Prólogo
En un pueblo lejano, apartado de los mapas y de la misericordia, los hombres omegas no eran aceptados.
Allí no se les llamaba personas. Se les nombraba errores, aberraciones, castigos de la naturaleza.
Cuando alguno era descubierto, no había juicios ni segundas oportunidades. La muerte llegaba en silencio, escondida entre rumores, miradas esquivas y tumbas sin nombre.
Nadie preguntaba. Nadie lloraba.
El pueblo aprendió a olvidar rápido.
Fue a ese lugar donde llegó un doctor "beta", portando una bata blanca y una sonrisa contenida, enviado para brindar atención médica a los pueblerinos.Para ellos, su presencia fue un alivio. Para él, una sentencia que aún no sabía si podría eludir.
Nadie sospechó de su presentación.
Nadie dudó de su aroma neutro, cuidadosamente oculto. Nadie notó la tensión constante en su cuerpo, el temor escondido tras cada respiración medida.
Porque aquel "beta" cargaba con el secreto más peligroso que podía existir en ese pueblo. Bajo la bata blanca latía el cuerpo de aquello que más odiaban. Un omega hombre
Desde el primer paso que dio sobre esas calles polvorientas, entendió que no se trataba solo de curar heridas o aliviar enfermedades.Debía aprender a callar.
A observar.
A fingir.
Un aroma fuera de control.
Un ciclo mal oculto.
Un error mínimo.
Cualquiera de esas cosas bastaría para condenarlo. En ese pueblo, la ignorancia no protegía a nadie.La bondad tampoco.
Y mientras las noches se volvían más largas y los susurros más cercanos, el doctor comenzó a comprender que no todos los males podían curarse con medicina.
Algunos nacían del odio. Otros, del deseo.
Porque incluso escondido tras una mentira, su cuerpo recordaba lo que era. Recordaba lo que deseaba.
"Rogaba por esos sueños pecaminosos."








