En las sombras de un recuerdo

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Ongoing
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1
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n/a
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16+

Capitulo 1

El sonido del motor del automóvil se desvaneció lentamente cuando el vehículo se detuvo frente al imponente edificio. Miré por la ventana, sintiendo cómo el nudo en mi estómago se apretaba aún más. Un lugar desconocido que me hacía sentir distante de todo lo que conocía.

Mis manos temblorosas se aferraron con fuerza a la pequeña mochila que contenía mis escasas pertenencias. El aire frío de la noche me envolvía mientras salía del automóvil y me enfrentaba al edificio que se alzaba frente a mí como un guardián silencioso.

Mientras caminaba hacia la entrada, luché contra la tentación de dar media vuelta y huir. Aunque, a mi pesar, sabía que no tenía otro lugar a donde ir. Con cada paso, la mezcla de miedo y curiosidad se intensificaba, enviando escalofríos por mi espalda.

—¡Kalkin, despierta!

Abrí los ojos con rapidez, mi corazón latía con fuerza en mi pecho mientras la mirada severa de la mujer me atravesaba.

—¿Por qué no estás en tu habitación? Sabes que está prohibido salir a estas horas de la noche —dijo ella con tono firme.

Mis disculpas murmuradas apenas se escuchaban mientras evitaba su mirada. Antes de que pudiera reaccionar, su mano agarró con fuerza mi brazo y me obligó a levantarme. El agarre era tan fuerte que sentía cómo mis huesos crujían bajo esa presión.

—¿Tienes idea de las consecuencias? —su voz era fría, cortante.

Asentí con nerviosismo, tratando de seguir su paso mientras me arrastraba por los fríos pasillos. El gris de las paredes y la escasa iluminación solo aumentaban mi sensación de inquietud.

Finalmente llegamos a su oficina y, sin previo aviso, me empujó con tal fuerza que caí al suelo de golpe.

—Párate.

Al levantarme, me encontré frente a ella. Su mirada causaba miedo en mi interior.

—Perdón, no era mi intención estar fuera.

El golpe resonó en la habitación cuando su mano impactó contra mi mejilla. El dolor se extendió rápidamente, y luché por contener mi reacción emocional ante esa agresión.

—No dije que hablaras —dijo ella fríamente.

Solo quería que todo acabara.

Caminé hacia mi habitación, y al abrir la puerta, noté que Daniel estaba en mi cama.

—Creí que estarías dormido —dije, cerrando la puerta detrás de mí.

—¿Cómo te fue? —preguntó él, sonriendo.

—Me siento un poco adolorido —respondí, volviendo a sobarme.

—Bien —dijo, abrazándome—. Será mejor dormir si no quieres más problemas.

Asentí y me fui a mi cama mientras veía a Daniel hacer lo mismo.

Me desperté con el sonido estridente del despertador resonando en la habitación. El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas, iluminando débilmente las paredes blancas.

Con cuidado, me levanté de la cama, procurando no perturbar el sueño de Daniel. Mientras me vestía, pude escuchar su respiración tranquila y regular proveniente de la cama vecina.

—Dani, despierta —lo llamé, moviéndolo suavemente.

Daniel abrió lentamente los ojos y me dedicó una sonrisa tenue, revelando algo de cansancio en su mirada aún adormilada.

—Buenos días —respondió tímidamente.

—Buenos días, amigo —lo saludé con voz suave mientras me acercaba a su cama.

Daniel no contestó de inmediato. En cambio, bajó la mirada.

—¿Pasó otra vez? —pregunté, preocupado.

—Sí —comenzó a decir entre sollozos.

Mientras me vestía, me miré en el espejo. Mi cabello castaño estaba desordenado, indicando que acababa de levantarme.

Observé discretamente cómo Daniel se incorporaba y comenzaba a prepararse también. Sus movimientos eran más lentos que los míos; cada acción requería cierta atención adicional.

—¿Necesitas ayuda para algo? —le pregunté mientras luchaba por ponerse la camisa.

