La segunda ola

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Summary

Una inesperada pandemia ha azotado al mundo. Pero esta misteriosa enfermedad encierra interrogantes que, años más tarde, comienzan a salir a la luz y a poner en duda muchas de las actuaciones llevadas a cabo por los Estados, las framacéuticas y la OMS. Cuando todo parece llegar a su fin un nuevo peligro se cierne sobre la humanidad: La segunda ola.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Brusseau. 2022

Arthur terminó de revisar la documentación disponible acerca de la pandemia y la posterior campaña de vacunación masiva que se continuaba publicitando y que, de alguna manera, se trataba de convertir en obligatoria, aunque de momento había sido imposible. Los tratados internacionales, incluyendo el Código de Nüremberg, prohibían imponer una vacunación masiva sobre un producto experimental. De hecho, en el punto uno, se indica «la persona afectada deberá tener capacidad legal para consentir; deberá estar en situación tal que pueda ejercer plena libertad de elección, sin impedimento alguno de fuerza, fraude, engaño, intimidación, promesa o cualquier otra forma de coacción o amenaza; y deberá tener información y conocimiento suficientes de los elementos del correspondiente experimento, de modo que pueda entender lo que decide. Este último elemento exige que, antes de aceptar una respuesta afirmativa por parte de un sujeto experimental, el investigador tiene que haberle dado a conocer la naturaleza, duración y propósito del experimento; los métodos y medios conforme a los que se llevará a cabo; los inconvenientes y riesgos que razonablemente pueden esperarse; y los efectos que para su salud o personalidad que podrían derivarse de su participación en el experimento. El deber y la responsabilidad de evaluar la calidad del consentimiento corren de la cuenta de todos y cada uno de los individuos que inician o dirigen el experimento o que colaboran en él. Es un deber y una responsabilidad personal que no puede ser impunemente delegado en otro». En otro de los puntos, el cinco, se lee «no se podrán realizar experimentos de los que haya razones a priori para creer que puedan producir la muerte o daños incapacitantes graves; excepto, quizás, en aquellos experimentos en los que los mismos experimentadores sirvan como sujetos». Y aún se estaba en fase 3 experimental. Todo parlamentario que cediera su voto para una obligación de un producto experimental podía ser atacado, de forma personal, por un tribunal internacional, por un error en extremo grave. Poner en peligro la vida de los seres humanos. Pero eso no se aireaba en los medios de comunicación. No interesaba a nadie. Tampoco a la EMA (Agencia Europea del Medicamento), financiada en más del ochenta por ciento por la industria farmacéutica y que, más que concebida para resguardar los intereses de los ciudadanos, cuidaba los de las grandes corporaciones farmacéuticas.Por desgracia, estaban haciendo todo lo contrario y el pueblo estaba accediendo a que le ofrecieran una falsa seguridad a cambio de su libertad. Lo peor; se estaba amenazando a la población con despidos, imposibilidad de desplazamientos y un sin fin de medidas coercitivas más, no precisamente legales. Además, estaban tratando de insertar, en las mentes de los ciudadanos, que la vacuna no era experimental. Con el simple objetivo de contrarrestar la información salida a la luz sobre el código Nuremberg. El mal mayor; la ciudadanía estaba consintiendo ser subyugada. Ajenos a otro de los graves inconvenientes que tendrían que enfrentar al ser inoculados. Cuando las voces autorizadas se dejaran escuchar y cuando aparecieran los dañinos efectos de la vacunación y se conociera lo innecesario de administrarse la dosis, todos aquellos vacunados, no tendrían otra opción que defender lo indefendible para solucionar la disonancia cognitiva que se les presentaría en ese momento y que no podrían solucionar de otra forma al no poder retroceder en el tiempo.

Pero la memoria histórica y los ejemplos grabados en el tiempo perdían fuerza ante el bombardeo continuo y la campaña de miedo, constante, esgrimida por los Estados, los medios de comunicación, farmacéuticas y OMS.

