Chapter 1 .....El Inicio ......
Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, ascendió al Olimpo con majestuosidad, enfrentando a Zeus con firmeza. "¡Zeus! ¿Cómo permites que Afrodita se involucre con Lucifer?" cuestionó con voz tronante.
Zeus, sorprendido, respondió: "Quetzalcóatl, yo no sabía que mi hija se había enamorado de un demonio, y que hayan tenido hijos. Afrodita y Lucifer han roto las jurisdicciones divinas."
Indignado, Quetzalcóatl insistió: "Esta unión no puede ser tolerada. Debes hacer algo al respecto, ¡Zeus!"
En respuesta, Zeus convocó a Ares y Apolo. "Capturen a Afrodita y Lucifer, tráiganlos ante mí", ordenó con autoridad.
Ares y Apolo partieron en una misión celestial, persiguiendo a la diosa del amor y al Señor de las tinieblas. Mientras tanto, en Eldoria, Afrodita y Lucifer disfrutaban de su amor prohibido, junto a sus hijos, ajenos a la tormenta divina que se avecinaba.
En la majestuosa mansión de Eldoria, la mañana se teñía de tonalidades doradas y violetas mientras el sol emergía en el horizonte. Los tres hermanos, Eros, Huamec y Talia, descendientes de Afrodita, la diosa del amor y la belleza, y Lucifer, el señor de las sombras, se preparaban para el rito de paso que definiría sus destinos. En este día especial, el aire vibraba con una energía palpable y el destino de los tres hermanos estaba a punto de cambiar para siempre.
Presenciaban con orgullo el despertar de los dones divinos y demoníacos en sus hijos. Afrodita, con su cabello dorado y ojos resplandecientes, irradiaba una luz cálida mientras sostenía la mano de Eros, el hijo mayor. La habitación se llenó de una luminosidad celestial cuando el joven descubrió su capacidad de sanación y manipulación de la luz.
Mientras tanto, en las sombras de una sala contigua, Lucifer, con su presencia imponente y ojos profundos como el abismo, guiaba a Huamec, el hijo del medio. Las sombras danzaban alrededor de Huamec, quien experimentó la oscura magia que fluía a través de sus venas, otorgándole el control sobre las sombras y la capacidad de manipular la oscuridad a su voluntad.
En otro rincón de la mansión, Talia, la menor de los tres, recibía la atención de ambos padres. Con su encanto natural y risueña inocencia, la niña descubría su habilidad para comunicarse con criaturas místicas. A su alrededor, pequeñas hadas y criaturas mágicas se congregaban, respondiendo a la conexión única que compartía con el reino místico.
Sin embargo, la dicha en la mansión se vio empañada cuando un grupo de seres oscuros, resentidos por la unión prohibida entre un dios y un demonio, irrumpió con violencia. Un enfrentamiento épico se desató, y aunque Afrodita y Lucifer lucharon valientemente para proteger a sus hijos, la oscura facción no cedía fácilmente.
En la apoteósica confrontación, Afrodita y Lucifer desplegaron sus habilidades divinas y demoníacas con una destreza que desafiaba la comprensión mortal. Los destellos de luz irradiaban desde las manos de Afrodita, formando barreras resplandecientes que repelían las sombras en su intento de avanzar. Mientras tanto, las sombras se arremolinaban alrededor de Lucifer, respondiendo a su voluntad como si fueran extensiones de su propia esencia oscura.
El enfrentamiento se convirtió en un ballet caótico de energías divinas y demoníacas entrelazadas. Afrodita lanzaba flechas de luz que atravesaban la oscuridad, mientras Lucifer conjuraba esferas de sombras que absorbían la luz a su paso. La mansión temblaba con la intensidad de la lucha, y los colores dorados y violetas que antes decoraban el lugar se mezclaban en un frenesí de tonalidades desconcertantes.
Afrodita, con su voz melodiosa resonando en la sala, exclamó: "¡Hijos, manteneos fuertes! La luz que lleváis dentro debe prevalecer contra esta oscura amenaza".
Lucifer, con una mirada penetrante, añadió: "Huamec, canaliza la oscuridad en tu interior. Que las sombras sean tu aliado en esta hora de necesidad".
Huamec, concentrándose, respondió: "Lo entiendo, padre". Las sombras danzaron a su alrededor, respondiendo a su llamado, formando un escudo oscuro que enfrentaba las embestidas de los seres oscuros.
