Uno.
Él con el rostro lleno de sudor, manipulaba un hacha, azotó fuertemente el filo del objeto contra el tronco de un árbol, era casi víspera navideña, la nieve no tardaría en caer, y junto a ella días de frío absoluto, debía ser rápido y cortar toda la leña que necesitase. Leónidas sin ninguna expresión en el rostro vió caer el árbol al suelo. Él se apresuró y lo comenzó a cortar en cilindros de troncos más pequeños, y a los cilindros en leños. Con un lazo, se cargó unas cuantas brazadas en la espalda, los llevó a una galera y los colocó sobre la tarea de leña.
El alfa era un humilde leñador; normalmente vivía de eso, de cortar leña en el bosque y vender las brazadas en el Mercado, pero dado a la víspera, él no podría salir a vender y tendría que aprovechar la leña que tenía para poder soportar y sobrevivir el frío invierno.
-Papi... ¿Ya acabaste? -un infante de cinco años apareció detrás de él, su pequeño niño se llama Doro; Leónidas perdió a su madre cuando el pequeño albino nació, y aunque la amaba mucho a tal punto de enloquecer; jamás culpó a su pequeño bebé por su pérdida -. Papi... tengo hambre... -llevó ambas manos a su estómago, su pequeño estómago rugió, había estado esperando un buen rato a qué su padre acabase de cortar leña para después realizar esa deliciosa sopa de patatas que tanto le gustaba.
Leónidas suspiró profundamente, aunque estaba cansado, su trabajo aún no había terminado. El alfa se agachó hasta la altura de su pequeño bebé, le sonrió tenuemente y acarició su cabeza con su mano. En cuanto se incorporó su sonrisa se desvaneció, esa sonrisa solamente se la mostraba a su pequeño niño.
-¡Sopa! ¡Sopa! -cantó el niño mientras veía cómo su padre se alejaba del caldero que se encontraba en medio de un trípode de hierro que había mandado a hacer, a decir verdad le encanta la sopa de papas -. ¡Sí! -añadió al ver cómo su padre se acercaba a su mesa de madera y colocaba el tazón enfrente de él. El niño tomó su cuchara de madera, la metió al tazón de barro y luego sacó un pequeño trocito de papa picada que no tardó en llevarse a su boca -. ¡Deliciosa! -exclamó con una sonrisa al llevarse otra y otra cucharada.
Leónidas lo vió atento, amaba que su hijo disfrutara la comida que hacía para él. En cuanto su pequeño terminase, él seguiría acarreando leña para cocinar en el invierno y que a su pequeño nunca le hiciera falta nada.
-¿Puedo comer más? -le ofreció su tazón de barro que estaba completamente vacío. El alfa asintió, se acercó a su pequeño y retiró el tazón de sus pequeñas manos.
Después de haber comido una deliciosa sopa de papa, él se levantó de la mesa y siguió cortando árboles en el bosque, aún no era suficiente para sobrevivir el invierno. Ahora mismo se encontraba a la orilla del río cortando un hermoso pino, necesitaba el tronco para decorarlo con piñas de bosque y que su pequeño tuviera su tronco de navidad. Cuando se dispuso a tomar su hacha del suelo, fue que lo escuchó.
-¡Ayu...da! ¡Por... fa... vor...! -era el sonido de una voz desesperada que clamaba por ayuda. El alfa comenzó a buscar al dueño de la voz. Cuando se giró al río lo vió, pues había alguien Siendo arrastrado por la corriente del riachuelo -. ¡No...no... no quiero morir! -rogó. Leónidas no lo pensó dos veces y de inmediato se lanzó al río, nadó hacia el sujeto que se encontraba casi inconsciente, por lo que veía tal vez él no sabía nadar. El hermoso sujeto se desmayó en sus brazos.
-¡¿Estás bien?! -lo sacudió en sus brazos en cuanto salió del agua, no tuvo respuesta alguna, pero por lo que veía, por la belleza de ese sujeto dedució que se trataba de un Omega. Leónidas lo colocó rápidamente sobre el pasto, el Omega vestía un hermoso atuendo de un camisón blanco de mangas largas y una pequeña y delgada cuerda alrededor del cuello que tenía el dije de madera de una cruz.
El alfa se hincó y colocó ambas manos sobre su pecho y lo comenzó a presionar fuertemente para que reaccionara, seguido de eso, se acercó a su hermoso rostro, el alfa colocó sus labios sobre los suaves labios del Omega y comenzó a soplarle. El Omega tosió después de todo aquello que ese sujeto le hizo. La expresión de Apolo pronto cambió a una expresión de miedo y angustia, un alfa, un alfa malo estaba enfrente de él, y sus manos se encontraba encima de su pecho.
