Como Derretirse - Goyuu

Summary

"¡Ah!", dice sensei, sonando encantado. "¿Eso significa que nunca has besado a nadie entonces? Qué adorable!" "¡Eso no es...! Eso. Ya lo he hecho antes", suelta Yuuji sin pensar, antes de sentarse, muy colorado y con el ceño fruncido. "No soy un niño". Gojou-sensei hace un mohín y dice: "¿Ah, sí? Qué pena". Antes de que Yuuji pueda preguntarle a qué se refiere, se levanta. "Iba a ofrecerme a enseñarte cómo, como tu siempre generoso sensei, pero viendo que no es necesario, te dejaré en paz". Incapaz de volver a levantar la mandíbula, se siente clavado en el sitio, apenas registrando el sonido de la risa de Gojou-sensei mientras se escabulle fuera de la habitación. Tomado de ao3, yo solo traduzco

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo único

Autor: Dehawny


Palabras: 7218


Original: https://archiveofourown.org/works/31123469


Con los ojos clavados en la pantalla del televisor familiar de su amigo, Yuuji siente cómo el calor se acumula lentamente en la piel de sus mejillas. La escena que le devuelve la mirada es la de un hombre, brillante de sudor, saliendo de una máquina, transformado. Todos en la sala parecen haber olvidado cómo respirar, y Yuuji nunca antes se había sentido tan en sintonía con un grupo de personajes de películas de fondo.


Sus amigos no paran de hablar de ir al cine a ver la última película de superhéroes y deciden que su plan para el fin de semana será alquilar y ver todas las anteriores mientras se comen su peso en comida basura. La primera película de la noche empieza bastante interesante, supone Yuuji mientras bebe un refresco de naranja azucarado. El motivo del protagonista es convincente y la actriz principal es una mujer hermosa, fuerte e inteligente, con una bonita boca pintada de rojo oscuro.


Esa noche, a sus 12 años, Yuuji descubre que no sólo las chicas pueden hacerle sentir rara la barriga, y que, tal vez, lo que siente al mirar a sus geniales compañeros de clase superior durante el recreo es algo más que simple admiración.


Aunque sorprendente, en realidad no es tan confuso. Sabe que existe la gente gay, pero también sabe que él no lo es. ¿Quizá medio gay? Bueno, sea lo que sea, no es como si los demás pudieran saberlo, así que decide no preocuparse demasiado por ello.


Después de unas semanas, llega a la conclusión de que la única gran diferencia es que ahora se siente mucho más consciente de su propio cuerpo cuando interactúa con los otros chicos de su clase de gimnasia, de forma parecida a como se siente cuando habla con la chica linda que trabaja de cajera en la tienda cercana a su casa, pero -de nuevo- eso podría ser sólo un efecto secundario de la pubertad. Resulta que los chicos (en las películas, en su clase, en el porno a veces) también pueden ser agradables de mirar, para preguntarse y explorar.


Un día, se sorprende a sí mismo mirando a uno de sus amigos de esta nueva forma y se siente raro por ello. Le hace cuestionarse algunas cosas, pero al final no pasa nada; al fin y al cabo, aunque es una buena persona y es divertido estar con él, a Yuuji no le gusta de esa manera. Se los imagina caminando cogidos de la mano hacia su puesto de helados favorito y siente que su corazón permanece tranquilo, sin latidos saltados.


Al cabo de unos años se da cuenta de que, aunque le gustan los chicos, quizá su tipo de gusto no sea el que lleva al enamoramiento. Cuando intenta imaginarse a sí mismo en el futuro preparando el desayuno para alguien en una perezosa mañana de domingo, esa persona sin rostro es sin duda una chica. Parece un poco extraño, pero cree haber oído algo así antes, sobre que amar y desear no son lo mismo. Incluso se pregunta si, tal vez, así es como se siente cada uno en privado.


(El caso es que Yuuji sólo tiene 14 años y tampoco es que se haya enamorado nunca de una chica. Cuando sus amigos no paran de preguntarle si hay alguien de su clase que le guste y él sigue diciendo que no, es que es verdad).


A los tres meses de empezar el primer año de instituto, el abuelo de Yuuji fallece, justo cuando un mundo nuevo y diferente se da a conocer. No han pasado ni 12 horas y ya ha experimentado todo tipo de sentimientos y revelaciones. Es tal el torbellino que experimenta que algo tan mundano como las mariposas en el estómago es lo que le resulta verdaderamente extraño.


Resulta que las maldiciones y los monstruos son reales, y acaba de comerse un dedo que parecía podrido, pero por un segundo, cuando esta extraña persona aparece de la nada y se mete en su espacio, sólo puede pensar en lo suave que parece la piel de este tipo. El pensamiento es rápido, tan rápido como para reprenderse a sí mismo por ser un maldito adolescente tan ridículo, y volver a centrarse en lo que ahora es su realidad.


Gojou Satoru es increíble. No debería ser real, pero aquí está, igual que las maldiciones legendarias que no pueden destruirse. Es tonto, seguro de sí mismo y un poco mezquino, y no oculta lo sombrío que parece su futuro. Pero Yuuji aprecia su franqueza y, aunque no entienda del todo por qué tiene que ser ejecutado, está seguro de cómo quiere que sean sus últimos días, así que toma su decisión.


Después de mudarse a Tokio y ser aceptado en el Instituto Especializado de Jujutsu, Yuuji -siempre resistente- se encuentra adaptándose a su nueva vida con bastante rapidez, tomándoselo con calma.


