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Sebastian siempre había encontrado a Checo atractivo, desde la primera vez que se conocieron hace tantos años, y si bien nunca hizo nada al respecto, esa atracción siempre estuvo ahí. Conforme fueron creciendo, ambos cambiaron, aún si Seb mantuvo esa complexión delgada que lo caracterizaba y seguía desde sus 20, Checo se volvió un hombre en toda la extensión de la palabra, masculino, varonil. Y no es que Sebastian no fuera masculino también, pero no le llegaba ni a los talones a la hombría de Sergio.
Probablemente otros hombres se sentirían intimidados, amenazados, pero no Sebastian. No, él lo único que sentía era deseo.
Lo sentía en las puntas de sus dedos, en el cosquilleo de su estómago, en el escalofrío que recorría su espalda.
— Scheiße... — murmuró el alemán a la oscuridad de su habitación, la única luz proveniente de su teléfono celular el cual mostraba esa foto que Sergio había posteado recientemente, mientras su mano derecha trabajaba rápidamente, moviéndose de arriba abajo sobre su miembro erecto.
¿Se estaba masturbando con una foto de un viejo compañero de trabajo y amigo? Sí. Se sentía humillante, vergonzoso, incluso patético, pero mierda, se sentía tan bien que Sebastian no podía parar. No quería parar.
Se imaginaba tener frente a él a tal hombre, poder tocar con sus manos el cuerpo bronceado que le tenía tan necesitado, que Sergio le pusiera las manos encima e hiciera de su delgado cuerpo lo que quisiera, tener sus manos sobre su cuello restringiendole la respiración, que lo elogiara, que lo marcara, que le escupiera en la boca.
Un gemido particularmente alto se le escapó de los labios cuando su orgasmo golpeó por sorpresa ante ese último pensamiento; su espalda de arqueó sobre la cama, tiró su cabeza hacia atrás y sus piernas temblaron, todo su cuerpo se sentía sensible y electrizante mientras su mano seguía moviéndose sobre su pene hasta rozar la sobreestimulación.
Durante unos minutos, su mente se quedó completamente en blanco, mientras contemplaba el oscuro techo en lo que regulaba su respiración. Cuando por fin volvió en sí, se levantó con un quejido, haciendo su camino a tientas hasta el baño para limpiar el desastre que había hecho sobre su cuerpo. Una pizca de vergüenza era todo lo que había en su subconsciente, no podía molestarse en sentir más porque ni siquiera era la primera vez que hacía algo así.
[...]
Sebastian sintió que el corazón se le iba al estómago cuando vio frente al lindo mexicano de pecas que lo tenía comportándose como un adolescentes. Sergio le había saludado con toda la naturalidad de dos amigos que no se habían visto en un buen tiempo, con su enorme sonrisa, tal feliz de verlo que Sebastian sentía que la vida se pintaba de colores nomás sabiendo que él era la razón de esa sonrisa.
Se habían topado por casualidad en Alemania, Seb porque era su hogar, y Checo porque iba a visitar a la familia que lo recibió cuando se mudó a Europa hace tantos años, y quedaron en verse al día siguiente para compartir una comida, tal vez unas bebidas, y ponerse al corriente de lo que ha sido de sus vidas. Sebastian agradeció que pudo actuar normal, como si no sintiera sus pecados aferrándose a su espalda.
El día siguiente, Seb pasó horas pensando en qué iba a ponerse, quería asegurarse de verse bien para Sergio, pero al mismo tiempo no quería parecer desesperado (aunque lo estaba), ¡incluso le mensajeó a Mark por consejos!
Al final optó por algo casual, obligándose a sí mismo a recordar que solo estaba saliendo con un amigo y que no tenía por qué actuar como una colegiala enamorada.
Se vieron en el restaurante, Sergio ya estaba ahí cuando Sebastian llegó.
— Lo siento, ¿te hice esperar mucho? — preguntó el alemán mientras se sentaba al lado de Sergio en la mesa circular del restaurante.
— No, para nada, no te preocupes. — le aseguró el pelinegro con una sonrisa, la cual fue rápidamente devuelta.
