I:Awakening in Midnight Grove
Erin despertó lentamente, sintiendo la suavidad de las sábanas que la envolvían en una cálida comodidad. Sus ojos se abrieron con cautela, dejando que su mirada se ajustara a la luz que se filtraba por las cortinas blancas de la ventana, bañando el espacio con una luminosidad tranquila. La sensación de desconcierto la invadió al no reconocer su entorno de inmediato. Con un suspiro, la chica se sentó en la cama, dejando que sus pies tocaran el suelo alfombrado. Observó a su alrededor, tratando de ubicarse. La habitación estaba decorada con muebles elegantes y detalles encantadores, sin embargo, nada de eso le resultaba familiar.
Erin frunció el ceño, tratando de recordar los eventos anteriores: Había huido de su hogar, recorrió varios kilómetros hasta que la lluvia se hizo presente. Aquellas gotas frías que amenazaban con empapar su ropa junto con la fatiga que estaba empezando a sentir hicieron que buscara refugio bajo la densa vegetación, donde se quedó dormida, abrazada por la oscuridad y el murmullo de la naturaleza. Pero ahora no se encontraba bajo el árbol y rodeada de vegetación, sino que estaba en aquella extraña habitación.
Se levantó de la cama con cuidado mientras su mente trabajaba en busca de respuestas. «¿Cómo llegué aquí?» La pregunta resonaba en su mente, sin encontrar una respuesta clara. La confusión se aferraba a ella como una sombra, envolviéndola en un manto de incertidumbre.
Con determinación, Erin decidió explorar y buscar pistas que pudieran explicar su situación. Cruzó la habitación con pasos silenciosos hasta llegar a la ventana. Apartó ligeramente las cortinas, dejando que la luz del día iluminara su rostro. Miro el paisaje más allá de los cristales, buscando algún indicio que pudiera arrojar luz sobre su situación, pero todo lo que veía era un paisaje tranquilo y sereno. El sol se filtraba entre las hojas de los árboles, pintando el exterior con tonos dorados y verdes. Afuera no había nada que pudiera explicar cómo había llegado hasta allí. Un escalofrío recorrió toda su espalda y su corazón empezó a latir con más fuerza en su pecho.
De repente, la chica recordó su mochila, un ancla de seguridad en medio de la confusión que la rodeaba. Comenzó a registrar cada rincón de la habitación en busca de su fiel bolso. Abrió cajones y armarios con cuidado, inspeccionando detenidamente hasta que finalmente, en un rincón del armario que estaba cerca a la puerta, encontró su mochila. Con un suspiro de alivio, se sentó en la cama y abrió la cremallera con manos temblorosas. Revisó cuidadosamente el contenido, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.
«Mi ropa, mis libros…Todo está aquí» Se dijo a sí misma.
Entre sus pertenencias, sacó un collar dorado con el símbolo de la estrella de David. Lo tomó con cuidado entre sus dedos. Una oleada de tristeza la embargó en ese momento mientras acariciaba el metal frío. Aquel objeto no era una simple joya para la joven; era un preciado recuerdo, el único vínculo que le quedaba de su querida abuela. Después de unos minutos de reflexión silenciosa, Erin decidió ponérselo. Lo colocó alrededor de su cuello con gestos suaves, ocultándolo debajo de su camiseta, sintiendo como la pieza de joyería se funde contra su piel.
Un pequeño ruido la sacó bruscamente de sus pensamientos. Frunciendo el ceño con curiosidad, se puso de pie y se dirigió hacia la puerta. La sensación de intriga se mezclaba con la urgencia de descubrir la verdad detrás de su extraño paradero.
