¹Reyes del Norte•GOT

Summary

La casa Nidhögg es una estirpe tan antigua como los mismos hijos del bosque. Estos primeros hombres, cuyos nombres resuenan en las leyendas susurradas por las nanas durante las noches de insomnio, libraron una eterna batalla contra los amos de dragones por el control del norte. Sin embargo, la casa cayó, y con ella, su legado fue sepultado bajo el hielo y el tiempo, dónde la última de su linaje fue condenada a un sueño eterno. Una de las hijas de los señores del Invierno era Kryo. Ella presidía sobre los sacrificios. Fue ella quien primero puso a los «salvajes» en conocimiento del ísseiðr, que era una costumbre entre los Nidhögg. Las viejas profecías murmuraran sobre un inevitable despertar. Hablan de un renacimiento, de un desafío a las poderosas casas en su sangriento juego de tronos. De una última balada de hielo y fuego, de un intento por reclamar lo que es legítimamente suyo.

Status
Ongoing
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
18+

Mi nombre

Tienes que ser fuerte, le había dicho aquella voz profunda y adolorida que llevaría consigo por la eternidad. Acabas de convertirte en la heredera del Norte.

Mi nombre...

No había luz allí, solo la eterna negrura que se cernia sobre ella como un manto de desesperación. Sus ojos eran inútiles en ese reino sin luz, no podían discernir ni siquiera la más mínima esperanza.

Mi...nombre...

Se retorció, o eso es lo que pretendía hacer, pero su piel estaba envuelta en una cáscara rígida, azulada y cristalina; y sus pensamientos en un laberinto sin salida.

—Abuelo, te lo suplico —habia musitado la niña con lágrimas congeladas en sus mejillas— no me dejes sola.

—Te quiero —jadeó la voz profunda que hablar parecía exigirle un enorme esfuerzo— Siempre te querré. Debes ser más inteligente que yo y gobernar mejor de lo que yo lo hice. Debes encontrar a Geralt. Consigue que HellMist recupere su antigua gloria. Y nunca, nunca, olvides.

Nunca olvides... y sin embargo, lo hago. Soy una presa en la oscuridad del olvido, sin guía, sin consuelo.

La escarcha la consumió lentamente, como un depredador acechando en la noche, devorando su vitalidad hasta dejar solo un cascarón vacío y helado.

Mi nombre es...mi nombre...¡Empieza por algo fácil! Bien, algo fácil...el comienzo, si. Ahí es donde todo termina, ¿o inicia?

Nunca olvides... Nunca lo hice, abuelo. Recuerdo perfectamente la tremenda explosión que dio paso a un caos de gritos y entrechocar de armas.

Ella no podía ceder a su dolor, no podía permitirse caer de rodillas y llorar la muerte de su hermana. Tenía que moverse: los enemigos habían irrumpido en su castillo.

El muchacho pelirrojo y menudo le sostuvo la mano mientras corrían por los pasillos, procurando alejarse de los gritos de pavor y del fragor de batalla que sonaban cerca de la entrada.

Ella se aferró al brazo de su amigo.

—¿Qué hacemos?

El muchacho la miró sin detenerse, jadeante por la carrera.

—Tengo que encontrar a Mira. —Mira...su hermana, si. Nicolo y Mira Tyrell, mis amigos, no los he olvidado.— Luego hay que… No sé. Quiero ser útil. Me gustaría combatir, pero sé que tu padre querría que las pusiera a salvo a mi hermana y a ti.

—¿Cómo? ¿Cómo vas a ponernos a salvo?

Nic meneó la cabeza, sombrío.

—Debemos escondernos y escapar lo antes posible.

—Antes quiero encontrar a mis padres.

Él asintió y después soltó una exclamación de sorpresa. Ella siguió su mirada y vio que otro muchacho se dirigía hacia ellos. Rubio y de ojos tan verdes como una esmeralda. Aron Thenn, no podía olvidarse del heredero de una de las casas importantes del Norte y con el que iban a casarla. Al llegar a su altura agarró a Nic de la camisa, y ella advirtió que sangraba por un corte bajo el ojo izquierdo.

—¡Están por todas partes! —chilló su prometido— Los dioses nos ayuden… ¡Han conseguido atravesar las puertas!