Su mesa se encontraba casi escondida, la decoración del restaurante bloqueaba la vista a la zona, y no era necesario ser un genio para deducir que se trataba de una zona VIP del lugar. A Seb le alivió aquello, si bien apreciaba mucho a sus fans aún después de haberse retirado del deporte, también le gustaba tener su espacio y su privacidad, y estaba seguro que Sergio opinaba igual.
— ¿Ya le diste una ojeada al menú? — preguntó el rubio.
— Lo intenté pero no entendí nada. — Sergio se rió, y ante eso Sebastian tomó el menú, dándose cuenta que se encontraba en alemán.
Muchos restaurantes contaban con menús en inglés, pero aparentemente, ese no. Sebastian también rió.
— ¿Tú qué me recomendarías? — preguntó el mexicano, apoyando sus codos sobre la mesa, sosteniendo su rostro con una mano mientras se inclinaba ligeramente en dirección a Sebastian, mirando el menú a la par de él.
Sebastian podía oler perfectamente su colonia, solo esperaba que su rostro no estuviera sonrojándose.
— Te recomendaría este, — Seb apuntó a un platillo específico en el menú. — es mi favorito, aunque no sé cómo lo preparen aquí.
Checo se tomó un momento para ver la fotografia del platillo, como analizandola.
— De acuerdo, ordenaré ese, confío en ti. — le dijo el mexicano antes de mirarle, conectando marrón con azul, haciendo al corazón del rubio dar un salto.
Al final, Seb terminó ordenando por los dos, pues Sergio por más que intentaba no podía pronunciar correctamente el nombre del platillo, lo habían ensayado varias veces pero simplemente no podía, aunque los intentos le trajeron gratas risas al par de hombres.
Con el tiempo, entre la comida y la conversación, Sebastian pudo relajarse lo suficiente para hablar con Checo de manera casual pero natural, sin tener que obligarse a actuar casual. Ambos se la estaban pasando de maravilla, hablaron de sus inicios en la Fórmula 1, de cuando se conocieron, de sus experiencias en Red Bull - "Mi experiencia es Red Bull es más similar a la de Mark que a la tuya" había dicho Checo, y Seb solo pudo soltar una risita llena de nostalgia. -; en cuanto alcanzaron el tema de sus vidas fuera de la pista, se dieron cuenta que el atardecer los había alcanzado, solo unos pocos tonos anaranjados decoraban el cielo pues la noche estaba cerca.
— ¿Qué piensas sobre ir a un bar? — sugirió el rubio, cuando el sol había terminado de ocultarse.
— Solo si tú invitas la primera ronda. — respondió Checo con una sonrisa que claramente le estaba diciendo que sus palabras eran una broma.
Pero Sebastian sabía, si Checo le pedía que apagara el sol, Seb encontraría la manera.
— Te invito las que quieras. — aseguró Seb, con una sonrisa confiada en el rostro.
— No, cómo crees-
— Quiero hacerlo. Estás en mi país, tengo que ser un buen anfitrión. — era una excusa, pero Checo pareció aceptarla.
Pagaron su cuenta (Seb también quería pagarla completa, pero Checo esta vez insistió hasta que lo dejó pagar su parte), y se dirigieron al bar que el alemán habia sugerido, siendo este su personal favorito, un bar privado en el cual siempre tenía la privacidad que deseaba.
Cuando llegaron, se sentaron en la barra, una vez más Sebastian fue el que se encargó de ordenar, durante todo el camino le había hablado a Sergio de la cerveza alemana y de lo buena que era.
— Te voy a decir algo, — dijo Sergio después de los primeros sorbos. — tenías razón, es muy buena.
— Te lo dije, ¿cuándo te he fallado, Chequito? — el apodo obtuvo una pequeña risita del nombrado.
— Nunca debí haberte dudado, Sebi. — Sebastian intentó ignorar tanto cómo fuera posible el apodo que Checo le puso. No era la primera vez que alguien le llamaba así, pero que Sergio lo hiciera era diferente.
La conversación siguió, conforme entraba más la noche y se perdían más en el sorprendentemente intimo ambiente del bar, sumado a las bebidas, Sebastian se sintió más valiente.