-¡No! ¡Aléjate! -le gritó, hace un momento había saltado al riachuelo para evitar justamente esto, que un alfa tratara de tocarlo. El Omega comenzó a alterarse, a tal punto de sentarse en el pasto y alejar las manos de ese sujeto de él. Leónidas se extrañó por el comportamiento del Omega, pero a fin de cuentas no le dió mucha importancia. El alfa se levantó del suelo en cuanto el Omega se escondió detrás del pino que pensaba talar para tener su tronco de navidad.
-Te conviene salir de ahí -amenazó, ya que en cuanto le clavara el hacha, el gran pino se iría en dirección a ese omega y tal vez no sería bueno para él.
Apolo se tensó aún más ¿Ese tipo lo estaba amenazado? No ¿Por qué siempre le pasaba esto? El Omega era un omega de la calle, no tenía a dónde ir y los alfas siempre se aprovechaban de él porque no tenía como defenderse. El vivía en la calle, dormía en la calle y a veces comía (claro, siempre y cuando encontrara algo por ahí, en la calle), aunque a veces robaba, pero los mercaderes siempre se lo cobraban abusando de él. No tenía más ropa además de ese camisón. Harto y cansado de esto, decidió lanzarse al río para que nadie lo pudiera tocar, no contaba con que él no sabía nadar.
-¡No! ¡Ya no más! -gritó para después agacharse, tomar una roca y luego hacer el intento de lanzársela a ese sujeto, por suerte para Leónidas, ese Omega tenía tan mala puntería que la roca no le había impactado a él; si no más bien había caído tan cerca de su pie. Apolo tembló ¿Y ahora qué? ¿Cómo se desharía del sujeto? Esa era la única roca que había. Pero en eso, vió una vara a lo lejos, el Omega corrió tan rápido cómo pudo y la tomó en mano, así, justamente así se defendería -. Aléjate... -exclamó mientras le apuntaba con la vara, el Omega temblaba y caminaba hacia él de manera cautelosa mientras lo amenazaba con su vara. Leónidas suspiró con pesadez, él rescatando a ese Omega ¿Y así le pagaba?
- ¡Vete! -gritó mientras corrió hacia él, Apolo levantó la vara en el aire (listo para golpear a ese maldito sujeto que trató de aprovecharse de él). Pero cuando azotó la vara fuertemente en su hombro, esta no impactó ahí, Leónidas; gracias a sus reflejos la había atrapado con su mano. Apolo con temor vió cómo ese sujeto fortachón tomaba su vara en manos y la partía en dos.
-¡Ven aquí! -gritó para después iniciar a correr detrás de él, a decir verdad, nadie, absolutamente nadie trataba de golpearlo sin recibir consecuencias, a Leónidas que el importaba que fuese un Omega, igual no tendría compasión.
-¡No! -gritó al sentir cómo ese sujeto lo abrazaba por detrás y lo inmovilizaba -. ¡Yo no quiero! -gimoteó, no, sin duda su destino jamás cambiaría, seguiría siendo solamente una prostituta barata que todo mundo utilizaba a su antojo -. ¡Por favor! -comenzó a sollozar, él ya no quería eso, solamente quería que lo dejasen en paz.
-¡Ya! ¡Ya! ¡Deja de llorar! -exclamó Leónidas al soltarlo, ese Omega sin duda era molesto -. ¡Lárgate de aquí! -gritó, de verdad nunca había conocido a un Omega así, primero trataba de golpearlo sin ninguna razón, y cuando trataba de darle su merecido se ponía llorar cómo un bebé. Apolo rápidamente Volvió a colocarse detrás de ese verde pino, al parecer esta vez si había funcionado rogarle al enemigo. El alfa chasqueó la lengua ¿Por qué ese Omega seguía detrás de ese pino? ¿Por qué no se iba? A este paso no tendría suficiente Leña ni tronco de navidad. Pero bueno, si se iba a casa ahora, tal vez mañana ese hermoso Omega no estaría ahí.
-¡Deja de seguirme! -gritó Leónidas mientras se volteaba, en cuanto inició a caminar a casa, escuchó el sonido de unas pisadas sobre las hojas secas del bosque, sabía perfectamente que por ahora, ese Omega era el único otro individuo en el bosque. Apolo que se había vuelto a esconder detrás de un árbol lo vió a la distancia; a decir verdad no tenía a dónde ir, y cómo ese sujeto al parecer no consideraba su cuerpo atractivo, decidió que se sentía seguro con él -. ¡Si me sigues te cortaré la cabeza! -levantó su hacha y Apolo tragó saliva, al parecer su presencia no era bienvenida.