Mientras Eros desplegaba sus habilidades de sanación, Afrodita le instó: "Eros, utiliza tu don para proteger a tu hermana y a Huamec. La luz es tu fuerza y tu escudo".
Eros, con determinación, asintió y comenzó a sanar las heridas que la oscura facción infligía a su familia. Mientras tanto, Talia, rodeada de criaturas místicas, murmuraba palabras antiguas que fortalecían la conexión entre ellos.
En medio del caos, un ser oscuro desafiante se burló: "¿Creen que la unión entre luz y sombra puede prevalecer? Su destino está sellado".
Afrodita, con ojos resplandecientes, respondió: "El amor y la determinación son poderes que trascienden la oscuridad. Nuestros hijos llevarán consigo la llama que iluminará su camino".
La batalla continuaba, y en esos diálogos se forjaba la resistencia contra la oscura facción, revelando la fuerza de la unión entre los reinos divinos y demoníacos. El ser oscuro, con una risa malévola, desveló su verdad: "No actuamos por capricho, sino por orden de los propios dioses. Afrodita y Lucifer, su unión prohibida ha desatado una perturbación en los reinos divinos y demoníacos, y ahora son requeridos para enfrentar las consecuencias de su amor prohibido".
Afrodita, con sorpresa y determinación en sus ojos, replicó: "Nuestro amor no es una amenaza, sino una fuerza que equilibra la dualidad de nuestros reinos".
Lucifer, con un gruñido, agregó: "Si los dioses desean enfrentarnos, lo harán cara a cara. No permitiremos que toquen a nuestros hijos".
El ser oscuro, sin inmutarse, respondió: "El destino de ustedes, y el de sus descendientes, está atado a una profecía que ni siquiera ustedes pueden cambiar. Los dioses han hablado, y nosotros solo somos los instrumentos de su voluntad".
La revelación de la intervención divina añadió una capa de complejidad al conflicto, dejando a Afrodita, Lucifer y sus hijos con la comprensión de que su destino estaba entrelazado con fuerzas más allá de su control. La lucha se intensificó, no solo contra los seres oscuros, sino contra el destino mismo que los dioses habían trazado para ellos.
Afrodita, con ojos llenos de incredulidad, murmuró: "¿Zeus, mi propio padre, nos traiciona de esta manera? El amor entre nosotros no debería desencadenar tal furia divina".
Lucifer, con una expresión sombría, añadió con desdén: "Mi propio padre, el señor de las sombras, siempre ha albergado resentimientos hacia las uniones que desafían las estructuras divinas. Esta traición no me sorprende".
Mientras la batalla continuaba, la revelación de la traición divina añadía una carga emocional a la lucha de Afrodita y Lucifer. El conflicto no solo era físico, sino también una confrontación con la voluntad de los dioses, dejando a los hermanos con la tarea de desafiar un destino impuesto por las deidades que deberían protegerlos.
Con los ojos centelleando con ira, Afrodita canalizó su furia divina y creó una esfera de energía que resonaba con el poder de desatar la destrucción en una escala cósmica. La esfera, cargada con la esencia de su amor y resentimiento, brillaba intensamente en sus manos.
"¡Por la traición de los dioses y la amenaza a mi familia, desencadenaré la fuerza de los reinos que me dieron la vida!", exclamó Afrodita con una determinación que resonaba en todo el campo de batalla.
Con un gesto majestuoso, lanzó la esfera hacia el ser oscuro. La energía desgarradora se expandió, iluminando la mansión y más allá, consumiendo la oscura facción en una explosión de luz y sombra entrelazadas.
Lucifer, asombrado por la magnitud del poder desatado, murmuró: "Afrodita, tu ira es tan deslumbrante como tu amor. ¿Qué has hecho?"
Afrodita, con un rastro de agotamiento en sus ojos, respondió: "He recordado a los dioses que la fuerza del amor puede eclipsar incluso la más oscura de las traiciones. Pero este poder también lleva consigo el peso de nuestras elecciones".
La mansión temblaba con las secuelas de la explosión, y en ese momento, los tres hermanos se encontraron en un punto crucial de su destino, con el peso de la revelación divina y el impacto de un acto que desafió los límites de lo divino y lo demoníaco.