— ¿Sabes algo? — empezó Seb, ganándose sobre sí la mirada de Sergio. — Cuando éramos más jóvenes me gustabas.
Sergio alzó ambas cejas, claramente sorprendido y no esperando para nada aquella confesión.
— Nunca hice nada al respecto porque al principio pensé que era envidia. — continuó, riéndose ligeramente al ver la expresión de confusión en el rostro del mexicano.
— ¿Envidia? — indagó Checo. No entendía por qué envidia, desde su perspectiva, él no tenía nada que Sebastian pudiera envidiar, es decir, Sebastian es cuatro veces campeón del mundo, y si bien Sergio tiene toda la intención de convertiste en uno, él todavía no lo ha logrado.
— Eres muy atractivo, Checo. Muy varonil. — Seb le dió un trago más a su cerveza. — Entonces yo pensaba que quería verme como tú, pero luego me di cuenta que no era eso. Era atracción.
Sebastian no tenía planeado confesar nada de eso. Su plan era llevarse tal información a la tumba, pero tenía que admitir que después de por fin decirlo, sentía que se había quitado un enorme peso de encima, aún si Checo no lo toma en serio o le dice que él nunca lo vio así, es algo que puede aceptar-
— También me gustabas.
¿Qué?
— ¿Qué? — ahora fue turno del mexicano de reír ante su expresión.
De todas las cosas que Seb estaba esperando, esa no era una.
— Siempre pensé que eres muy bonito. — fue toda la explicación de Checo dio, encogiéndose de hombros, soltando las palabras tan casualmente como si no acabaran de provocarle un huracán de sentimientos al alemán.
El ambiente había cambiado. Después de ambas confesiones, de sentimientos "pasados", una tensión se había instalado en el aire.
La mente de Sebastian comenzó a correr más rápido que un monoplaza. ¿Será que esta es su oportunidad? ¿Sería prudente intentar lo que hace años no intentó? Ser egoísta una última vez para tener a la persona que su cuerpo, corazón y alma han añorado por años.
Seb no supo cuándo ya había posado una mano sobre el muslo del mexicano. En su garganta se atoraron las palabras que quería decir. Quería sonar casual, pero no encontraba cómo. "¿Tienes dónde quedarte?", "Me aburrí de estar aquí", "¿Quieres salir de aquí?", "¿Vamos a otro lado?".
— ¿Vamos a otro lado? — finalmente dijo Sergio, como si pudiera leerle la mente, aún si las intenciones del alemán eran más que obvias.
— Mi casa está cerca. — respondió Seb. La sonrisa en los labios de Sergio creció.
— Te espero en el auto. — dijo el mexicano antes de levantarse y caminar hacia la salida, dejando al rubio apresuradamente pagando la cuenta.
Cuando Seb llegó al estacionamiento, vio a Sergio recargado sobre el auto que rentó en cuanto llegó al país, era simple, discreto. Sergio le lanzó las llaves en cuanto Seb estuvo suficientemente cerca.
— Tú conduces, Sebi.
El camino a su hogar no tomó más de 10 minutos, pero para Sebastian se sintieron eternos, sobre todo cuando todo el camino los ojos de Sergio no se despegaron de su perfil, cuando las grandes manos del mexicano se posaban sobre su muslo y a veces pasaban peligrosamente cerca de su entrepierna, era increíblemente difícil concentrarse en el camino, incluso está seguro que sobrepasó el límite de velocidad, pero poco le importaba, y aparentemente Sergio opinaba igual.
Cuando llegaron, Seb estaba casi peleándose con la puerta de su casa, su impaciencia causando que sus manos no coordinaran y no podía introducir la llave para abrirla, sumado el hecho que Sergio seguía sin quitarle los ojos de encima. Casi por milagro, por fin logró abrir la puerta, apresurandose a entrar y jalando a Sergio consigo del brazo.
Apenas la puerta se cerró, las manos se Checo se posaron sobre la cintura del alemán y lo pegó a su cuerpo. Seb casi chilla de emoción.
