DE MI PROPIEDAD

Summary

Donquixote Doflamingo, uno de los temibles y respetados Señores de la guerra; pone su atención en la bondad y la fragilidad de una joven que lo cautiva a primera vista. Desde ese instante, él se enfrentará a algo desconocido que inicia como un fuerte sentimiento de admiración. Su situación es clara, pero debido a quién es y todo lo que representa, confunde las extrañas emociones y sensaciones suscitadas con un mero capricho que se transforma en una obsesión que, de manera enfermiza, da paso a algo que le pondrá el mundo de cabeza.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Parecía que aquella noche el viento se había detenido, o esa era la impresión que tenía el hombre que también había comenzado a percibir que el suelo estaba hecho de arenas movedizas; unas que no harían el favor de tragárselo aunque así se lo rogara.

―Perdóname... ―imploró de rodillas frente al rubio de gafas extravagantes que le apuntaba en la frente con una pistola. El hombre era muy orgulloso y detestaba el predicamento en que se encontraba, aunque no era como que tenía otras opciones, más que suplicar―. Perdóname la vida, Joker... Dame un poco más de tiempo. ¡Voy a pagarte, lo juro! ―exclamó invadido por el terror de una muerte inminente.

Sentía el corazón bombeándole en los oídos. Tenía la garganta seca. Su cuerpo temblaba. Nunca en su vida había advertido lo ajustada que al parecer siempre llevaba la corbata.

Se hallaba en un callejón sin salida, donde no tuvo más remedio que detenerse tras intentar huir, mientras sus hombres hacían una apertura de escape que resultó en un total y rotundo fracaso.

El tal Joker, quién sabía qué artimaña, en un abrir y cerrar de ojos hizo añicos a todos sus guardaespaldas. Lo único que logró atisbar fue una infinidad de partes humanas cayendo al suelo. Ese monstruo los había despedazado. Él era el último que quedaba con vida.

No quería morir solo en las tinieblas de la noche, cerca de un enorme basurero metálico de color negro que era lo único que había, aparte de algunos cartones que quizá los indigentes dejaron en el suelo de concreto.

Respiraba grueso y agitado debido al cansancio ocasionado por haber corrido tantos bloques, cuando el otro lo seguía con parsimonia.

Mientras intentaba ―desesperadamente― encontrar algo de qué valerse para negociar, pensó en todas las extravagancias, apuestas, viajes, mujeres, fiestas, alcohol, y en todo aquello en lo que despilfarró su fortuna.

Se recriminó el haber creído estúpidamente, que podía evitar pagarle a Joker todo el dinero que éste invirtió en su fábrica de armas de alto calibre, cuya producción a totalidad y también los documentos que lo acreditaban como el propietario del establecimiento, ahora estaban en manos de Gild Tesoro, ya que no se midió apostando en su resort «Grantesoro» hacía unas dos semanas.

―¿Y con qué debo suponer que vas a pagarme, Fleury? ―preguntó el rubio antes de sonreír expectante. Hizo un gesto maquiavélico cuando miró al susodicho, sopesando lo que fuese que planeara presentarle a modo de negociación―. Lo has perdido todo. No te queda nada. Y tampoco es como que me debas algunas cuántas monedas. Hablamos de muchos cientos de millones de Berries, sin mencionar que me has hecho quedar muy mal con mis clientes.

―Te daré... ―se presionó los labios entre los dientes por un instante. Suspiró. Bajó la mirada. Después vio a los ojos (o mejor era decir; a los cristales polarizados) del hombre que continuaba apuntándole directo a la frente. Llegó a su mente algo que quizá sería de interés para el otro―. Te vi en mi Maid Café hace unos días, Joker.

El mencionado frunció el ceño.

―¿Y eso qué tiene que ver? ―replicó, presionando el cañón de la pistola en la frente del imbécil que creía tener algo que decir al respecto.

―¡Nada! —exclamó temeroso, con los párpados apretados y las manos alzadas―. Es solo que me pareció extraño que te quedaras tantas semanas en la isla, si ya habías recibido los pagos que cada propietario te paga por los negocios que les permites tener bajo tu protección ―dijo, presintiendo que en cualquier segundo, un ensordecedor disparo le penetraría el cráneo―. Admito que hice que mis hombres te vigilaran, y fue entonces cuando supe que habías cogido interés en algo que de hecho, puedo darte si perdonas mi deuda ―vaciló. Tragó grueso. Estaba corriendo un gran riesgo y temía estar equivocado, pero no tenía otra opción mas que apostar la última carta en su favor―, y en adición... me das ésta isla.

