» Los chicos que juegan con fuego ♡!

Summary

Hoseok tiene dos problemas. Uno de ellos se llama Jungkook. Su compañero de teatro y del que depende su futuro como actor. Se llevan fatal, pero no pueden dejar de mirarse. El otro se llama Jimin. Su mejor amigo desde la infancia, el chico más popular del instituto. Pero lo que antes parecía amistad, comienza a convertirse en algo más peligroso. ¿Qué haces cuando la única forma de descubrir el amor es jugar con fuego? ---------Esto es Junghope y Jihope, no habrá Kookmin Hoseok es el único que tendrá toda la atención, ya sea sexual o en relación.

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56
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n/a
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18+

𝐜𝐚𝐩𝐢́𝐭𝐮𝐥𝐨 1 ఇ

Hacerse famoso, hacerlo sobre la mesa

Sé que no debería estar viendo esto. No está bien que me quede escondido detrás de la puerta mientras Leyla, mi nueva jefa, mantiene relaciones sexuales en su despacho. En mi defensa, debo decir que la puerta estaba entornada y que yo lo único que quería era llegar quince minutos antes el primer día de ensayos para causar una buena impresión. Pensaba que así le demostraría a Leyla lo importante que es para mí esta oportunidad, lo mucho que valoro que ella y el resto del equipo hayan confiado en mí para que interprete a mi personaje.

Quiero ser famoso. Que la gente recuerde mi nombre.

Aunque si algo voy a recodar es este polvo. Y ni siquiera lo estoy echando yo.

Debería irme. Pero los gemidos, la carne desnuda y blanca, y toda esa atracción que nace de aquello que se nos prohíbe ver o escuchar hacen que me quede anclado donde estoy. Me parece muy morboso observar desde mi escondite lo que están haciendo. Tener sexo en un lugar donde en cualquier momento te pueden pillar me parece algo de otro nivel. Y eso que me he ganado cierta fama en mi instituto por ser el que se monta tríos con Jimin, mi mejor amigo... No es ningún secreto que a él y a mí nos gusta quedar con chicas que estén dispuestas a follar con los dos a la vez.

Tengo suerte de que ellos aún no hayan reparado en mí. No tienen ni idea de que uno de los actores que han fichado para la nueva obra, o sea yo, está viéndolo todo.

Leyla, la directora del teatro en el que empiezo a trabajar esta misma tarde, está tumbada sobre su mesa, abierta de piernas. Recuerdo que cuando la conocí en el casting me pareció algo estirada. Vestía un traje sofisticado y llevaba el pelo recogido en un moño perfecto. Aquella imagen nada tiene que ver con la que ahora me ofrecen mis ojos. Lo único que lleva puesto es un sujetador morado de encaje y un collar de perlas. El resto de la ropa está esparcida por el suelo.

El collar se agita violentamente sobre su pecho como si fuese a romperse de un momento a otro, porque un tío alto y de una delgadez atlética, mucho más joven que ella, la está agarrando de las piernas mientras se clava una y otra vez en su interior.

—¿Me dejas que te dé más fuerte?

«¿Se puede más fuerte?», pienso yo.

—Hazlo.

Entonces el chico observa a Leyla como si dentro de él se hubiera extendido una fuerza oscura. Su cuerpo comienza a moverse a más velocidad. Todo en él se traduce en movimiento, sudor y respiración.

Y sí, se puede más fuerte. Vaya si se puede. Si no fuera por los gemidos de Leyla, pensaría que él intenta partirla en dos a base de empujones y de hundirse hasta el fondo.

Mi jefa tiene buen gusto. No, no soy gay. Tampoco bi. Pero no hace falta que me gusten los chicos para reconocer que alguien es guapo. Y este de aquí lo es.

Puede que incluso más que mi mejor amigo.

El tío que está penetrando sin piedad a Leyla tiene el pelo muy negro, corto por los lados y más largo por la parte de arriba. Estudio su cara. Cejas finas, mandíbula marcada y unos labios gruesos que se mantienen firmes en una línea recta. No sonríe. Y yo siempre he dicho que para que alguien me parezca atractivo tiene que gustarme su sonrisa. Pero, claro, eso era antes de verlo a él. También ayuda que tenga una tableta de acero, los bíceps marcados y dos buenos pectorales que tiemblan con cada nueva penetración. El sudor que resbala por su cuerpo le otorga un brillo dorado. Parece una versión malvada de Hércules, con esa belleza clásica que te hace pensar en libros de historia del arte.

Los músculos de su torso se aprietan cuando se hunde hasta el fondo. Retira brevemente la cadera antes de volver a por más.

Me llevo una mano a mi entrepierna casi de forma inconsciente. Qué rabia tener que conformarme con solo mirar. Porque sí, ser actor es mi sueño, siempre lo ha sido, pero si hay algo que ahora mismo me tienta más es el sexo. La edad y las hormonas, supongo.