Erin camino por el pasillo con paso cauteloso, sintiendo la suave textura de la alfombra azulada bajo sus pies. Cada paso era firme y decidido, aunque su corazón latía con una mezcla de emoción y aprehensión. Llegó finalmente a las escaleras, cuyos peldaños descendían elegantemente hacia el primer piso. Se aferró al pasamanos con delicadeza, bajando con cautela uno a uno los escalones. Al llegar al pie de las escaleras, cruzó el umbral y entró en una acogedora sala de estar que parecía salida de otra época. El ambiente estaba impregnado de un aire nostálgico. Dos sofás marrones invitaban a descansar frente a una chimenea, de la cual aún emana calidez. Los grandes ventanales dejaban entrar la luz del día, iluminando la habitación por completo. En el centro de la sala, una pequeña mesa de centro sostenía varias muñecas de trapo, sus grandes ojos negros miraban en dirección a donde estaba Erin, lo que hizo que la chica se sintiera un poco incomoda.
«Genial, estoy en una casa embrujada»
En ese preciso instante, una pequeña figura emergió de una esquina. Era una niña, de entre 7 a 10 años, con una apariencia que parecía sacada de un cuento de hadas. La pequeña irradiaba una aura de inocencia y belleza, con una piel tan blanca como la porcelana y unos grandes ojos verdes que destellaban curiosidad y calidez. Un lunar adornaba delicadamente su mejilla derecha, añadiendo un toque de encanto a su rostro angelical. Su cabello dorado estaba cuidadosamente peinado en dos largas trenzas, que caían sobre sus pequeños hombros. Vestía una camisola, parecida a la que se usaban en la antigüedad, de tonalidad rosa pastel, la cual le llegaba un poco más arriba de los tobillos.
Al ver a Erin, el rostro de la niña se iluminó con una sonrisa alegre. Erin no pudo evitar devolverle la sonrisa, aunque a comparación de la niña, la suya era diminuta. La calidez de la sonrisa de la niña disipó cualquier sensación de temor en la chica.
La niña, con gracia infantil, avanzó hacia Erin hasta estar frente a ella. Con una pequeña reverencia, tan elegante como espontánea, se presentó.
—Me llamo Lizzie—dijo la niña con la sonrisa intacta—. Pronto cumpliré 8 años y mi color favorito es el rosa.
—Ehh...mucho gusto…Mi nombre es Erin y tengo 15 años—respondió Erin tímidamente, devolviéndole la reverencia a la niña, aunque la suya fue algo torpe y sin gracia.
Lizzie inclinó la cabeza con curiosidad, sus trenzas doradas se balancearon con el movimiento.
—¿Y cuál es tu color favorito, Erin? —preguntó Lizzie. Erin se detuvo por un momento, pensando en que responder.
—Bueno…No tengo un color favorito.
—¿Por qué?
—Pues…Para mí, todos los colores son bonitos—dijo Erin con una sonrisa algo forzada.
La verdad era que la chica no tenía un color favorito dado que era incapaz de escoger alguno, a no ser que alguien se lo sugiriera o bien, se lo impusieran. La joven esperaba que Lizzie no hubiera captado que su respuesta era una mentira.
La pequeña, después de mirar fijamente a la joven, sonrió y asintió con su cabeza, demostrándole a Erin que entendió lo que quiso decir.
—¿De dónde eres, Erin? —preguntó Lizzie.
Erin acarició distraídamente su brazo izquierdo, sintiendo la suavidad de su piel bajo sus dedos mientras consideraba su respuesta.
—Soy de Ashland Heights.
Lizzie arrugó ligeramente la nariz.
—¿Eso queda muy lejos? —preguntó la niña, con una mueca de confusión. La joven titubeó por un momento antes de responder.
—No estoy segura—admitió, con una sombra de duda en su voz—. No sé exactamente dónde estoy ahora.
—Estás en Midnight Grove.
Erin frunció el ceño, pensativa. La joven repitió varias veces el nombre en su cabeza, tratando de recordar si lo había visto en algún libro de geografía o si lo había escuchado en alguna parte.
—Nunca lo había escuchado—admitió Erin.
Una risa burbujeante salió de Lizzie.
—¡Es porque Midnight Grove es un pueblo mágico y secreto! —exclamó con entusiasmo. Sus ojos parecían brillar más—. O eso es lo siempre dice mi tía.
—¿Tu tía? —Antes de que Lizzie pudiera responder, el sonido de unos pasos aproximándose se hizo presente. Erin volvió la cabeza en dirección a ese sonido al igual que la pequeña.