Recordaba claramente el tufo a vino que despedía.

—¡Estás borracho!

—Sí, un poco —se encogió de hombros— ¿Qué hacemos?

—Nic quiere que busquemos a Mira y que después nos escondamos.

—Me parece una idea fantástica. ¿Y tu hermana?

—Zephyr… está muerta —tragó saliva con dificultad, y Nic le pasó el brazo por los hombros una vez más y la estrechó.

—No… —Aron estaba pálido de la impresión— No me lo puedo creer.

—Ahora no hay tiempo para eso —jadeó— Olvidémoslo por el momento; se ha ido y no podemos hacer nada para ayudarla.

Olvidar, si.

—Debemos centrarnos en sobrevivir, y yo tengo que encontrar a mis padres —se volvió hacia Nic— Busca a Mira; nos veremos en la escalinata dentro de quince minutos. Si no estamos ahí, vete, váyanse lo más lejos que puedan. El castillo es muy grande, y tú te sabes tan bien como yo cada uno de sus pasadizos. Este ataque no puede durar para siempre.

—De acuerdo, te veré enseguida —asintió— Ten cuidado, ¿quieres? —le dio un beso rápido en la frente y echó a correr por el pasillo.

—¿Por qué no vamos con él? —sugirió su prometido— Cuantos más seamos, mejor.

—No necesariamente. Cuantos más seamos, más llamaremos la atención.

Trató de olvidar su miedo y su tristeza para trazar un plan, pero el único que se le ocurría era buscar a sus padres y ocultarse hasta que se calmaran las cosas. Aunque el ejército de su abuelo hubiera sido derrotado, encontrarían la forma de escapar del palacio y marchar al exilio hasta que las cosas se arreglaran. Con algo de suerte, los reyes habrían pensado en algo mejor; por ahora, su única meta era sobrevivir.

Sin discutir más, Aron echó a correr junto a ella por los pasillos laberínticos. Al girar la enésima esquina, ella trastabilló y se detuvo en seco, enmudecida. Ante ella se alzaba una figura que esgrimía una espada.

Su cuerpo se sacudió levemente ante el vivo recuerdo de aquel muchacho con el dragón de tres cabezas en el pecho.

—Bien, bien —dijo— Justo la princesa que estaba buscando.

Recordaba lo incapaz que fue de reaccionar; lo único que veía era la imagen del emblema de su casa.

—¿Quién eres? —inquirió Aron.

—¿Yo? —ladeo la cabeza— Soy Daemion Targaryen, heredero de DragonStone. ¿Y tú?

Aron parpadeó, impresionado de hallarse ante un personaje tan ilustre, por más que fuera su enemigo.

—Lord Aron Thenn.

El joven Targaryen esbozó una sonrisa cargada de mala intención.

—Sí, he oído hablar de ti. Eres bastante conocido, lord Aron. Fuiste tú el que pusiste en marcha todo esto.

—Fue en defensa propia —protestó, nervioso. Ella quiso recordar de lo que hablaban pero el muchacho con la cicatriz en la mejilla y ojos violetas movió rápidamente sus labios para decir:

—Claro que sí; no me cabe ninguna duda —su sonrisa se ensanchó—. Y además, estás prometido con la princesa, si no me equivoco. ¡Qué romántico! —volvió la vista hacia ella y tuvo que echar mano de todo su coraje para no retroceder— Como ya saben, hemos conseguido entrar en la fortaleza y, de momento, no pensamos marcharnos. Ríndanse.

—¿Ante ti? —barbotó ella sin poder evitarlo— Nunca.

—Oh, vamos… —su mirada se endureció— Sé que hemos tenido algún encuentro desagradable en el pasado, pero no hay razón para que seas tan brusca conmigo.

Y de verdad que queria recordarlo, quería darle razones a la ira que sentía al recordarlo.

—Se me ocurren un millón de razones para serlo.

—Princesa, no deberías mostrarte tan grosera con quienes son ahora tus invitados. Te ofrezco la mano en señal de amistad.

A ella le ardían las mejillas.

—Te atreves a invadir mi hogar, ¿y encima me tratas como si fuera una niñita ignorante?