Entre los remanentes del polvo y la energía desatada, emergió el ser oscuro
Entre los remanentes del polvo y la energía desatada, emergió el ser oscuro, ahora revelado como Ares, el dios de la guerra y hermano de Afrodita. Su ropa estaba desgarrada, y su máscara mostraba la evidencia de la intensa confrontación.
Afrodita, con los ojos amplios por la sorpresa y el dolor, murmuró: "Ares... ¿Cómo puedes traicionarnos de esta manera?"
Ares, con una risa sarcástica, respondió: "La lealtad es una debilidad, hermana. Los dioses exigen orden, y yo solo obedezco su voluntad. La guerra es mi dominio, y ustedes han desatado un conflicto que debe ser controlado".
Lucifer, con una mezcla de enojo y desdén, dijo: "Incluso entre dioses, la lealtad debería ser más fuerte que la obediencia ciega. No esperaba menos de un dios de la guerra".
El enfrentamiento tomó un giro inesperado al descubrir que el propio hermano de Afrodita, Ares, estaba detrás de la oscura facción. Ahora, los hermanos se enfrentaban no solo a la traición divina, sino también a la discordia interna que amenazaba con dividir aún más a los reinos divinos y demoníacos.
Con un rugido de furia, Ares cargó su poder guerrero y se lanzó hacia Afrodita y Lucifer con una determinación implacable. Sin embargo, Lucifer, rápido en su reacción, canalizó su habilidad para manipular la energía y creó una barrera defensiva, una muralla de luz y sombras entrelazadas que se interponía entre Ares y sus hijos.
Lucifer, con voz firme, declaró: "No permitiré que tu sed de guerra alcance a nuestra familia, Ares. Esta barrera resistirá tus embestidas".
Afrodita, observando la escena con mezcla de tristeza y determinación, añadió: "Hermano, detente. La verdadera amenaza no está en nosotros, sino en la discordia que estás sembrando".
Ares, desafiante, respondió: "La discordia es mi dominio, Afrodita. La guerra es inevitable, y esta familia será el epicentro de la tormenta que se avecina".
Con la barrera de energía resistiendo las embestidas de Ares, la confrontación alcanzó un nuevo nivel, no solo como un choque de poderes divinos y demoníacos, sino como un enfrentamiento entre hermanos cuyos destinos estaban entrelazados en una trama de conflictos divinos.
En medio del caos y la confrontación, una figura imponente emergió entre las energías enfrentadas. Su voz resonó con autoridad, interrumpiendo la contienda.
"¡Ares, basta de este juego sin sentido!", exclamó el recién llegado con una tonalidad que indicaba un poder indiscutible.
Ares, momentáneamente detenido en sus intentos de atravesar la barrera, miró al recién llegado con una mezcla de desafío y resentimiento. "¿Quién eres para interponerte en mis asuntos, hermano divino?"
El nuevo dios, con serenidad, respondió: "Soy Apolo, el dios de la luz y la verdad. Tu sed de guerra y discordia amenaza con desestabilizar los reinos. Detén esta locura antes de que cause más daño."
Apolo, con una mirada que transmitía autoridad divina, se interpuso entre Ares y la barrera creada por Lucifer, exigiendo un alto a la confrontación y abriendo un momento de incertidumbre en la mansión de Eldoria.
Afrodita, sorprendida al reconocer a Apolo, su otro hermano, miró entre Ares y el dios de la luz con una expresión de confusión y esperanza.
Apolo, dirigiéndose a Ares con firmeza, le dijo: "Ares, detén esto ahora. La orden que te dieron solo provocará más caos. Lleva a Afrodita y Lucifer al Olimpo para que enfrenten la justicia divina".
Ares, aunque visiblemente contrariado, asintió ante la autoridad de Apolo. "Bien, hermano de la luz, pero esto no ha concluido. La guerra sigue latente".
Apolo, con una mirada significativa hacia Afrodita y Lucifer, añadió: "La verdad se revelará en el Olimpo. Allí deberán enfrentar las consecuencias de sus elecciones".
La mansión de Eldoria, testigo de los conflictos divinos y las revelaciones familiares, quedó en silencio mientras Ares se preparaba para llevar a Afrodita y Lucifer al Olimpo, marcando un nuevo capítulo en la historia de los hermanos entrelazados por la divinidad y la oscuridad.





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