Una figura femenina se hizo presente en aquel salón. Una monja.
«No puede ser. Esto se está pareciendo cada vez más a una película de terror»
Aquella mujer tendría unos 28 a 30 años, era medianamente alta y tenía unos llamativos ojos color miel que irradiaban tranquilidad. Algunos mechones de cabello castaño se asomaban bajo el velo, dándole un toque de suavidad a su rostro. Su piel pálida contrastaba con el oscuro habito que llevaba puesto, típico de una monja, aunque su traje tenía bordados de cruces dorados tanto en el velo como en la parte inferior de su túnica. Erin la observó con sorpresa y curiosidad. Las religiosas que había visto antes no se parecían en nada a ella; esta mujer parecía venir de un mundo aparte.
La mujer, al ver a la chica de pie en el salón, se acercó con una sonrisa amable.
—Me alegra verte despierta—dijo con una voz suave—. Justo iba a ir a ver como estabas.
Erin se quedó sin palabras por un momento, no sabiendo bien que debería decir.
—Soy la Hermana Claudine, pero puedes decirme Claudine o Claud, no me gustan las formalidades—dijo la mujer sonriendo, con una mano en su pecho plano. Erin solo atino a asentir—. ¿Puedo saber cómo te llamas, cariño?
Antes de que la joven pudiera responder, Lizzie se le adelantó.
—¡Su nombre es Erin! —exclamó Lizzie. La Hermana Claudine asintió.
—Erin—repitió la mujer—. Es un nombre muy bonito. Apropiado para una jovencita tan bonita como tú.
Erin se ruborizó ligeramente ante el cumplido. Nadie antes había elogiado su nombre, a excepción del chofer de su abuela y una socia de su padre.
Después de aquel breve intercambio, Claudine les indicó que el desayuno estaba listo. Lizzie, con un destello en sus ojos verdes, corrió hacia la mesa donde estaban las muñecas, tomándolas a todas y empezando a dar saltitos en dirección al comedor. Erin siguió a la pequeña Lizzie y a la Hermana Claudine con paso lento, sintiéndose un tanto insegura.
Cuando llegaron al comedor, Erin quedó impresionada por la belleza del lugar. El ambiente era íntimo y acogedor, con un toque de encanto rústico que lo hacía especial. La joven observó detenidamente todo a su alrededor, tomando nota del ambiente que la rodeaba con ojos curiosos. El papel tapiz de las paredes capturó su atención por completo, sus labios se curvaron en una sonrisa involuntaria al ver las margaritas dibujabas en él. Aquella flor era la que más le gustaba de entre todas las flores y verlas ahora, aunque sea en un dibujo, le proporcionó una sensación de tranquilidad.
En el centro del comedor, una mesa de madera redonda destacaba por su sencillez y elegancia. Cuatro elegantes sillas la rodeaban, las cuales parecían invitar a los comensales a sentarse y compartir momentos de compañía. Lizzie fue la primera en tomar asiento, depositando sus queridas muñecas en la silla a su lado como si fueran invitadas de honor. Claudine le indico a Erin que se sentara donde quisiera mientras ella se ocupaba de servir el desayuno. La joven asintió y se acercó a la mesa, tomando asiento al otro lado de la pequeña.
La mujer colocó una pequeña taza de té de porcelana frente a Erin, con un gesto que emanaba cuidado y atención. Lo mismo hizo con Lizzie y con la taza que ella había reservado para ella misma. La joven miraba expectante como Claudine llenaba la taza de la pequeña con leche caliente de una pequeña olla que sostenía firmemente.
—Espera un momento antes de beberlo, si no te quemaras como la última vez—advirtió Claudine con voz suave. Lizzie asintió con entendimiento.
Dirigiendo su atención hacia Erin, la Hermana Claudine inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Te gustaría beber leche tú también o prefieres que te sirva té? —pregunto.
—Con el té estaré bien—respondió Erin con una sonrisa tímida.
La mujer asintió con compresión, trayendo la pequeña tetera a la mesa y vertiendo su contenido en la taza de Erin.