—Te ofrezco mis más sinceras disculpas si esa es la impresión que te he transmitido. Sé que a mi padre le complacería mucho conocerte; te ruego que no hagas las cosas más difíciles. En cierta ocasión me pidió que te llevara ante él y fracasé. No tengo intención de repetirlo.

Ella se aferró al brazo de Aron, esperando que hiciera o dijera algo para apoyarla. Tras aquel exterior de muchacho malcriado y egoísta, tal vez se escondiera un hombre bueno y valiente a quien ella pudiera perdonar la conducta intolerable que había mostrado en el pasado.

—Él tiene razón —dijo Aron con expresión adusta— Si queremos sobrevivir, hemos de hacer lo que nos pide. Debemos rendirnos.

Ella le dirigió una mirada de ira helada antes de dar media vuelta y echarse a correr con tanta rapidez como le permitían sus piernas.

El rugido de ira del Targaryen resonó contra los muros de hielo hasta perderse en la lejanía.

Recordaba que sabía que podía escapar; conocía aquel castillo mejor que nadie. Tiempo atrás, en otras circunstancias, habría soltado una carcajada ante aquella pequeña victoria. Pero aquella princesa ya no existía. Recordó la punzada de remordimiento por haber abandonado a Aron, pero apenas le duró unos segundos; si tanto deseaba entregarse a los Targaryen, podía hacerlo sin su ayuda.

Oyó gritos de combate y entrechocar de espadas y se quedó inmóvil, pegada a la pared. No podía ir por allí; tenía que encontrar otro camino para llegar hasta sus padres.

Al doblar una esquina, contuvo un grito: alguien la había agarrado del pelo con tanta fuerza que creyó que se lo iba a arrancar de raíz. Ella chilló y trató de arañar al agresor, un soldado Targaryen que la contemplaba con curiosidad.

—¿Qué tenemos aquí? —preguntó, y ella vio que su espada goteaba sangre sobre el suelo— Vaya, eres una ricura.

—¡Suéltame o estás muerto! —gritó.

—Ah, tiene coraje —rió, lanzando una mirada divertida al hombre que lo acompañaba— No le durará mucho, pero me gusta.

Entonces, para su sorpresa, la soltó de golpe y se tambaleó. Su compañero cayó al suelo casi al mismo tiempo y se quedó inmóvil mientras una mancha de sangre se extendía por su librea.

Ella alzó la vista: su abuelo se alzaba ante ella, con el rostro crispado por la furia y la espada valyriana tintada en sangre hasta la empuñadura.

—¡Abuelo!

—Aquí no estamos seguros —masculló con su voz ronca.

La agarró del brazo y la llevó por el corredor.

—Abuelo, estaba buscando a mis padres. Esos hombres…

—Lo sé. Esto no debería haber pasado —soltó un juramento en voz baja.— No sé cómo han podido atravesar la puerta.

—Me dijeron que la protegía el hechizo de una bruja. ¿Es cierto?

Su abuelo se volvió hacia ella y se le encogió el corazón al verle bien la cara: un corte profundo le cruzaba la sien y la sangre chorreaba por su mejilla.

—Sí.

Ella jamás había sido consciente de que su abuelo creyera en la magia ni en las brujas. Sabía que le había dado la espalda a los dioses al quedarse viudo, así que nunca le había preguntado acerca de aquellos asuntos.

Su abuelo la hizo entrar en una alcoba pequeña que había al final del corredor, cerró la puerta y la atrancó con la espada. Había un ventanuco alto por el que entraba un poco de luz.

—Gracias a los dioses que te he encontrado —jadeó, permitiéndose por fin sentir algo de alivio—. Tenemos que buscar a Nic y a Mira y ocultarnos hasta que podamos escapar.

Su abuelo meneó la cabeza en un gesto lleno de pesar.

—No puedo huir. Y tampoco quiero abandonar a Zephyr.

Todas las lágrimas que había contenido desde que dejó la habitación de su hermana se agolparon en sus ojos.

—Se ha ido. Zephyr se ha ido. La encontré en sus aposentos… —tomó aire para contener un sollozo— Está muerta, abuelo.

El dolor atravesó el rostro de su abuelo, y otro sentimiento más oscuro se abrió paso junto a él.

