Insulina by peppervega at Inkitt
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Insulina

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Summary

Ivar, un joven de veintidós años, problemático y oportunista, conoce a Caleb cuando este último se muda a su vecindario al no poder costear un lugar mejor en la ciudad. Ivar se siente atraído por el nuevo, y al descubrir que la hermana de este es diabética, decide ofrecerle un trato bastante peculiar: insulina a cambio de todo lo que el otro esté dispuesto a ofrecerle. Sin embargo, lo que Ivar desconoce es que Caleb puede llegar a ser más que un chico ingenuo, alguien que podría ayudarlo a descubrirse a sí mismo mientras aprende que la vida tiene un lado amable, a pesar de todo lo malo que le ha tocado vivir.

Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

Introducción


Llevaba tres meses saliendo con Wendy cuando él se mudó al vecindario con su madre y su hermana menor. Ese día estábamos con los chicos pasando el rato en la esquina de siempre, fumando y bebiendo cervezas, cuidando que no las viera ningún policía, porque a menudo patrullaban el barrio en busca de los más problemáticos, y esos éramos nosotros.

—Un fresita en el barrio —comentó Andrés entre risas. Todos volteamos a ver la casa que, hasta hacía poco, había estado abandonada—. Me gusta para que sea un presumido de mierda.

Todos volvieron a reír cuando él nos miró fugazmente, para enseguida continuar vaciando basura en el contenedor de su banqueta.

—Ya dejen al pobre chico en paz —dijo mi novia antes de abrazarme.

Andrés me miró y yo me encogí de hombros.

—Alguien tiene que ponerlo en su lugar —replicó molesto.

Estuve a punto de decirle que el muchacho no nos había hecho nada, que estábamos a punto de caer presos por tantos problemas. Al menos yo, porque uno que otro se había salvado de acusaciones y pleitos. Sin embargo, cuando hice amago de abrir la boca, Wendy se prendió de mis labios y pronto olvidé lo que iba a decir; incluso, ni siquiera me percaté del momento en el que Andrés cruzó la calle solo para ir a meterle un empujón al nuevo.

El chavo retrocedió unos pasos cuando Andrés le mostró su navaja, misma que siempre usaba para intimidar a las personas que asaltaba en distintos puntos de la ciudad. Y yo quise intervenir, pero estaba tan acostumbrado a ese tipo de situaciones que no me moví, solo me quedé ahí mirando la escena.

Andrés volvió a los pocos minutos con una sonrisa triunfal, ya con la navaja enfundada en el bolsillo de su pantalón. Todos nos quedamos mirándolo con atención, puesto que, al ser el mayor del grupo, era el líder indiscutible.

—Ya está advertido —murmuró sin perder el gesto divertido—. Ya le dije que el barrio es de nosotros y le quedan dos opciones: o se hace mi esclavo, o se va a la mierda con su familia. No lo quiero aquí —puntualizó.

Me rasqué la barbilla meditando sus palabras. Yo no era precisamente un buen ejemplo, mucho menos un santo, pero una amenaza de ese tipo me pareció absurda, ridícula. Entonces vi a los otros y ninguno dijo nada, como siempre sucedía cuando a Andrés se le ocurría cualquier estupidez o capricho.

—¿Nos vamos a tu casa un ratito? —preguntó Wendy en mi oído.

Volteé hacia aquella casa y vi el letrero de Bienvenidos que la madre del nuevo acababa de colocar junto a la puerta de hierro. Él ya se había resguardado, pensando que quizás éramos unos hijos de puta; tal vez molesto o asustado y, sin saber por qué, darle aquella primera impresión me sentó un poco mal.

En casa solo estaba mi hermano Joaquín, tres años mayor que yo. Nuestro padre seguía trabajando en la fábrica en ese momento. Joaquín le sonrió a Wendy, antes de dirigirse a mí:

—Ivar, papá va a doblar turno hoy. Te toca cocinar a ti. Yo iré a pescar con los muchachos, lo más seguro es que regrese por la mañana.

—Está bien.