Fushiguro es siempre tan serio y Kugisaki es un poco aterradora, pero son buenas personas y Yuuji no puede evitar sentirse emocionado ante la perspectiva de tener ya dos personas a las que puede llamar amigos. Al mismo tiempo, empieza a darse cuenta de que Gojou-sensei no sólo es real, sino también humano (aunque sea alto y ridículamente poderoso).


Aún queda la cuestión de la maldición que reside dentro de su cuerpo, Ryoumen Sukuna, que en realidad no le asusta demasiado, pero puede llegar a ser sorprendentemente molesto. No diría que es inofensivo, pero está bien. Es decir, hasta que Sukuna decide arrancarle el corazón palpitante del pecho y dejarlo morir.


Eso no estuvo bien.


Pero, buscando aspectos positivos, volver a la vida y poder ver películas todo el día no está tan mal. Incluso mejor, es tener la oportunidad de ser entrenado personalmente por el hechicero vivo más fuerte mientras... Lo conoce un poco mejor.


Para ser alguien tan importante, sensei se muestra sorprendentemente accesible. Le gusta bromear y no tomarse las cosas demasiado en serio, y eso hace que Yuuji se sienta cómodo enseguida. Acostumbrado a adultos severos y gruñones, lo contrario le resulta bastante refrescante.


Son capaces de caer en la charla ociosa, saltando de tema en tema con facilidad, pero también hay momentos de silencio. Yuuji no suele ser de los que llenan los silencios porque sí, y le sorprende comprobar que Gojou-sensei es igual. En esos momentos, se limita a disfrutar de pequeñas comodidades, como comida caliente, aire acondicionado y una presencia amable y emocionante a su lado.


A veces, sensei se queda con él, lanzando palomitas a la pantalla y spoleando puntos clave de la trama de la película, pero normalmente sólo vuelve a intervalos aleatorios para ver cómo está y llevarle comida.


Es un poco embarazoso, pero le hace sentirse casi como una mascota. Como un perro leal que espera a que vuelva su dueño, mirando a la puerta de vez en cuando. Ya debería estar acostumbrado, pero todavía le pica la piel. El aburrimiento es una cosa, pero la soledad... la soledad le inquieta. Hay una tristeza persistente por la pérdida de su abuelo, por estar atrapado en esta situación, por preocupar a sus nuevos amigos, que le golpea en el pecho siempre que no está mirando, pero no es tan grave cuando sensei está allí. No es exactamente reconfortante, pero tampoco es indiferente. Le deja espacio para sentir y luego le distrae con conversación, entrenamiento y risas.


Yuuji cree que ya casi se ha acostumbrado a su maestro cuando, en un extraño giro de los acontecimientos, le ve la cara por primera vez sin la venda en los ojos y, una vez más, nota que se le cae el estómago en medio de la situación más inoportuna. Estar cerca de Gojou-sensei es, en cierto modo, un ejercicio de resistencia, de soportar las profundidades de su poder y la maldad traviesa de su personalidad. Por suerte para él, Yuuji siempre ha presumido de una gran resistencia. Ahora mismo, sin embargo, apenas puede sentir otra cosa que el torrente de sangre en sus oídos y su propia respiración agitada, tratando de procesar tanto la técnica de su sensei como la visión de sus largas y blancas pestañas.


Puede que Yuuji esté familiarizado con la burbujeante sensación de mirar a alguien y que le cueste apartar la vista, pero no tiene experiencia en tener la mirada clavada en una persona tan objetivamente abrumadora. Es increíble, sentirse tan lleno de energía por la pura maravilla de los ojos estrellados, sin saber si el zumbido bajo su piel se detendrá alguna vez.


Esa noche se va a la cama y no puede dejar de pensar en el infinito, las estrellas y el cielo azul.


Últimamente, sensei ha empezado a sorprenderle, apareciendo de la nada y haciéndole saltar de emoción. Suele anunciar su presencia en voz alta, justo detrás de él, y se ríe cuando Yuuji gira la cabeza, asustado. Otras veces, se cuela y le pone las manos sobre los hombros, haciéndole derramar su bebida. Una vez incluso le rodeó la cintura con los brazos y le levantó.


Yuuji está acostumbrado a ser fuerte, más fuerte que la mayoría de la gente, sin duda, pero sensei es el más fuerte. Lo levanta con facilidad, lo mueve, lo hace sentir pequeño pero no como un niño, de alguna manera. Se da cuenta de que le gusta eso... sentirse pequeño. O más bien protegido. Seguro. Le hace cosquillas de felicidad desde la punta de los dedos hasta la parte baja de la espalda.


En momentos como esos recuerda de repente lo grande que es realmente su sensei. Alto, con piernas largas y manos grandes. Sus manos son claras, con dedos largos y venas vagamente prominentes. Un buen par de manos, piensa Yuuji, que las mira distraídamente mientras sensei habla, gesticulando salvajemente.


También le gusta su voz, lo juguetona y ligera que es. Le gusta aún más cuando, aparentemente de la nada, baja el tono, ese sonido profundo que atraviesa sus pensamientos y le hace sentir un nudo en el estómago. Espera no estar ruborizándose, pero, por desgracia, la curvatura de los labios de su sensei sugiere lo contrario.


Al cabo de un rato, cuando el zumbido bajo su piel se niega a ceder, empieza a preguntarse si esto es lo que se siente al estar enamorado, si esto es lo que significa que te guste alguien. Si es así, entonces cree entender por qué todo el mundo parecía siempre tan obsesionado con la idea. Le sudan las manos y se le sale el corazón del pecho, pero también es una novedad, dulce como un caramelo. Además, enamorarse por primera vez a los quince años de su atractivo y joven profesor le parece una experiencia tan propia de la adolescencia que nunca deja de hacerle reír.