Me encantaría estar más cerca de esos cuerpos desnudos. Que me invitasen a unirme y que ese polvo que empezó siendo de dos terminase siendo de tres. Poder hacer con ellos lo que acostumbro a hacer con Jimin y la chica de turno que conocemos una noche de fiesta.

Aunque, claro, no sería lo mismo sin mi mejor amigo. La confianza que tenemos Jimin y yo se refleja cada vez que compartimos cama con una mujer. Y tenemos normas. Nada de besos ni tocarnos entre nosotros, solo besamos y acariciamos a la chica. Esto hace que el sexo sea fácil y cómodo. Lo que nos gusta de un trío es ver al otro disfrutar. Ver. Nunca hemos ido más lejos, por mucho que algunos de nuestros compañeros del instituto de Blacktown piensen que también nos hemos liado entre nosotros. Eso no nos va.

Blacktown termina donde empieza el bosque. Su límite está marcado por una estación de tren abandonada. El pueblo está formado por filas de casitas iguales. El teatro, donde me encuentro ahora, está en la ciudad de al lado. Casi todo está fuera de Blacktown, para ser sincero. Eso nos convierte en esclavos del coche. Aquí todos, cuando cumplimos dieciséis, nos sacamos el carnet. Lo único a destacar de Blacktown son las historias de hombres lobo que se cuentan para asustar a los niños y que estos no se acerquen ni al bosque, ni a la estación de tren abandonada.

Eso... y la canción.

La canción que se escribió en el garaje de una casita de este pueblo y que convirtió a The Scream en una banda de rock increíblemente famosa. Todos mis silencios, así se llama la canción. La gente de fuera empezó a hablar de Blacktown. El nombre del pueblo salía en canales como la MTV, en las noticias y en los periódicos. Fue la primera vez que me sentí orgulloso de ser de aquí, como si haber nacido en el mismo lugar en el que había nacido la canción que les cambiaría la vida a tres personas adultas —personas que, lamentablemente, yo no conocía— me hiciese también especial a mí. Desde entonces supe que quería ser una estrella y brillar como ellos.

Nos pasó un poco a todos. Todos queríamos brillar.

Los lugareños empezaron a mostrar sus dotes artísticas. De pronto, el panadero cantaba ópera. El carnicero pintaba. Mi amiga Aby y yo nos empeñamos en que queríamos ser actores. Y descubrí que todo el mundo hacía o se le daba bien algo. The Scream fue lo que nos motivó a encontrar la fuerza para luchar por los sueños. Fue como si el pueblo entero se convirtiese en un pájaro que quería extender sus alas.

Pasaron años.

Ninguno de nosotros lo consiguió.

No salieron nuevas estrellas.

Pero es algo que pienso cambiar.

En la siguiente estocada Leyla gime descaradamente.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Aaah!

Está claro que mi nueva jefa está demasiado entretenida ahora mismo como para acordarse de que tiene una responsabilidad que atender como directora de teatro. No tiene pinta de que vayan a interrumpir el polvo. Pero son casi las seis de la tarde, la clase comienza en unos minutos y el resto de la gente estará a punto de llegar. Como no se den prisa, no voy a ser el único espectador. Un recibimiento por todo lo alto.

—Eso es. Así, así... —gruñe el chico.

Los deditos de los pies de Leyla se doblan del gusto. Tiene las piernas completamente separadas para él, ofreciéndole su intimidad y dejándolo entrar a su antojo. Y él lo hace con tanta fuerza que Leyla tiene que agarrarse al borde de la mesa para no saltar por los aires. Algunos papeles se empiezan a caer y dan varios giros antes de llegar al suelo. La madera no deja de crujir. El collar de perlas no va a ser lo único que se rompa como la siga machacando a ese ritmo. Va a desmontar la mesa entera. No creo que aguante mucho más. Y estoy sufriendo por el ordenador que hay en la esquina.

Hay tanto por ver que se me olvida que ellos también pueden verme a mí.

Y entonces ocurre.

El chico se vuelve hacia la puerta y me pilla mirándolos.

—Mierda —maldigo en voz baja.

Me llevo un buen susto, pero, en lugar de gritar, permanezco quieto.

Muy quieto. Estoy intentando hacerme invisible.

Él clava sus ojos en los míos. Cada uno es de un color diferente. El ojo derecho es azul claro, el izquierdo marrón miel. Los dos igual de fríos y calculadores.

El corazón me va a mil.

Los siguientes segundos son decisivos. El chico tiene que decidir qué hacer conmigo. Puede insultarme o, en el mejor de los casos, puede simplemente dejarlo pasar y seguir follando.

Opta por lo segundo. No parece tener la intención de chivarse. O eso me parece al ver que sigue moviéndose contra el cuerpo de mi jefa.

Ella, desde su posición, es la única que no puede verme. Tendría que girar el cuerpo completamente.

