?

Arqueaste una ceja, -¿Mi nombre? ¿Qué tiene de malo mi nombre?

-Bueno, es bonito, pero necesitas unalter ego, así que en caso de que la policía se ponga estúpida y quiera de nuestro dinero, les das un nombre falso.

-No lo sé. No sabía que necesitaba uno.

-¿Qué tal... Violet? ¡Como tu tatuaje! -Aveline se aseguró el delantal en tu espalda con un nudo mientras te peinabas y asentías

-No suena mal.

-¡Entonces Violet será!

Tomaste tu bolsa de dinero y la escondiste en uno de los compartimientos de tu falda.

-Recuerda que tan pronto como salgas, ven a verme a la Avenida Millport. ¡Iremos de compras!- Avy canturreó y te reíste entre dientes.

“Adiós, señorita Daisy”.

“Adiós, señorita Violet.”

Te fuiste, sin saber que esas palabras se convertirían en una amarga realidad.

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Las cuatro de la tarde dieron y todavía no había señales de Aveline. Pronto llegaron las cinco y la avenida Millport estaba repleta de gente, como siempre, pero hoy estaba abarrotada.

-Una mujer fue encontrada muerta. Dios mío...

Parpadeaste ante la información que escuchaste sin querer. Pero pronto los pasos apresurados de la policía te alertaron cuando doblaron hacia una esquina familiar.

El corazón latía en tus oídos cuanto más te acercabas. La respiración se entrecortaba mientras caminabas entre la pequeña multitud que se reunía en un callejón que cruzabas durante las mañanas.

-¡Aléjense! ¡Dejen a la policía pasar, maldita sea!- Uno de los agentes le gritó a un periodista y a otros curiosos que se acercaron para presenciar la macabra escena.

Las lágrimas no pudieron evitar inundar tus ojos cuando tu vista se posó en los conocidos mechones rubios que a veces encontrabas en tu cepillo.

No...

Dichos mechones estaban ahora pegados a su cara, gracias al sanguinario pegamento que manchaba no sólo su cuello sino también el suelo de adoquines. Le habían hecho un corte profundo en la garganta. Habían asesinado a tu mejor amiga.

-¡¡Aveline!!- Lloraste y corriste a su lado. Pero la policía te impidió seguir adelante.

-¡Deténgase de inmediato!

-¡Avy! ¡No! ¡Déjame ir! ¡Es mi mejor amiga la que está ahí!- Sollozaste entre luchas contra los brazos del oficial, que fueron todo menos reconfortantes para tu alma dolorida.

Todos observaron con horror como el cuerpo de Aveline era cubierto, sus ojos horrorizados permanecían en tu mente. Grabado a fuego para siempre en tus recuerdos. Murió con miedo y no de vejez y rica como te lo había confesado una vez.

La policía te entrevistó, pero ¿Qué sentido tenía saber que la investigación se convertiría en otro caso sin resolver? ¿Como los muchos antes? Nadie estaba realmente a salvo.

Madame Lewis y Grevaille te visitaron esa noche, pero sus esfuerzos eran escasos. No había consuelo que pudieras encontrar en ellas. Habías vivido con Aveline durante tres años. Su corta vida había terminado a los veintidós años, y la historia de su madre resonaba en la suya. Y no había señales del culpable, ni intenciones de la policía de encontrarlo.

Pero la vida seguía. El mundo no se detendría ni un momento para darte tregua para llorar.

Madame Lewis te acogió porque el alquiler de la casa era demasiado para ti. Se sentía como si estuvieras retrocediendo a grandes zancadas. ¿Pero qué se podría hacer?

Aveline compartía el tamaño de tu cuerpo, pero aun así, te negaste a robarle a tu amiga recién asesinada. Lo único que hiciste fue guardarle las cosas más importantes en un bolso. Papeles, algunos libros que amaba a pesar de estar intactos.Estos le daban a Avy una sensación de importancia, ya que ella siempre te aconsejaba tener el mayor conocimiento posible. Que a algunos hombres les encantaba eso.

