Daisy y Johan

All Rights Reserved ©

Summary

Johan lidia con la esquizofrenia. Su hermana, Daisy, lo ayuda a superar sus problemas. No tienen a nadie más, ellos solos tendrán que buscar la forma de salir adelante ¿Podrán lograrlo?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I

Sirenas, bullicio, sangre, ambulancias, policías, gente gritando… ¿Qué fue lo que sucedió realmente? …

—¿Vas a venir al parque conmigo hoy, Daisy? Nala me preguntaba, hace mucho que no teníamos un rato juntas.

—Me encantaría, pero no puedo. Tengo que cuidar a mi hermano.

—Ash, nunca tienes tiempo para mí. Sólo para ese loco. Al parecer, Nala no entendía que “ese loco” no podía mantenerse por sí mismo. No lo sé, ella piensa que su condición es un juego.

—Escucha, Nala… Mi hermano es diferente. Y no, no está loco. Solamente necesita a alguien que lo acompañe.

—Blah, blah, blah. Tiene esquizofrenia. Está loco. Solté un suspiro cansado. Amo a mi hermano, pero Nala no lo entiende.

—Mira, haré todo lo posible para ir la semana que viene contigo ¿Sí? ¿Qué te parece el fin de semana?

—Siempre dices “Ay, tal vez la semana que viene” ¡Nunca lo cumples! Jamás puedes pasar un rato conmigo fuera del instituto.

—Cálmate un poco ¿Ok? Ya te lo dije, no volveré a repetirlo una y otra vez. Me fui. No podía soportar estar un poco más con mi amiga. Era imposible hacerla entrar en razón.

***

Estaba acostado, sin hacer nada. Completamente inmóvil. En lo único que pensaba era en la llegada de mi hermana. La alarma sonó marcando las tres de la tarde. Me levanté de la cama. Al instante me caí. Ay, me había olvidado.

—¡Ah!

No pude evitar gemir del dolor y largar un par de lágrimas por el golpe. Estaba atado. La noche anterior me había amarrado con cadenas porque tenía miedo de hacer cosas “extrañas” por la noche. No tenía forma de moverme. Allí permanecí unos minutos, tal vez ocho o diez. La verdad, no los conté. Unos momentos más tarde, la puerta se abrió. Era mi querida hermana.

—Te ves preciosa hoy, eh.

—Lo sé, siempre me veo así. Y tenía razón, pues ella poseía un largo y sedoso cabello rizado de color avellana, ojos tan claros como la miel, una piel morena sin imperfecciones, y una con textura alta y de reloj de arena. Definitivamente, la envidia de todas las chicas de su edad.

***

—¿Podrías desatarme? No sé, sólo digo.

—Estoy en eso. Comencé a desencadenarlo, por lo que empezó a quejarse del dolor.

—Shhh, quédate tranquilo. No te estreses. —Es imposible quedarme calmado en este preciso momento.

—Pues hubieras pensado con claridad antes de atarte con cadenas anoche.

—Lo sé, Pero sabes que hay momentos en los que me resulta imposible pensar con claridad.

—Sí… Ya lo sé.

—Ya, sólo ayúdame ¿Esta bien?

—Ya lo estoy haciendo.

Cuando terminé de desatarlo nos quedamos unos segundos en silencio, tratando de sacar un buen tema de conversación. Pudieron haber sido únicamente veinte, pero fueron los veinte segundos más largos. Luego de ese momento tan incómodo, en el que sentí que mi corazón cada vez latía más rápido, Johan me preguntó.

—¿Y mamá? ¿No va a venir?

—No, no lo hará. Desde hace un tiempo que no está cuando la necesitamos.

—¿Y sobre papá? ¿Ninguna noticia?

—Tampoco, probablemente esté teniendo sexo con una prostituta ahora mismo. Ninguno de nuestros dos progenitores había vuelto a casa desde hace cinco días. Puede ser poco, sí. Aunque no estábamos acostumbrados. Era la primera vez que nos encontrábamos solos. No habíamos hecho nada mal ¿Por qué nos abandonaron?

—Bien, muy bien. Haré algo de comer y charlaremos sobre nuestras vidas. Todo estará mejor que nunca. -dije intentando ocultar la pena que me consumía muy lentamente por dentro.

—Asegúrate de terminar tu tarea de la escuela. No vaya a ser que suspendas. Pude notar un tono burlón en su voz. Su rostro se veía igual.

