Capítulo 1
En el norte de la Grecia continental, al pie de una gran montaña y rodeada por un inmenso bosque, se encontraba estacionado un automóvil fuera de una cabaña que parecía abandonada: una Silverado 2000 roja con pequeñas marcas de golpes que habían sido reparadas. Un hombre descargó varias bolsas con diversos artículos, desde lo básico para una despensa hasta artículos de uso personal para una mujer.
El aire silbando entre los árboles y la ladera de la montaña, la persistente neblina solo acentuo el ambiente algo tenebroso del lugar.
El hombre se dirigió hacia la puerta, entrando a la casa con todas las bolsas en un solo viaje. Las depositó sobre una vieja mesa de madera que apenas resistió el peso.
El lugar estaba tenuemente iluminado por una sola lámpara y por varias televisiones en una de las paredes. El interior de la casa reflejaba la fachada: sucio, descuidado y con la apariencia de estar a punto de derrumbarse al más leve toque.
Junto a los televisores, había varias cajas con libros, revistas y viejos periódicos.
El hombre comenzó a acomodar los artículos de la despensa; la cocina, en contraste con el resto de la casa, parecía nueva y recién construida, de un impresionante color blanco, con utensilios y electrodomésticos plateados y negros.
Lo más destacable era la ausencia de manchas en la amplia y pulcra cocina, que daba la impresión de pertenecer a un restaurante de cinco estrellas.
Organizaba todo por color y tamaño en sus respectivos estantes cuando una pequeña alarma sonó desde un altavoz en los monitores. Interrumpiendo su tarea, se acercó a los monitores en la pared.
Observó a una mujer, de unos 19 años aparentes, sentada en su cama, visiblemente confundida y desorientada. Él simplemente apagó la alarma y se dirigió hacia una puerta que conducía a un amplio y oscuro pasillo.
En esa habitación, una somnolienta joven de cabello castaño despertó. Sus ojos plateados miraron confusos a su alrededor en un vano intento de reconocer su entorno.
La habitación, de un tamaño considerable aunque algo modesta, medía aproximadamente 6 metros por 8 metros, estaba pintada de un color plateado, y el suelo de madera de roble estaba perfectamente pulido, sin astillas ni suciedad visible.
Había pocos muebles en la amplia habitación, aunque todos parecían nuevos.
En una cama matrimonial, donde ella estaba sentada, observó las sábanas blancas que la cubrían, luego desvió la mirada hacia un pequeño clóset de madera que, por lo que notó, estaba hecho a mano con la misma madera del suelo. Al lado de su cama había una mesa con un tazón lleno de una gran variedad de moras y semillas.
La habitación estaba completamente cerrada, con solo dos puertas: una de madera, abierta y mostrando un amplio baño, y la otra, una gran puerta de metal que destacaba en la escasa decoración del cuarto.
Intentó pensar en qué hacía en ese lugar, pero se llevó las manos a la cabeza, sobresaltada por un ligero dolor. Se sorprendió al sentir una venda en su cabeza.
Rápidamente intentó levantarse para mirarse en el espejo del baño, pero cayó al suelo.
Observó su pierna derecha, completamente vendada y con tablillas que la mantenían inmóvil. Al intentar moverla, solo sintió un intenso dolor que indicaba que estaba fracturada.
Se sorprendió al sentir el dolor fantasma de varias heridas en su cuerpo y se revisó, notando varios cortes que, al parecer, ya habían sido tratados.
Intentó recordar cómo había llegado a ese lugar, pero se detuvo al escuchar el abrir de la pesada puerta de metal.
Miró con ira al hombre que entró tranquilamente a la habitación.
Era un joven de unos 24 años, de casi 2 metros de altura, con el pelo en punta de un tono rubio casi dorado y ojos azules que le dirigieron una mirada apagada e indiferente; ella lo hubiera confundido con su hermano si no fuera por el semblante serio, las marcas en sus mejillas y que vestía ropas completamente negras, similares a un uniforme militar modificado.