A medida que pasa el tiempo y se enfrenta a nuevos retos, regresa como es debido y conoce a gente nueva, también empieza a apreciar de verdad los pocos momentos de calma que hay entre el ritmo acelerado de la vida como hechicero en formación, dejándose llevar por esa sensación de vértigo en la espina dorsal cada vez que la vida se pone demasiado dura. Su tonto enamoramiento de Gojou-sensei le hace sentir enraizado de la misma forma que salir de compras con Fushiguro y Kugisaki.


A veces, parece que Gojou-sensei lo sabe y Yuuji no está seguro de si eso lo hace mejor o peor. Está claro que el hombre no respeta el espacio personal y suele hacer lo que le da la gana, así que no es descartable que sea así. Siendo "así" su insistencia en avergonzarle, rozándole ligeramente la nuca con las yemas de los dedos y sentándose cerca de él en cualquier oportunidad (rodilla con rodilla, los costados apretados como si no hubiera otro sofá entero en la habitación para él).


Eso estaría bien, en realidad, pero a veces, cuando Yuuji inevitablemente se pone rígido y siente que le arden desde las orejas hasta la mitad del pecho, el borde de una sonrisa autocomplaciente se filtra en el sonido de la voz de su sensei mientras pregunta si todo va bien, si necesita agua...


Cuanto más sucede, más asume Yuuji que debe de tratarse de algún tipo de juego para él, un juego inofensivo con el primer enamoramiento de un adolescente, un juego que no sólo sirve como entretenimiento, sino también como una actividad constante para aumentar su ego. El pensamiento es terrible, indicativo de una mala personalidad, que es exactamente la razón por la que Yuuji piensa que es lo más probable. Gojou-sensei no sólo es el más fuerte, también es el peor.


Aún así, sabiendo que en realidad no tiene ninguna oportunidad, y por lo tanto no hay mucho en juego, se siente bien siguiéndole el juego. O eso cree él.


Es un martes por la tarde cualquiera, está tirado en el suelo después de entrenar, ya no está cansado pero sigue siendo demasiado vago para seguir a Fushiguro a las duchas, cuando Gojou-sensei se agacha, le ofrece una botella de agua y le pregunta,


"¿Has tenido novia alguna vez, Yuuji? ¿O novio?"


Es una pregunta bastante normal, pero Yuuji no puede evitar sentirse avergonzado, con la cara encendida y probablemente con una expresión tonta mientras mueve la cabeza en señal de no.


"¡Ah!", dice sensei, sonando encantado. "¿Eso significa que nunca has besado a nadie entonces? Qué adorable!"


"¡Eso no es...! Eso. Ya lo he hecho antes", suelta Yuuji sin pensar, antes de sentarse, muy colorado y con el ceño fruncido. "No soy un niño".


Gojou-sensei hace un mohín y dice: "¿Ah, sí? Qué pena".


Antes de que Yuuji pueda preguntarle a qué se refiere, se levanta. "Iba a ofrecerme a enseñarte cómo, como tu siempre generoso sensei, pero viendo que no es necesario, te dejaré en paz".


Incapaz de volver a levantar la mandíbula, se siente clavado en el sitio, apenas registrando el sonido de la risa de Gojou-sensei mientras se escabulle fuera de la habitación.


Debe de haber sido una broma, debe de haberlo sido, y sin embargo Yuuji no puede evitar preguntarse qué hubiera pasado si no.


Pasan los días, y Gojou-sensei actúa igual que siempre, y es frustrante porque por mucho que lo intente, Yuuji no puede volver a una época en la que la idea de besarse no le acosaba constantemente su cabeza. No es que antes no le interesara, pero ahora no puede evitar que sus ojos vuelvan a la bonita boca de Gojou-sensei cuando no está mirando. Sus labios están siempre tan brillantes y carnosos, y wow, debe de llevar lápiz de labios, ¿verdad? ¿De los que tienen color? O, joder, ¿es brillo de labios?


Ni siquiera se da cuenta de que lo está haciendo hasta que su sensei se gira para mirarle de frente, sonríe y pregunta,


"¡Yuuji~! ¿Tengo algo en la cara?"


Está demasiado absorto intentando recordar una de las muchas marcas de brillo de labios que sabe que ha visto antes en el centro comercial como para establecer una conexión completa entre su cerebro y su mano derecha, que ya se está moviendo hacia arriba, empujando distraídamente el borde del cuello alto de su profesor hacia abajo.


"Su sonrisa... me hace sentir feliz por dentro, sensei", acaba diciendo, las palabras eludiendo el pensamiento consciente y saliendo directamente, sin filtrar. Un segundo después, la realidad vuelve y siente la tentación de huir y esconderse, pero no lo hace. Al fin y al cabo, es la verdad. Gojou-sensei lanza sonrisas como si nada y siempre le queda bien. Sonrisas alegres, tontas, burlonas; incluso las crueles le quedan bonitas.


Pero esta, piensa Yuuji, viendo cómo cambia ligeramente su expresión, puede que sea su favorita hasta ahora.


Es miércoles, y es demasiado temprano cuando se tropieza con la cocina de su escuela, bostezando y tratando de disipar su somnolencia. Podría haberse quedado en la cama más tiempo, pero el ruido de su estómago le habría mantenido despierto de todos modos. De pie junto a la encimera, disfruta del poco sol que entra por la ventana, antes de estirarse y preparar la olla arrocera.