Nadie se detenía a cuestionar. Eran pocos los conscientes de que la gripe llevaba más de mil años conviviendo con nosotros y ninguna vacuna ni campaña de vacunación la había erradicado. Y año tras año continúan falleciendo más de 700.000 personas a causa de la influenza. Y la nueva patología no era mucho más grave.

Cerró la tapa del portátil y se acercó a la amplia puerta cristalera del dormitorio, que permitía el paso a la amplia terraza, donde en las noches, cuando la temperatura descendía, aunque apenas cuatro o cinco grados y la brisa se hacía más presente, solía salir a escribir, cuando Mirtha, rendida por la extenuante jornada laboral, se dejaba abrazar por Morfeo.

La oscuridad empezaba a imponerse, sin embargo, a pesar de ser cerca de las ocho de la noche, la temperatura y la humedad relativa continuaban siendo elevadas. Los veintinueve grados centígrados, unidos a los casi ochenta de humedad, convertían en un infierno la permanencia en cualquier recinto que careciera de aire acondicionado y transitar por la calle se antojaba insoportable y muy molesto. El sudor se tornaba pegajoso y mantenía la piel así, incluso después de secarse.

Oteó el horizonte. Las nubes, de días atrás, habían desaparecido por completo y reducido casi a cero la posibilidad de la lluvia que refrescara el ambiente. La imagen resultaba hermosa, sobre todo en aquel momento, cuando la oscuridad comenzaba a engullir, de manera inexorable, la amalgama de tonalidades color naranja del atardecer que se diluía en el horizonte.

La paz que transmitía la imagen contrastaba con lo que Arthur consideraba una realidad inevitable por llegar si la ciudadanía no tomaba las riendas de su vida y actuaba para que, el día de mañana, la contemplación de tan hermoso espectáculo no se convirtiera en dolorosa ante lo que deparaba un futuro no demasiado lejano.

El mundo, desde hacía ya varias décadas, no estaba en buenas manos. Los que ostentaban el poder pretendían subyugar a la población mundial y sólo velaban por sus intereses económicos y su actitud psicópata. Los ciudadanos se habían convertido en ratas de laboratorio y en rebaño de ovejas educadas y manipuladas para servir al interés de sus amos, sin cuestionar, en un grado de sumisión nunca visto.

Los que se atrevían a desafiar al poder eran defenestrados, calumniados, etiquetados, perseguidos y enterrados, por los poderosos y por los ciudadanos en general, incapaces de escapar de la manada.

Los que se aliaron en la lucha por sacar la verdad a la luz, y tratar de llevar de nuevo la conciencia a la mayoría, también fueron silenciados y, aunque proseguían la lucha, sus voces continuaban siendo apagadas, una y otra vez, y no lograban el efecto deseado entre la población zombi. Y si ellos no habían podido conseguir nada, ¿qué podría hacer él?

No lo sabía, pero no estaba decidido a aceptar la respuesta que tan de moda se había puesto, de unos años acá, por la generalidad: «No puedo hacer nada».

Algo había que hacer. Algo tenía que existir que pudiera permitir seguir contemplando aquellos atardeceres, libres. Desconocía qué era y cómo llevarlo a cabo. Pero tenía que hacerlo. Aunque le fuera la vida en ello.

Unos meses atrás todo habría sido distinto. Por aquel entonces había dado por perdida a la sociedad, pero los acontecimientos cambiaron y la muerte de su padre, Eddy, reactivó su conciencia.

En aquel momento los médicos certificaron el fallecimiento como un fallo cardíaco. No se conformó con el acta de defunción. En cualquier otra ocasión no habría dudado, sin embargo, la decisión de Eddy al inocularse la vacuna fue suficiente para que buscara otra opinión y la nueva autopsia reveló lo que ya sospechaba. La muerte fue provocada de manera directa por la vacunación.

Arthur nació en Cuba y, contando tan sólo diez años, sufrió la separación de su padre cuando este emigró. Espoleado por los deseos de su madre, una mujer temerosa y sobre protectora.

Años después se reunió con su padre. Más tarde decidió cambiar su destino y se marchó a Brusseau.

