Chapter 1: Reencuentro
Hasta los trece años, Yuuri solo veía en blanco y negro. Lo cual no era raro dado que las personas regularmente comenzaban a ver colores de los dieciséis años hacia adelante, y en algunos casos, había el infortunio de que nunca lograran verlos.
El amor, según los cuentos de hadas, sería aquello que alejaría las sombras y llenaría los espacios blancos y negros de colores vibrantes y hermosos.
Sin embargo, Yuuri había vivido una infancia llena solo de historias dulces y finales felices.
—Algún día, algún día encontrarás a quien te muestre los colores, Yuuri-chan —su madre solía decirle en las noches antes de dormir, acariciaba su cabello castaño mientras le sonreía con suavidad—. Y entonces, el amor llegará a tu puerta y serás feliz.
—¿Para siempre? —Preguntaría, a los cinco años, parecía la pregunta más apremiante mientras su pequeño corazón se agitaba de emoción ante la perspectiva de encontrar un amor tan hermoso como el de sus cuentos de hadas.
—Para siempre —su madre respondería y Yuuri soñaría con ese amor que le mostraría colores, aunque no tenía la más remota idea de lo que significaba aquello.
A la tierna edad de cinco años, también fue la primera vez que se cruzó con Yūko, Yuuri era un niño tímido y cuando ella extendió su mano para ayudarle esa primera vez en la pista de hielo, por un momento anhelaba ver esos colores.
Ella era amable y tenía una bonita sonrisa, pero la cosa era, como Yuuri descubriría unos años después, que al destino a veces le gusta jugar bromas pesadas y las cosas no siempre resultan como los cuentos de hadas.
Entonces, Yuuri no logró ver colores, pero si encontró otra cosa que amaría, el patinaje artístico sobre hielo se le abrió como un lienzo donde Yuuri más veces que las que no, usaba para expresar sus emociones.
Así, cuando Yuuri cumplió los trece años, su madre Hiroko alentó a su esposo a que buscarán un mejor entrenador para que mejorara y se desarrollará más en algo que obviamente amaba. Y fue así que la familia viajó a Tokio.
Había algunas competiciones locales de patinaje artístico sobre hielo, y Hiroko estaba segura de que encontrarían información sobre el deporte.
Por supuesto, Tokio no era en nada como su pequeño poblado, así que Yuuri se encontraba asombrado de todo lo que la gran urbe tenía para ofrecer, pero lo que más le había encantado era la pista de hielo al aire libre.
Conociéndolo como lo hacían sus padres, no tuvo que convencerlos mucho para que pudieran visitarla. Su padre, con un suspiro resignado y su madre, con una sonrisa, lo siguieron.
Yuuri aprovechó al máximo la pista pese a los muchos asistentes que había en el lugar. Intentando hacer los giros sencillos que a penas había aprendido a hacer.
Fue ahí, después de un giro y una serie de pasos que casi lo hacen tropezar con un niño no mayor de cinco años, que la perspectiva del mundo de Yuuri cambió.
El niño trastabilló un poco y cuando Yuuri lo alcanzó para estabilizarlo, un suave tono que jamás había visto comenzó a llenar su visión.
El niño frente a él soltó un jadeo sorprendido y Yuuri con trece años descubrió por primera vez de aquello que su madre le hablaba, los matices de los colores eran brillantes y hacían que las cosas se volvieran aún más bellas. Sin embargo, no había nada más hermoso que el matiz —del cual ni siquiera sabía el nombre— de los ojos del pequeño niño. Unos ojitos que lo miraban absolutamente sorprendidos.
—Yuratchka… —pronunció la voz gruesa de un hombre, seguida de una serie de palabras que Yuuri no entendía por qué estaban en otro idioma.
El pequeño niño ante el llamado giró tan rápido hacia la voz que por un momento Yuuri pensó que caería, sin embargo, parecía tener mejor equilibrio en sus pequeños patines que muchos de los asistentes mayores.
Sorprendido con la revelación, solo pudo concentrarse en el hecho de que ahora Yuuri sabía el nombre de aquel que le había mostrado colores, su nombre era Yuratchka.