Mantenía una relación casi impersonal con mi hermano. Ni él se metía en mi vida, ni yo en la suya. Joaquín tenía un grupo de amigos que había conocido en el último año de la preparatoria, porque él sí se había graduado y era farmacéutico. Yo solo había estudiado dos años de secundaria, porque cuando entré a tercero me metieron a la correccional de menores por una pelea en la que un idiota perdió un ojo.

Lo vimos salir con su mochila al hombro, y Wendy, sin perder tiempo, encendió un cigarro y extrajo una botella de cerveza del refrigerador.

—Sin tu viejo y sin el Joaquín, quiere decir que tenemos la casa para nosotros dos —canturreó.

Le sonreí.

—Y eso casi nunca pasa, eh.

Ella le dio una calada al cigarro y lo dejó sobre el cenicero que se hallaba en la mesita que sostenía el teléfono. Pronto me metió un empujón para hacerme quedar sentado en el único sofá de la sala, acto seguido, se sacó la blusa y se me sentó a horcajadas para comerme la boca. Estábamos a punto de tener sexo, pero su celular comenzó a sonar.

—Déjalo —le pedí cuando vi que iba a responder.

—Es mi mamá, debo atender.

Wendy se alejó un poco, pero alcancé a escuchar que su madre le reclamaba por haberle dejado a Liliana, su hija de dos años, todo el fin de semana. «Llévala contigo, no seas desobligada», repetía una y otra vez mientras mi novia se quejaba de no tener tiempo para ella misma.

El hecho de que fuese madre soltera había llamado mucho mi atención cuando la conocí. Pensé que era una chava trabajadora y seria, de esas que luchan por sus hijos, por sacarlos adelante; sin embargo, había resultado ser todo lo contrario.

—¿Te vas? —le pregunté cuando la vi ponerse la blusa a las prisas.

—La vieja está insoportable y me está amenazando con llamar a protección al menor si no voy por Lily ahora mismo.

—¿La vas a traer?

—¿A quién?

—A la niña —respondí.

—Claro que no. Voy a ver si me la cuida alguien y regreso más tarde.

—¿Segura? Porque si no regresas yo me largo por ahí. No quiero estar encerrado en casa sin hacer nada.

—Flaco, solo espérame un par de horas, ¿sí?

—Ya qué.

Con el celular en la mano y una cerveza en la otra, me fui a sentar al pórtico para relajarme. Desde ahí podía verse la casa del nuevo. Tenían un viejo auto y no parecían ser personas adineradas, como lo había supuesto Andrés cuando lo llamó fresa.

Me quedé pensando en su mirada seria y distante; tenía la piel clara y los ojos oscuros; parecía ser alto, y era un poco menos delgado que yo, aunque no tenía sobrepeso. No tenía ningún dato relevante, y sentía la necesidad de hablarle, de verlo de cerca.

De pronto salió de su casa y comenzó a caminar por la acera, en dirección a la tiendita de la esquina, lugar en el que nosotros comprábamos cervezas casi de forma diaria. Y se me ocurrió que podía ir y echar un vistazo, tal vez preguntarle cualquier tontería.

Llevaba un bermudas color negro y sus piernas blancas me hipnotizaron cuando comencé a seguirlo. Irremediablemente le vi el culo y lo imaginé desnudo, a cuatro sobre mi colchón.

—Soy Ivar. —Alcé la voz y vi que, sin detener el paso, me miró por encima de su hombro—. Somos vecinos.

—Caleb —dijo.

Corrí unos metros y lo alcancé. Él continuó caminando sin mostrar interés en mí.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciocho —respondió sin mirarme.

—Tengo veintidós —le dije.

—No quiero problemas —murmuró mirándome a la cara solo un segundo—. Te vi con los otros en la esquina —aclaró.

—No son malos. —Me reí—. Al Andrés le gusta intimidar a los nuevos, pero siempre terminan juntándose con nosotros, siendo amigos, ya sabes.

—No será mi caso —advirtió.