Él, sin dejar de follar, me taladra con la mirada.

En mi interior crece la extraña necesidad de querer saber su nombre.

Hay algo que no entiendo. Cuando me ha visto, ¿por qué no ha reaccionado como lo haría una persona normal? Debería estar cabreado conmigo por espiarlos y cortarles el rollo. Pero no tiene pinta de que le haya cortado el rollo. Sigue penetrando a Leyla como si nada. Su cara no refleja sorpresa. Y no sé si es porque no le molesta tener público o porque desde el principio sabía que había alguien observándolos tras la puerta del despacho y eso le pone. Aquí cada uno tiene sus propias fantasías.

Noto los pulmones pesados y me obligo a respirar. Estaba reteniendo el aire en el pecho, procurando no hacer ni un solo ruido. Apoyo mi mano con cuidado en el marco de la puerta.

No puedo apartar la mirada de sus ojos.

Tan diferentes. Tan salvajes. Tan masculinos.

Creo que nunca me había pasado esto antes con un chico, lo de no poder apartar la mirada. Cada vez estoy más seguro de que solo se debe a su heterocromía. Son unos ojos tan interesantes que resulta difícil no seguir pegado a ellos.

Él no me gusta. Sus ojos sí.

Lo único que hace que no me sienta un acosador es que él tampoco deja de mirar mis ojos, a pesar de que los míos son marrones y no tienen nada de especial. Por eso me sorprende que se quede mirándolos como si hubiese descubierto algo importante. Después su mirada cambia y me observa con lujuria. Aunque se mantiene serio, sus pupilas se dilatan. Eso me descoloca. Me desconcierta, la verdad. Tengo la sensación de que disfruta con mi presencia, como si hubiese decidido convertirlo en nuestro secreto.

—¿Qué pasa? —pregunta Leyla, con el collar de perlas agitándose sobre su pecho.

Él rompe el contacto visual conmigo y se vuelve hacia mi jefa.

—Nada. Me había parecido ver a alguien.

—La puerta —comenta alarmada—. Dime que hemos cerrado la puerta.

—Tranquila. —La coge del cuello con la mano derecha y se hunde en su interior—. Tú solo disfruta.

Después se mueve más rápido.

Ella le rodea la espalda con las piernas.

Él la embiste hasta llevarla al orgasmo.

Tardan un minuto en recuperar el aliento. Están sudorosos. Y las preguntas rondan por mi cabeza como polillas. La primera, ¿de dónde ha salido este chico?; la segunda, ¿de qué conoce a mi jefa? De Leyla recuerdo haberme fijado en su anillo de casada. La diferencia de edad entre ellos dos salta a la vista. Él no tendrá más de dieciocho y ella aparenta tener quince años más.

No, no están juntos. Es imposible que sea su marido.

Llegar a esa conclusión me tranquiliza de una forma que me sorprende.

¿A mí qué me importa si están juntos o no?

—¿Qué hora es? —pregunta Leyla incorporándose.

Ahora sí, doy un paso atrás y me escondo por completo detrás de la puerta.

—Las seis menos tres minutos —oigo que responde el chico.

—¡El ensayo! —exclama sobresaltada—. ¡Mierda, mierda, mierda!

¿Dónde está mi ropa? Pásame la blusa. Y tú vístete también.

Me escabullo por el pasillo. Cuando ya me he alejado lo suficiente, me apresuro hacia la sala de producción. Allí me encuentro con el director de escena, los productores y mi amiga Aby. Me presenté con ella al casting. Primero saludo al equipo, después Aby me da un fuerte abrazo y me susurra al oído lo ilusionada que está con este proyecto. Sonrío y le beso la mejilla. Vamos juntos al instituto y somos del mismo grupo de amigos. Los dos soñamos con convertirnos en estrellas del cine. Hacer grandes cosas. Comernos el mundo.

Leyla llega a tiempo, aunque con la blusa metida de cualquier forma por dentro de los pantalones y algo despeinada. Se atusa el pelo con disimulo y carraspea antes de hablar.

—Aby, Hoseok, bienvenidos.

—Gracias —respondemos a la vez.

—Para nosotros es un honor que forméis parte de la obra.

Aby va a hacer de Anna Karenina. Yo seré Aleksey Aleksándrovich, el hombre con el que ella está casada.

—Sois muy jóvenes —continúa Leyla, mirándonos alternativamente— y entiendo que esta es una gran oportunidad que no podéis desaprovechar. Por eso quiero que os lo toméis en serio.

Asentimos con la cabeza.

—Bien. —Leyla sonríe y señala detrás de mí—. Aby, Hoseok, os presento a vuestro compañero de reparto, Jungkook. Los tres seréis los protagonistas de esta obra. Él será quien interprete a Vronsky.

Me vuelvo y choco con unos ojos que ya he visto antes.





_______Esta es una adaptación, todos los créditos y derechos le pertenecen a Iñigo Aguas.