Repitió el nombre en su mente mientras algo cálido parecía llenarlo.
Sus labios se abrieron intentando pronunciarlo, quería saber cómo sería el sonido de tan encantador nombre en sus propios labios, y aún más, anhelaba saber cómo sonaría la voz del niño, sin embargo, cuando intento decir algo y presentarse, el niño se alejaba entre la multitud.
Entonces Yuuri recordó las historias tristes, historias que su madre no le había comentado, pero él había encontrado en la biblioteca del colegio; historias en las que las personas lograban ver colores, sin embargo, su persona especial desaparecía sin dejar rastro y el ver esos colores solo era un triste recordatorio de que siempre habría un vacío perpetuo en su corazón.
Pero Yuuri no se desalentó por la abrupta separación, estaba dispuesto a buscar su final feliz, así que, aprendió el nombre de los colores, y no fue extraño que su favorito se volviera el verde; el verde era el tono de los ojos del pequeño niño, un verde brillante tan hermoso como las hojas que poblaban los árboles en primavera; el verde que en algunos lugares simbolizaba esperanza, como la que lo impulsaba a creer que algún día volvería a ver al pequeño ángel.
También intentó buscar el nombre, sin embargo, su búsqueda no fue tan fructífera porque no sabía del todo como escribirlo, sin embargo, en las noches cuando los días parecían más oscuros, Yuuri lo repetiría como una oración.
Yuratchka…
Un nombre que simbolizaba todo lo que Yuuri anhelaba y esperaba.
A los cinco años, Plisetsky Yuri era un niño relativamente feliz; era un niño huraño y tal vez no tenía muchos amigos, pero era feliz.
Solo necesitaba de su abuelito, uno de sus pirozhki y un poco de chocolate calentito con malvaviscos y eso era todo, incluiría a su madre, pero Yuri, aun con cinco años, había aprendido que su madre no sería feliz permaneciendo con él todo el tiempo. Por supuesto que la amaba y anhelaba que las cosas fueran diferentes, pero no lo eran y porque la amaba nunca lo obligaría a pasar más tiempo del deseado en su presencia.
Sin embargo, en esas raras ocasiones en que su madre pasaba tiempo con él, le leería un montón de cuentos de hadas con finales absurdamente felices. Cuentos en el que el príncipe montado en su blanco corcel, asesinaba a la bruja malvada y entonces, el amor sería la salvación de una ingenua princesa que se había enamorado a la primera, porque había visto los colores del amor.
Así que, esa tarde que Yuri choca con un chico local del lugar al que su madre —en uno de sus impulsos de buena voluntad— los ha llevado de vacaciones, es cuando los colores se manifestaron y su visión cambio.
Pese a su corta edad, Yuri tenía ligeramente una idea de lo que significaba aquello, sin embargo, su madre también había visto hace una vez colores y la habían dejado con el corazón roto.
Entonces, Yuri no creía en el montón de historias de finales felices que su madre le leía, ¿cómo podría? Si tenía un ejemplo tan claro de que las cosas no siempre resultan como en los cuentos de hadas en la vida real. Las personas no siempre son salvadas por amor y muchas veces los colores son aún más oscuros que la escala de blanco y negro en el que vivían antes de la llegada de ese supuesto amor.
Así que, después de su encuentro con el chico, fue un alivio cuando la voz de su abuelito, llamándolo, le hizo alejar la mirada —que parecía atraída como por un imán— de la del chico. Sin perder tiempo se giró y avanzó hacia los brazos cálidos y seguros de su abuelito, porque Yuri no estaba dispuesto a perder su corazón como su madre parecía haber perdido el suyo.
Por supuesto que Yuri se enfocó en otras cosas después de eso, y aunque su curiosidad picaba por saber el nombre de todos esos colores que ahora podía ver, Yuri decidió mantenerlo en secreto. Temía que si alguien se enteraba, las cosas dejarían de ser igual, tal vez su abuelito lo miraría con esa triste expresión con la que a veces miraba a su madre. Y su madre, su madre, seguramente sonreirá y reirá con más fuerza, como si el sonido de su risa pudiera ocultar el dolor y la soledad.