--No deberías estar de pie con esas heridas.-- dijo él con un tono monótono y un semblante serio.
El comentario solo molestó más a la castaña, que nuevamente trató de ponerse de pie pero, extrañamente, se sentía completamente sin fuerza. No notó la mirada curiosa del hombre, que parecía examinar la detenidamente.
--¿Qué me hiciste, maldito?-- gruñó ella con molestia, viendo al impasible hombre que solo observaba su intento de levantarse sin alejarse de la puerta.
--¿No recuerdas qué sucedió?-- cuestionó él con genuina curiosidad, aunque su voz carente de expresividad no lo mostró. Observó ahora ligera curiosidad en la molesta castaña. --Como sea, come que se enfría tu desayuno.--
El no respondió su pregunta.
Ella solo vio cómo el hombre se dio la vuelta y salió hacia lo que era un oscuro pasillo, gruñó molesta al escuchar el mecanismo de la puerta que pareció hacer eco en la habitación.
Con algo de esfuerzo, logró arrastrarse hasta la base de la cama, se levantó y, con demasiado esfuerzo, logró subirse a la cama, quedando completamente exhausta.
Miró al techo donde había una serie de cámaras de circuito cerrado.
Nuevamente trató de recordar qué sucedió, pero lo último que recordó fue estar cazando en el bosque sola, y después un ligero piquete en su cuello. Intentó levantarse de nuevo, pero sin fuerza, era inútil; ¿Por qué estaba tan herida? ¿Por qué no se habían recuperado esas heridas? O ¿Por qué no tenía nada de fuerza? Preguntas que resonaron en su mente, pero la que más le carcomio: ¿Por qué no sentía sus dominios?
*** * ***
Después de salir de la habitación, el hombre continuó acomodando todo lo que había comprado, ignorando por completo la presencia de un joven de 15 años, de cabello negro, que solo lo observaba con desaprobación.
Al terminar, caminó hacia la mesa y tomó varias cajas de medicina que comenzó a guardar en un gran botiquín de primeros auxilios.
--Sabes que no puedes ignorarme por siempre.-- dijo el adolescente de cabello negro, frunciendo el ceño al ver que el rubio lo ignoraba completamente y seguía bajando más cosas del automóvil.
Después de dos horas intentando poner orden en la vieja casa, el rubio se sentó en el suelo con una lata de cerveza en la mano y más de diez a su costado.
A su lado, el adolescente de cabello negro solo observaba el lugar con indiferencia.
--Sigue siendo una pocilga.-- comentó honestamente el adolescente.
--Cállate.-- respondió rápidamente el rubio.
El ligero tono de molestia del hombre fue ignorado por el de cabello negro, que solo observó con ligera diversión cómo una de las tablas que el rubio había apilado se cayó, haciendo un gran estruendo que se intensificó por el eco del lugar. Sin embargo, su sonrisa se borró cuando vio que el rubio no se levantaba para acomodar de nuevo la tabla.
Permanecieron en un incómodo silencio, interrumpido solo por el sonido que hacía el rubio al beber su cerveza o al abrir otra lata.
Estuvieron así durante una hora hasta que la alarma volvió a sonar, haciendo que ambos se levantaran para ver qué había sucedido.
La pantalla mostró a la castaña en su cama, inmóvil. El hombre presionó un botón del teclado y las pantallas cambiaron a una imagen infrarroja de la habitación, haciendo que frunciera el ceño.
Tomó el botiquín y corrió hacia la habitación bajo la mirada burlona del adolescente de cabello negro.
*** * ***
La castaña despertó algo confundida y molesta por la luz que golpeó su rostro. Miró a su alrededor con desgano al notar que seguía en esa extraña habitación, aunque le tomó pocos segundos notar algo diferente. Ahora había una extraña tela blanca atada a un bastidor, y el olor a azafrán inundaba el ambiente. Sintió algo en su brazo derecho y vio un catéter conectado a sus venas, unido a una bolsa que decía "suero".
--Despertaste.-- la voz monótona del rubio provino desde la puerta del baño.