―¿Estás de coña, cierto? ―masculló Joker, disgustado—. ¿Una isla...? —bufó—, ¿por tu vida? ¿Acaso te burlas de mí? —inquirió con sorna, fingiendo obvio sarcasmo―. ¿Quieres que perdone tu patética existencia y que encima te dé esta isla? ¿En tanta estima te tienes? ¿Tienes idea de su precio?

―Sé que es invaluable. Sus tierras son fértiles y su infraestructura futurística. Es un territorio turístico, seguro y próspero. Pero...

―¿Y crees que tu propuesta lo vale? ―le tentó.

―Tal vez no por mí, pero sí lo vale por...

―Sigues de coña, ¿cierto?

―No. ¡Hablo en serio! ―respondió con firmeza―. Nunca he sido pobre y no quiero vivir en las calles, Doflamingo. Si me das ésta isla podré empezar de cero y...

―Tus problemas no son asunto mío ―le interrumpió presionando ligeramente el martillo de la pistola. Estaba listo para apretar el gatillo. Lo hartaba seguir escuchando al sujeto.

―¡Espera, espera! ―exclamó alzando las temblorosas manos―. ¡Piénsalo! Si me matas, de todas maneras tendrás que pagarle a tus clientes lo que ya invirtieron y te quedarás con el doble de pérdida. Pero si me das esta isla... ―tragó saliva―, podré recomenzar con mis negocios y te pagaré el total de lo que te debo y un tanto más. Si lo ves desde otra perspectiva, aceptar mi propuesta vendría a ser algo tan superficial como darme una extensión en el plazo. Es nada si lo comparas con las ganancias que obtendrás.

Hubo un silencio, mientras Doflamingo sopesaba su respuesta. No podía creer la locura en la que estaba pensando.

―Tengo curiosidad ―dijo sonriendo malévolamente―. ¿Por qué me ofreces tal cosa aparte del obvio y merecido pago monetario? ¿Acaso no te causa pesar? ¿Es que no eres su...?

―A mí no me interesa esa idiotez ―contrapuso―. Si no fuese contigo, de igual manera habría usado esa carta con quien fuese que estuviese interesado.

Doflamingo hizo un sutil gesto de asco revestido de indignación. Ese tipo lo repugnaba.

―Eres una escoria ―dictaminó.

El otro se lo pensó. Si Doflamingo parecía tomar en cuenta la propuesta, entonces quería decir que había acertado en sus conjeturas.

―No me importa si lo soy o no ―declaró, un poco menos inseguro―. No quiero, no debo, ni puedo vivir en la pobreza, y tampoco quiero morir.

―Debería matarte ahora mismo ―declaró, volviendo a presionar el cañón de la pistola contra la frente del hombre―. Tu vida vale menos que un centavo ―expuso ocultando que estaba tentado a aceptar la propuesta. De hecho, había tomado una decisión desde que el imbécil de Fleury puso el platillo en el estúpido menú―. Pero me interesa que me pagues lo que me debes.

―¡Y lo haré! ―aseguró luciendo determinado―. Si no te parece mi oferta a totalidad, puedo vender...

―Acepto ―dijo Doflamingo, antes de que Fleury añadiera aquello que lo haría ponerle una bala en la cabeza―. Cobraré esa primera parte dentro de unas semanas ―retiró la pistola dejándola junto a su pierna―. La isla es tuya.

Fleury sintió que el alma le volvía al cuerpo. No podía creer que Doflamingo hubiese aceptado perdonarle la vida a cambio de un trato que él estaba seguro que éste rechazaría por cuestiones de orgullo. Lo había ofendido después de todo, y se había mofado al pensar que podría salirse con la suya, burlando a uno de Los señores de la guerra.

Mientras esbozaba una lenta sonrisa de alivio, Fleury se dijo que no se equivocaba en su anterior reflexión. El hombre se habría negado a una contrapropuesta, pero... La diferencia la había hecho esa minucia en adición con el trato original.

―Muchas gracias Joker, te aseguro que... ―Cayó, mirando que Doflamingo se llevaba el dedo índice frente a los labios.

―Solo espero que no me hagas perder mi tiempo.

Y con eso, Fleury dejó caer las palmas al suelo, dando gracias porque Doflamingo se daba la media vuelta. Suspiró, cuando el antedicho comenzó a alejarse.

Suspiró trémulamente, aliviado. Bueno, al menos cierta existencia le sería de utilidad; por fin.