—Estaba equivocado. Lo siento. Yo... Podría haber hecho algo para salvarle la vida.

Ella se quedó callada: también se arrepentía de muchas cosas.

—Ya no sirve de nada lamentarse.

Su abuelo le apretó el brazo con tanta fuerza que ella soltó un grito. El dolor le sirvió para dejar de llorar y centrarse en su difícil situación.

—Tienes que ser fuerte, Kryo —dijo con voz tensa— Acabas de convertirte en la heredera del trono.

Kryo...mi nombre es Kryo.

El estómago le dio un vuelco; ni siquiera se le había ocurrido pensarlo.

—Intento serlo, abuelo…

—No te queda otra opción, mi querida niña. Debes mostrar fortaleza por mi, por HellMist y por todo lo que amamos.

El pánico oprimió el corazón de Kryo.

—Hay que buscar a mis padres. No podemos quedarnos aquí.

Los ojos de su abuelo se humedecieron.

—No sé cómo hemos podido llegar a esto… He sido un ciego, un necio. Tendría que haberlo evitado, pero ya es tarde.

—No, no lo es. ¡No digas eso!

—Ya nos vencieron, Kryo —afirmó agachando la frente sudorosa— Van a quitárnoslo todo, y tú habrás de encontrar la manera de recuperarlo.

—¿De qué me hablas? —preguntó, perpleja.

Su abuelo se llevó la mano al cuello, sacó una cadena de oro de debajo de la túnica y tiró hasta romperla. De ella pendía un anillo con una piedra carmesí.

—Guárdalo —susurró mientras le entregaba la joya a Kryo y le cerraba los dedos sobre ella— Pertenecía a tu madre..

Las palabras de su maestre le vinieron a la mente como un destello: los vástagos, aquellas dos gemas con la esencia de los elementos que los hijos del bosque habían robado. Fuego y hielo

—Se ha transmitido de generación en generación; se dice que procedía de uno de tus antepasados, un hombre que se casó con una sacerdotisa. Es una leyenda familiar en la que tu madre seguía creyendo. Yo pensaba entregárselo a Zephyr el día de su boda… —la voz se le quebró— No pudo ser, así que lo guardé. Debes buscar a Geralt, crea tu propio destino. Kryo, tendrás suficiente fuerza para rescatar nuestro reino de quienes intentan destruirnos.

Ella apretó el anillo en el puño.

—Ni siquiera sospechaba que creyeras en la magia hasta este punto…

—Aunque no lo hiciera, creía en la fe de tu madre —esbozó una sonrisa dolorosa— Por favor, ten cuidado. No sé cómo ha podido romper Aerys el hechizo de protección, pero ha tenido que usar algo muy potente y peligroso.

—Ven conmigo, te lo ruego —le instó— Yo... supongo que tengo permitido usar mi don, vamos. Recuperaremos tu reino.

Él le acarició la mejilla con tristeza.

—Ojalá fuera posible.

—¿A qué te…? —enmudeció: había algo extraño en la postura de su abuelo, en el abandono con que se apoyaba contra el muro. Se llevó una mano al costado y... vio el hilo de sangre que caía al suelo. Con los ojos desorbitados, volvió a mirarlo a la cara— ¡No!

—Maté al que me hizo esto —musitó— Es un pequeño consuelo.

—Necesitas ayuda. ¿Dónde hay un maestre? ¡Vamos, abuelo!

—Ya es tarde.

Ella le palpó el torso con mano trémula. Cuando la retiró, estaba teñida de negro.

—No, abuelo, por favor —suplicó angustiada— No puedes dejarme. Así no…

El rey resbaló contra la pared y ella lo sujetó de las axilas para que no se derrumbara.

—Sé que serás una buena reina, Kryo.

Ella trató de memorizar los rasgos de su abuelo, pero las lágrimas le emborronaban la visión.

Nunca olvides, nunca, nunca, nunca.

—Abuelo, te lo suplico, no me dejes sola.

—Te quiero —jadeó, hablar parecía exigirle un enorme esfuerzo— Siempre te querré. Debes ser más inteligente que yo y gobernar mejor de lo que yo lo hice. Debes encontrar a Geralt, Kryo. Consigue que HellMist recupere su antigua gloria. Y nunca, nunca, olvides.

