Capítulo 1

Con calma, sin ninguna prisa, extrajo los materiales necesarios para el siguiente. La guadaña, la citara y el manto. ¿A cuántos había conducido ese ciclo? Lo ignoraba ¿Cuántos más debería exonerar para que los dioses de la muerte lo dejasen avanzar? Tampoco lo sabía, pero no le preocupaba, éstas efímeras tareas tenían su gracia, su sutil belleza. Y él no dejaba de disfrutar cada nuevo arribo.
El escenario que rodeaba su forma le parecía un derroche encantador de melancolía. El pantano de Luminith, con sus centenares de árboles muertos que plagaban hasta donde se perdía la vista el horizonte plomizo como una maraña de pesadillas en el interior de una mente afiebrada. Retorcidos como almas en pena, entre la tierra, ceniza y la inmunda capa de cieno oscuro del lodo.
Las puntas de los cuernos oblicuos de Remordia lo sorprendieron cuando ésta se acercó a su señor, cojeando patéticamente, con el hacha y los pergaminos. Las cadenas que salían de debajo de la piel de brazos y piernas, unidas a sus huesos, sonaban como alegres campanas cuando estuvo a su lado. Ella también lo sentía, lo veía en el encrespar de sus diminutas agujas de plumas que herían su espalda desnuda: no faltaba mucho para que viniera otro. La pequeña castañeteaba sus fauces lobunas y el brillo en sus ojos era inconfundible. El próximo era un especial. Absolvo también podía olerlo en el aroma que llenó el ambiente, un aroma que solo a él le podía parecer perfumado.
De entre el agua oscura que empantanaba toda la grieta empezaron a ascender burbujas de plata. Bailaban hasta estallar en la superficie con brillos opalinos y rápidamente eran sustituidas por más y más. Anunciaban su llegada, su pronta venida. A su vez, ondas en la superficie revelaban que algo pugnía por salir de ese punto específico del cieno pestilente. El borboteo atrajo la vista de los ojos minúsculos de Absolvo. Bien sabía que ese ciclo debía llegar otro, solo que no estaba seguro del sitio en el cual nacería. Éste estaba por brotar en medio del pantano.
No tuvo que decirles a sus compañeros que regresaran, ellos ya estaban ahí flanqueando una barrera entre Absolvo y el punto. Debían ayudarlo porque éste era un caso especial, sólo los peores venían tan tarde de ciclo en ciclo y, por las cintas de sangre que se desmadejaban entre el agua, era claro que éste era más especial que cualquier otro.
Del nacimiento de burbujas y ondas que palpitaban como un corazón moribundo, hizo acto de presencia una rama que empezó a subir revelando a su vez un tronco ancho y retorcido de formas ominosamente humanas. Un árbol carbonizado creció desde el interior del agua, encharcado en pestilente lodo, chorreando el agua oscura y las hojas e insectos.
Absolvo miró a Remordia y ésta jadeó con anticipación al entregarle el hacha oxidada. Él dio un paso al frente rompiendo la fila de sus compañeros y colocó su mano corrompida contra la aspereza de la madera.
El latido seguía estremeciendo la corteza desde el interior, un palpitar desesperado que sugería que en el interior algo se removía a la espera de ser liberado. Debían sacarlo pronto. Absolvo alzó la diestra que sostenía el hacha y el resto de sus congéneres esperaron con paciencia. Remordia se encogió sobre si misma, desdoblando el manto áspero y echándoselo al hombro, le dio una sonrisa cruenta a su amo antes de que este se concentrara en su totalidad en lo que había bajo la madera.
—Alma desvalida —llamó Absolvo apretando la palma de la mano contra la superficie rugosa, recibiendo el frío que manaba del centro, antes de sustituirla con el filo del hacha— se valiente.
Al primer golpe del metal, brotó la sangre y el agua bajando a raudales de la herida. Un estallido de madera carbonizada y gotas de vida regó el rostro y pecho del leñador de almas. Pero a Absolvo eso no le importó, siguió atacando el árbol, con frecuencia se detenía a escuchar, a sentir si lo que había dentro seguía con el mismo brío e impaciencia sus golpes y al confirmar que así era seguía dañándolo hasta hacerle un boquete bastante grande. Tras pocos golpes el resto de sus congéneres se unieron a él y con sus propias manos arrancaron de donde era posible los trozos de corteza ensangrentada para abrir cada vez más la herida.
El árbol era grueso, los trozos de madera crujían como si el mismo se contrajera para alejarse de sus torturadores. Las manos del resto de los seres desquebrajaban grandes partes hasta que la sangre manó en mayor cantidad, revelando lo que el árbol escondía en su centro.
Absolvo se detuvo y los demás seres lo imitaron, retrocediendo. Él le entregó el hacha a Remordia, se pasó el dorso del brazo ensangrentado por la frente y acto seguido sumergió la mano hasta el codo en el interior del árbol muerto. Le llevó unos segundos dar con lo que buscaba, del interior oscuro y húmedo, sacó por el cuello a una mujer.
Todos observaron al ser nuevo que venía al pantano de Luminith. La misma se hallaba exánime, como ida en un limbo entre la inconciencia y la duerme vela, las pupilas dilatadas aunque su vista estuviera desenfocada y la respiración trabajosa, gorgoteante, como si parte de la sangre que la recubría también se hubiese colado en sus pulmones. Su cuerpo estaba rodeado por varias vueltas de alambre de púas que la adornaban grotescamente como por enredaderas de metal, algunas de las afiladas puntas sobresaliendo y otras encarnadas con firmeza en la piel blanca.
Él la extrajo al completo del interior y la depositó sin mayor cuidado en el suelo cenagoso, donde los demás se acercaron, rodeándola para verla mejor. Absolvo miró a Remordia, ella agitaba su cola en punta y las cadenas que pendían de entre su piel. Se acercó a la recién nacida para darle a beber de su guaje, vertiendo directamente su contenido en la garganta de la mujer. Flores secas, alas de mariposas, mezclados con grumos sospechosamente rojizos, hicieron reaccionar a la mujer en cuestión de segundos, se incorporó y tosió con energía apoyándose en codos y manos para vomitar lo ingerido.
Absolvo estalló en una carcajada cordial, haciendo un ruido semejante al producido por los golpes de un bastón sobre un barril. El resto de los seres permanecieron en un silencio pétreo mientras observaban para después empezar a alejarse, era la última de ese ciclo, más almas llegarían pronto, debían estar preparados, no detenerse en la contemplación de otro ser, por especial que este fuese.
Remordia tomó a la mujer del hombro y la obligó sin demasiado cuidado a sentarse para examinarla. Ella aun no había dejado de toser, visiblemente atolondrada. La brusca acción del hacha había dejado surcos en la piel, en los muslos y en lo alto del pecho, la clavícula. Pero contrario a lo esperado, la sangre que cubría a la recién llegada no era suya, tampoco manaba de esas profundas heridas. Remordia, cojeante aunque rápida, taponó cada incisión con musgo y trozos de la misma madera del árbol destrozado.
—Es diferente —pronunció esta, con voz hueca.
Absolvo asintió— pero sigue siendo un alma mortal esperando su turno para el juicio final.