—Lamento no tener café para ofrecerte—dijo Claudine con una leve expresión de tristeza—. A mí no me gusta y Lizzie es muy pequeña como para beberla, por lo que me es innecesario.
Erin asintió, agradecida por la consideración de la monja. Si bien la joven estaba acostumbrada a beber café, estaba contenta de tener algo que beber. Su estómago rugía, ansioso por alimentarse.
La monja se sentó en el otro extremo de la mesa, vertiendo el té en su propia taza con gracia. Erin observó expectante, esperando el gesto típico de agradecimiento que suelen hacer las religiosas antes de comenzar a comer. Sin embargo, en lugar de eso, la monja comenzó a beber su té lentamente, sin decir ni una palabra. Lizzie ya había comenzado a untar mantequilla en su pedazo de pan para luego darle un gran mordisco, sonriendo al poder saciar su hambre.
La chica frunció el ceño, extrañada por la diferencia en el comportamiento de la religiosa.
—Puedes empezar a comer—dijo la mujer con un tono de diversión en su voz—. No soy como esas monjas estrictas que dan el largo agradecimiento antes de comer, es decir, están hambrientos ¿Por qué hacerlos esperar más? Estoy segura de que Dios lo entiende.
Erin asintió tímidamente. Tomó entre sus dedos la pequeña taza y bebió un poco su té, dejando que el líquido caliente inundara su cuerpo con una sensación reconfortante. Cada gota descendiendo por su garganta parecía disipar un poco más la tensión acumulada, permitiéndole sumergirse en la tranquilidad del momento.
—¿Y de dónde eres, Erin? —preguntó la mujer, rompiendo la calma que se había formado en el comedor.
—¡Erin viene de Ashland Heights! —exclamó la niña con la boca llena.
—Conozco esa ciudad—dijo la mujer con una sonrisa—. Cuando era pequeña, mis abuelos me llevaron de vacaciones allí. Es un lugar tan alegre y lleno de vida
La joven asintió, confirmando lo que la mujer había dicho. Su ciudad era famosa por su entretenimiento, así como por sus festividades playeras y sus impresionantes espectáculos de fuegos artificiales, que estaban a la par de los de Año Nuevo. Ashland Heights se consideraba el destino ideal para las familias, siempre rebosante de diversión y alegría. Sin embargo, para Erin, era todo lo contrario.
—¿Aún sigue ese parque de atracciones frente a la playa? —preguntó Claudine.
Erin negó con la cabeza.
—Hace 4 años, un hombre provocó un…Incidente en ese parque—explicó Erin, recordando el caos que se había formado tras esa cruel masacre. Las noticias habían informado que un hombre había ido a ese parque dispuesto a matarlos a todos solo porque su mujer, quien trabajaba ahí, le había pedido el divorcio—. Eso dejó muy mal al parque y sus dueños decidieron cerrarlo.
Claudine asintió.
—Qué pena—una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro—. Era un lugar encantador. Los mejores momentos de mi niñez fueron en ese parque.
El resto del desayuno transcurrió en relativo silencio, interrumpido solo por el tintineo de las tazas. Erin podía admitir con toda franqueza que este había sido el mejor desayuno que había tenido en su corta vida. Si bien, sus desayunos en casa eran más grandes y llenos de deliciosos manjares preparados por los mejores chefs, siempre fueron en total soledad. Tener compañía, aunque sea de unos extraños, había llenado su corazón con una sensación de aceptación.
El silencio pronto se vio interrumpido por Lizzie.
—Ya terminé ¿Puedo ir a jugar afuera con Erin?
Claudine soltó una carcajada ante la solicitud de Lizzie, su risa resonando con una dulzura contagiosa.
—Primero, debes esperar a que Erin termine su desayuno—dijo la mujer con una sonrisa cariñosa—. Además, debes preguntarle a ella si quiere jugar contigo.
Lizzie, con sus grandes ojos verdes, se volvió hacia Erin con una mirada suplicante.
—¿Quieres jugar conmigo?
—Claro—respondió Erin, incapaz de negarse ante la niña.