Ella miró con curiosidad al rubio que ahora vestía una túnica blanca, una mascarilla clínica y una cofia. Supo que era aquel hombre que había venido antes por sus ojos azules y porque dudaba que hubiera alguien más.
--Me disculpo por las molestias ocasionadas por mi imprudencia.-- la voz tranquila del hombre dejó ver la sinceridad de sus palabras. —Me confié en que estarías sana—.
Él caminó desde la puerta del baño hasta quedar al lado de la castaña, que solo se sintió un poco mareada. Ella se sorprendió y estremeció al sentir el frío tacto del hombre sobre su cintura.
--Te operé de la vesícula-- el tono monótono del hombre solo confundió a la castaña que, a pesar de querer decir algo, no pudo y solo logró balbucear algo ante la confusión del rubio.
--La anestesia es más potente en ti... Supongo que es un efecto secundario del sello-- él la observó con indiferencia por un par de segundos antes de suspirar abatido.
--Como sea, te dejé gelatina y un poco de avena en la mesa; come, te hará falta después de una operación tan repentina como esta.-- Ek hombre dijo antes de salir a paso lento de la habitación, dejando más confundida a la castaña que solo vio de reojo que la mesa ahora estaba al lado de la cama.
Además de la charola con la comida, había un jarrón con un solo tulipán, un vaso con agua y un periódico que ella tomó.
"Fin de la guerra, Hitler ha muerto".
Bufó molesta al ver que era un viejo periódico y lo volvió a colocar sobre la mesa.
Después de unas horas, en las que dejó que el sedante hiciera efecto, se levantó con algo de molestia por su reciente operación y su pierna rota, y solo trató de abrir la puerta de metal, pero sin éxito.
Luego caminó por la habitación tratando de buscar un arma o algo que le pudiera servir para atacar al hombre cuando regresara. No sabía quién era, o cómo había llegado allí, pero una cosa era segura: el hombre no la dejaría ir.
Revisó el armario donde solo había varias mudas de ropa para ella, todas extrañamente acomodadas por color y tipo de prenda. Por curiosidad, revisó un pequeño cajón y se molestó al ver una gran cantidad de ropa interior que claramente ella no usaría por la poca cantidad de tela.
En el baño tampoco tuvo suerte, ya que tanto el baño como una tina eran de cerámica reforzada. Tampoco había un espejo que pudiera romper para usar los fragmentos como cuchillos, y para su sorpresa, no tuvo la suficiente fuerza como para romper la mesa o la base de la cama.
Se sentó algo abatida en la cama y vio la gelatina y el plato con avena. Después de dudar un poco, empezó a comer, sabía que el rubio no le daría algo envenenado si se tomó la molestia de operarla y curar sus heridas.
Aunque eso le trajo más dudas.
¿Por qué necesitaría una operación? Ella vio la pequeña cicatriz en su costado.
Frunció el ceño al pasar un dedo por ella y luego dejó de lado ese pensamiento, devolviendo rápidamente su vista a la puerta que se volvió a abrir, dejando ver al rubio que ahora cargaba un pequeño montón de toallas limpias. Notó cómo el hombre frunció un poco el ceño al ver el desorden que ella había hecho al estar buscando un arma. Luego, volvió su vista a ella.
--Solo infectarás la herida si la sigues tocando.-- dijo él con su tono habitual.
La castaña solo entrecerró los ojos al ver que el rubio se quedó en silencio observándola. Dudó por unos segundos, pero dejó de lado su avena y solo tomó su cuchara de plástico, lanzándola al rubio, quien solo ladeó su rostro para evitar el proyectil improvisado.
Rápidamente retrocedió, evitando una patada de la castaña, y en un movimiento rápido la tomó de la cintura y de la mano, dejándola inmóvil y evitando que se hiciera más daño.
--Solo empeoras tus heridas.-- la molestia del hombre ahora sí fue evidente.
--¡Suéltame, maldito cerdo!-- exclamó ella, tratando de liberarse del agarre del rubio.