-Papi... ¿A quién le estás hablando? -cuestionó su pequeño a su par, al parecer estaba demasiado cerca de su cabaña, pues Doro tenía prohibido a ir más allá del bosque-. Oh... es bonito... -susurró el pequeño Omega albino al ver al Omega escondido detrás de un árbol, el Omega era hermoso y tenía el cabello y la ropa mojada -. ¿Quién es? -dirigió la vista a su padre (quien también estaba mojado).
-No es nadie, Doro... vuelve a casa, iré en un momento -habló suavemente mientras acariciaba su cabello con su mano.
-Está bien papá, pero recuerda hacer suficiente sopa de patatas para tu amigo... -le sonrió y diciendo esto se alejó de su padre y corrió hacia la puerta de la cabaña. Leónidas lo vió perplejo ¿Su amigo? Aunque no quería a ese molesto omega con él, su pequeño le haría un sin fin de preguntas que tal vez él no quisiera contestar si es que no llevaba con él a ese molesto Omega.
-¡Y tú! -habló firme mientras veía a ese Omega fijamente quien tan sólo asomaba la cabeza mientras seguía detrás del árbol.
-¡Sí! ¡Sopa de patatas! -añadió un pequeño sentado en una mesa de madera, afuera en el jardín, normalmente su padre y él comían aquí, pero en cuanto iniciara a nevar tendría que regresar a dentro a comer. Apolo con la cabeza agachada tomó una cuchara de madera y la metió en la sopa, bueno, a decir verdad hace varios días que no comía algo decente, no se equivocó al seguir a ese sujeto, pues ahora tenía comida -. ¿No te gusta la sopa de patata? -añadió el niño extrañado, pues el amigo de su padre no estaba comiendo nada, aunque Apolo se moría de hambre, su cuerpo estaba tan adolorido que ni ánimos de comer tenía, él quería descansar y dormir sin que su cuerpo fuese profanado.
-No es eso, niño lindo, es que... estoy muy cansado -confesó fatigado. Doro abrió los ojos como platos, el amigo de su papá estaba cansado.
-Oh, pero eso no es problema... -añadió el infante de ojos azules -. Papá te puede prestar su cama, anda, come algo ó se puede enfriar... y luego te vas a dormir -pidió con una sonrisa, Apolo lo imitó; que niño tan encantador. El Omega de cabellos largos desvaneció su sonrisa al ver la mirada fulminante que el padre del infante le ofrecía.
-¡Bien! -agregó Leónidas al agarrar fuertemente al Omega de su muñeca y levantarlo bruscamente de una silla. Apolo quien había estado sentado al lado de la pequeña cama de madera de Doro; quejió de dolor por el brusco agarre. Cabe mencionar que el pequeño Omega de ojos azules ya estaba dormido -. ¡Esto es lo que querías! ¡Ve a dormir! -exclamó después de abrir la puerta y empujar a ese Omega bruscamente a su habitación, el alfa no tenía problema alguno en dormir en el suelo, pero a decir verdad, no le perdonaba a ese Omega el hecho de que trató de golpearlo. Apolo quejió de dolor al ser azotado fuertemente contra la pared -. Mañana en la mañana te vas, pero si no tienes a donde ir, puedes quedarte, aunque eso sí, vas a trabajar para mí -nada es gratis en esta vida. Después de decirle esas delicadas palabras al Omega, el alfa cerró la puerta de su habitación.
Sobre la mesa de la habitación no había nada más que unas cuantas velas en el interior de unas tazas de barro alumbrando el lugar. Apolo se sentó en la orilla de la cama y comenzó a levantarse el camisón. En el rostro del hermoso Omega apareció una mirada de angustia y tristeza al ver los hematomas en sus piernas y estómago, sin duda le dolía llevar esas marcas en la piel.
-Y si quieres ir al baño, hay un agujero muy hasta atrás del jardí... -Leónidas abrió la puerta y enseguida cerró la boca al ver el cuerpo desnudo de ese sublime Omega, no, su hermoso cuerpo no fue lo que lo extrañó, sino la cantidad de golpes que tenía -. ¿Estás bien? -entró y cerró la puerta, Apolo de inmediato se cubrió con las mantas de la cama, no quería que nadie más lo viese desnudo y quisiera hacerle más daño.
-Por favor sólo sal... -rogó. Leónidas Suspiró con pesadez y arrugó la frente, otra vez sólo trató de ayudar y así le pagaba ese Omega.