Con un destello de emoción en sus ojos, Lizzie se levantó de la mesa, anunciando que se iba a cambiar de ropa. Agarró sus muñecas con entusiasmo antes de salir disparada del comedor, prometiendo volver pronto. Una vez que la pequeña abandonó el comedor, Claudine se dirigió a la joven.
—Perdona su entusiasmo—dijo la monja—. En el pueblo no hay más niñas con las que pueda jugar, solo un vecino que es un año mayor que ella.
—Está bien, estaré encantada de jugar con ella—dijo con una sonrisa—. Se ve que es una niña amigable.
Un pequeño silencio se formó después de aquella breve conversación. Erin terminó su desayuno con calma mientras observaba como la monja se servía un poco más de té.
—Y dime, Erin—habló Claudine, llamando la atención de la chica—. ¿Por qué huiste de tu casa?
Erin se sorprendió por la pregunta, aunque después de analizarla, era obvio que la religiosa sospecharía que ella huyó, después de todo era una adolescente que había estado varada sola en medio de la nada con una mochila. En ese momento, la joven no sabía cómo responder tal pregunta. Dudo por varios minutos, jugando con sus dedos bajo la mesa mientras pensaba cómo empezar a contar su situación o si realmente debería contarle a una perfecta extraña su vida. Un vacío en su estómago estaba empezando a formarse.
—No te juzgaré, Erin—le aseguró la mujer—. Después de todo, no eres la primera ni serás la última persona en este mundo en huir de su casa.
—Es…Es una larga historia…—murmuró Erin, su voz apenas era un susurro en la habitación tranquila.
Claudine asintió con compresión.
—Puedo saber si fue una huida consensuada, ya sabes, que tus padres te dejaron ir—preguntó la mujer—. O fue una huida espontánea y tus padres deben estar buscándote como locos.
La joven bajó la cabeza, sintiendo el peso abrumador de la angustia pesar sobre ella. Las lágrimas amenazaban con desbordarse más evito a toda costa que estas salieran.
—No fue… una huida consensuada…—admitió con voz temblorosa, su corazón latiendo con fuerza en su pecho—. Pero estoy segura de que ellos no están buscándome…
El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor, llenando la habitación con una tensión palpable mientras Erin luchaba por controlar sus emociones. En aquel momento, se sintió muy expuesta.
«Quiero desaparecer»
La joven escuchó como la religiosa soltaba un largo suspiro.
—Ya veo—dijo Claudine—Si tu fuga se debe a que estás huyendo de la infelicidad, créeme que te entiendo perfectamente. Vivir toda una vida de amargura solo convierte al ser humano en cascarones vacíos que, con el tiempo, terminan siendo la lacra de la sociedad.
Las palabras de la monja resonaron en la mente de la joven. Erin se sorprendió enormemente ante aquella respuesta tan directa, dicha con tanto desprecio. No esperaba ese tipo de respuesta por parte de alguien que representaba la fe, el perdón y el dar amor al prójimo.
«Bueno, hoy en día la religión es algo hipócrita»
La sorpresa de Erin pronto se convirtió en desconcierto cuando la expresión de la mujer se tornó más serio.
—Pero, si solo estás huyendo para llevarle la contraria a tus padres, por mero capricho como, por ejemplo, no te dejan tener novio, no te aumentan la mesada o no te dejan tatuarte, entonces es un asunto diferente—dijo, mirando fijamente a la joven. El brillo de sus ojos se había apagado y su sonrisa se había afilado—. Solo sería una huida estúpida y sinsentido que, no solo demostraría lo superficial que eres, sino que también demostraría que no eres tan diferente como el resto de la basura
La joven se sintió atemorizada. La forma en que Claudine le había hablado le pareció tan fría, tan cruel, tan parecida a la forma en la que ellos solían hablarle. Erin desvió la mirada, incapaz de sostener el intenso escrutinio de la Hermana Claudine. La religiosa seguía observándole detenidamente, con ojos que parecían penetrar en lo más profundo de su ser, sin mostrar emoción alguna en su rostro impasible.