Daniel negó con la cabeza y continuó tratando de vestirse. Después de terminar, se acercó a mí, tratando de no demeritar su esfuerzo. Le acomodé la ropa con cuidado.

Durante el desayuno en el comedor común, no pude evitar notar las miradas furtivas de algunos compañeros dirigidas hacia Daniel. Sabía lo difícil que era para él soportar las miradas inquisitivas y los comentarios malintencionados de algunos de los estudiantes nuevos..

Al finalizar el desayuno, nos dirigimos juntos hacia nuestras primeras clases del día. El pasillo estaba lleno de estudiantes que charlaban entre ellos mientras se dirigían a sus respectivas aulas. Daniel caminaba a mi lado, con la mirada baja y una expresión pensativa en el rostro.

—¿Estás bien? —le pregunté, preocupado por su silencio.

Daniel levantó la vista hacia mí, su mirada llena de inseguridad y angustia.

—No lo sé —admitió en un susurro apenas audible.

—Estamos juntos en esto. Siempre encontramos una manera de salir adelante.

Daniel asintió con un débil intento de sonreír, agradecido por mi apoyo.

A medida que avanzábamos por los pasillos, sentí la tensión en el ambiente. Los rumores y las miradas furtivas entre los estudiantes solo aumentaban mi preocupación.

Nuestras aulas se encontraban frente una de la otra, nos despedimos brevemente, prometiéndonos volver a encontrarnos en el descanso como solíamos hacer siempre.

Al entrar en mi clase, me acomodé en mi asiento y saqué mi cuaderno, intentando despejar mi mente. El timbre sonó, y el profesor comenzó a hablar, su voz resonando en la sala mientras escribía en la pizarra.

Mis compañeros estaban ocupados tomando notas, y por un momento, me dejé llevar por el murmullo de hojas y bolígrafos. La clase avanzaba, y aunque intentaba enfocarme en la lección, mis pensamientos seguían divagando. Miraba por la ventana, observando cómo las hojas de los árboles se mecían con el viento, y me preguntaba qué estaría haciendo Daniel en su clase.

De repente, me di cuenta de que el profesor me miraba con una expresión severa.

—Kalkin, ¿estás prestando atención? —dijo el profesor, claramente molesto.

Me enderecé rápidamente en mi asiento

.—Sí, lo siento, profesor —respondí, sintiendo el calor subir a mis mejillas.

El profesor suspiró y volvió a su explicación, mientras yo trataba de centrarme nuevamente en la lección. Me sumergí en los apuntes, pero mi mente seguía escapando, pensando en cualquier cosa menos en física. Las palabras del profesor se mezclaban en mi cabeza, y las páginas del cuaderno parecían interminables.

El timbre del descanso sonó, liberándome de mi distracción. Recogí mis cosas y me dirigí rápidamente hacia el pasillo, donde Daniel ya me esperaba. Con la mirada fija en el suelo.

—¿Cómo te fue en clase? —le pregunté, tratando de romper el silencio tenso que nos rodeaba.

—No muy bien —respondió, levantando la mirada para encontrarse con la mía—. No pude concentrarme en absoluto.

Asentí con empatía, comprendiendo su situación. Caminamos hacia el jardín, donde nos sentamos bajo el mismo árbol de siempre.

—Daniel, ¿qué piensas sobre todo esto?

Daniel suspiró, evidentemente abrumado por la situación.

—No lo sé, Kalkin. Todo esto es tan confuso —confesó.

—Entiendo cómo te sientes.

Daniel y yo nos quedamos sentados en el banco, sumidos en nuestros pensamientos.

Terminado ese pequeño receso, nos levantamos, pues aún faltaban unas horas más. Vi cómo Daniel caminaba hacia adentro del edificio. Iba a seguirlo, pero me detuve, pues en ese momento mis ojos captaron a tres mujeres. Una de ellas llevaba agarrado de la mano a un niño pequeño, vestido de manera que resaltaba entre las demás personas del lugar. Su pantalón parecía grande para su pequeña figura, y en un movimiento rápido, se le bajó un poco, dejando ver el pañal que tenía puesto por debajo, antes de que él mismo lo ajustara con rapidez. 

