Prólogo
Vanessa disfrutaba de las mañanas de verano mirando a través de su ventana. Admirando la vista y la vida que con los años había forjado. Ella amaba a su esposo más que a nada y todos los animales de la granja a los cuales ella ayudaba a cuidar, amaba el campo donde su padre había nacido. Las tierras de las que ahora vivía. Una mañana, mientras molía maíz con su delantal puesto y un pañuelo cubriendo su cabeza, se detuvo por un momento y los recuerdos de su juventud llegaron a su mente. Aquel tiempo cuando visitó por primera vez aquellas tierras o cuando lo conoció. Jamás hubiera pensado en que su vida sería tan feliz y distinta a lo que conocía.
Se perdió en sus memorias por horas...
Los primeros rayos de sol penetran en la habitación atravesando las cortinas, un delicioso olor a té viaja hasta Vanessa, quien con su rostro cubierto por la sábana solo desea dormir un poco más.
La empleada, empeñada en despertarla, hacía el mayor ruido posible mientras ordenaba y limpiaba de un lugar a otro.
Sin aviso y sin piedad, de un solo tirón le arrebató la sábana.
—¡Oye!
—Señorita Bowen, debe levantarse. —Advirtió la mujer con voz firme.
Vanessa fingió no escucharla y tomó de nuevo la sábana para hacerse una pequeña bola en su cama.
—Recuerde que hoy recibirá una visita del joven de la familia Medows y debe estar preparada.
—No iré...
—Son órdenes de su madre.
Por supuesto que eran sus órdenes. Con esa visita ¿cuántas serían ya? ¿Quince? Tal vez más, otra reunión para intentar concretar un matrimonio al que Vanessa se negaba.
Se resignó y salió de la cama con pesadez, maldiciendo para sus adentros. Se acercó a la mesita y tomó el desayuno en silencio mientras Mari buscaba en el armario un vestido apropiado, tacones altos y preparaba laca y maquillaje. Odiaba eso con todo su ser.
Cuando terminó su comida se levantó y sin poder siquiera mirar por la ventana para admirar la mañana recibió órdenes de nuevo.
—Tome un baño inmediatamente, volveré cuando esté lista.
La criada salió de prisa, todavía tenía cosas que preparar, dejando a Vanessa sin supervisión.
La chica sonrió con alegría, tomó un baño lo más rápido que pudo y se vistió con ropas cómodas. Buscó en su estantería aquel libro que no tenía hojas, era el lugar donde guardaba sus ahorros, y sin titubear salió por la ventana de su habitación. Era una suerte que estuviera en el primer piso y que diera directo al jardín trasero donde no solía haber nadie.
Se escabulló de su casa, saliendo por el hoyo en la cerca que ella misma había hecho tiempo atrás. Se sacudió las rodillas que se le llenaron levemente de tierra y comenzó a correr por las aceras de aquel barrio. Con una mano sostenía su sombrero, tenía en su rostro la sonrisa más hermosa que pudiera imaginar, llena de luz. Por fin se iría de esa casa.
Su destino era la estación de trenes.
Para cuando ella compraba el boleto de ida, Mari descubría apenas que se había escapado. Luego de eso llegó al despacho de su padre.
—Vanessa, ¿no deberías estar en una cita en este momento? —dijo él cerrando la puerta para que nadie pudiera escuchar la conversación.
La joven tomó asiento con tranquilidad.
—Padre, me iré a vivir a la granja con los abuelos. No aceptaré un matrimonio arreglado.
—Cariño, no puedes ir allá... —fue interrumpido cuando un boleto de tren fue puesto sobre la mesa.
—Ya soy mayor de edad y puedo decidir por mí.
—Esa es mi hija —se rió con ligereza —Bien, llamaré a Joe. Pero, como perteneces a la familia Bowen, solo puedo permitirte irte por 6 meses. Cuando vuelvas tú y yo decidiremos qué es lo mejor para tu futuro.
— ¡Gracias, papá!
Sin embargo, ellos no tenían idea de que, al tiempo que ellos conversaban, la madre de Vanessa decidía su futuro por su propia cuenta.