Cap1
Lanzarote, 2016
Sé que no debo estar aquí, pero me importa una mierda. No puede hacerme eso y no esperar sufrir las consecuencias. Sé que lo ha hecho adrede para provocarme y lo ha conseguido. Aporreo la puerta de la habitación de su suite y espero, aunque no demasiado.
Abre y ahí está ella, con su pelo negro como la más oscura noche, su tez bronceada, sus desconcertantes e indescriptibles ojos color violeta y su menudo cuerpo, consiguiendo que, con solo mirarla, pierda el juicio y el control. Me observa, se relame y me reta con la mirada. Agacho la cabeza para salvar la distancia que me separa de ella. A veces, odio nuestra diferencia de altura. No cierra los ojos, sabe que no la voy a besar. Nos seguimos retando unos segundos con la mirada. Será pequeña, pero tiene más agallas que la mitad de los hombres que conozco. Sé que no se va a doblegar, que no se va a rendir, que haga lo que haga, ella siempre ganará.
—Te has divertido esta noche, Nayra? —Sonríe con esa maldita sonrisa irónica dibujada en su rostro. —No lo suficiente —responde, mientras pasea su lengua por sus labios y escanea mi cuerpo de arriba abajo. Mi pene reacciona ante su escrutinio y ella se fija en él. Vuelve a sonreír.
-¿No era lo bastante hombre el estirado ese? —Solo lleva puesta la camiseta que me robó hace dos años. Le queda como unas tres tallas grande, pero así solo vistiera un maldito saco de patatas, estaría igual de preciosa y sexi.
—No. Solo conozco a una persona que sea lo suficientemente hombre para mí.
—Sabes por qué estoy aquí, ¿verdad? —Sonríe, abre la puerta del todo y me deja pasar tras poner el cartel de «no molestar» en el pomo y cerrar. Se apoya en la puerta, cruza los brazos delante de su pecho y me vuelve a retar con la mirada.
—Lo sé. Lo que no comprendo es a qué demonios esperas, Endika. —Salvo la distancia que me separa de ella con tres enormes zancadas, la agarro por la cintura, la alzo y la estampo contra la puerta. Ella rodea mis caderas con sus esbeltas piernas y abre la boca para que la devore. Gruño mientras la beso sin ninguna dulzura, con furia, con tanta ansia que creo que voy a explotar sin necesidad de hundirme en ella. Su lengua se enrosca en la mía, jadea y trata de tirar de mi camiseta. Dejo que me la quite. Mis manos se aferran con más fuerza a sus nalgas y la aprieto más contra mi erección—. Fóllame —me ordena cuando me quita la parte superior de la ropa.
—¿Y a qué coño te crees que he venido? —respondo antes de volver a meterle la lengua hasta la garganta. Giro sobre mis talones y, de un manotazo, tiro lo que hay sobre la cómoda de la habitación. La siento allí y le quito la camiseta, dejándola solo con el tanga puesto. Me relamo los labios al ver sus perfectos pechos desnudos ante mí. Saco un par de condones del bolsillo trasero del pantalón y me lo desabrocho. La punta roma de mi polla asoma por encima de mis calzoncillos—. ¿Lo quieres duro? —pregunto mientras me quito las zapatillas, los pantalones y la ropa interior a patadas.
—Siempre. Ya sabes que no me gusta que seas blando —responde mientras mira mi pene, hambrienta.
—Pues que así sea —digo antes de volver a besarla. Agarro el tanga con las dos manos, lo rompo y meto una mano entre sus piernas para masajear su clítoris con el pulgar mientras mi dedo índice la penetra. Arquea su espalda, pidiéndome más. Dejo de lado sus labios para comerme sus pechos. Los lamo, los succiono, le muerdo los pezones y ella gime, consiguiendo ponérmela más dura.
—Endika… —jadea, desesperada porque me hunda en ella. Mi dedo la penetra con mayor rapidez, masajeo con más dureza su clítoris y cuando siento que se va a correr, paro—. Si me dejas así, te corto los huevos —me advierte.
