Del temor al amor

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Summary

La traición y el engaño no sólo golpeó a dos mujeres, también a tres pequeños inocentes; nunca entendieron muy bien porqué, se vieron atrapados en una vorágine de dolor que nunca lograron sanar y en su lugar una coraza de dudas e inseguridades se instaló. Para Maite encontrar el amor no fue difícil, aceptarlo y dejarse llevar es el verdadero reto; las inseguridades que Mario dejó en su vida son marcas difíciles de borrar. Pero no sólo ella tiene un camino sinuoso que recorrer Borja y Numa podrán ser idénticos pero su interior es un mundo totalmente diferente, mientras Borja es la imagen de la fidelidad y el compromiso, Numa es más bien un jugador sin reglas; pero están a punto de experimentar un huracán que los arrastrará con fuerza de la oscuridad.

Status
Complete
Chapters
55
Rating
n/a
Age Rating
18+

Introducción

Antes la había visto triste, demasiado en realidad, porque siempre su padre encontraba una forma de dañarla, de pisotear su autoestima y culparla por las fallas que ambos cometían. Pero esa noche… Esa noche Cristina lloraba desconsolada, casi destrozada, como si alguien le hubiese arrancado una parte de su cuerpo. Y en parte era así, aunque Maitena de ocho años no lo supiese, aunque no pudiera comprender el dolor que su madre podía percibir hasta en los huesos, todo producto de un imbécil que jugó a dos puntas, que intentó llevar una doble vida que a todos los partió al medio, que lo dejo a él sin nada y a sus compañeras, a ambas, destrozadas a niveles insospechados.

Es que dos noches atrás Cristina había dejado a su pequeña a cargo de una amiga y se dedicó a seguir el auto de quien consideraba su compañero, su pareja, su esposo aunque de papeles nada hubiese. 

Así, oculta como una delincuente, lo persiguió durante cuadras, por calles que cada vez le resultaban más desconocidas, internándose en el corazón de Maipú, en un barrio de clase media bastante tranquilo, deteniéndose delante de una casita bastante arreglada que mostraba un jardín tupido, lleno de plantitas de varios colores que a la noche se podían apreciar gracias a la buena iluminación exterior.

Cristina recordó las veces que deseó tener una casita así, un hogar con jardín delantero y un enorme patio trasero donde un perro gigante pudiese corretear feliz. Pero se debió contentar con su departamento ubicado en la capital provincial, con sus tres ambientes que a veces parecían querer asfixiarla. Es que los ingresos no alcanzaban para más, si a duras penas su sueldo junto con el de Mario llegaba a cubrir los costos del alquiler más las enormes cantidades de dinero que se iban en tarjetas y alimentos junto con ese maldito préstamo que parecía nunca terminar de ser cancelado. De todas maneras no se quejaba, había gente que la pasaba peor que ellos, que no tenía ni siquiera un techo para refugiarse del frío y la lluvia.

Detuvo el auto de Melisa, esa amiga que hacía rato le proponía posibles realidades que ella se negaba a ver, pero que cada día se hacía más evidente, que con cada extraño viaje de trabajo de Mario se percibía más real.

Y lo confirmó, cuando esa castaña con ropa deportiva salió de aquel hogar, enroscó sus brazos alrededor del cuello de Mario y lo besó apenitas, comprobó que todo era cierto, que Melisa siempre había tenido razón.

No, no pensaba quedarse allí y llorar, no iba a ser la imbécil en toda aquella historia, por eso se decidió a bajar, a enfrentar a ellos dos y exigir las explicaciones correspondientes. Sí, eso iba a hacer, estaba sumamente decidida a ello hasta que los vió, hasta que notó a esos niños idénticos correteando directo hacia los brazos de Mario, abalanzándose hacia él con enormes sonrisas en sus caritas infantiles. 

Y no pudo, no encontró la forma de hacer aquello, de bajar del vehículo y enfrentarlos a todos, de exponer que Mario contaba con otra mujer, con otra hija, que las mismas escenas que se repetían allí lo hacían en su departamento de la calle España.

Aguantando las lágrimas, intentando controlar el temblor de sus manos, puso el auto nuevamente en marcha y regresó a su hogar, a los brazos de su niña que le relataba una historia extraña sobre algún compañerito de la escuela, historia que ella intentaba escuchar con atención pero en ese momento no podía comprender.

