Capítulo 1 - Crisis
6:37 a. m.
- Mamá, perdón.
Su corazón latía rápido, fuerte, cualquiera que prestara atención podría escucharlo, pero nadie lo hizo, aun cuando estaba rodeada de personas, familia y amigos, siempre se sintió sola, aunque eso no hacia la diferencia, su soledad ahora era tangible. Sin su madre, el miedo, la tristeza y una sensación de vacío en el interior eran lo único que la acompañaba en ese momento, eso y los arboles medio muertos que se encontraban en aquel frio y seco lugar.
Las puntas de sus pies sobrepasaban el borde, a un paso de lo inevitable, tal vez sí alguien mas estuviera a su lado, aunque no mostrara interés alguno en ella, se acobardaría lo suficiente para no volverse una con el precipicio.
- Me acostumbre demasiado a tu calor... Lo extraño.
Su largo cabello bailaba al son del viento, y su mente nublada se llenaba con retazos de recuerdos impregnados de un amor genuino, y otro doloso, que lastimaban los tiernos tejidos de su corazón y lo hundían aún más profundo en su pecho; se satisfacía con su dolor, pues en su vida solo aquello era pleno.
De sus ojos brotaban las lagrimas, una tras otra, una catarata sin final aparente. La figura de una hermosa mujer con un semblante noble se materializaba frente a su delirio, sus anhelos de sentir una vez mas el calor de sus brazos le pedían entregar su vida por ellos.
- ¿Podría verte de nuevo?
Preguntaba a su espejismo, dando el ultimo paso para acabar con el ultimo de los dolores; no era eso lo que quería, pero poco sabia de lo que si, y aunque lo descubriera en ese instante, ya era tarde.
- ¿Yumei?
Y de nuevo, ahí estaba su rostro, con la hermosa sonrisa que un día se apagó. Al instante la voz retumbó en los santuarios más recónditos de su cabeza, llamadola con una claridad sepulcral. El sonido apagado de las pisadas en el suelo alfombrado de sus memorias se escuchaban cada vez más cerca, y el chirriar de las bisagras en la puerta anunciaban su ya presagiada comparecencia, dejando entrar algo de luz en la oscura habitación. El rostro de una mujer adulta dejó ver a la propietaria de aquella melodiosa voz, quien esperaba ver a una joven estudiosa en su escritorio, tal vez tecleando algo en su computadora, pero se sorprendió frente a la falta de dicho escenario.
- <<¿A dónde se abra ido?>> -Pensó ella.
La había visto llegar e ir directo a su habitación sin siquiera anunciare, raro para alguien como ella, tan acostumbrada a la rutina y a los buenos modales. Fue ahí, que al escuchar el sollozo de la joven, asomo su cabeza abriendo más la puerta, viéndola sobre la cama, donde estaba aquella niña aún con su uniforme y calcetas largas, con el rostro escondido entre sus rodillas, oculta en su largo y obscuro cabello. Su corazón no soportó verla así, y de inmediato se sentó junto a ella, y extendió sus brazos, llamando a su pequeña, para poder consolarla. No sabia qué era lo que sucedía, sólo que debía cuidar de su hija.
- Oh, mi niña.
- Mamá... - Dijo la muchacha, con un nudo en la garganta y la voz entre cortada, mientras se movía a rastras atravesando la cama para llegar hacia su madre quien la esperaba con los brazos abiertos, su refugio, calmando su tristeza y dolor.
- Ya no llores mi niña. - Decía mientras acariciaba su cabello. -Mamá siempre estará aquí para ti.