Tiene tiempo para ser más elaborado que de costumbre, pero no sabe si hoy le apetece. ¿Quizás sólo huevos estaría bien? ¡Ah! Claro, ha sobrado pollo de la noche anterior. Tarareando, saca lo que necesita de la nevera y se pone manos a la obra. Deja que se caliente el aceite en su sartén favorita y pica algunas zanahorias y cebolletas, comprobando el tiempo que le queda al arroz. Echa el pollo y la mitad de las zanahorias en la sartén y deja que se cocinen un poco antes de añadir los huevos. Pone el dashi a hervir y añade la otra mitad de las zanahorias antes de darse la vuelta en busca de la tetera. A Fushiguro siempre le gusta beber té por las mañanas.


Como si le llamaran, el chico en cuestión entra en la habitación, acomodándose a su lado, tranquilo. A menudo, comparten mañanas así. No es una mala rutina, disfrutar de la quietud de un día que aún no ha empezado, esperar a que la comida esté lista y los demás aparezcan en la mesa. No siempre comen todos juntos, pero a Yuuji le gusta hacer extra por si acaso. La comida, y la cocina en general, es una fuente de consuelo, una forma de retribuir a la gente que le importa. A estas alturas, ya ha preparado algo para Fushiguro, Kugisaki y todos sus senpai al menos una vez.


Mientras remueve la pasta de miso, piensa en la esponjosa tarta de queso que quiere aprender a hacer. No suele hacer postres, pero a Gojou-sensei lo que más le gustan son los dulces, así que está intentando aprender más recetas. Ya le hizo todas las que sabía, cuando se quedaba en su sótano, aburridísimo. Suspira. Sensei es una buena persona para la que cocinar, agradecida y entusiasta. Le gustaría poder hacerle el desayuno a él también, alguna vez, pero nunca lo ve por aquí a estas horas.


La idea le hace sonrojarse un poco, por alguna razón. Se imagina a sensei cogiéndole de las manos y sonriéndole, agradecido, feliz de compartir una pequeña burbuja de tiempo con todos los demás que aún duermen. Gimiendo, se golpea las mejillas. Hace un ruido sorprendente, que hace que Fushiguro le mire, sobresaltado.


Aparte de una mirada ligeramente crítica, no dice nada y pronto se sientan a comer. Charlan sobre sus próximos exámenes y sobre el último episodio de la serie que están viendo. Es agradable y fácil, y Yuuji sigue distrayéndose, pensando en el pelo blanco y las sonrisas blancas y cegadoras.


Más tarde, esa misma semana, se asegura de pasar por la tienda para recoger todos los ingredientes que necesita y algunos más, dispuesto a pasarse toda la tarde perfeccionando su técnica. Se supone que Sensei volverá de una misión en el extranjero en un par de días, y se alegra de haber decidido practicar un poco antes, porque esto no está funcionando. Esto es un desastre. Se desploma contra la encimera, derrotado, cuando su tercer intento sale del horno con una grieta gigantesca justo en el centro.


"Tiene una pinta horrible", dice Kugisaki, clavando un tenedor en un lado de la tarta en lugar de cortar un trozo para sí misma, como un bárbaro.


"Pero sabe bien", dice Maki-senpai, apareciendo a su lado y probando un bocado. "El primer intento estaba demasiado empolvado, y el segundo no era lo bastante dulce, pero éste está bastante bueno".


"¡Pero se rajó! Y el segundo se hundió", grita, metiéndose tarta de queso en la boca. "No puedo hacer esto".


Ha estado siguiendo cuidadosamente las recetas que encontró en Internet, pero han pasado horas y no sabe qué está haciendo mal. Su primer intento salió precioso, de un dorado brillante, y estaba tan contento que llamó a todos para que lo probaran. Aunque tenía un aspecto estupendo (esponjoso, grumoso y perfectamente redondo por encima), el sabor no era el adecuado. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.


Todos habían decidido reunirse cerca de la cocina para verlo sufrir, como imbéciles. Al menos, también se comían sus fracasos para que el dinero gastado no se desperdiciara. Pero aún así.


"La comida debe saber bien", dice la senpai, cruzándose de brazos. "Si tienes eso claro, puedes irte".


"Aunque yo también quiero que tenga buena pinta", responde, haciendo un mohín.


"Mientras lo presentes con una sonrisa estará bien, Itadori", dice Panda-senpai, al otro lado de la habitación, con el volumen de manga que ha estado leyendo durante la última hora abierto en el mismo sitio. "¿Y esto no es para el sensei de todos modos? Mientras le eches media bolsa de azúcar, le encantará".


"Podrías ponerte un delantal y ponerte en plan ama de casa si estás tan desesperado, idiota", dice Kugisaki, mirando el móvil.


Yuuji le lanza la mirada más sucia que puede reunir, pero sabe que no es muy eficaz, y el rubor sube a lo alto de sus mejillas.


"De todas formas, ya estás a mitad de camino", continúa ella. "¿Vas a saludar a sensei en la puerta ahora? ¿Ofrecerte a lavarle la ropa?"


"Ugh, cállate. Sólo intento hacer algo agradable".


"Mira, sólo lo digo. Parece que le gustarían ese tipo de cosas."


"Es agradable volver a un postre casero, eso es todo", dice. "Pero sólo si es realmente bueno. Uf".


Fushiguro, que es un gran amigo y el único que se ha ofrecido a ayudarle a hacer frente a la pila de platos sucios que crece rápidamente junto al fregadero, dice,


"No seas estúpido. Si lo has hecho tú, a ese tipo le va a gustar".


"Sé que es así de amable, pero lo intento de verdad", dice suspirando. Fushiguro se le queda mirando.