Y el rosario que le robó a la hermana a la que le encantaba maltratar a las niñas en el orfanato en el que ambas se conocieron.

Madame Grevaille se quedó con las joyas y los vestidos como pago de lo que Aveline le debía. A pesar de la aparente frialdad, la Madame te permitió quedarte con una prenda y joyas.

Sin dudarlo, tomaste un collar de perlas que un noble le había regalado una vez a Avy y ésta te hizo prometerle que lo guardarías, y un chal de cachemira negro y costoso que ella siempre usaba cuando desfilaba por las calles. Era tu propia manera de tenerla cerca.

Aveline ya no existía. Su vida se apagó ante los transtornos y delirios de un hombre. Muchas dudas invadieron tu mente, pero una cosa era segura: tenías que dejar e distrito de Paxton. De una manera u otra.

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La noche acababa de comenzar y tú terminabas de maquillarte. Un poco de polvo en las mejillas, colorete en los labios de una manera sutil pero atractiva siempre funcionaba, un poco de perfume de violeta empapó tu piel, dándole un aroma delicado pero realzado.

Te ataviaste con un vestido de perfecto azul y blanco con volantes negros, al igual que tus medias y botas, el chal de Avy sobre tus hombros y una gofia a juego.

Tomaste una bolsa y saliste de tu apartamento, ubicado enla Avenida Brasswood, una zona relativamente de clase media en el distrito de Tevinter. Justo como Aveline siempre quiso. Habían pasado cinco años desde su asesinato, cinco años en los que tuviste que salir de Paxton para finalmente vivir cómodamente en las afueras de Manhattan.

Y aun así, el manto de cortesana nunca te abandonó. Gracias a ello podías permitirte lo que tenías, tus clientes eran hombres de clase media y alta que te pagaban lo suficiente para no pasar hambre ni inseguridad. Los consejos de Madame Lewis y su amabilidad te habían llevado hasta donde estabas. El carruaje te dejó en tu lugar habitual, para luego caminar unos minutos antes de llegar al lugar de tu clientela.

Las casas estaban bellamente decoradas y los edificios de los que Aveline solía alardear eran ahora tu ruta diaria. Vistiendo las calles con tu presencia y tu perfume infundido de violetas y matices cítricos. Las cinco de la tarde era una buena hora para empezar, el objetivo de esta noche era ganar al menos lo suficiente para comprar ese perfume de rosas que viste en una tienda del área pudiente de Manhattan.

Un olor que definitivamente atraería incluso a la realeza.

Algunos hombres te miraban fijamente, con sonrisas discretas pero lascivas escondidas detrás de una fachada educada. Algunos tenían a sus compañeras, cuyas miradas desdeñosas e indignas eran más de lo esperado. Especialmente si sus maridos te miraban fijamente durante demasiado tiempo.

Otros, a pesar de la ropa de aspecto rico y el aparente estatus, te silbaban con gestos obscenos. Ésos eran del tipo que evitabas, ya que a menudo terminaban pagando la mitad o se volvían violentos si algo no se hacía a su manera.

Tu tipo serían los hombres, que apenas miraban en tu dirección o te lanzan una breve mirada escrutadora, viudos o recién divorciados, porque de una manera u otra terminarías en su lista de contactos. Algunos habían sido clientes a lo largo de los años, otros dejaron de hacerlo cuando se volvieron a casar o tuvieron hijos, solo para contactarte nuevamente como medio e escape de sus vida domésticas.

Incluso las mujeres se habían sumado a tu repertorio. Pero a diferencia de los hombres, sólo pedían hablar. Era raro que te llamaran para que las complacieras físicamente.