«Tengo un mal presentimiento», pensó la joven, «Dios, si estás ahí, ayúdame»
De repente, la mujer estalló en risas, tan repentinas y desconcertantes que Erin se quedó perpleja. La risa de Claudine resonó en la habitación, obligándola a taparse la boca para contenerla. La joven la miraba confundida, sus temores se mezclaban con la confusión ante la inesperada reacción de la monja.
«¿Qué demonios?»
Una vez que la mujer se calmó, se disculpó entre risas, explicando que utilizaba esa técnica de conversación para detectar a las personas problemáticas y mentirosas, una habilidad que había aprendido de la vieja madre superiora cuando estudiaba en el convento. Claudine aclaró que su intención no era asustarla, sino simplemente verificar que estaba diciendo la verdad, quería saber si la joven era de fiar. Erin dejó escapar un gran suspiro de alivio, sintiendo como la tensión abandonaba su cuerpo, aunque sus nervios siguieron presentes.
«Que rara es»
—Puedes quedarte el tiempo que gustes aquí. Serías una excelente compañía para Lizzie—dijo Claudine—. Pero si prefieres seguir adelante con tu huida, con gusto puedo llevarte hasta Springdale. Es el pueblo más cercano y que cuenta con una estación de autobuses. Podría conseguirte fácilmente un boleto.
Ante la oferta, Erin se encontró en un dilema angustioso. Por un lado, la idea de quedarse y encontrar un nuevo comienzo le era tentadora. Por otro lado, el impulso de continuar con su huida seguía latente en su interior. Recordó el peso de la opresión que había sentido en su hogar, las razones que la habían llevado a buscar desesperadamente la libertad. Pero también recordó la incertidumbre que acompañaban a esa clase de vida, sin un destino claro ni un lugar al que llamar hogar. Simplemente estaría sola, más sola de lo que alguna vez estuvo.
«¿Y ahora qué hago?», se preguntó Erin, «Si me quedo aquí, tendría un techo, un lugar donde dormir, además la Hermana Claudine y Lizzie se ven buenas personas… aunque Claudine me da algo de miedo. Pero, si por algún motivo, ellos deciden buscarme, podrían encontrarme y regresare al abismo», Erin soltó un largo suspiro, incapaz de tomar una decisión, «Cálmate Erin. Si sigues pensando en negativo, todo te saldrá mal. Primero, debemos saber que tan lejos estamos de Ashland Heights».
—U-Una pregunta…—La voz de Erin tembló mientras formulaba su pregunta, su corazón latía con fuerza en su pecho, lleno de ansiedad por la respuesta que recibiría—. ¿Usted sabe que tan lejos estamos de Ashland Heights?
Claudine tomó un momento para considerar la pregunta. Colocó una mano sobre su mentón en gesto reflexivo.
—Creo que entre 16 a 18 millas, si no me equivoco—respondió—. Son casi 6 horas de viaje a pie
Aquello fue como si un rayo golpeara a Erin. Se quedó impactada al darse cuenta de la magnitud del viaje que había emprendido, la distancia que había recorrido sin siquiera darse cuenta. La joven recordaba haber salido de casa alrededor de las diez de la mañana, pero desde entonces no tenía forma de rastrear el tiempo. Estaba tan inmersa en su determinación por escapar que no pensó en calcular las horas basándose en la posición del sol. Además, si lo hubiera intentado, la lluvia repentina habría interferido con sus cálculos.
«No puedo creer que haya caminado tanto»
—Caminaste un montón—comentó divertida la religiosa—. Es comprensible que te hayas dormido en medio del bosque, aunque esa fue una decisión un tanto riesgosa.
—¿Cómo fue que me encontraron? —preguntó Erin, aun atónita por descubrir que había recorrido un largo camino.
—Bueno, Lizzie y yo habíamos salido a pasear con nuestros perros. A Lizzie le encanta jugar en el bosque, especialmente cuando son días nublados y llueve —comenzó Claudine—. Habíamos caminado unos pasos, cuando uno de nuestros perros salió corriendo en dirección a la carretera. Obviamente lo seguí junto con Lizzie. Me lleve una sorpresa enorme al ver a una jovencita hecha bolita y profundamente dormida bajo un árbol. Déjame decirte que le diste un buen susto a Lizzie, la pobrecita pensó que estabas muerta. En fin, te cargué hasta nuestra casa y como no estabas empapada, te recosté inmediatamente en la habitación de invitados para que así pudieras entrar en calor y descansarás mejor.