Él entró en la tienda y yo lo seguí. Lo vi comprar una docena de huevos y un litro de leche, por lo que me apuré en extraer un billete de cien pesos de mi billetera para pagar su cuenta.

—No, gracias —masculló al devolverme el billete para, enseguida, pagar con su propio dinero.

—Te invito una cerveza —le dije luego de pagar por unos chicles de moras.

—Ya te dije que no quiero problemas.

No solía rogar por la amistad de nadie, pero pronto me hallé siguiéndolo de regreso a su casa. Mi presencia parecía incomodarlo, pero no se quejó cuando vio que le sonreí.

—¿Solo vives con tu vieja y tu hermana? —le cuestioné.

—Sí.

—Yo solo vivo con mi viejo y un hermano mayor. Se llama Joaquín y es farmacéutico. Si te enfermas, puedo hacerte un descuento.

No pensé que dicho comentario fuera a llamar su atención, pero pronto detuvo el paso y me miró con seriedad, antes de decir:

—Me gustaría eso.

—¿El descuento?

—Sí.

Sonreí.

—¿Qué tipo de medicamentos buscas?

—Insulina —respondió de inmediato—. Mi hermanita es diabética y siempre se nos termina la insulina —explicó con un deje de preocupación.

—Ve y deja eso a tu casa. Tengo insulina en la mía. Si quieres puedo darte algo, pero después tendrás que pagarme.

—¿Hablas en serio? —preguntó con entusiasmo y yo le asentí con un sonido gutural.

Caleb se apresuró en dejar sus compras en casa, y luego salió rápido para acompañarme. No me hizo preguntas acerca del medicamento, por lo que adiviné que él era sumamente ingenuo. Y no es que yo le estuviera mintiendo, sino que fácil podría ser una broma pesada y él habría caído como un tonto.

Lo invité a pasar y, aunque al principio dudó, después entró y se quedó junto a la puerta para esperar por mí. Yo me dirigí a mi cuarto y extraje la mercancía que guardaba bajo la cama, misma que hurtaba de la farmacia donde trabajaba Joaquín. Metí la medicina y unas jeringas en una bolsa negra y luego salí para entregarle las cosas a un Caleb que, con cierta curiosidad, observaba las paredes de mi sala.

—Toma. —Le ofrecí la bolsa, pero antes de que él la tomara, le advertí—: Nadie debe saber de esto, ¿entiendes? —Él asintió con la cabeza enérgicamente—. No es mucho, pero si te interesa, si de verdad estás dispuesto a pagarme, puedo ser tu proveedor.

Lo vi fruncir el ceño dejándome ver un gesto de desconfianza.

—¿Mi proveedor? Eso suena a algo ilícito —dedujo.

—Ni yo soy doctor, ni tú un paciente diabético. Claro que esto no es legal —aclaré—. Pero digamos que es una emergencia y hablamos de la salud de tu hermana, ¿no?

—Sí… —musitó.

—Toma. —Volví a ofrecerle la bolsa, y esa vez, la aceptó—. Después hablamos del pago y de cuánta insulina vas a ocupar.

Suspiró y exhaló como si estuviera cometiendo un delito gravísimo.

—De acuerdo —dijo—. Yo trabajo en una florería y me pagan los viernes. Solo hazme la cuenta, ya con el descuento incluido, eh.

Sonreí.

—Por supuesto. Entonces, ¿tenemos un trato, Caleb?

—Sí.

Sonreí cuando lo vi marcharse tan contento. Wendy llegó al poco tiempo y me ayudó a preparar la comida. Ella no tenía idea de mi bisexualidad; mi familia tampoco lo sabía, y estoy seguro de que ni se lo imaginaban, porque había sabido ocultarlo bien desde que descubrí que también me gustan los hombres. No quería pensar en lo que podría pasar si los chicos se enterasen, solo estaba seguro de que las cosas terminarían muy mal.

—¿Por qué estás tan feliz? —preguntó ella con una sonrisa mientras me servía sopa de fideos con carne.

—No estoy feliz, solo se me subieron las cervezas.