—Eso no va a pasar nunca. Confía en mí.

—De acuerdo, pero después no digas que no te lo advertí. Nos reímos un poco, y luego me marché.

***

Me quedé ordenando mi habitación mientras Daisy preparaba el almuerzo que íbamos a comer a las cuatro y media de la tarde. Estaba muy distraído barriendo. De pronto, vi una silueta negra delante de las cortinas. Entendía perfectamente por qué la estaba notando. Traté de ignorarla, no podía dejar que algo me sucediera. Así que me apoyé en el palo de la escoba como si fuera un bastón y me quedé quieto, esperando a que la alucinación pasara. Por alguna razón, la sombra empezó a acercarse cada vez más y más. Me desesperé, pero sabía que no debía hacerlo. Si lo hacía, la silueta cobraría vida, prácticamente. Así sucedió. No encontré la forma de tranquilizarme. Me habló.

—Estás desperdiciando tu tiempo-le dije.

—Claro que no, claro que no. Vengo aquí a avisarte que tu hermana es un peligro para ti.

—¿Ah, sí? Pues no te creo. Tú no eres real, sé muy bien que es mi mente tratando de hacerme sentir mal.

—No deberías pensar eso. Yo estoy aquí para salvarte la vida. Daisy es la peor persona que pueda existir.

—Ajá, como sea. No tienes ningún poder sobre mí.

Para ser sincero, no sé qué fue lo que se me pasó por la cabeza al intentar entablar una conversación con alguien que no existe. Eso lo único que haría sería hacer que entrara en pánico. Supongo que uno no piensa bien cuando está bajo presión.

Estaba luchando, había sufrido demasiado como para rendirme ahora. Fui directo a mi mesa de luz. Saqué unas píldoras del primer cajón. Las tragué sin agua, las mastiqué. Sólo podía toser. La mancha negra seguía ahí, aunque pronto se iría.

—Con que mi hermana es lo peor del mundo, eh.

***

Comíamos unas simples tostadas con huevos revueltos. Apenas estaba aprendiendo a cocinar, debido a que mi madre no se encontraba con nosotros hace relativamente poco tiempo. El único sonido eran los cubiertos en el plato. Eso fue hasta que se me ocurrió abrir la boca.

—¿Y no vas a contarme nada de lo que te haya sucedido hoy? —

Le murmuré a Daisy.

—Aaaah, no. Nala me preguntó si iba a ir al parque con ella hoy. Le dije que no.

—Adivinaré, lo hiciste por mí.

—No… Está bien, lo hice porque tenía que cuidarte. Me molesté un poco.

—Ya lo sabía.

—Todo esto lo hago para que seas feliz.

—¡¿Para que sea feliz?! No lo soy si tú no lo eres.

—Es por tu bien.

Me reí a carcajadas.

—¡¿Por mi bien?! ¡¿Por mi bien?! ¡¿Hablas en serio?! Ella no pudo contener más las lágrimas. Sus ojos se tornaban cada segundo más aguados y rojos.

—No, lo entiendes… Todo mi sacrificio…

—agregó entre sollozos y con la voz quebrada.

No pude dirigirle la palabra en el resto del día. No me daba la cara.

***

Corría por los pasillos de la institución. No lo podía creer, estaba llegando tarde a mi clase. Esto no pasaba nunca. Mientras pasaba por al lado de los baños, observé a Nala llorando, sentada hecha una bolita. Me preocupé, así que decidí entrar y hablar con ella.

—Nala ¿Qué te sucedió?

—Nada, me caí de las escaleras. —agregó. No le creí. Se veía lastimada. Tenía moretones. No podía ser solamente por tropezarse.—Cuéntame la verdad. Vamos, sabes bien que lo que sea que me digas jamás saldrá de mi boca. —Ya te lo dije, me caí de las escaleras. —No seas necia, chica. Yo sé que algo estás ocultando. Cada vez lloraba más y más.

—Vete, ya te dije que no me pasa absolutamente nada.

—Dale… Soy tu amiga…

—¡No me importa si eres mi amiga o no, ya te avisé que te largaras! No tengo idea de si fue por la ira, pero Nala le dio un golpazo a uno de los lavamanos, hiriéndose la muñeca derecha. Gritó de una forma tan desgarradora que logró asustarme y hacer que saliera corriendo. Al salir, decidí irme. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que el enojo se le iría tarde o temprano.