Somos dos obsecioandos

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Summary

Los traumas en su pasado no le permiten seguir adelante, la única persona que lo ama también es quien más le ha herido, ambos están locos el uno por el otro y dementes ante una sociedad que siempre les privo de amor y cariño. Buscan venganza, respuestas y sanar sus heridas perdidos en su propio mundo delirante, quieren quemar sus recuerdos y a quienes estén en ellos, desean poder bailsr sobre las senizas de su desdicha, son dos obsecioandos.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

1- Sombras de la tormenta.

Estaba lloviendo, como todas las noches, con una lluvia de tormenta que arrasaba sin piedad. Los rayos caían sin cesar, y Jean temía que su techo de madera no sobreviviera a esta furia del clima. Sin embargo, ese era el menor de sus problemas. Algo no estaba bien, no estaba nada bien.

Dejó el vaso de vidrio y las pastillas sobre la mesa, mientras observaba inquieto a su alrededor. La tensión en su cuerpo lo tenía al borde; esas sombras malditas no dejaban de acecharlo. Eran espías, cadenas que no lo soltaban ni por un segundo, llenándolo de pánico. Cada trueno resonaba en su pecho como un latido acelerado, haciéndole sentir que el siguiente rayo podía impactar directamente contra él.

Se cubrió los oídos con desesperación, sintiendo cómo su cabeza palpitaba. En una mezcla de rendición y resistencia, se dejó caer sobre el sofá, dejando a un lado nuevamente su medicación. ¿Era esa distracción algo real? Se preguntó, aunque el eco de sus pensamientos lo atormentaba. ¿O simplemente era un engaño de su mente para mantener a raya a esos monstruos que le acechaban? Lo que fuera, eran su única compañía, y eso lo aterrorizaba.

El sonido abrupto del vidrio rompiéndose lo sacó de su ensimismamiento. Instintivamente, se giró hacia el pasillo oscuro, donde unos pasos resonaron en el silencio tenso. El pánico lo invadió. Con rapidez, vio una sombra alejarse, desvaneciéndose entre las tinieblas. No era un producto de su imaginación; era una sombra real.

Sus ojos se abrieron alarmados mientras su corazón arremetía en su pecho. Sin pensarlo, siguió a la sombra, como si estuviese persiguiendo un rostro familiar que, irónicamente, no podía recordar. Escuchó un murmullo, una risita burlona que parecía burlarse de su angustia. ¿Era su mente jugando con él, o realmente había alguien más?

Repetía para sí mismo: "Estoy solo, totalmente solo" mientras se rascaba la cabeza, sintiéndose más loco que nunca. Sintiendo que todo estaba desmoronándose a su alrededor, se dio cuenta de que su medicación estaba olvidada en la mesa del comedor. ¿Era esto un episodio?

La puerta de su habitación se cerró de golpe tras él. Mirándola, percibió entre la oscuridad una figura, un rostro que jamás podría olvidar. Su corazón se detuvo en un instante sin tiempo, antes de que la figura se abalanzara hacia él.

Y entonces despertó, recostado a medias sobre el sofá. Se incorporó, asustado, revisando la hora en un intento de situarse entre la realidad y sus fantasmas. Al levantarse y ver el medicamento aún olvidado sobre la mesa, empezó a comprender: no era la primera vez que vivía aquello.

Tomó sus pastillas y guardó el vaso roto, sintiéndose un poco más anclado en el mundo real. Apagó las luces de la sala y el comedor, arrastrando los pies con pereza por el pasillo. Cerró cada puerta detrás de él hasta llegar a la suya, dejándola abierta como siempre. Se recostó en la cama, justo en el centro, abrazando una almohada como si fuese a contener sus terrores nocturnos. La tormenta continuaba afuera, relampagueando y retumbando. No toleraba los ruidos fuertes, pues solo desataban sus ansiedades.

Poco a poco, el cansancio lo fue venciendo, y se quedó dormido entre pensamientos confusos. Preguntas se amontonaban en su mente, mezclándose entre recuerdos distorsionados y ese maldito rostro que lo perseguía.

Al día siguiente, se encontraba en el consultorio de la psicóloga.