Ella se rio y yo le sonreí. Me gustaba mucho estar con Wendy porque, además de ser atractiva, también podía llegar a ser muy alivianada. Sabía que detrás de su fachada de niña mala había una chica dulce que solo buscaba amor, pero también sabía que estaba con el hombre equivocado, porque yo no era precisamente cariñoso ni comprensivo con ella.

Cuando terminamos de comer nos pusimos a fumar en mi cuarto. Ella se acostó bocarriba sobre el colchón y yo me senté en el piso, recargando la espalda en la base de la cama. Me pregunté en ese momento si acaso Wendy me quería lo suficiente como para comprender y aceptar al mismo tiempo el tema de mi orientación sexual, y quise lanzar un dardo para tantear su reacción, pero el miedo a la sospecha me acobardó tanto que pronto me quedé absorto en mis pensamientos.

—Flaco, hay algo que quiero decirte.

—¿Qué?

—Sé que tenemos tres meses juntos, pero me gustaría vivir contigo.

La miré por encima de mi hombro y le sonreí.

—Sabes que el viejo no te quiere mucho que digamos —comenté—. El tema de tu hija no le agrada, y no por la niña, sino porque opina lo mismo que tu vieja: que eres una desobligada. Siempre me está diciendo que deberías estar cuidando de Liliana en lugar de perder tu tiempo con un perdedor como yo.

Wendy me metió una patada en el hombro en respuesta. Yo chasqueé la lengua, y continué:

» Es la verdad, Wendy… Creo que tu hija debería ser lo más importante en tu vida. No sé, creo que así debería ser, ¿no?

—Tú no fuiste lo más importante en la vida de tu vieja, Ivar —me recordó molesta—. Acuérdate que los abandonó para irse de piruja. Tu viejo prefiere al Joaquín por encima de ti, y tampoco es el gran ejemplo de padre. No le queda estar hablando de mí.

Le di una calada a mi cigarro y eché el humo por la nariz, mirando por la ventana la lluvia que empezaba a caer.

—Pues así son las cosas —murmuré con fastidio, porque si bien sabía que Wendy no mentía, tampoco me gustaba recordar a mi madre—. No andes de piruja conmigo para que Liliana no termine siendo la versión femenina de Ivar.

Soltó una carcajada.

—Estás bien pendejo. Mi hija no será como tú jamás. Ella tiene una madre que la adora. Jamás la abandonaría por seguir una verga.

Me guardé mis comentarios porque no tenía ganas de pelear con Wendy; cuando discutíamos ella se ponía algo agresiva y yo terminaba echándola de casa a los gritos.

—Mejor cierra la boca —murmuré de mal humor.

—Eres insoportable, Ivar —acusó—. Te gusta echar mierda, pero cuando te toca recibirla te pones en tu plan y no hay quien te aguante.

—Si no me aguantas entonces vete —farfullé.

—Idiota —masculló furiosa y se largó enseguida, azotando la puerta de mi cuarto.

Cuando sentí ganas de arrancarme la piel, cuando el dolor, mismo que me visitaba en algunas ocasiones, amenazó con hacerme llorar, me apagué el cigarro en el brazo derecho y apreté la mandíbula hasta oírla crujir. Me procuré otra cerveza y me quedé pensando en mí madre aquella última vez que la vi, cuando descendía en su féretro a causa de su alcoholismo. Suspiré hondo al verme la herida, y me mordí la lengua para no gritar toda la rabia que, en ese instante de mi vida, pensé que nunca se iría.

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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

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Strong Dialog

author

Al inicio no conectaba bien con los personajes, pero ya en la misma conversación con Wendy, me terminé de enganchar. En la discusión misma queda muy evidente todo el trasfondo que tienen, los matices complicados de sus vidas y esa necesidad de Ivar de no darle tanto peso a las cosas, como para pasar el mal rato. Voy a seguir leyendo a ver qué tal~

2 years
1
author

me gusta esta hisyoria ,cuando la vas a actualizar

2 years
author

gracias😁

2 years

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