El contacto visual era directo, al no tener más que 2cm de diferencia en altura, Sebastian sentía que los preciosos ojos marrones de Checo podían ver a través de él. Se sentía expuesto, vulnerable, y en cualquier otro momento lo habría odiado, si se tratara de cualquier otra persona se había puesto a la defensiva, pero era Checo, su Checo, y Seb podría derretirse solamente con su mirada.
Sebastian estaba cansado de contenerse, llevaba haciéndolo por años, por dios, ya no aguantaba más. Sin pensar en nada más, el alemán pegó sus labios con los de Sergio, con toda la pasión y el deseo que llevaban acumulándose por años. Sergio le correspondió de inmediato, sus manos apretaron el cuerpo del rubio, mientras esté rodeaba con sus brazos el cuello del mexicano, buscando estar todavía más cerca.
Pronto sus lenguas se encontraron, el beso se volvió más profundo, desordenado, había más que solo deseo carnal en él, algo muchísimo más complicado que ninguno de los dos tenía mente para analizar en ese momento. No podían pensar en nada más que no fuera el otro. Seb gimió cuando las manos de Sergio pasaron de su cintura a su trasero, dándole un apretón y al mismo tiempo juntando sus entrepiernas, la fricción sintiéndose deliciosa. El alemán pudo sentir a Sergio sonreír contra sus labios cuando el mexicano sintió su erección a través del pantalón; Seb llevaba duro desde que estaban en el carro. ¿Le avergonzaba? No, no podía sentir vergüenza cuando se sentía en el cielo.
Entre pasos atropezados, Checo lo acorraló contra una pared, la pared sintiéndose increíblemente fría contra su cuerpo caliente.
— Por favor... — murmuró Seb mientras tomaba una de las manos de Sergio y la ponía sobre su cuello y el mexicano inmediatamente entendió lo que le pedía.
Checo apretó sus dedos alrededor del cuello del alemán, la presión y el cambio del flujo de sangre comenzó a marear a Seb, la sensación fantasma de asfixia acelerando su respiración en cortas y rápidas repeticiones, podía sentir su cabeza y su miembro palpitar a la par, todo mientras Sergio seguía besándole.
Sebastian no podía pensar, sus manos se dispararon a desabrochar su pantalón, por fin liberando su miembro y sin perder nada de tiempo en comenzar a bombearlo de arriba a abajo, pequeños y desesperados gemidos escapándose de su garganta mientras el placer invadía su cuerpo, mandándole corrientes eléctricas de pies a cabeza.
— Tan bonito... — susurró Sergio en su oído. — sigue así, mi amor, justo así...
Sergio siguió elogiandolo, palabras que el cerebro de Seb apenas podía procesar, pero ante las que su cuerpo seguía reaccionando, sus gemidos saliendo en un hilo de voz, agudos, necesitados.
En algún lugar en el fondo de su mente podía escuchar el sonido mojado de sus movimientos, y un cosquilleo familiar comenzó a formarse en la base de su estómago. Estaba cerca, vergonzosamente rápido, pero no podía parar. Checo seguía susurrándole, sus palabras, la suave brisa de su aliento sobre su oído, los besos esporádicos que le daba sobre la mandíbula, las mejillas, en los labios, la sensación de mareo, no supo ni siquiera cuando sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Todo era demasiado, todo se sentía muy bien, era abrumante, y al mismo tiempo no era suficiente.
— Sergio... Bitte... — suplicó Sebastian.
La mano libre del mexicano, que había estado vagando por el cuerpo del rubio repartiendo caricias, bajó hasta alcanzar el pene de Sebastian, cerrándose alrededor de la longitud y sobre los propios dedos del alemán, pero no tuvo la oportunidad ni de mover su mano, pues apenas sintió el roce de la mano ajena, Seb alcanzó su orgasmo.
Seb cerró los ojos con fuerza, su cuerpo enteró se tensó, sus piernas se debilitaron y Checo tuvo que sostenerle para evitar que se cayera. Unos cuantos minutos pasaron en silencio, el único sonido en la habitación era el de Sebastian regulando su respiración. Sentía su cuerpo caliente, pesado, débil, y aún así, ansioso de más.
— Espero que no estés muy cansado, Sebi, — escuchó la voz de Sergio decir. — apenas vamos empezando.