—No, no, por favor —gimió ella— Quédate conmigo. Te necesito.

Te necesito...de verdad.

Todo el peso del rey cayó sobre sus pequeños brazos, que no pudieron sostenerlo más. Su abuelo se deslizó contra el muro hasta quedar sentado en el suelo, le apretó la mano y luego la soltó.

Estaba muerto.

Ella tuvo que taparse la boca para ahogar un grito. Se dejó caer, se abrazó las rodillas y empezó a balancearse adelante y atrás.

Lo recuerdo, abuelo. De verdad.

La angustia le atenazaba la garganta hasta ahogarla. En un impulso irrefrenable, se pegó a su abuelo y lo abrazó; no quería dejarlo ir, aunque sabía que ya no estaba allí.

¿Por qué no se habían rendido a los Targaryen? Si lo hubiera hecho, todo aquello podría haberse evitado. Pero incluso mientras lo pensaba se daba cuenta de que no era cierto. El señor de DragonStone era un tirano, un dictador, un hombre perverso que asesinaría a todo aquel que se interpusiera en su camino. Si sus padres se hubieran rendido para evitar el derramamiento de sangre, Aerys lo habría matado igualmente para evitar que amenazara su dominio.

Apoyó la cabeza en el hombro de su abuelo, como cuando era pequeña y buscaba consuelo por cualquier tontería: una riña con sus amigas, una herida en la rodilla… Él siempre la abrazaba y le decía que todo iría bien, que el dolor pasaría, que acabaría por superarlo.

Dilo...

Pero nunca más se lo diría otra vez, nunca superaría aquello; la sensación de pérdida era tan abrumadora como si le hubieran arrancado el corazón y no le quedara más que un vacío sanguinolento en el pecho. Decidió quedarse allí y esperar a que el joven con el dragón en el pecho la encontrara y la atravesara con su espada. Solo así hallaría la paz tras tanto dolor y confusión.

Aquella idea desesperada apenas duró unos instantes, hasta que recordó la voz de su hermana instándola a ser fuerte. ¿Pero cómo iba a serlo, cuando le habían arrebatado todo?

Un brillo en el suelo le llamó la atención: había dejado caer el anillo. El enorme rubí destellaba en la penumbra de la alcoba.

Recogió el anillo y se lo puso en el dedo corazón de la mano izquierda. Le ajustaba perfectamente.

Debes encontrar a Geralt, Kryo. Consigue que HellMist recupere su antigua gloria.

Si lograba llegar hasta el caballero personal de su madre, escaparían, era su única esperanza para recuperar el reino. Se secó las lágrimas y se hizo una promesa: no se rendiría, ni ahora ni nunca.

Y no lo he olvidado.

Contempló el rostro de su abuelo por última vez antes de inclinarse y darle un beso.

—Seré fuerte —susurró— Seré fuerte por ti. Por Zephyr. Por mis padres. Por el Norte. Te juro que pagarán por lo que han hecho, sangre... por... sangre.

Se seco las lágrimas congeladas en su rostro, tomo aire y comenzó a correr por los pasillos, rogando que nada ni nadie se interpusiera en su camino. Se detuvo abruptamente al escuchar voces en el gran salón, se escondió detrás de una columna.

No, por favor. Eso no...no, no, no.

Se asomó entre las sombras y observó lo que pasaba abajo suyo.

—No lo repetiré otra vez —la voz de Aerys Targaryen resonaba en las paredes del salón— ¿Dónde están tus hijas? —ella barrió el salón con su mirada y se tuvo que tapar la boca con las manos para evitar que saliera un grito de exaltación.

Su padre se encontraba frente a los señores dragones, dándole la espalda a las escaleras que llevaban a los aposentos de la familia. Apenas podía mantenerse de pie, tambaleaba sobre si, pero nunca dejo caer su espada.

—Vamos su alteza —dijo Daemion, totalmente con burla— No tenemos todo el día.

Ella tuvo que enterrarse las uñas en las palmas para no salir en ese mismo momento y matarlo. No debía llamar a su don... no. Él avanzo hasta su padre sin molestarse en desvainar su espada.

—¿C-como rompieron el he-hechizo? —preguntó Hel Nidhögg con bastante dificultad.