A partir de ahí su vida se convirtió en una pesadilla y sus sueños comenzaron a parecer inalcanzables. Conoció el hambre, la miseria y la soledad extrema. No sólo la que se siente por no tener a nadie a su lado, sino aquella que se puede notar cuando, aún estando rodeado de personas, no se puede comunicar porque los acompañantes no entenderían o porque sus opiniones estarían mal vistas en la sociedad.

No se amilanó, sufrió en silencio y luchó día a día. Hasta que lo consiguió.

Quince años después de su arribo a la isla una editorial aceptó publicar su primera novela. A partir de ahí la oscuridad se transformó en luz y poco a poco se convirtió en un escritor exitoso.

Nunca más volvió a ver a Eddy. No al menos en físico. Sólo a través de las videollamadas que, en ocasiones, solían mantener.

No lo enjuiciaba, no lo juzgaba y tampoco le guardaba rencor por lo que había sucedido entre ellos. Le agradecía lo poco y lo mucho, dependiendo quien opinara, que había hecho por él, pero siempre supo que hay personas de las cuales es mejor mantenerse alejadas, incluso siendo miembros de la familia.

Cuando comenzó la campaña de vacunación le recomendó no se vacunara. Pero su padre era un hipocondríaco y un ser bastante manipulable por las creencias u opiniones de su compañera sentimental y, a pesar de los argumentos que le facilitó, no hizo caso.

Se inoculó la dichosa vacuna en cuanto fue notificado acerca del día que debía acudir al centro de salud.

Un mes después tuvo que regresar, de urgencia, por una repentina y alarmante caída de sus plaquetas. Los médicos, tras muchas pruebas, nunca le confirmaron el motivo. No lo sabían, o sí, lo cierto fue que al final consiguieron estabilizarlo, con medicamentos que todavía seguía ingiriendo al momento de su fallecimiento.

Esa fue la última vez que lo vio. En el funeral. Estaba bastante deteriorado en su físico. En los últimos cinco años su deterioro se presentó de forma acelerada. Arthur creyó que mucho tenía que ver la ingesta de tanto medicamento innecesario durante un tiempo tan prolongado.

Durante el poco tiempo que permaneció en la funeraria se mantuvo apartado.

No lloró y pensó que tal vez se había convertido en una persona insensible, pero no era cierto, aunque tampoco lo era menos que, aunque lo echaba de menos y lo amaba, su forma de sentir hacía su padre había cambiado, hacía demasiado tiempo.

Fue la primera vez que estuvo en España, treinta años después, y aseguraba que sería la última.

Se sobresaltó cuando notó los brazos rodeándolo por la cintura y los vellos de su piel se erizaron por un efímero momento. Se había sumido tan profundo en sus pensamientos que, aunque no solía hacerlo, permitió que sus defensas se desactivaran y, Mirtha, lo agarrara por sorpresa.

—¿Qué es eso tan importante, que ronda tu mente, que impidió me escucharas llegar?

—Nada nuevo. —se giró e inclinó sus ciento ochenta y dos centímetros para ponerse a la altura de los escasos ciento cincuenta y dos centímetros de estatura de su esposa. La besó en los labios—. Pensaba en lo ocurrido con mi padre.

—Siento que te siga atormentando tan desgraciado suceso. —le acarició la melena de color gris como ceniza de puro.

—Oh, no debes preocuparte. Está superado. —la besó una vez más, en esta ocasión en la mejilla, y se alejó para agarrar un cigarrillo de su cajetilla de Winston depositada sobre la cama—. Además, sabes que no estábamos bastante unidos y los sentimientos cambiaron, se enfriaron.

—Siento mucho que ocurriera. —le arrebató el cigarrillo recién encendido.

—Nunca creí que muchas cosas, que me han tocado vivir, fueran posibles. Supongo que nuestra alma, conciencia o como queramos llamarlo cambia para adaptarse a nuestros distintos cuerpos a medida que transcurren nuestros años. —Encendió un nuevo cigarrillo y se deleitó con la primera bocanada.