Y cerró sus ojos, confiando su cabeza en su regazo, para al instante abrirlos y encontrarse nuevamente con su terrible realidad. Su cabeza dolía al igual que todo su cuerpo, la caída había sido dura pero, para bien o para mal, seguía respirando. Se levanto del suelo con dificultan, algo confundida analizó la situación y el arrepentimiento de no haber muerto casi supera el pequeño alivio de seguir con vida. Una vez puesta en pie se dio cuenta que había caído en una pequeña saliente de la que no se había percatado, unos cuatro o cinco metros debajo del borde por donde se dejo caer, con espacio apenas suficiente evitar una caída. Así fue como, con algunos rasguños, varios hematomas, una contusión, y un tobillo torcido, apenas pudo escalar aprovechando los huecos, las rocas y raíces gruesas que sobre salían y se hundían en el muro de tierra. Al alcanzar el borde nuevamente termino tumbándose en el lugar, viendo al cielo, exhausta, mientras consideraba la posibilidad de arrojarse nuevamente, esta vez un par de metros a la izquierda o a la derecha.
- Incluso la muerte me rechaza. -Dijo para sí misma, antes de decidir volver a casa.
8:07 a. m. Un teléfono suena.
De pie, y apoyándose contra la pared, desataba uno de sus zapatos antes de pisar la alfombra de la sala mientras el sonido de un celular se escuchaban en la sala, Yumei se apresuro a contestar la llamada, no sin antes dejar las llaves en el tazón sobre la cajonera del recibidor, se sentó en una silla del comedor y contesto la llamada, donde el primer minuto hubo un silencio incomodo, pues temía que su voz delatara algún indicio de lo que acaba de hacer.
- Yumei, ¿Estas ahí?
- S-Si
- Estas bien cariño?
- Si, tía
- ¿De verdad?
- ... - Nuevamente silencio. Yumei intentaba tomar un cigarrillo de la cajetilla que había dejado en la mesa hace tan solo unas horas.
- Trate de llamarte un par de veces antes de entrar a reunión, hace como una hora, pero no contestabas.
- Ya, entiendo, lo siento, estaba dormida, no escuché.
- Te llamaba para saber... este... -Quería hacer una pregunta, temía a la respuesta, pero era importante.- ¿Qué significa ese mensaje que enviaste por la madrugada?
- Ah... -Logro sacar el cigarrillo, sosteniendo el celular entre su cabeza y su hombro, lo puso entre sus labios y lo encendió mientras pensaba en una respuesta convincente.- Nada, tía, me desvelé dibujando, bebí de más, y me puse sentimental. -Dijo, satisfecha, mientras daba una calada.
- Yo también extraño a tu madre, cariño. -Y el silencio nuevamente se hizo presente. Ese comentario, hizo nuevamente derramar lagrimas sobre las mejillas de Yumei.- Yumei, Sabes que puedes venir cuando quieras, ¿cierto? Aquí siempre tendremos un lugar para ti.
- Si, tía, lo sé. Gracias. -Respondió con la voz entrecortada.
- Te llamare mas tarde, mi niña, tengo que entrar a otra reunión. Ya sabes que esto es de todos los día. Bueno, cuídate mucho y por favor aliméntate bien. Te quiero. -Sin decir nada más, la llamada terminó. Yumei no podía parar de llorar, pero lo hacia con resignación.
Se levanto de la silla en silencio para dirigirse a la cocina donde abrió la alacena, ahí tenia varias botellas de licor, de las cuales eligió la más cercana y se encamino hacia a la sala, tumbándose sobre el sofá, bebiendo directamente de la botella, mientras se secaba las lagrimas. Ahora no solo le dolía el corazón.- <<Esto va a sentirse peor en unas horas>> -pensó, recordando su cuerpo lastimado y, como cada día, trató de ahogar el dolor con alcohol.
Recordando las palabras de su tía, no podía tomar una decisión en ese momento, después de todo, las personas no cambian mucho por estar en otro continente. Frustrada, camino hasta su baño y se vio al espejo, apoyando sus mandos sobre el lavabo, miro con atención los golpes y rasguños en su rostro, y los vasos sanguíneos dilatados bajo sus ojos por la falta de sueño, su mirada bajó un poco más y encontró las tijeras que había dejado ahí hace un tiempo, aquellas que su madre usaba, las tomo con su diestra e hizo lo que antes parecía impensable.