—Perderás la cuenta de las veces que te correrás y no podrás andar con las piernas juntas en una semana, Nayra —sentencio, antes de bajar mi cabeza hasta su sexo y hundir mi lengua entre sus pliegues para succionar su clítoris y arrancarle su primer orgasmo.
—¡¡¡Dios!!! —grita mientras los espasmos de placer hacen que tiemble. Me agarra por el pelo y me obliga a seguir con la cabeza metida entre sus piernas—. ¡¡¡Joder!!! —brama cuando muerdo con suavidad su botón de placer. El segundo orgasmo la sacude de pies a cabeza y tira de mis cabellos, impidiendo que siga devorando su sexo—. Quiero sentirte dentro —me exige con los ojos derretidos de placer. Agarro uno de los preservativos, rasgo el envoltorio con los dientes, me lo pongo y, de una fuerte y certera estocada, me hundo en ella—. ¡Joder, Endika! —vuelve a gritar mientras su vagina se amolda al tamaño de mi pene. Yo soy grande, ella, pequeña. Tal vez por eso nunca he sentido tanto placer como el que ella es capaz de darme, aunque sé que ese no es el único motivo.
—Eso es lo que estoy haciendo, joderte como no te ha jodido nadie —respondo mientras le embisto con fiereza. La cómoda se tambalea ante mis estocadas por hundirme más en su interior, por arrancarle otro orgasmo. Hundo mi cabeza en su cuello y la agarro por las nalgas para llegar hasta el fondo de su ser. Muerdo su clavícula conteniendo mi orgasmo y dejo que se corra por tercera vez. Sigo embistiendo hasta liberarme dentro de ella, mientras gruño en su cuello. Rodea mi nuca con sus brazos y apoya su cabeza en mi hombro—. ¿Ya has tenido suficiente? —Sé que no es así, nunca tenemos bastante ni ella ni yo, pero me gusta verla suplicar.
—No. Solo dame dos segundos para reponerme. —Su vagina se contrae contra mi pene, liberándose de los últimos retazos del tercer orgasmo—. Llévame a la cama. —Obedezco sin salir de su interior, solo lo hago cuando llegamos a nuestro destino. La saco, me quito el condón y preparo otro para cuando sea el momento de volver a penetrarla—. Túmbate —me ordena mientras se muerde el labio inferior. Lo hago y ella empieza a recorrer mis pectorales, mis abdominales, mis oblicuos con sus labios y con su lengua. Sus dedos me pellizcan los pezones, arrancándome un gruñido, justo antes de meterse mi falo en su boca. Solo le cabe el glande y un poco del tronco de mi verga, pero succiona al tiempo que sus dientes me raspan, consiguiendo que lance un jadeo de placer. Si sigue así, me correré en su boca, así que enrosco mi mano en sus cabellos y tiro de ellos para que pare—. ¿No te gusta? —pregunta con sus ojos clavados en los míos. Sabe la respuesta, sabe que todo lo que tenga que ver con ella me gusta y si es sexo, aún más.
—Sí, me gusta, pero quiero correrme en tu coño, no en tu boca. —Alargo el brazo y cojo el condón que he dejado cerca de nosotros—. Pónmelo y métetela hasta el fondo —le ordeno—. Y esta vez, quiero que me mires a los ojos cuando te corras. Sonríe, sabiendo que en la cama siempre ha hecho de mí lo que le ha dado la gana. En realidad, lo ha hecho con toda mi vida desde que la conocí, porque por ella soy capaz de arrastrarme al más profundo de los infiernos, como estoy haciendo ahora mismo. Obedece y cuando se empala, siento el placer recorriendo cada fibra de mi cuerpo. La tomo por las caderas y la ayudo a subir y a bajar a lo largo de mi pene. Siento cómo toco su fondo, cómo mi pene roza ese punto en su interior que hace que ella explote de nuevo, mientras sus pezones se vuelven a poner tiesos a causa de su cuarto orgasmo y sus uñas arañan mi pecho. Cinco embestidas más tarde, me dejo llevar. Cae desmadejada sobre mí con su respiración agitada y su piel sudorosa pegándose a la mía. Cuelo mi mano entre su cuerpo y el mío hasta alcanzar de nuevo su clítoris. Sigo hundido en ella, masajeo ese botón de placer que tiene y siento cómo su vagina se contrae contra mi pene. Vuelve a jadear mi nombre y creo que voy a explotar el preservativo que llevo porque me correré junto a ella de nuevo. El orgasmo nos sacude a los dos a la vez y, tras él, la obligo a bajar y salgo de su interior. Por suerte, el condón no ha reventado, pero no le cabe ni una gota más de semen. Me lo quito, lo ato y lo tiro al suelo. Me quedo tirado en la cama, ella se acerca a mí y recuesta la cabeza sobre mi pecho. Las yemas de sus dedos recorren los tatuajes de mi brazo, sus labios besan con delicadeza mis pectorales. Podría quedarme así para el resto de mi puta vida si ella no fuera quien es y si no nos separa lo que nos separa.