Además, no era como si Yuri no tuviera otras cosas en las que ocuparse, como sus clases de ballet y natación.
Y cuando fue más grande, el patinaje artístico sobre hielo se le presentó como un lienzo donde los colores eran lo que menos importaba y dónde, aun así, podía expresar con claridad todo aquello que deseara.
Así que, sus días eran ocupados, tan ocupados que a veces podía fingir que el ver en tonalidades que los demás niños en su rango de edad no podían era completamente normal.
Pero, algunas noches, Yuri recordaría vívidamente el tono castaño de los ojos de un chico, que con cada año que pasaba de su fortuito encuentro, sus facciones se volvían más y más borrosas. Haciéndolo sentir como en un sueño brumoso y confuso que cuando finalmente despiertas solo te deja con detalles mínimos y difíciles de recordar, pero aun así, es tan impactante que durante el día te encontrarás pensando en ello.
Pero lo peor del asunto era cuando podía sentir los nervios y tristeza del otro niño, porque al parecer esa era otra de las «bendiciones» que traía conocer a tu persona especial, y de la que Yuri se sentía particularmente engañado porque en los libros casi no se hablaba de aquello.
Y para colmo de males, el chico parecía ser un llorón, porque más veces de las que él estaba seguro era saludable, podía sentir sus nervios y tristeza, abrumarlo.
Obviamente, para Yuri se le antojaba de lo más exasperante, porque para él que afrontaba todo con un ceño fruncido como un soldado listo para la batalla, le era difícil afrontar ese cúmulo de emociones que en los días malos, casi se sentían como suyos, y lo peor y que no le perdonaba era las veces que lo había hecho llorar, porque Plisetsky Yuri no lloraba, llorar nunca había solucionado nada en su vida, y, sin embargo, las emociones que a veces le llegaban eran tan abrumadoras que las lágrimas se volvían una respuesta física.
Pero pese a todo aquello, Yuri sentía un gran alivio porque, ¿qué posibilidades había de que se volvieran a encontrar? Porque en los cuentos de hadas todos podían estar con la persona que te dejaba ver colores, pero en la realidad, el 80% de la población —porque Yuri había investigado cuando fue lo suficientemente mayor para tener su propio celular con acceso a internet—, no tenía la más remota idea de quién era la persona que los había hecho ver colores; un 10% nunca lograba verlos, y el 10% restante, que se suponía era el «afortunado», sus historias de amor no siempre terminaba en felices para siempre. Y dado que el chico ni siquiera era de su misma nacionalidad, todo parecía aún más imposible.
Así que, mientras más días, semanas, meses y años pasaban, el acontecimiento se volvía aún más brumoso, sin embargo, Yuri descubriría que nadie escapa de su destino.
La primera vez que Yuuri Katsuki escucha hablar de Plisetsky Yuri es cuando el muchacho tiene trece años.
A los trece años, Plisetsky Yuri se presenta como una promesa de incontables victorias para Rusia.
Cuando Phichit, su mejor amigo, le muestra un vídeo de una de sus presentaciones, hay un tirón en su vientre que Yuuri asume, es admiración, sobre todo cuando mira al adolescente clavar un salchow triple sin aparente esfuerzo.
—Él es realmente bueno —murmura Phichit casi con reverencia. Yuuri solo asiente, demasiado ocupado, siguiendo los movimientos gráciles del muchacho.
Hay algo en sus características que llaman a Yuuri, sin embargo, el vídeo termina y la sensación se pierde. Además, Yuuri está demasiado preocupado y ansioso por sus futuras competencias, que la futura promesa del patinaje ruso queda en un segundo plano, ese niño aún no es competencia activa y si Yuuri quiere ganar, es mejor que se centre en sus actuales rivales.
La primera vez que Yuri Plisetsky escucha hablar de Katsuki Yuuri es durante la final del Grand Prix.