"Uno", dice Maki-senpai, levantando un dedo. "No, no lo es. Dos, eso no es lo que quería decir, Yuuji".


Quiere protestar, pero también siente curiosidad por lo que implica. Sólo un poco. Antes de que pueda preguntar, Kugisaki empieza a hablar de imparcialidad, profesionalidad y decencia pública. Pronto, todo el mundo interviene con sus propias historias. Incluso Inumaki-senpai tiene alguna que contar.


Yuuji podría decir algo, pero está como... aturdido. Gojou-sensei no lo trata diferente, ¿verdad?


"Está como enamorado de ti, y es asqueroso como la mierda", dice Kugisaki, elocuente como siempre.


El día que sensei regresa no parece cansado, no exactamente, pero en el momento en que Yuuji se acerca a saludarle con una tarta de queso fresca y ligeramente desinflada, todo su comportamiento cambia, una sonrisa verdaderamente vertiginosa ilumina su rostro. Cuando le da las gracias, con un poco de azúcar glas todavía pegado a la comisura de los labios, Yuuji siente que podría correr un par de docenas de vueltas sólo para deshacerse de la energía que explota dentro de su cuerpo.


Lo mira y se pregunta si los otros tenían razón. Se pregunta si todas esas bromas, comentarios burlones y caricias casuales y persistentes (¿tal vez? ¿posiblemente?) podrían haber significado algo todo este tiempo.


Sensei termina de comer y pide otra ración, diciendo,


"¡Tu cocina es la mejor, Yuuji! Casi tan dulce y sabrosa como tú".


Piensa que hoy podría ir a dar esas vueltas.


Valiente, Yuuji hace lo que puede para empezar a coquetearle. No sabe lo que hace, pero cree que la sinceridad es siempre la mejor política, así que simplemente... dice lo que piensa. Y cuando le entran ganas de tocarle, se lo permite. No es nada fácil, e intenta controlarlo cuando hay otras personas cerca, pero es liberador y se ha vuelto difícil resistirse. No consigue poner nervioso a su sensei con abrazos sorpresa y piropos incómodos, pero se imagina que, si sigue así, algún día lo conseguirá.


Eso cree, pero en realidad, si todo esto es un juego, sabe que nunca ha estado cerca de tener la sartén por el mango. Definitivamente no ahora, enjaulado contra un escritorio, con las rodillas débiles, mirando hacia arriba, hacia una piel suave y una tela negra.


Esta semana se niega a pasar rápido, y Yuuji empieza a sentirlo en los huesos.


Tanto estudio, del tipo aburrido, y siempre que han podido salir a hacer hechicería, ha sido para misiones repetitivas y sin sentido que les han dejado a todos cansados e insatisfechos. A estas alturas, su cerebro parece papilla. Sukuna probablemente se haya aburrido igual, teniendo en cuenta la creciente frecuencia de sus crueles comentarios, pero ha aprendido a ignorarlo. Aún así, no es muy agradable. Le vendría muy bien una siesta ahora mismo, y tal vez unos mimos. Ni a Kugisaki ni a Fushiguro les gusta mucho el afecto físico, pero de vez en cuando le da alguno. Como ahora mismo, envuelto alrededor de Kugisaki mientras ella se queja en voz alta de algo.


Huele bien, vagamente dulce, pero a Yuuji nunca le han gustado los dulces. Prefiere los olores cítricos o tal vez frescos, como la niebla de la mañana y la nieve limpia. Siempre ha sido un tipo de verano, pero hay algo en levantarse temprano una mañana de invierno y encontrar el mundo pintado de un blanco inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido. Es casi solemne, y huele muy bien, el frío quemando al bajar de la forma más agradable.


Todavía está soñando con hielo raspado de colores brillantes cuando entra Gojou-sensei, con el ánimo familiar en su paso. Tiene un aspecto estupendo, como siempre. Tras dedicarle una rápida sonrisa y saludarle con la mano, Yuuji vuelve a esconder la cara entre los omóplatos de Kugisaki, intentando controlarse y evitar ser presa de sus instintos más vergonzosos ante el público. Sensei suele estar fuera por asuntos importantes, pero aún consigue pillarle aunque sólo sea unos minutos de vez en cuando. Pero esta semana no. Ha pasado demasiado tiempo, tanto que sólo con mirarle le duele un poco, y le entran ganas de lanzarse directamente a sus brazos para ponerse poético sobre el tono exacto de azul de sus ojos, como el tonto enamorado que sabe que es.


Suspirando, se aferra a Kugisaki, dolorido al saber lo grandes y cálidas que son las manos del sensei sobre su piel, intentando inventar una excusa lo bastante buena como para convencerle de que le deje pasar los dedos por su pelo blanco como la nieve. Nunca lo había tocado, pero está seguro de que debe de ser muy suave. Se imagina rascándole ligeramente el cuero cabelludo y jugando con los pelos cortos de su corte. Gojou-sensei es casi como un gato a veces, así que tal vez lo encontraría relajante. ¿Es una buena excusa? Quizá si...


"¡Eh, Itadori! Te están hablando", dice Kugisaki, extendiendo el brazo hacia atrás para sacarle bruscamente de sus pensamientos. Ay. Él contraataca golpeando con más fuerza su cara contra la espalda de ella antes de levantar la cabeza.


"¿Qué?", dice, con la vista todavía un poco borrosa. Parpadea una vez y siente que Kugisaki se aleja, parpadea dos veces y siente que una mano le agarra por la mandíbula, inclinando su cabeza hacia arriba.


