CAPÍTULO ÚNICO
«Añorar el pasado es correr tras el viento.»
—Proverbio ruso.
[...]
¿Cuántos años habían pasado desde aquella única vez en la que ambos estaban desnudos en una misma habitación, en un mismo lecho?
Satoru no recordaba por completo lo que había sucedido en aquel entonces, pues ambos eran bastante torpes y simplemente se dejaban llevar por los impulsos de sus cuerpos, por el instinto que los arrastraba a la profundidad del abismo en medio del caos.
Lo que tenía claramente tatuado en su memoria era las expresiones delicadas y las dulces palabras de amor que Suguru le susurraba cuando intentaba apoderarse de su ser, adentrándose con cuidado en su interior mientras procuraba no lastimarlo.
¿En qué momento cambió todo?
Aquel hombre que ahora lo besaba y mordisqueaba de una manera posesiva no era ni la sombra de ese delicado joven que siempre buscaba hacerlo sentir pleno, dando pasos muy sutiles para que ambos pudieran tener un bonito recuerdo de su primera vez.
¿Qué había estado ignorando todo ese tiempo?
Suguru, ubicado sobre su cuerpo, sostenía sus muñecas por encima de su cabeza y con su propio peso evitaba que Satoru se atreviera a retirarse. No podía negar que la rudeza con la que lo tomó le resultó mucho más atrayente y apasionada, pero en el fondo de su corazón sabía que aquello que estaban haciendo no era más que una huelga al amor que alguna vez sintió Geto por Gojo; un sentimiento que éste último ignoró cuando se enfocó por completo a su trabajo como hechicero sin tomar en cuenta que Suguru había caído a un enorme y profundo pozo depresivo que le enseñó una perspectiva opuesta a la de Satoru.
Esa oscuridad, ese rencor por la mera existencia humana, el recelo por apropiarse del cuerpo del mejor hechicero y el poder que tenía en sus manos al someterlo a él, eran cosas que únicamente Suguru podría disfrutar.
Geto sabía que esa sería la última vez y no desperdiciaría un solo segundo, él realmente quería que Gojo sintiera culpa y que reflexionara acerca de sus propias acciones. No le importó dejar marcas en su tersa piel, ni rasguños profundos, pues esas serían pruebas suficientes de que su hechizo por fin estaba surtiendo efecto.
Al rozar la punta de su lengua a lo largo de su cuello, Gojo sintió cómo su cuerpo se retorcía por inercia. Una de las manos de Geto se ocupó en acariciarlo, rasguñarlo y pellizcarlo, buscando esa ligera tortura que lo llevaría al infierno.
Casi sin darse cuenta, Satoru era libre de su prisión pero Suguru ya se había adueñado de otra parte de su ser, pues sus labios fueron descendiendo lentamente hasta su entrepierna, deteniéndose justamente en el miembro que no paraba de moverse ante la excitación.
El torrente sanguíneo se tornó veloz, convirtiendo su falo en uno realmente fuerte que no estaba dispuesto a ceder ante su amante.
Aquellos labios pecadores que recitaban hechizos poderosos aprisionaron su parte más vulnerable, convirtiendo a Satoru Gojo en un copo de algodón que Geto bien podría aplastar si quisiera.
Mordió con sutileza su glande, sonriendo al notar cómo Satoru gemía sin control, aferrándose a las sábanas como un recurso de salvación. Jugueteó con su lengua, serpenteando en sus testículos para conseguir su cometido.
Satoru rogaba que lo devorara de una vez y así culminar con ese suplicio, por eso Geto prefirió torturarlo más. Acercó sus labios lo suficiente hasta la punta de su miembro y comenzó a soplar con cuidado mientras observaba la reacción del otro. Esbozó una sonrisa maliciosa al darse cuenta que su cálido aliento lo había excitado tanto, que el líquido preseminal ya estaba saliendo a borbotones.
Eso le permitió a Geto saborear su esencia, notando que era un poco amarga y estaba seguro de que se debía a que ya no se preocupaba en consumir frutas como antes. De todos modos, esa amargura era idéntica a la de su alma y se sentía feliz de no ser el único sometido al dolor mientras sucumbía al placer.
