Prólogo
Año 2007.
A Bryan no le gustaban los hospitales por lo grandes que eran.
A sus siete años, los pasillos blancos parecían no terminar nunca y todas las puertas se parecían entre sí. Había personas entrando y saliendo constantemente, enfermeras que caminaban deprisa y médicos que hablaban en voz baja mientras miraban sus relojes.
Aquella mañana había llegado con sus padres porque su papá llevaba varios días quejándose de unos dolores de cabeza que no desaparecían con nada.
Cuando una de las enfermeras llamó a su padre, su madre le pidió que se quedara sentado.
—No te muevas de aquí, ¿entendido?
Bryan había asentido.
Había aprendido hacía mucho que asentir era una forma sencilla de conseguir que los adultos dejaran de repetir las cosas.
Su hermano Sebastián estaba en el colegio y su mamá no dejaba de mirar el reloj. Tenía clases después del mediodía y todavía debía ir a recogerlo, pero por el momento no podía hacer otra cosa que esperar.
Por unos minutos hizo lo que le habían indicado y se quedó mirando la puerta por la que sus padres habían desaparecido, pero finalmente, el aburrimiento le ganó a la obediencia.
Se levantó con cuidado, miró hacia ambos lados y comenzó a caminar.
No pretendía llegar demasiado lejos. Solo quería encontrar algo que hacer mientras esperaba.
Cuando una enfermera lo detuvo para preguntarle qué estaba haciendo, Bryan sonrió con la inocencia suficiente para que nadie sospechara demasiado y le dijo que iba al baño.
Antes de que pudieran preguntarle algo más, salió corriendo.
Así llegó hasta un pasillo mucho más tranquilo que los demás. Una de las puertas estaba entreabierta así que se acercó disminuyendo el paso.
Desde donde estaba podía ver una pequeña mesa y, detrás de ella, una niña.
Era rubia.
Estaba sentada completamente sola, inclinada sobre una libreta mientras dibujaba con una concentración que le resultó extraña.
Bryan se acercó un poco más.
La niña parecía no haberlo escuchado.
Había lápices de colores esparcidos sobre la mesa y varios dibujos terminados junto a ella. Empujó un poco más la puerta dispuesto a acercarse, pero entonces escuchó una voz detrás de él.
—Niño ¿Qué haces ahí? —Bryan se quedó inmóvil— ¡Ey! Te estoy hablando.
Se giró.
Un hombre lo observaba desde el otro extremo del pasillo.
De inmediato echó a correr.
Sus zapatos golpearon el suelo mientras regresaba por el mismo camino. No se detuvo hasta llegar a una esquina desde la que podía observar la puerta a lo lejos.
El hombre había desaparecido y la puerta estaba cerrada.
Bryan esperó unos minutos, escondido detrás de la pared, pero nadie apareció.
Al final, decidió que sería mejor volver antes de que su madre descubriera que se había marchado.
Bryan se sentó.
Pero ya no estaba pensando en su padre.
Pensaba en la niña.
No sabía nada de ella. Solo recordaba su cabello rubio, sus mejillas redondas y aquellos ojos color avellana que apenas había alcanzado a ver cuando ella levantó la mirada por un instante.
Eso debería haber sido todo. Un encuentro de unos cuantos segundos con una niña desconocida en un hospital.
Un recuerdo cualquiera de la infancia.
Pero algunos recuerdos tienen la mala costumbre de quedarse.
Años después, Bryan ya no recordaría si había escuchado su voz. Tampoco qué estaba dibujando aquella mañana. Incluso su rostro comenzó a mezclarse con el de otras niñas que había conocido.
Pero la sensación había logrado permanecer intacta. La certeza absurda de que aquella niña había significado algo.
De que seguía existiendo, y de que algún día volvería a encontrarla.
Solo que Bryan todavía no sabía algo.
La niña que había convertido en un recuerdo no era la misma persona que estaba buscando.