"¿Me estás ignorando?", pregunta Gojou-sensei, haciendo un mohín. "Eres tan injusto, Yuuji".


Incapaz de responder, sus ojos se desvían, buscando desesperadamente ayuda, pero todo lo que ve es a Kugisaki sacándole la lengua y a Fushiguro lanzándole una mirada que bien podría significar que ahora es tu problema, asúmelo. Y entonces se van.


Joder.


"¡Yuuji! ¡Deja eso!" Gojou sensei gimotea, apretando sus mejillas. "¿Estás intentando ponerme celoso? ¿O simplemente no me has echado de menos? Eres tan injusto!"


"¡Yo sí! Lo hago", intenta decir, antes de sacudir la cabeza con libertad. "¡Te he echado mucho de menos, sensei!".


"¿Ah? ¿Te hacías el duro entonces? Pero Yuuji!", dice, con un inconfundible tono burlón en la voz. "No hace falta. Si querías mi atención sólo tenías que pedírmelo".


Sensei es malo, pero no tanto como la mano que se ha posado en la base de su garganta, con el pulgar frotando suaves círculos cerca de su pulso. Su corazón late como loco y se siente un poco mareado, y es imposible que Gojou-sensei no lo sepa. Traga saliva. El gesto es posesivo, da miedo, es peligroso, emocionante y excitante, y Yuuji no sabe qué hacer. Se siente como si pudiera morir, como si estuviera a bordo de un tren sin frenos y, sin embargo, no pudiera encontrar en sí mismo la manera de bajarse.


"¿Sí...?"


"Sí. Lo que quieras, sólo tienes que pedirlo", dice Gojou-sensei, con voz grave. De algún modo, parece un desafío. O una invitación. Yuuji ya no está seguro de lo que están hablando. Tiene la boca seca. Pero sabe lo que quiere, y la sinceridad no le ha fallado hasta ahora, así que, un poco abrumado, toma aire y dice,


"Antes, tú... hiciste una oferta. Me gustaría aceptarla, si... si te parece bien".


La mano junto a su garganta se tensa durante un breve segundo, y luego una sonrisa complacida se dibuja en el rostro de su profesor.


"¿Una oferta? Nunca he hecho una oferta. Quería hacerlo", dice, acercándose aún más. "Pero no te interesó".


"Yo no he dicho eso", murmura, demasiado rápido.


"¿Qué dijiste entonces, Yuuji?" Siente la otra mano de Gojou-sensei tocar ligeramente su costado, buscando su cintura y luego el hueso de la cadera. "¿Recordar? Verás, lo que recuerdo es lo decepcionado que me sentí, al pensar que otro había llegado a ti antes que yo".


Desearía poder ver los ojos de su sensei y leer su expresión, pero quizá sea mejor así. No sabe si su corazón podría soportarlo.


"Empiezo a sospechar que me mentiste, Yuuji. Y los chicos buenos no mienten".


Siente esas grandes manos soltarle por un momento, sólo para agarrarlo, una vez más inclinando su cabeza hacia arriba.


"Debería castigarte, ¿no?". La piel se le pone de gallina. No puede respirar. "Por suerte para ti, soy muy indulgente". Cierra los ojos.


La presión es ligera como una pluma, sobre todo calor, y sólo hay una ligera pegajosidad, restos del producto aplicado ese mismo día. No debería sorprenderse, pero los labios de Gojou-sensei son realmente muy, muy suaves. Un momento después, siente una sonrisa en su boca.


Apoyando ligeramente la frente contra la suya, sensei rompe a reír, enterrando las manos en el corto pelo rosa. Yuuji se siente confuso, eufórico, feliz, tan feliz que podría estallar. Siente que la tensión desaparece de su cuerpo y que sólo le queda el calor, lo que le produce un cosquilleo en los labios y un salto en el estómago. Las carcajadas le salen del pecho.


"O tal vez sólo tengo un punto débil. No se lo digas a los demás, pero eres mi favorito", murmura Gojou-sensei, antes de inclinarse una vez más.


Ahora que esa puerta se ha abierto de repente, un mundo de posibilidades asoma tímidamente la cabeza, y Yuuji no está seguro de cómo sentirse al respecto. Por un lado, es estimulante pensar que alguien como sensei pueda estar interesado en él, aunque sólo sea un poco. Hace que le duelan las mejillas de tanto sonreír. Pero hay un problema, y es que al final se da cuenta de que, por muy normal que sea enamorarse de un profesor siendo un adolescente tonto, fomentar ese comportamiento en un alumno como profesor probablemente no esté bien. Sin embargo, darse cuenta del alcance de la evidente falta de moralidad de sensei no es precisamente sorprendente. De hecho, concuerda con lo que Yuuji ya sabe de él: un hombre que parece eternamente joven y muy superior a su edad, al que le gusta jugar con sus propias reglas y que no es necesariamente el más honrado de los ciudadanos.


Dicho esto, Yuuji no duda de que, a pesar de todo, su sensei es una buena persona y no puede evitar preguntarse si también sería bueno con él. ¿Le trataría bien? ¿Lo cuidaría, sería amable, tendría cuidado con su inexperiencia? ¿O le prepararía para la edad adulta provocándole su primera desilusión amorosa? En cualquier caso, no puede imaginar a nadie en quien confiaría más para hacerlo.


No cree que sea tan especial como para hacer que Gojou-sensei se fije en él a pesar de su buen juicio, como dictan las típicas fantasías adolescentes sobre hombres mayores, pero se imagina que debe ser al menos un poco especial para ser deseado por alguien tan impresionante como sensei, aunque sólo sea como algo con lo que jugar. Si ese es el caso, se sorprende al descubrir que no le importa. Probablemente no sea el más autoconservador de los deseos, pero Yuuji nunca se ha caracterizado por ser precavido.