Él también quería divertirse y seguir reprochándole su desinterés a través de un fuerte y rudo encuentro sexual, en el cual Geto no tendría contemplaciones y le demostraría a Gojo que ya no era el mismo de años atrás.
Por esa razón, tras colocarse lubricante y el condón, procedió a adentrarse una vez más a ese cuerpo que tanto amaba y odiaba al mismo tiempo. La presión que sentía en su miembro cuando llegó hasta lo más profundo era mucho más motivante que cualquier idea revolucionaria.
Se movió sin siquiera pensarlo, primero lento para rememorar y luego rápido para reafirmar su posición frente a Gojo. Ambos serían enemigos ante la sociedad y amantes cuando fuera necesario.
Clavó sus uñas en las caderas de Satoru, intensificando el momento y ambos gimieron sin límites, convirtiendo a la habitación en cómplice del encuentro más explosivo e inesperado entre Gojo y Geto.
Lo embistió tantas veces, con tanta rudeza y sin ningún tipo de complacencia que incluso Satoru se sentía extasiado de que fuese así, pues de esa manera podía apreciar la verdadera naturaleza del humano corrompido por la ira, la tristeza y el rencor.
Su alma se teñía de oscuridad y su corazón se hundía más y más en la profundidad del abismo al cual Geto llamó hogar. No obstante, pese a que buscó destruir su bondad y su ideología, prefirió que Gojo conservara una pisca de pureza para que volviera a cultivarla. De esa manera, cuando se reencontraran una vez más, la haría añicos y así se llevaría consigo al premio más buscado por todos los enemigos de la escuela de hechicería de Tokyo, volviéndose el hombre más peligroso del mundo entero.
Y cuando ambos alcanzaron el clímax, Geto decidió retirarse del interior de Gojo. Arrojó el condón en la basura y comenzó a vestirse en completo silencio. Su trabajo estaba hecho y la satisfacción lograda no se comparaba en absoluto a esa vez en la que era un simple hombre atado a las normas sociales.
—¿Qué pasará de ahora en adelante? —inquirió Gojo, en un tono quebrado mientras se sentaba en los pies de la cama y observaba la venda blanca que sujetaba en sus manos. —¿Por qué llegamos a este punto, Suguru?
El aludido simplemente le dio la espalda mientras se colocaba su yukata. Respiró profundo y frunció el ceño, pues estaba dispuesto a acabar con todo aquel que se interpusiera en su camino.
—Todo seguirá igual que hasta ahora. No cambiará nada que tú y yo hayamos hecho esto —expresó mientras hacía un rodete con el mechón superior de su cabello. —. De todas formas, tú no harás algo diferente a lo que hayas hecho en el pasado.
—¿Todo se trata de un reclamo? —espetó con un deje de rabia, poniéndose de pie detrás de Geto. —¿Tú entiendes que esto podría-?
—Ya te he dicho que no cambiaré de parecer y si aún así pretendes acostarte conmigo para intentar persuadirme, créeme que nunca lo lograrás —Giró su rostro y añadió: —. Es más, estoy seguro de que el mundo podría sucumbir ante un inesperado enemigo al cual prácticamente nadie podría vencer, a menos que alguno de tus estudiantes se atrevieran a enfrentarte y créeme, eso será aún más excitante que escucharte gemir... —sentenció y abandonó la habitación sin permitirle ninguna respuesta a Gojo.
Aquella batalla, claramente, la había ganado Geto. Gojo no fue capaz de negarse ante su seducción, aún sabiendo que ese hombre había cambiado radicalmente.
Y a pesar de los infortunios que ambos atravesaron, Gojo era consciente que el antiguo Suguru yacía dormido en ese gélido corazón que cargaba su cuerpo. También confirmó que no importaba el tiempo ni las circunstancias, él seguiría amando a Geto, aún si tuviera que convertirse en un enemigo del mundo para poder tenerlo cerca de él e intentar así descongelar su alma.
Fin.