—¿Cómo te has sentido últimamente? —preguntó la doctora con una expresión seria, mientras Jean se recostaba en el incómodo sofá. Tomó un par de segundos antes de contestar, como si pisara nuevamente la tierra firme.

—Creo que bien —respondió, titubeando, sintiendo que esas palabras no reflejaban su estado.

—¿No estás mintiendo, verdad? —la pregunta era directa, y Jean negó con la cabeza, sintiendo que su terapeuta no le creía completamente.

—Jean, si quieres que progresemos, debes ser totalmente honesto conmigo —insistió ella, y él ya sabía eso. Pero al inspeccionarse a sí mismo, se dio cuenta de que no podía pensar claramente; parte de él realmente se sentía perdido.

—No sé qué decirle, doctora —pronunció, jugando distraídamente con sus pulgares, buscando alguna salida de aquella conversación.

—Quiero que retomemos los temas de la última visita —dijo la doctora, anotando algo en su libreta. Jean asintió, intentando recordar.

—No había tenido la fortuna de lidiar con un caso como el tuyo. Entiendo que te sientas sofocado, pues parte de ti realmente lo está —ella se acomodó en su silla, cruzando las piernas con elegancia.

—Tienes una pérdida parcial de tus recuerdos, y lo poco que tienes de ti mismo es incapaz de conectarse. Aunque la terapia no garantiza que recuperarás tu memoria y entiendo que, por lo poco que sabes, tampoco deseas hacerlo, hay aspectos de ti que son inevitables y necesitan ser tratados —su voz era suave, pero firme.

Jean tragó en seco, sintiéndose observado por aquellos ojos que parecían saber más de él de lo que él mismo conocía.

—Lo sé, doctora —afirmó con pena, sintiendo que el peso de las palabras lo oprimía.

—No, Jean, no lo sabes. Tienes esquizofrenia paranoide y una depresión muy severa. No puedes depender solo de la medicación. Necesitas implementar cambios en tu estilo de vida y reflexionar sobre cómo lidias con las circunstancias —las palabras resonaban en su mente como un eco incesante.

Se incorporó del sofá, sentado erguido al escucharla.

—Intento lidiar con mis trastornos, doctora, lo estoy haciendo lo mejor que puedo —sus palabras tenían un matiz de desesperación, pues realmente no sabía qué hacer.

Ella se retiró los lentes y, tocándose la sien, dio un pesado suspiro.

—Es a esto a lo que voy: dices que alguien te atormenta, que su rostro no te da miedo, pero provoca otras sensaciones que no sabes distinguir. Y aún así, no quieres saber de quién es esa cara —Jean se dio cuenta de lo contradictorio que sonaba, pero sabía que la doctora Nicol no podría entender fácilmente.

—Solo te pido que te abras un poco más. Llevo seis meses siendo tu terapeuta, y si no obtenemos avances, el estado no me permitirá seguir asistiendo tu caso —su voz se tornó seria, y él simplemente asintió.

Vio el reloj: su sesión había terminado. Se despidió cortésmente, como de costumbre, y esperó un taxi frente al edificio. La niebla de sus pensamientos lo envolvía nuevamente. Fue entonces cuando alguien le tocó el hombro, un empujón brusco que lo sacudió.

Al voltearse, su corazón casi se detuvo. Sus ojos se abrieron sorprendidos, y su respiración se detuvo al instante. Allí, en medio de la multitud, una figura se alzaba: un rostro macabro que le sonreía de forma retorcida. Escalofríos recorrieron su espalda mientras el tiempo parecía fluir errático a su alrededor.

Esa persona se alejó rápidamente, y Jean quedó paralizado, sintiendo que su respiración se volvía cada vez más errática y asfixiante. Un torrente de sensaciones desconocidas le inundó el cuerpo, llevándolo a una espiral de pensamientos caóticos. La gente a su alrededor seguía su camino, ajena a su angustia.

Como un autómata, caminó con dificultad, empujando a la gente a su paso. El calor del miedo lo envolvía, y finalmente, llegó a un callejón que lo ofreció como refugio. Se arrodilló, envolviendo su propia cabeza con los brazos, afligido por no entender por qué ese rostro lo atormentaba con tal intensidad. Allí, ante la lluvia que caía como un recordatorio de su tormento interno, entendió que la lucha apenas comenzaba.