Las cosas siguen igual en su mayor parte. Va a clase y a misiones y come con sus amigos. Estudia y entrena y avanza mucho en el videojuego que le regalaron la semana anterior. Pensar en sensei hace que su corazón lata más rápido, pero estar con él es fácil, natural. Durante un rato, es casi como si nada hubiera pasado. Quizá se supone que su propia reacción de asombro se queda ahí, o quizá a su sensei simplemente le gusta pillarle desprevenido, pero parece que cada vez que casi se ha olvidado, que casi se ha acostumbrado a las cosas, Gojou-sensei se las arregla para acorralarle en un pasillo vacío, agachándose lo suficiente para darle a probar y obligarle a acortar él mismo la distancia.


Al principio lo mantiene ligero, diciendo: "Pediste lecciones de besos, así que eso es lo que estamos haciendo".


"¡Hay todo tipo de besos y debemos ser minuciosos! Probablemente ya los conozcas, pero también es importante dominar los besos rápidos", y procede a cubrirle toda la cara de pequeños besos, todos en rápida sucesión, como cosquillas. Es ridículo, pero él se lo toma en serio.


En una ocasión, Inumaki-senpai se cruza con ellos y ve a Yuuji en pleno intento de remangar a su sensei para cubrirle un camino de besos por el brazo, como en las películas. No dice nada, por supuesto, y la verdad es que ni siquiera es para tanto, pero Yuuji se siente descubierto. Sin embargo, Sensei no parece preocupado en absoluto y, si acaso, parece inspirado para ser aún más atrevido con sus cariños, manteniendo siempre una mano apoyada en sus hombros y bajando ocasionalmente hasta su cintura, sin importarle quién le esté mirando.


Después, sensei insiste en besos suaves, con la boca cerrada, que le dejan zumbando y con ganas de más. Empieza besándole el borde de la mandíbula, luego la mejilla y después la comisura de los labios, lenta y deliberadamente. Con una mano sujeta suavemente la nuca de Yuuji, corrige su ángulo, asegurándose de que sus labios se encajan en un fácil abrazo. Esos besos se prolongan, un intercambio de presión y calor, y a través de ellos aprende a relajarse, dejando que sus manos descansen sobre el pecho de Gojou-sensei, con los dedos encontrando el pliegue de sus clavículas justo por debajo de su ropa.


Los besos con la boca abierta ocurren por accidente. Una vez, Yuuji no puede resistirse y chupa ligeramente el labio inferior de Gojou-sensei. Él le deja, tararea suavemente y se suelta con una risita.


"¿Ya te estás saltando?", dice, divertido. "Ya veo cómo es. El entusiasmo es importante y los planes de clase deben ser flexibles, ¿no crees, Yuuji?".


No se molesta en contestar, dándose un capricho más.


Yuuji aprende dónde colocar las manos, hacia qué lado prefiere inclinar la cabeza y cómo seguir respirando por la nariz. Aprende el sabor del bálsamo labial de su sensei (aún no se ha refutado la posibilidad de un brillo de labios ocasional), el aroma de la piel oculta tras su cuello y la textura de la venda al rozar la pendiente de su pómulo. Descubre que le gusta pasar las yemas de los dedos justo por debajo del borde, rozando apenas las largas pestañas con sus uñas cortas y romas.


Últimamente, cada día (hora, minuto) que pasan separados se siente pesado, y cada momento juntos se siente brillante, intenso, demasiado breve. Piensa que sensei podría ser realmente tan generoso como dice ser, volviendo antes de tiempo y diciendo que la misión de esta semana era demasiado aburrida, los enemigos demasiado débiles, que preferiría pasar ese tiempo con Yuuji en su lugar, así.


Sensei tiene la piel suave, los labios suaves, el pelo suave, pero está duro por todas partes. Sólido. Grande y cálido en contraste con la pared contra la que está siendo presionado, ahogándose en sensaciones. No deberían estar haciendo esto en un lugar tan público, detrás de un edificio en pleno día, pero han pasado demasiados días desde la última vez que se vieron y no pudo resistirse a apartar a Gojou-sensei durante un minuto para robarle uno o dos besos. Quizá le está dejando salirse con la suya, o quizá está igual de ansioso, con la forma en que le abraza con fuerza, amoldando su cuerpo al suyo.


Siente que se derrite, que los besos lentos se vuelven abrasadores. Están pegados, tan pegados, tan pegados que siente que se está perdiendo. Sensei desliza la punta de su lengua sobre su labio inferior y Yuuji no puede controlar el escalofrío que recorre su cuerpo, abrumado. El calor se extiende desde su vientre hasta la parte posterior de sus orejas, y aprieta los brazos que cuelgan del cuello de su maestro, intentando no caerse.


Suelta un suave gemido y sensei responde con un suspiro, las manos deslizándose bajo la capucha de Yuuji, incendiando su piel. Es mucho, es demasiado, pero sensei no se detiene, las manos agarran su gruesa cintura y encajan un muslo entre los suyos.


Se siente indefenso, como un hombre solo frente a la marea, consciente de repente de lo mucho que sensei quiere tomar, tomar y tomar, y en ese momento Yuuji descubre que no quiere otra cosa que darle todo lo que tiene.