Gracias a eso, ganaste un poco de reputación dentro de esos círculos internos que de alguna manera compartían mesa en las reuniones sociales. Todos conocían su papel de pretendientes, incluso tú. Encariñarse con los clientes estaba fuera de la lista. Afortunadamente ninguno con quien compartiste tus encantos tenía dicha intención, y fue perfecto. Funcionó en perfecta armonía con tus reglas y profesión.

El reloj dio pronto las seis de la tarde y las calles parecían un poco menos concurridas. Pronto, la sonrisa de un rostro familiar apareció en tu camino.

-¡Oye, Vi!

Violeta. El nombre se quedó para siempre. La persona en la que te transformabas casi todas las noches se había apoderado para quedarse. Tu propia identidad había quedado demasiado dormida y cómoda en un rincón para despertar. Prefería queViolettomara el mando ya que dejó de salir a ver los escenarios de la vida desde el asesinato de Aveline.

-¿Alguna novedad hasta ahora, Jeannie?

Jeannie o Jeanette, tu compañera de cuarto ocasional y nueva amiga. Una historia similar a la tuya, con la única diferencia de que ella nunca conoció realmente a su familia y era demasiado rebelde para permanecer en el convento o en el orfanato.

Era alta, pelirroja y con las pecas más adorables que habías visto hasta ahora. Hermosos ojos verdes y fácilmente pasaría por una mujer noble con el conjunto de ropa adecuado adornando su cuerpo de modelo. Jeanette era preciosa.

La acogiste después de encontrarla en las calles de Millport, golpeada y con un ojo morado. Su cliente había sido demasiado duro con sufantasíay su Madame era todo menos servicial.

La llevaste a Madame Lewis, quien gustosamente la acogió. Y ahora, después de ahuyentar a otraintrusaen tu zona, te abrazó. Su perfume de cereza le hizo cosquillas a tu nariz, anunciando con bullicio su presencia a tu recatado aroma floral.

-Ninguna. He estado esperando aquí durante bastante tiempo. Sólo borrachos, hasta que un hermoso noble me pidió que lo esperara aquí.

-¿Oh? ¿Cómo era?

-Ninguno como los galanes que atraes, eso es seguro. Pero era lindo.

Te reíste entre dientes.

-Tengo la sensación de que esta noche será una buena noche.

-Eso espero. Necesito ese nuevo perfume y algunas cosas nuevas.

-¿Oh? ¡¿Quieres ir por la realeza?!

Te reíste y sacudiste la cabeza, -No, bueno, sí. Quizás. ¿Lo olí? Y fui al cielo. ¿Te imaginas el efecto que podría tener en un hombre?

-Más dinero, obviamente.- Jeanette se rió pero rápidamente se detuvo al ver un carruaje que se acercaba.

-Esa es tu señal, Violet.

-¿Tú crees?

Algunas personas se quedaron sin aliento cuando el carruaje saltó repentinamente sobre la acera, sorprendiendo a algunos. Los caballos relincharon, inquietos. El conductor del carruaje saltó, murmurando una ráfaga de galimatías en inglés mientras se agarraba el lustroso cabello en un ataque de ira. Alto era una palabra miserable para describirlo.

Su pecho elegantemente vestido se agitó mientras se alejaba de un caballo que relinchó al verle acercándose. Derrotado y molesto.

Observaste con curiosidad cómo el hombre sacaba un mapa de su bolsillo y le miraba con ojos furiosos. La confusión era evidente y le dio la vuelta al papel.

Jeanette te dio un codazo suavemente. Haciendo que sus señales sean menos obvias como si dijera: ”Deja de jugar y ve por él”.

-Bien. Si me matan, ya sabes a quién culpar.

Te callaste antes de ajustarte el corsé y el escote, Jeanette te pellizcó las mejillas para darles un poco más de sonrojo.

-Relájate, será una buena noche, ¿recuerdas?- Jeannie te guiñó un ojo y te empujó suavemente.

Respirando profundamente y con el chal asegurado, te acercaste al hombre.