—Endika… —ronronea como una gatita. Aunque ella siempre ha sido más como una pantera. Salvaje, peligrosa, indomable, única y extraordinaria.
—Dame cinco minutos. Esto no ha terminado. —Bajo la mirada y me encuentro con la de ella, con esa mirada violácea que hace que pierda la razón.
—Quédate. No te vayas. —Cierro los ojos y aprieto la mandíbula, porque eso es en lo único que no la puedo complacer.
—No.
—Por favor… —Me pinzo el tabique nasal antes de frotarme la cabeza—. Mírame, —Abro los ojos y obedezco—. Por favor, Endika, quédate.
—No lo voy a hacer, Nayra. La cosa no va así. Yo vengo, te follo como nadie te follará en la vida, ni siquiera ese gilipollas con el que tonteabas en la discoteca, te dejo satisfecha y me largo. Así que decide, ¿te echo el último polvo de la noche o me voy vistiendo? —Me mira durante unos segundos antes de responder.
—En ese cajón hay más preservativos. —Señala con la cabeza el primer cajón de la mesilla. Lo abro, saco un condón y el succionador de clítoris que guarda y con el que de vez en cuando jugamos. Me pongo el preservativo, la obligo a ponerse a cuatro patas, me hundo en ella al tiempo que enciendo el aparatito y se lo pongo sobre su botón de placer. La embisto con fuerza. Mientras apoyo mi pecho sobre su espalda para poder alcanzar mejor su clítoris, le subo intensidad al aparato y a mis embestidas. Ahoga un grito de placer sobre la almohada, corriéndose de nuevo. Suelto el chisme que tengo en mi mano, la agarro por las caderas para llegar hasta lo más profundo de ella, acelero mis entradas y salidas en ella hasta que la oigo gritar de nuevo. Entonces echo mi cabeza atrás y bramo al tiempo que me corro. Salgo de ella. Sus rodillas y sus manos son incapaces de sostener el peso de su cuerpo y cae desmadejada sobre la cama. Me doy una ducha rápida y cuando salgo, ella está plácidamente dormida, con sus cabellos esparcidos sobre la almohada, con sus mejillas sonrosadas a causa de los orgasmos, con sus indescriptibles ojos cerrados. Desnuda, satisfecha y hermosa. Le acaricio una de sus mejillas, me inclino sobre ella, le doy un beso en la frente y me largo de allí, sabiendo que para mí nunca ha sido simple sexo lo que me ata a ella.
Cuando salgo de la recepción del hotel, el sol de Playa Blanca me golpea en el rostro. Creo que nunca me acostumbraré al sol y al calor de Lanzarote. Dan vida cuando yo estoy muerto y condenado a la oscuridad. Me pongo mis gafas de sol y me dirijo al aparcamiento de empleados. Allí me cruzo con Yeray, mi compañero de trabajo y, probablemente, el único amigo que tengo.
—¿Qué haces aquí todavía, colega? Creí que te habías ido hace horas.
—Tenía cosas que resolver —me limito a responder antes de subir a mi coche. No hace preguntas porque sabe que soy poco dado a hablar—. Nos vemos esta noche —le digo mientras arranco y me voy. Al cabo de quince minutos, llego a mi adosado en el residencial El Pueblito. El coche de Leire está aparcado frente la puerta. Resoplo antes de abrir, esperando no tener que volver a discutir con ella. Pero sé que no tendré tanta suerte cuando la veo.