Está mareado, jadeando, cuando Gojou-sensei retrocede de repente, sólo unos centímetros, para quitarse la venda de los ojos y sostener su rostro ardiente entre las manos. Es hermoso, tan hermoso que duele mirarlo, doloroso de una forma tan adictiva que Yuuji nunca quiere parar. Tiene el pelo revuelto y le brillan los ojos, y le está mirando con suficiente intensidad como para casi hacerle creer que siente lo mismo.


"Yuuji", dice, algo parecido al asombro tiñendo el tono de su voz. "Yuuji, Yuuji".


Un pulgar roza la humedad persistente de su labio y luego se desliza dentro, presionando su lengua. Yuuji chupa por instinto y el sonido que sale de la garganta de su maestro le hace desear conocer el secreto para que suceda una y otra vez. Así, parece como si Gojou-sensei le estuviera mirando por primera vez, y en cierto modo lo hace, en esta situación y con todos sus sentidos, concentrado en él como si fuera la única luz de este mundo que merece la pena mantener encendida.


Cuando le besa de nuevo, es como si se deleitara con un nuevo conocimiento, como si pudiera conquistar el mundo. Como si la respuesta a un misterio desconocido se hubiera hecho evidente, sorprendiéndolo. Haciéndole delirar, feliz.


Yuuji frunce la nariz, buscando desesperadamente el origen del fuerte ruido que le ha obligado a despertarse. Gimiendo, coge su teléfono y responde a la llamada entrante con dedos torpes.


"¿Sensei...?", pregunta, bostezando. "¿Pasa algo?"


"No, no. Todo va bien", dice, con un tono extraño en la voz.


Tiene demasiado sueño para alarmarse, pero se da cuenta. No sabe qué puede hacer, pero quiere hacer desaparecer lo que sea que esté preocupando a su sensei, de la forma que sea.


"¿Dónde estás?", pregunta. "¿Quieres hablar?"


"No, está bien, está bien", dice, dejando escapar una risita. "Sólo quería oír tu voz".


"¿Sí? Puedo hacerlo", dice Yuuji, ya despierto. "Podría charlar hasta con una pared de ladrillo, o eso he oído".


Empieza a relatar los acontecimientos del día, la comida que ha tomado para almorzar y el calcetín perdido que Kugisaki encontró entre sus montones de ropa sucia. Hace un recuento dramático de la pelea que tuvieron Maki-senpai y Panda-senpai por... ¿la vajilla? ¿Falta de comida etiquetada? Lo que resultó en un divertido intento de lanzamiento de judo a las seis de la mañana del día anterior. Incluso entra en detalles sobre el parche de flores de olor inusualmente fuerte junto a la biblioteca de la escuela en el que pasó toda la semana pensando.


Gojou-sensei tararea y se ríe, y parece relajarse un poco al teléfono. Al cabo de media hora, Yuuji siente que se está adormeciendo de nuevo, así que pregunta,


"¿Mejor?"


"Mejor. Gracias, Yuuji", responde. Parece que hay algo más que quiere decir, pero el silencio se extiende sobre la línea. Poco dispuesto a despedirse, Yuuji espera.


"...Estoy justo delante de tu puerta, ¿sabes?", acaba diciendo sensei, al cabo de un rato. Le hace hacer una doble mirada, como si pudiera ver a través de la pared y comprobarlo por sí mismo. Un segundo después, se levanta, abre la puerta y asoma la cabeza.


De hecho, Gojou-sensei no está fuera, sino un poco más allá, apoyado en la pared. Lleva pantalones de chándal holgados y una camiseta negra, el pelo suelto y unas gafas cuadradas colgando de la punta de la nariz.


"¿Puedo entrar?", pregunta, todavía a través del teléfono. Yuuji suelta una carcajada, incrédulo, y le hace un gesto para que se acerque.


Las luces de su habitación siguen apagadas, pero cree que no importa demasiado. El hombre parece cansado, agobiado, y a Yuuji se le ocurre que nunca se había parado a pensar que, tal vez, sensei se sienta tan solo como él.


Vuelve a tumbarse y abre los brazos, invitándole a pasar, la cama es demasiado pequeña para dos personas de su tamaño. Con un suspiro, sensei entra a trompicones, deteniéndose un momento para sacarse las gafas y dejarlas sobre la mesilla de noche, al lado de la cama. Entierra la cara en el pecho de Yuuji y deja que la tensión salga de su cuerpo cuando Yuuji le rodea con sus brazos, con la mano derecha jugando suavemente con el pelo corto justo por encima de su nuca.


Respiran juntos, fundiéndose el uno en el otro, y al cabo de un rato Yuuji siente que empieza a deslizarse. Está a punto de soñar cuando el sensei los cambia de sitio, poniéndolos uno frente al otro, tumbados de lado con las piernas enredadas entre las sábanas.


Él está guapo, con los ojos brillantes incluso con poca luz. Yuuji quiere hacer una foto, lo suficiente para capturar una fracción de este momento y asegurarse de que siempre podrá llevarla consigo. Quiere un poco de para siempre. Quiere besarle.


Se inclina hacia él y es suave, y por alguna razón siente que las lágrimas se le agolpan en las comisuras de los ojos. Quizá ya esté soñando. Tal vez lo ha hecho todo este tiempo.


Sensei lo busca en la oscuridad, se acerca aún más y parece que él también está pensando en el infinito. Como si estuviera tomando una decisión, cierra los ojos y se relaja en sus labios. Se queda ahí y parece como si dijera que siempre se quedará.


Con los párpados agitados, Yuuji está seguro de que está soñando, porque por un momento podría haber jurado que sintió a su sensei caer, por él, dentro de él.


Lo único que sabe es que se asegurará de atraparlo al caer.