Capítulo 1
Distrito suburbano, Zaun.
Viernes, 4 pm
—¡Date prisa, Vi! ¡Son mas lentos que una tortuga en estado vegetal! —exclamó una emocionada Powder mientras corría delante de los chicos.
—¡No vayas tan rápido, Pow Pow, puedes lastimarte! —le advirtió Vi, la mayor del grupo, quien caminaba junto a Claggor y Milo.
—Es un alivio que este sea el último paquete, estoy cansado —se quejó Claggor, secándose el sudor de la frente.
—Solo has cargado con una cajita de tamaño promedio en tus manos. ¿Esa es tu historia desgarradora? ¿Tu gran tragedia? —Milo se burló, riendo.
—Ambos cállense ya. Entreguemos este último y vayamos a casa antes de que Vander se preocupe por nosotros —ordenó Vi, tomando el paquete en sus manos con firmeza.
—¡Según el mapa, esta es la casa, Vi! La he encontrado yo solita —presumió orgullosa la pequeña Powder, agitando el mapa con entusiasmo.
—Buen trabajo, pequeña. Entreguemos este último y vayamos a casa —respondió Vi, sonriendo.
La joven se acercó a la casa señalada y tocó la puerta sin obtener respuesta por unos segundos, hasta que finalmente fue abierta. En ese instante, un hombre alto los recibió. Era delgado y tenía la piel pálida, pero lo que más resaltaba en su rostro era uno de sus ojos, completamente rojo, casi enfermo, como si hubiese sido el resultado de una pelea de gatos.
—¿Necesitan algo? —cuestionó el hombre con frialdad.
—Tenemos una entrega para usted —respondió Vi, ofreciéndole el paquete.
—Oh, el paquete de Vander, lo he estado esperando con ansias —dijo el hombre mientras observaba a los chicos y a la niña detrás de Vi—. No sabía que Vander enviaba niños para sus entregas.
—Solemos ayudarle de vez en cuando, nada raro —Vi replicó sin tardanza—. Denos el dinero del paquete.
—Será un placer —el hombre sacó el dinero de sus bolsillos y se lo entregó a la joven, su mirada fija en los menores.
—Disfrútelo —añadió Vi como de costumbre, y les hizo señas a sus hermanos para que se fueran.
—Espera —llamó el hombre, y Vi se detuvo—. Dile, por favor, a Vander que le mando saludos. Quizás incluso vaya a visitarlo estos dias.
—¡Yo le diré! —exclamó emocionada Powder, y Vi la reprendió con la mirada mientras el hombre reía.
—Gracias, dulzura. Cuídense al volver a casa, niños —agregó el hombre antes de entrar y cerrar la puerta detrás de él.
Powder miró hacia atrás una última vez antes de acelerar el paso para alcanzar a los demás, pensando en el extraño hombre y su inquietante mirada roja. Los niños se alejaron rápidamente de la casa, sintiendo el peso de la mirada del hombre en sus espaldas. Vi mantuvo la compostura hasta que doblaron la esquina, entonces dejó escapar un suspiro de alivio.
—Carajo, Powder, no hagas eso. Sabes que no se habla con los clientes —reprendió la mayor a la pequeña, quien se escondía detrás de su hermano.
—Lo siento, no lo haré de nuevo, Vi —respondió la menor, aún escondida.
—Ya, ven, que igual no puedo enojarme contigo. Volvamos a casa —dijo Vi, revolviendo el cabello de Powder con ternura.
—Ese tipo me dio escalofríos —murmuró Claggor, estremeciéndose.
—A mí también, pero ya está hecho. Vamos a casa antes de que Vander se preocupe —respondió Vi, tomando la delantera mientras sus hermanos la seguían de cerca.
—¿Podemos pasar por una galleta antes? —preguntó Claggor.
—Si sigues comiendo esas galletas, la cama no va a aguantarte el peso —se burló Milo, empujando a Vi en tono de juego.
—Si ambos no se callan, voy a tirarlos al próximo barranco que vea "amenazó Vi, y ambos chicos fingieron seriedad al instante.
—Sí, señora.
—Se ha puesto mandona últimamente, ¿eh? —La poca paciencia de Vi se agotó.
—¡Qué se callen, les digo! —Ambos chicos empezaron a correr camino a casa, huyendo de su hermana mayor que los perseguía con el puño alzado y rabia en los ojos.
—¡Espérenme, que voy última! —pedía la pequeña Powder, tratando de seguir el ritmo de sus hermanos.
El grupo se adentró en las callejuelas del distrito suburbano, sus risas resonando en el aire mientras el sol se ocultaba lentamente en el horizonte, llenando el cielo de tonos naranjas y rosados.
Violett
Habíamos llegado hace algunas horas y dejé a los chicos en casa mientras arreglaba los pendientes con Vander en la Última Gota. Últimamente, las cuentas no daban lo suficiente y la mercancía se estaba quedando; habíamos perdido clientes. Vander parecía preocupado, aunque trataba de ocultarlo delante de los chicos, pero Benzo, su mano derecha, y yo sabíamos que él no se encontraba bien.