Desde que Victor le prometió un programa para su debut en la liga senior, Yuri se ha vuelto más unido a sus compañeros de pista mayores.
Además, después de su victoria contundente en la sección junior que se celebra con un día de diferencia, le queda tiempo para ver la presentación de su compatriota ruso.
Es mientras avanza por los pasillos, que a través de los parlantes escucha presentar a ese otro Yuri.
Yuri se detiene en seco y mira una de las innumerables pantallas, observa al competidor japonés y hay algo, algo que le eriza los vellos y le hace revolotear el estómago. Yuri asume que es el asunto de compartir nombre con alguien que evidentemente no es tan bueno porque ya ha fallado su segundo salto.
Sin embargo, Yuri mira toda su desastrosa presentación. Y si días después se encuentra buscando información de ese otro Yuri, solo es porque uno necesita conocer a sus futuros rivales, sobre todo cuando tienen en sus programas series de pasos tan complicados, y si Yuri guarda alguna de sus presentaciones en vídeo en su teléfono, ¿quién lo sabría? No es que sea ilegal estudiar a su competencia.
Sin embargo, la primera vez que ellos interactúan es hasta un año después de saber de la existencia del otro.
La final del Grand Prix es un evento que siempre es esperado con ansias, tanto por los competidores, como por los asistentes.
Sin embargo, Katsuki Yuuri, está lejos de disfrutar ese furor, no después de una presentación tan horrible.
Así que, con el ánimo por los suelos y totalmente frustrado con su participación, va al único lugar que le asegura un mínimo de intimidad, el baño.
Ocultó en un pequeño cubículo, habla con su madre, quien no importa el cambio de horario de una zona a otra, puede contar con que siempre lo llame después de una competencia.
Yuuri intenta mantener sus emociones en control, sin embargo, pronto las lágrimas caen en cascada de sus ojos a través de sus mejillas y se apresura a cortar la llamada cuando las emociones son demasiadas que seguir fingiendo que todo va bien y no está decepcionado y frustrado de sus fracasos, deja de ser factible.
Es cuando la llamada termina y finalmente sus lágrimas se desbordan por completo que la puerta del baño en el que se ha encerrado es golpeada. Se sobresalta un poco, mientras con la voz ronca dice que está ocupado, sin embargo, el golpeteo solo se vuelve más duro y alentado por la curiosidad, abre la puerta y frente a él queda la promesa del patinaje ruso y actual campeón de la liga junior, Plisetsky Yuri.
Sin embargo, cuando sus ojos se encuentran, para Katsuki hay alguien más, hay alguien que en los momentos más oscuros pensaba que nunca volvería a ver y en los días más felices soñaba con encontrar.
—
Yuratchka
… —El nombre que se aseguró de memorizar brota de sus labios como una oración y de pronto sus lágrimas son por una razón completamente diferente.
El adolescente frente a él boquea como un pez fuera del agua y se sonroja como farolillo.
Porque ante todo pronóstico, frente a él, está el chico que a los cinco años le hizo ver colores y el cual se había prometido jamás buscar.
Así que, con resolución, Yuri le enseña el dedo medio al destino y le grita a ese chico de los ojos castaños más bonitos que está seguro ha visto, que el próximo año hará su debut como senior y que en las competencias no hay espacio para dos Yuri.
Luego se aleja sin mirar atrás, pero con el corazón palpitando con fuerza porque, solo tal vez, los colores parecen más brillantes, y porque, solo tal vez, ha tenido un pequeño e insignificante enamoramiento del patinador japonés después de que lo viera en esa primera presentación.
Y Yuuri, aunque desconcertado por la actitud del joven ruso, hay un revoloteo de esperanza en su corazón, porque después de casi diez años, finalmente se ha reencontrado con su ángel de ojos verdes, ahora todo lo que tiene que hacer es ser paciente. Porque Roma no se construyó en un día y Yuratchka, aún era demasiado joven, pero si de algo Katsuki Yuuri estaba seguro era de que tendrían su felices para siempre.