El odio de la castaña solo hizo suspirar al rubio, que la soltó, dejándola caer de cara al suelo. Él la ignoró y solo recogió las toallas que había soltado, caminando hacia el baño.
La castaña se levantó molesta y adolorida, estuvo a punto de recriminar al rubio, pero se percató de que su captor había dejado la puerta abierta. Sin dudarlo, salió corriendo a pesar del insoportable dolor de su pierna y de la cicatriz que se había abierto nuevamente.
Corrió lo más que pudo por el oscuro y largo pasillo. Al ver una luz al final, solo sonrió e incrementó el paso, pero al pasar el umbral, esperanzada de encontrar una salida, su sonrisa se borró al ver la misma habitación de donde había salido, con el rubio llevándose un canasto con ropa sucia y todo nuevamente acomodado.
--Estás encerrada en una habitación mágica.-- el respondió la pregunta no formulada con su habitual inexpresividad. --Por más que intentes escapar, nunca saldrás de aquí a menos que yo lo decida.--
--¿Quién eres?-- La desesperación en la voz de la castaña se hizo presente cuando se dejó caer al suelo, abatida. --¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué no siento mi poder?--
Ella vio al rubio y se estremeció al ver la fría mirada que le dirigió.
--No sientes tu poder porque esta habitación te vuelve humana.-- dijo él con calma, manteniendo su fría mirada sobre la castaña.
La sorpresa de la castaña fue más que evidente. Trató de decir algo, pero el rubio la interrumpió.
--Y estás aquí porque eres una prisionera de guerra.--
--¡Maldito! ¡Estás mintiendo!-- Ella dijo, recuperando algo de su valor.
Trató de lanzarse contra él, pero el rubio solo se movió, dejándola pasar de largo y haciendo que cayera de nuevo de rostro contra el suelo. Ella se levantó, pero se sorprendió al ver que de su nariz salía sangre. Se quedó en shock un momento al ver el líquido carmesí que manchaba el suelo.
Se cubrió rápidamente y volvió la vista incrédula al impasible rubio, que se agachó para revisar su nueva herida, pero ella retrocedió algo asustada hasta quedar en el pequeño hueco entre su cama y una de las paredes.
Ella solo miró con una mezcla de odio y miedo al hombre que la observaba con indiferencia, y así permanecieron durante unos pocos segundos.
--Es curioso ser un humano.-- dijo él con calma. --Sentirse tan vulnerable ante una fuerza mayor... El miedo que nos paraliza, es...--
--¡¿Quién eres?!-- La castaña lo interrumpió con un grito que hizo poco para ocultar el miedo que la había inundado.
--Quien soy es lo de menos. Ahora será mejor que te portes bien durante tu estancia aquí, no queras que ME enoje ¿verdad?--
El tono frío y algo superior del hombre, acompañado de su instinto asesino aterro mas a la castaña que se sintió inferior al rubio, más porqué ahora era un simple humano.
El rubio solo se levantó recogiendo el canasto de ropa sucia y sólo le dio una última mirada a la castaña.
--Descansa, diosa Artemisa.-- ella solo volteo a ver la espalda del hombre algo sorprendida por el claro desprecio a su nombramiento como diosa, ella se quedó un rato en silencio cuando el hombre cerró la puerta.
Ella estaba aterrada por el increíble instinto asesino de aquel hombre que la mantenía presa; su mente influenciada por su miedo la hizo recordar a Tifon, aunque, el instinto asesino de este hombre fue mayor que el que desprendía el padre de los monstruos y todo fue dirigido a ella, recordó la amenaza del, hombre no pudo evitar imaginar que le haría el rubio.
Ella después de muchos siglos sintio un verdadero miedo, se sintió sola, vulnerable e indefensa qué lo único que pudo hacer fue acurrucarse en el suelo abrazando sus rodillas y por primera vez en toda su existencia ella se puso a llorar, mentalmente rezando a su padre y a su hermano, incluso a Hades, a cualquiera que escuchara sus súplicas y viniera a rescatarla.
Fin del capítulo.