—¿Qué tal tu día hoy? —se volvió hacia Mirtha. Estaba en ropa interior y comenzaba a cubrir su torso con una bata de hilo, muy apropiada para combatir la incómoda humedad y la alta temperatura.

—Rutinario. —terminó de abrochar su bata antes de añadir—. Ya sabes. Mi profesión no es tan apasionante como la tuya. ¿Quieres que prepare café?

Se acercó, cogió su diestra, tiró de él y lo besó. Después se giró y comenzó a andar hacia la salida del dormitorio para encaminar sus pasos hacia la cocina.

—Estaría bien. Gracias amor. En un segundo bajo y estoy contigo. —Hizo ademán de dirigirse hasta el escritorio y agarrar el laptop. Lo pensó mejor y salió de la habitación. Cerró la puerta y bajó por las escaleras.

—Pienso que no has comido y que te gustará comerlas. —Mirtha dejó sobre la barra americana un plato rebosante de tortitas recién calentadas y elaboradas a primera hora de la mañana, antes de salir para el hospital. Sacó la nata montada de la nevera y el jarabe de chocolate y los dejó al lado de las tortas. Era una combinación irresistible para Arthur. De hecho, nunca probaba el dulce, sin embargo, no se resistía a la tentación del chocolate y era capaz de devorar, en pocos minutos, una tarrina de medio kilo de helado de chocolate, sin tomarse respiro.

—Siempre sabes como tentarme. —Arthur le lanzó un beso, ocupó una de las banquetas y le hizo señas con la mano derecha para que lo acompañara—. Tienen muy buena pinta y son muchas. Necesitaré ayuda.

—No tanta. Estoy segura que no has probado bocado en todo el día. —Era su forma de lanzarle su regañina velada.

Mirtha tenía razón y él lo sabía.

Cuando se enfrascaba en la labor de escribir, sobre todo cuando se acercaba al final de la obra, no se detenía si tenía a su lado la cafetera y una cajetilla de cigarrillos. Lo único que precisaba para suplir la necesidad de comida y mantenerlo pegado a la butaca el tiempo que fuera necesario o hasta que sus vértebras lumbares empezaran a emitir alguna queja.

Y ese día ocurrió así. Después que su esposa marchó, él se propinó una ducha. Aseado y vestido bebió el primer café. Concluido el primer cigarrillo, que consumió en la terraza, se sentó frente a la computadora hasta que ella lo sorprendió.

—Algo te pasa, ¿quieres hablar de ello? No estás igual que el resto de días. —se calló mientras engulló un trozo de las ricas tortitas calientes, que en su caso prefirió aderezar con fresa en lugar de chocolate.

—No, está bien. —dejó de comer y apoyó las manos a ambos lados del plato, sobre la barra—. Sólo es que llevo el día dando vueltas tratando de dar forma a las presentaciones del nuevo libro.

—¿Lo terminaste?

—En realidad lo finalicé anoche, mientras dormías...

—¿Entonces hoy? —lo interrumpió.

—Las presentaciones.

—Nunca hubo un evento que te quitara el sueño.

—Ahora es diferente.

—¿Por qué? —se calló y apuntó con su tenedor en dirección al plato de Arthur, animándolo a comer.

Arthur, obediente como un chiquillo, dilapidó un par de tortitas antes de retomar la plática.

—En esta ocasión no se tratará sólo de dar a conocer una obra y firmar ejemplares. Habrá más. Invitados especiales y argumentos que la ciudadanía debe conocer.

—¿Seguimos hablando de tu última novela? —cuestionó algo confundida.

—Sí, pero esta vez quiero ir más allá. Haré coincidir las presentaciones con las conferencias. Las convertiré en eventos que se retro alimentan el uno en el otro. Los invitados importantes estarán para ayudarme a librar la batalla. —recuperó el aliento—. Porque estamos en guerra. Y en esta ocasión no está en juego el prestigio de un libro. Lo que está en juego es el destino de la humanidad.