—Fue demasiado fácil, claro.. —Daemion sonrio con malicia, se volvió hacia uno de sus soldados. Y estos avanzaron, abriéndose paso hasta «El rey del Norte». Arrastraban a un hombre con el rostro cubierto por una bolsa de tela.

El joven lord ensanchó su sonrisa antes de descubrir al hombre frente al rey moribundo. Un anciano bastante golpeado, de cabello blanco y entradas demasiado marcadas. Pestañeaba para acostumbrarse a la luz. Dante, el maestre de su padre observó al rey que juro servirle por unos segundos y luego bajo su mirada al suelo, dónde la sangre negra predominaba.

—Su majestad, ¿no cree que es un buen actor? —preguntó Daemion, poniendo de rodillas al anciano.

—P-piedad —balbuceaba el maestre, su tono de voz se quebró, totalmente asustado.

—Su querido maestre trabajaba para nosotros, todo el tiempo. Él nos informó dónde encontrar a la bruja, su majestad —explicó el muchacho ante la mirada inquietante que apenas sostenía el rey que agonizaba.

Su rostro decayó aún más. Su confianza en aquel hombre le ayudo a provocar su propia destrucción.

—Pero no sé preocupe, su gracia —Daemion desvaino su espada y atravesó la espalda del anciano— Su deuda ya está pagada.

—Con respecto al hechizo —habló Aerys Targaryen como si nada. Hel se volvió con todo y espada hacia su derecha, donde estaba aquel hombre— Mi querida hija pudo fácilmente con él —señalo a la castaña junto a la gran puerta, quien se encontraba entre los brazos de un soldado, inconsciente. Una bruja, dedujo. Kryo jamás se olvidaría del rostro de ella. El día que consiga restaurar todo su reino, pondría la cabeza de aquella bruja en una pica, frente a las murallas de White Keep.

No, no, no, no, no, no.

El tintineo a la izquierda del rey Hel lo hizo voltear, la punta de su espada cayó ligeramente cuando el joven Targaryen avanzó rápido —tanto como para el disgusto de Kryo—, alzó su espada y con un grito la dirigió al cuello del Rey del Norte. Hel intento bloquearlo, pero ya no le quedaban fuerzas. Tanto sus manos, como su espada WhiteTusk se impulsaron hacia atrás debido al impacto.

Basta...

La cabeza del Rey del Norte rodó hasta los pies de Aerys, quien se rió luego de darle un pequeño puntapié. Las piernas de Kryo quisieron fallar, pero se obligó a mantenerse de pie, el sabor de la bilis se escocía en el interior de su boca. Se inclinó, apoyando sus manos en sus muslos, su vista comenzaba a fallar.. Las risas de los dragones era lo único que escuchaba.

Te lo dije.. tienes que ser fuerte. Recordó la voz de su hermana en un distorsionado eco en su cabeza.

¡Basta! No quiero recordar eso. Ya no.

Se levantó como pudo y con decisión de hielo, desde su mano comenzó a salir la niebla blanca y gélida que tanto caracterizaban a los señores del Norte.

Un silbido se escuchó en el aire, seguido por el de carne y hueso siendo atravesados. De un segundo a otro, la risa de Daemion había dejado de escucharse. Un alarido, un gorgoteo se escuchó en su lugar, cuando una lanza había atravesado el craneo del joven dragón. Aerys observó el final de las escaleras con horror. La última Nidhögg estaba parada allí

El señor de DragonStone observó su mano, dónde un leve rastro de niebla se desvanecía entre sus dedos.

—¡Atrapenla! —le ordenó a los soldados. Kryo comenzó a correr en dirección a las puertas del pasadizo. Uno que llevaba detrás de las montañas que flanqueaban HellMist— ¡PONDRE TU CABEZA AL LADO DE LA DE TU MADRE!

Recordó su rugido, y con el llanto congelado en su garganta, revivió cómo habia forzado a sus tambaleantes piernas a correr más rápido. No sabía cómo había logrado hacer aquel tiro, aún estaba aturdida.

Dejó de correr cuando chocó fuertemente contra la armadura de un soldado, su cabeza golpeó el suelo con fuerza al caer y lo último que pudo ver es una gran sombra que la devoró por completo.