Aún de lejos se notaba que ocuparía un cambio. no era común ver a un chico de esa edad vestido así y mucho menos utilizando un pañal visiblemente mojado bajo sus pantalones era extraño para ser sensato.

La puerta se abrió, conduciendo al interior de otra sección del edificio. Un escalofrío me recorrió la espalda al imaginar qué podrían estar planeando hacer con él, observando hasta que desaparecieron de mi vista.

Sentí un nudo en el estómago al darme cuenta de que, una vez más, era testigo de algo que no entendía completamente, pero que me provocaba una profunda preocupación. Una vez más, me dio miedo, pero esta vez, la curiosidad comenzó a carcomer los bordes de mi temor. Decidí que necesitaba entender qué ocurría realmente. Pues no era la primera vez que no se llevaban a un niño.

Me dirigí con pasos determinados hacia la puerta por la que habían pasado. Al acercarme, pude escuchar voces amortiguadas del otro lado, lo que me hizo detenerme. El corazón me latía con fuerza en el pecho, y cada latido parecía resonar en los pasillos silenciosos.

Apoyé el oído contra la puerta, intentando captar alguna palabra, algún indicio que me ayudara a entender. Sin embargo, lo único que conseguí fue una mezcla de sonidos indescifrables que más aumentaban mi ansiedad. 

Justo cuando estaba por alejarme, pensando en buscar a Daniel para comentarle lo sucedido, la puerta se abrió de golpe. Una mujer  salió, casi chocando conmigo. Su mirada se clavó en la mía.

—¿Qué haces aquí?  —dijo con un tono que no admitía réplicas.

Tragué saliva, buscando rápidamente una excusa.

—Lo siento, me perdí... estaba buscando el baño —Fue lo primero que se me ocurrió decir 

La mujer me observó con desconfianza durante unos eternos segundos antes de señalar hacia el final del corredor.

—El baño está por allá. No quiero verte otra vez por aquí, ¿entendido?

Asentí con rapidez, sintiendo alivio. Le di las gracias y me alejé con pasos rápidos hacia la dirección que me había indicado, aunque mi mente estaba en otra parte. 

Mientras me dirigía al aula de mi siguiente clase, la sensación de urgencia crecía en mi interior. A paso rápido, intentaba mantener la compostura mientras mi mente se llenaba de preguntas sin respuesta sobre lo que había presenciado.

Al llegar a mi clase, la puerta estaba entreabierta, indicando que la lección ya había comenzado. Entré con cautela, tratando de pasar desapercibido. El profesor, al notar mi llegada tardía, me dirigió una mirada de desaprobación, pero no dijo nada y prosiguió con su explicación.

Me senté en mi lugar, tratando de concentrarme en la materia, pero mi mente seguía dando vueltas a la escena del niño y las mujeres. ¿Qué estarían haciendo con él? ¿Por qué esa sensación de inquietud no me abandonaba?

La clase avanzaba lentamente, pero mi atención estaba en otra parte. Cada vez que el profesor me dirigía la palabra, tenía que esforzarme por volver al momento presente y responder con coherencia.

Finalmente, el timbre anunció el final de las clases. Recogí mis cosas rápidamente y me dirigí hacia mi habitación.

Mientras caminaba de regreso a la habitación, noté cómo los pasillos se llenaban de estudiantes charlando sobre su día, pero yo apenas escuchaba sus palabras. Mi mente seguía ocupada. 

Al llegar a la habitación, encontré a Daniel sentado en su cama, hojeando un libro de texto. Levantó la vista y, al ver mi expresión, frunció el ceño.

—¿Qué pasó? —preguntó, dejando el libro a un lado.

—Pasó otra vez.

Daniel me miró con preocupación, su rostro reflejando una mezcla de miedo.

—Se llevaron a otro niño.