—Llegas tarde —dice mientras señala el reloj de la pared. Marca que son casi las diez de la mañana—. Creí que salías a las seis —me recrimina mientras paso por su lado.
—No me apetece discutir. Estoy cansado —respondo mientras entro en la cocina, abro la nevera, saco el zumo de naranja y me sirvo un buen vaso.
—Endika, tenemos que hablar. No podemos seguir así. —La miro impasible mientras me bebo el zumo—. ¡Por Dios! Dime algo. Estoy tratando de arreglar las cosas entre nosotros.
—¿Cuándo ha habido un nosotros, Leire? —pregunto mientras dejo el vaso en la pila. Me apoyo en el banco, cruzo los brazos en el pecho y la miro fríamente—. Nunca ha habido un nosotros. Te has limitado a seguirme, mientras yo me limito a echarte. Eso es todo.
—Te quiero, Endika. Te he seguido hasta aquí porque te amo.
—Pero yo a ti no. Ya te dije que no vinieras, que te quedaras en Bilbao, pero no te dio la gana escucharme. —Está a punto de romper a llorar, pero sus lágrimas me son indiferentes. Solo hay unas que me importan y no son las de ella—. ¿Por qué no coges tus cosas, te largas y me dejas en paz de una puta vez?
—Eres un cabrón —masculla entre dientes.
—¿Y lo descubres ahora? Creí que ya lo sabías desde hace tiempo —respondo sin alterarme. En realidad, solo hay una persona en el mundo que hace que pierda los estribos y se ha quedado durmiendo en la suite del hotel.
—Aveces, pienso que no tienes corazón.
—Es que no lo tengo, así que no sé por qué te empeñas en pensar lo contrario. —Sigo impasible ante ella, frío como un glaciar, como soy con todo el mundo, excepto con Nayra.
—Entonces, dime, ¿solo ha sido sexo lo que ha habido entre nosotros?
—Ni siquiera ha llegado a eso. —¡Plas! Me cruza la cara de un bofetón, pero yo sigo impertérrito ante su ataque.
—Me largo. Ya no te soporto más. ¡Y no pienso volver! —Su cara de cabreo no me inmuta.
—Aleluya —respondo, mientras dejo de apoyarme en el banco y me dispongo a largarme a mi habitación.
—Ella no te merece —sentencia, consiguiendo enfurecerme. Me detengo en seco, giro sobre mis talones y doy tres enormes zancadas. Ella recula hasta tropezar con la nevera. Estampo mi puño contra la pared antes de encararla.
—Ni se te ocurra volver a hablar de ella, ¿entendido? —Tiembla ante mi furia. No la golpearé, ni a ella ni a ninguna mujer, pero no permitiré que la meta en esto—. Coge tus cosas, lárgate y déjame en paz de una puta vez. Si cuando me despierte te veo aquí, te saco a patadas, ¿lo has comprendido? —Asiente. Doy media vuelta, me meto en mi dormitorio, escucho cómo Leire arrastra una maleta por el pasillo y me duermo. Será mejor que descanse, porque como esta noche a Nayra se le ocurra volver a cometer una gilipollez como la de anoche, tendré que regresar a su suite.
Me despierto a las cinco de la tarde. Rebusco en el frigorífico, saco un par de pechugas de pollo y pongo agua a hervir. Media hora más tarde, me estoy comiendo un plato de arroz blanco y las dos pechugas a la plancha mientras miro la tele. Cuando termino, recojo la cocina, me cambio y salgo a correr. Tras una carrera de casi una hora en la que voy hasta Playa Flamingo y regreso, me doy una ducha y preparo mis cosas para ir a trabajar. Son las nueve de la noche cuando entro por la puerta de empleados del hotel y me dirijo a la zona de vestuarios. Yeray está allí, poniéndose su uniforme de empleado de seguridad.
—Tienes mala cara, Endika.
—Cuéntame algo que no sepa —le respondo mientras abro la taquilla y me quito la ropa de calle para ponerme el uniforme.
—¿Te pasa algo, colega? Últimamente, estás más arisco de lo normal —me pregunta mientras se abrocha los pantalones.