La joven asintió.
—Debió ser difícil para usted traerme—dijo Erin, algo avergonzada.
«Qué vergüenza»
—Claro que no, eres bastante liviana—dijo Claudine—. Además, soy alguien fuerte. Puedo perfectamente cargar un saco de papas yo sola. Dos, si estoy de humor.
Erin soltó una pequeña risa ante aquel comentario.
—Y bien, querida ¿Qué vas a hacer?
Erin mentiría si dijera que la idea de quedarse en Midnight Grove no le parecía atractiva, sin embargo, un temor persistente se aferraba a ella: la cercanía de su antiguo hogar. Quedarse podía ser peligroso, especialmente si sus padres tomaran la decisión de buscarla.
—Este pueblo no es muy conocido, muy pocas veces recibimos visitantes—comentó la Hermana Claudine—. De hecho, ni siquiera yo sabía de la existencia de este pueblo hasta que de pura casualidad la encontré.
Aquel comentario resonó en la mente de la chica
—¿En serio? —preguntó Erin. La religiosa asintió —. ¿Y que le hizo quedarse?
—Pues…—la mujer fijó su vista en su taza, pensativa—. Diría que fue la tranquilidad del pueblo lo que me hizo querer quedarme. En ese entonces buscaba un lugar seguro para poder criar a Lizzie, y este lugar era ideal para ella…Y en cierto modo, para mí también.
La joven asintió.
«Si lo que dijo es cierto, entonces ¿Cuáles son las posibilidades de que me encuentren aquí? Conociéndolos, no llamarían a la policía, ellos mismos se encargarían de buscar con tal de mantener su buena imagen. Lo más probable, si es que deciden buscarme, es que vayan a lugares conocidos y concurridos», pensó Erin, «Y si, por alguna loca razón, llegan a encontrar este lugar, le pediría a la Hermana Claudine que me esconda o que me ayude a escapar»
Sintiéndose un poco más segura, la joven habló.
—Por ahora, me quedaré.
«Es la mejor opción…Creo»
—¡Perfecto! Estoy segura de que te encantará este lugar —dijo la mujer—. Lizzie estará muy contenta de tener una compañera.
Justo en ese momento, como si el universo estuviera confirmando las palabras de Claudine, Lizzie hizo su entrada en el comedor. Lucía un hermoso vestido azul con una cinta en la cintura, pantis blancas y zapatos de charol negro que completaban su atuendo. Sus trenzas habían desaparecido, dejando que su cabello cayera libremente en cascadas de oro. Para la joven, Lizzie era la viva imagen de Alicia, de aquel famoso cuento de Lewis Carroll.
Con una sonrisa radiante, la niña se acercó a su tía, sosteniendo una diadema y un peine en sus manos. Con su encantadora sonrisa, le pidió a la religiosa que le peinara. Claudine, levantándose de su asiento, aceptó con gusto el pedido de su sobrina.
—Te tengo una maravillosa noticia, Lizzie—le dijo la mujer mientras empezaba a cepillar—. Erin ha decidido quedarse un tiempo con nosotras, así que hazla sentir bienvenida, ¿De acuerdo?
La cara de Lizzie se iluminó con una alegría desbordante ante la noticia. Dedicándole una sonrisa radiante a Erin, asintió emocionada mientras daba brincos de felicidad.
—¡Te prometo que nos divertiremos mucho! —exclamó Lizzie—. ¡Seremos las mejores amigas, ya verás!
Erin simplemente sonrió.
Mientras la niña enumeraba todas las actividades que podrían realizar, Erin observaba atentamente la escena con una sensación de calidez en el corazón. Verlas a ellas, a la Hermana Claudine peinando tan delicadamente a su sobrina, le recordó el cómo su abuela solía peinarla de niña, mimándola y escuchando cada palabra que decía. Eso le hizo sentir que finalmente había encontrado un hogar.