La tensión en la habitación se volvió palpable mientras Daniel asimilaba mis palabras. Su mirada se volvió sombría, reflejando la misma preocupación que sentía en mi interior.

—¿Otro niño? —susurró Daniel, como si no pudiera creerlo del todo.

Asentí con solemnidad, sintiendo el peso de la situación sobre mis hombros.

—Vi a tres mujeres llevándolo.

Mis manos temblaban ligeramente, pero era Daniel quien parecía más afectado por la situación. Podía ver la ansiedad reflejada en su rostro.

—¿Estás bien, Daniel? —pregunté con voz suave.

Él asintió, pero su mirada seguía perdida en algún punto indefinido de la habitación.

—No lo sé, Kalkin. Esto es... demasiado. —confesó, su voz apenas un susurro cargado de angustia.

Me senté a su lado, tratando de transmitirle mi apoyo a través de un gesto reconfortante.

—Entiendo cómo te sientes, Daniel. También me preocupa mucho.

Él asintió débilmente, pero pude ver el rastro de temor en sus ojos, un reflejo de mis propias preocupaciones.

El día continuaba su curso y nos encontramos frente a nuestros deberes en la habitación. Me senté en mi escritorio junto a la cama. Observé a Daniel hacer lo mismo, pero su expresión revelaba que tenía algunas dificultades.

—¿Necesitas ayuda? —me acerqué a él, notando su evidente frustración.

Daniel dejó escapar un suspiro, pareciendo aliviado por mi oferta.

—No entiendo qué está pasando. Recuerdo que este tipo de temas no me resultaban tan difíciles hace unas semanas —confesó, su tono reflejando su confusión y preocupación.

—Tal vez solo necesitas un pequeño descanso.

—supongo que tienes razón 

Al acabar mi tarea me senté en mi cama, pude ver a Daniel acostado, aunque él no lo había notado se veía diferente a la primera vez que lo ví.

Al llegar al comedor, nos sentamos en nuestra mesa habitual, pero ninguno de nosotros tenía mucho apetito. El bullicio de las conversaciones de los otros estudiantes parecía lejano mientras Daniel y yo nos sumíamos en nuestros propios pensamientos.

Cogí un tenedor y jugué distraído con la comida en mi plato, sintiendo el peso de la preocupación sobre mis hombros. Miré a Daniel, que apenas tocaba su comida, su mirada perdida en el vacío.

Mis ojos recorrían el comedor, observando a los otros estudiantes. Fue entonces cuando las vi. Al fondo del comedor, las tres mujeres que se habían llevado al niño estaban sentadas, sus miradas fijas en nuestra dirección. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

Intenté no reaccionar, pero el malestar era palpable. Las mujeres no parecían interesadas en la comida frente a ellas; su atención estaba completamente enfocada en Daniel. El sentimiento de ser observado se hizo más intenso.

—Daniel, no mires de inmediato, pero creo que esas mujeres que vimos hoy nos están observando —dije en voz baja, intentando que no pareciera evidente.

Daniel levantó la vista de su plato y siguió mi mirada disimuladamente. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, pude ver el pánico reflejado en su expresión.

—¿Qué crees que quieren? —preguntó con un tono apenas audible, tratando de no llamar la atención.

—No lo sé, pero debemos actuar con normalidad. No queremos darles motivos para sospechar de nosotros —respondí, esforzándome por mantener la calma.

Nos quedamos en silencio, tratando de concentrarnos en la comida. Pero la tensión en el aire era ineludible. Cada movimiento de las mujeres parecía calculado, y sus miradas fijas eran como dagas que se clavaban en nuestra tranquilidad.

De repente, una de las mujeres se levantó y se dirigió directamente hacia nuestra mesa. Sentí que el corazón me latía con fuerza en el pecho. Traté de no mostrar mi nerviosismo, pero cada fibra de mi ser estaba en alerta. Cuando llegó a nuestra mesa, se inclinó ligeramente y nos miró con una sonrisa.