—Vení, mi vida —dijo Melisa en cuanto los ojos de su amiga se encontraron con los suyos, apenas Cristina le mostró el dolor de su alma—, vamos a dormir y mañana le contás a tu mamá eso de Miguel —propuso guiando a la pequeña a su habitación.

—¿Te vas a quedar a dormir? —preguntó entusiasmada porque Melisa siempre le hacía los mejores peinados antes de ir a la escuela.

—Seguro —afirmó sabiendo que su amiga la necesitaría, que un oído que la escuchara iba a ser más que necesario en aquella noche de Octubre.

Apenas pudo regresar a la cocina, luego de cerrar la puerta de la habitación de la pequeña y la de aquel espacio en el que Cristina se encontraba, llamó a su amiga en un susurro, sintiendo que si su tono de voz se elevaba demasiado Cristina se rompería allí mismo, se convertiría en miles de fragmentos que difícilmente podría volver a juntar.

—Es peor de lo que supusimos —confesó en un tono agotado.

—¿Qué? —indagó apoyándose en la mesada a su lado, colocando con extrema suavidad un mechón de cabello detrás de la oreja de su amiga, esa que tenía una melena rubia casi salvaje, esa que se dedicaba horas completas a mejorar su apariencia física porque siempre se supo poca cosa.

—No solo tiene a otra mina —dijo elevando la mirada del mármol de la mesada hasta los ojos de su amiga—, sino que tiene dos…

—¿Dos amantes? —indagó impactada ante el repentino silencio de Cristina.

La rubia negó apenitas y luchó contra las lágrimas que amenazaban con destruirla por completo. Aunque lo que más le sorprendía a Cristina no era que aquello de verdad le doliera, sino que la causa de su dolor no provenía del desamor, de saberse engañada, sino la irrevocable consecuencia de los actos de un imbécil de la talla de Mario, de saber que con su aparición y la de Maitena en la vida de aquel trío, se romperían dos familias, tres niños inocentes sufrirían las consecuencias de las decisiones de un adulto imbécil y egoísta.

—¿Dos qué, tiene Cristina? ¡Me estás matando de la intriga!

—Dos hijos —afirmó y le sonrió con pena.

Melisa llevó su mano hasta cubrir por completo los labios y abrió los ojos desmesuradamente ante tamaña noticia.

—¿Segura son de él?

—Le dijeron papi. Además son igualitos a Mario.

—Mierda —susurró Melisa y en un solo movimiento abrazó a su amiga, la atrajo hasta su cuerpo y la apretujó con ganas, la hizo consciente de su apoyo, le susurró palabras que eran más que obvias para la relación de ellas dos, y se separó solo al notar que su amiga no lloraba, por el contrario, simplemente respiraba de manera en extremo controlada.

—Al fin tengo una excusa para separarme y que mi vieja no me rompa las pelotas —afirmó con los ojitos llenos de lágrimas.

—Ay, boluda, si hace mil años lo tendrías que haber dejado —respondió la otra y volvió a aferrarse al cuerpo de su amiga, de esa que ahora sí lloraba, pero no de dolor, sino de alivio, de saberse libre, y con excusas más que válidas, de una relación que no quería, que la estancaba, que no la hacía feliz, pero que su madre, esa mujer anticuada e hincha pelotas, insistía que debía mantener. Y Cristina siempre había obedecido a los mandatos de su madre, siempre había intentado complacerla, ser tan perfecta como su hermana menor, llenar cada casillero impuesto por aquella mujer que solo se supo orgullosa de su primogénita cuando ésta le confesó de su embarazo, mismo que tampoco estuvo muy segura de desear, pero que todos le insistían que debía tener para ser una mujer completa, para sentirse satisfecha con su vida.

—Al fin lo puedo dejar —repitió y se aferró más al cuerpo de su amiga, lloró mezcla de alegría y miedo, con un poco de terror y bastante de felicidad.


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Avisito: Esta historia viene despues de Vidas -Capítulo 1. Si no la has leído por ahí está bueno que lo hagas para ibicarte mas en contexto, sino se puede leer solo y está todo ok. Cada quien decide lo que quiere 🥰