—No, nada. Leire se ha largado por fin, así que no te preocupes. —Me quito mi polo y me pongo la camisa del uniforme.
—Volverá, ¿lo sabes? —Cierra su taquilla y se apoya en ella para mirarme a la cara.
—Lo dudo y si lo hace, la echaré a patadas. —Me termino de vestir—. Vamos. Hay que controlar a los grupos de ingleses y alemanes que están de despedida de soltero antes de que monten demasiado follón. —Pasamos por la entrada del hotel y la veo con ese vestido ajustado de color amarillo que realza su bronceado y su pelo, saludando a su querida amiga May. Me recoloco la entrepierna y seguimos andando hasta nuestro destino, el bufé libre donde dos grupos de guiris cenan y se emborrachan con litros de cerveza—. ¿Sabes si luego se largan de marcha por ahí o si se van a quedar en la discoteca del hotel? —le pregunto a Yeray.
—Ni idea, pero hagan lo que hagan, creo que vamos a tener problemas. Roberto me ha dicho que llevan bebiendo desde las once de la mañana.
—Llama a los demás. No me apetece tener que partirle la cara a nadie esta noche —le ordeno mientras regreso a la recepción. Nayra no está, así que respiro tranquilo. Un problema menos, porque con ese maldito vestido está espectacular y seguro que alguno de los gilipollas que hay en el bufé si la ve, intentará llevársela a la cama. Son las doce de la noche. En la discoteca del hotel están los grupos de guiris, los clientes más jóvenes y la música resuena a todo volumen. Observo a mi alrededor, esperando que estos borrachos no se sobrepasen con ninguna clienta y fijo mi mirada en la puerta de la discoteca cuando se abre. —Mierda —mascullo entre dientes. Nayra acaba de entrar y ni siquiera ha dado diez pasos cuando ya tiene a la mitad de los tíos de la sala babeando por ella. La sigue acompañando su amiga May. Cruzan la sala y se dirigen a una de las mesas bajo la atenta mirada de tres tipos que están sentados en la barra. Uno le susurra algo al oído a otro y este último se levanta y se dirige a la mesa de Nayra. Lo intercepto por el camino. Alza la cabeza para poder mirarme a la cara porque no me llega ni a la barbilla. Es lo que tiene medir dos metros, la mitad de la gente tiene que partirse el cuello para poder mirarte a los ojos. —¿Hablas mi idioma? —Asiente—. Bien, así nos ahorramos que tenga que partirte la cara si te acercas a esa mesa —le digo señalando con la cabeza el lugar exacto donde May y Nayra se están tomando una copa, ajenas a mi numerito de matón de discoteca—. ¿Lo captas? No están a vuestro alcance.
—Vale, lo que tú digas, tío —responde asustado, ya que he hecho crujir mis nudillos. Se larga por donde ha venido y yo me quedo más cerca de la mesa por si a algún otro gilipollas se le ocurre acercarse. Media hora más tarde, Nayra y May salen a la pista a bailar. Tendrá cara de ángel, pero es una bruja, una mujer perversa que me reta y provoca mientras baila en la pista, moviendo sus caderas de la forma más sensual que hay sin apartar sus ojos de mí.
—Sigue así y sabrás lo que es bueno, Nayra —le dicen mis ojos.
No tienes lo que hay que tener para dármelo ahora mismo —me responde su mirada.
—No me provoques
—A lo mejoralguni de los aquí presentes me satisface antes tú —Se acerca a uno de los ingleses meciéndose sobre esos tacones de aguja.
—Bruja —Aprieto mi mandíbula y mis puños cuando veo que el inglés de los cojones se atreve a rodear su cintura. La acerca a él y empieza a restregar su paquete en el trasero de Nayra.
—No está mal dotado, nada mal. —Sonríe maquiavélicamente.
—Vas a lamentar lo que acabas de hacer. —Aparto a la gente de la pista, la agarro por el brazo, la arrastro, aunque en realidad ella no opone resistencia, y la saco por la puerta trasera de la discoteca. La espachurro contra la pared, le meto la lengua hasta la garganta, cuelo mi mano entre el vestido y su tanga y la penetro con un dedo. Está húmeda, como siempre.