—Buenas noches, chicos —dijo la mujer con una voz que pretendía ser amable, pero que tenía un matiz de frialdad—. ¿Cómo les va?

—Bien, gracias —respondí, tratando de sonar lo más natural posible.

La mujer asintió, pero sus ojos no se apartaron de Daniel. Sentí cómo él se tensaba a mi lado.

—Me alegra escuchar eso. Es importante que todos estén cómodos aquí —dijo, aunque sus palabras sonaban vacías.

Daniel y yo intercambiamos miradas de reojo, sin saber exactamente cómo reaccionar. La mujer seguía mirándonos fijamente, como si estuviera evaluando cada uno de nuestros movimientos.

—¿Sabes? A veces es difícil adaptarse a un lugar nuevo —continuó ella, sus ojos aún fijos en Daniel—. Pero con el tiempo, uno se acostumbra. Es solo cuestión de encontrar tu lugar.

—Sí, supongo que tienes razón —dijo Daniel con un hilo de voz, claramente incómodo.

La mujer sonrió, pero no era una sonrisa cálida. Era más bien una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, que seguían siendo fríos y calculadores.

—Cuéntame, Daniel —dijo ella, inclinándose ligeramente hacia él—. ¿Te ha costado mucho adaptarte aquí? ¿Cómo te sientes con tus compañeros de clase?

Daniel tragó saliva, visiblemente nervioso.

—Bueno, ha sido un poco difícil —admitió, su voz apenas un susurro—. Pero estoy tratando de acostumbrarme.

La mujer asintió lentamente, como si considerara sus palabras cuidadosamente.

—Es comprensible. Cambiar de entorno siempre es un desafío, especialmente cuando uno no está familiarizado con las reglas y costumbres del lugar —dijo, su tono adoptando una falsa amabilidad—

—Gracias —murmuró Daniel, aunque su tono dejaba claro que no se sentía nada cómodo 

La mujer mantuvo su mirada fija en él por un momento más, luego se volvió hacia mí.

—Y tú, Kalkin, ¿cómo te has estado adaptando? —preguntó, sus ojos ahora perforando los míos.

—Bueno, ha sido un poco desafiante, pero creo que lo estoy llevando bien —respondí, tratando de sonar casual.

La mujer me observó por un largo momento antes de sonreír de nuevo, esa misma sonrisa vacía.

—Es bueno escuchar eso. Ambos son chicos inteligentes y estoy segura de que tendrán un futuro brillante aquí. Recuerden, estamos para apoyarlos en lo que necesiten —dijo, enderezándose antes de regresar a su mesa, donde sus compañeras seguían observándonos con la misma intensidad.

—Kalkin, tengo miedo —murmuró Daniel, apenas audible.

—Lo sé, Daniel. Yo también. Pero estamos juntos en esto —respondí, intentando ofrecerle algún consuelo.

Terminamos nuestra cena en silencio,

Mientras nos dirigíamos por los pasillos de vuelta a nuestra habitación, no podía dejar de pensar en lo que había sucedido.

Una vez en la seguridad relativa de nuestra habitación, cerré la puerta tras nosotros y me apoyé contra ella, tratando de calmar mi mente.

—Daniel, intentemos descansar. Mañana será un nuevo día y necesitamos estar preparados para lo que venga —dije, tratando de sonar convincente.

Daniel asintió, aunque su mirada seguía reflejando el temor que ambos sentíamos.Nos preparamos para dormir en silencio, y aunque el sueño se sentía distante, sabíamos que era necesario intentar descansar. La oscuridad de la noche nos envolvió, y mientras cerraba los ojos, solo podía esperar que el amanecer trajera consigo algo de esperanza y respuestas.

—Buenas noches, Kalkin —murmuró Daniel desde su cama.

—Buenas noches, Daniel —respondí, tratando de infundirle algo de calma.

Cerré los ojos y traté de dejarme llevar por el cansancio, esperando que el amanecer trajera consigo algo de claridad en medio de la incertidumbre que nos rodeaba.