—¿Es esto lo que querías? —gruño en su boca mientras sigo penetrándola y masajeando su clítoris al mismo tiempo—. Responde —le ordeno separando solo unos milímetros nuestros labios.
—No. Quiero más —dice mientras se arquea para que mi dedo se hunda más en su interior.
—Estoy trabajando, por si no te habías dado cuenta. —Sigo embistiéndola con el dedo y ella alza una pierna para que pueda acceder con mayor facilidad.
—Me importa un bledo. Fóllame —exige cogiéndome por el pelo y obligándome a besarla. Vuelvo a devorar su boca mientras mi falange sale y entra con más rapidez en ella.
—¿Te gusta cómo te folla mi dedo? —pregunto mientras se corre. La sujeto por la cintura con mi mano libre para que no caiga al suelo a causa de los espasmos del orgasmo—. ¿Satisfecha? —Sus ojos parecen derretirse de placer.
—Nunca —responde mientras saca mi mano de su entrepierna, me desabrocha el pantalón del uniforme, se levanta el vestido para no manchárselo y se arrodilla frente a mí. Se mete mi polla en la boca, lo que le cabe, y empieza a hacerme una mamada en toda regla. La sujeto por el pelo, me hundo un poco en su interior sin ser demasiado brusco o le haré daño, y cuando estoy a punto de correrme, la obligo a dejar de chupármela. Mi semen sale disparado contra la pared mientras yo ahogo un gruñido—. ¿Y tú, satisfecho?
—Sabes de sobra que no —le respondo mientras la miro a los ojos. La cojo de la mano y la ayudo a ponerse en pie. Ella se recoloca el tanga y el vestido mientras yo me abrocho los pantalones. —Te espero en la suite —dice mientras me da una copia de la tarjeta de la puerta.
—No termino hasta las cinco.
—No importa, te esperaré. ¿Cómo prefieres que lo haga? ¿Desnuda o vestida? —Sus manos se pasean por mi pecho. Se agarra a mis hombros, me obliga a inclinarme, se pone de puntillas y me mete la lengua hasta la garganta.
—Vestida. Pienso arrancarte ese puñetero vestido a bocados. —Sonríe y se marcha, meciendo de nuevo sus caderas. Me tomo dos minutos antes de regresar a la discoteca. Cuando entro por la puerta trasera, Nayra abandona la sala por la principal.
—Dime que no acabas de follarte a la hija del jefe ahí detrás —me suelta Yeray cuando llego a su lado.
—No te metas —respondo mientras veo cómo la puerta se cierra y ella desaparece de mi vista.
—¿Tú eres imbécil o qué te pasa? Si su padre se entera, te quedas en la puta calle. —Ese sería el menor de mis problemas.
—He dicho que no te metas. —Yeray me mira con mala cara—. ¿Me meto yo con quién te follas o dejas de follar?
—Es la hija del jefe, Endika, ¡por el amor de Dios! Te cortará los huevos si se entera.
—No es tu problema —replico mientras me aparto de él. Me coloco en un lateral de la pista y vigilo a los guiris, que poco a poco van cayendo como moscas y abandonando la sala a trompicones a causa de los litros de alcohol que se han bebido. Mi móvil vibra en el bolsillo del pantalón. Lo saco y veo que tengo un mensaje de Nayra. Me acaba de mandar una foto en la que se la ve tirada en la cama, con el vestido puesto, las piernas abiertas y sin el tanga.
Más te vale que la espera merezca la pena. Lo de antes me ha sabido a poco.
Veremos si mañana eres capaz de andar.
Me guardo el teléfono. Yeray me mira con mala cara desde la otra punta de la pista. Sí, me follo a la hija de mi jefe, pero ese no es el verdadero problema. La verdadera causa de que esto esté mal no es esa. La verdad solo la sabemos el cabrón de su padre y yo. Y si se entera, me arrancará los huevos, aunque me importa una mierda. Puede intentar apartarme de ella, pero no lo conseguirá. Hace años que sé que estoy condenado al infierno, así que cuando vaya, pienso entrar por la puerta grande. Porque ella es mía y solo mía. Pobre de aquel que se interponga.