—Ese era el último —informé, dejando las últimas cuentas sobre la mesa.
—Está bien, Vi. ¿Las entregas de hoy? —preguntó como de rutina.
—Todo bien, entregamos cada una en su lugar —respondí, y él asintió—. Aunque hay algo, Vander. La última entrega, nunca habíamos ido a ese lugar y ese tipo no me da muy buena espina, no dejaba de observarnos.
—Ni siquiera tengo muy claro quién es —dijo Vander, frunciendo el ceño—. Benzo me comentó que pidió un paquete a último momento. Revisaré bien quién es; tú puedes estar tranquila —añadió con calma en su voz—. ¿No había civiles? —cuestionó, y negué con la cabeza.
—No los he visto en el distrito desde hace unas semanas —contesté—. ¿Crees que estén planeando algo más grande?
—No, ya lo sabría. Al parecer Grayson está muy ocupada enseñándole a su pequeña aprendiz cómo disparar —se burló.
—¿Nueva aprendiz? ¿La hija de la consejera que quiere ser vigilante? —pregunté curiosa.
—Sí, nuestros hombres estuvieron averiguando. No recuerdo su nombre, era de esos finos, creo que con C. Al parecer la pequeña juega a querer ser civil. Mientras los mantenga ocupados, mejor para nosotros —me explicó, y asentí sin nada más que agregar.
—Vayamos a casa, es tarde y los chicos necesitan comer —sugirió Vander, y asentí nuevamente.
La verdad es que le tenía más respeto a Vander que a cualquiera de nuestra gente. Él era amigo de nuestro padre y fue el primero en encontrarnos cuando los civiles mataron a mi padre y madre frente a Powder y a mí. Aquel recuerdo siempre me producía un nudo en la garganta...
Zaun, barrios bajos
5 años antes
Violett
—Se quedarán aquí y por nada del mundo se les ocurra salir —ordenó mamá mientras nos encerraba en nuestra habitación.
—¿Qué está pasando allá afuera? ¿Por qué quieres encerrarnos? —pregunté a la defensiva.
—Son los vigilantes. Su padre ha salido a ayudar, pero no podemos arriesgarlas. Quédense aquí, por favor. Volveremos pronto, mis niñas —agregó tratando de calmarnos.
—¿Cuándo todo esto termine, podremos terminar la cena, mami? —escuché a Powder preguntar.
—Sí, mi cielo, tranquila —respondió mi madre, acariciando nuestras mejillas—. Vi, estás a cargo. Las amo, todo estará bien —fue lo último que nos advirtió antes de salir de un portazo. Yo sabía muy bien cuándo mi madre mentía, y esta no era la excepción.
Fue entonces cuando los ruidos empezaron a hacerse más fuertes: disparos, estruendos, gritos y llantos. Había pasado casi una hora cuando los ruidos cesaron, pero nadie vino por nosotras. Mi mente temía lo peor, pero no iba a dejar a Powder sola, así que la tomé de la mano y salimos de la habitación.
—Saldremos afuera. Vas a taparte los ojos, ¿está bien? Yo voy a sostener tu mano —sugerí, y ella asintió.
Al abrir la puerta, el aire frío y el humo chocaron contra mi rostro. El ambiente estaba lleno de neblina y las calles desiertas, solo los cuerpos caídos a los costados. Sostuve aún más firmemente la mano de Powder y, sin mirar a los lados, seguí caminando hacia donde aún se oían sonidos: disparos, uno, dos, tres, y luego silencio. Traté de enfocar a través de la neblina. Fue entonces cuando lo vi todo.
Un civil apuntaba con su escopeta directamente a la cabeza de mi madre. Ella estaba de rodillas, sosteniendo el cuerpo de papá en sus brazos, lágrimas cayendo sin cesar mientras sus manos se aferraban al cuerpo sin vida de mi padre. Estuve paralizada al ver cómo el civil quitaba el seguro de su arma. Sostuve la mano de Powder con más firmeza, temiendo que fuera a desmayarme.
—Por favor, tengo dos niñas. No puedo dejarlas solas —rogaba mi madre entre sollozos—. No quiero morir, mis bebés me necesitan.
Dos frases, siete palabras. Fue lo último que mi madre alcanzó a decir antes de que la bala atravesara su cabeza.
Vi caer lentamente sus cuerpos junto al de papá y sentí cómo mi mundo se desmoronaba con ellos. Mis padres estaban muertos frente a mí, me faltaba el aliento y mi cuerpo temblaba. Fue entonces que la voz de Powder me trajo de vuelta.
—Vi, me estás lastimando. No tan fuerte —dijo entre quejas, y la miré. Estaba sujetando su pequeña muñeca con tanta fuerza que la estaba lastimando.
—Shhh, lo siento —traté de susurrarle, en vano. El civil nos había escuchado y ahora se dirigía hacia nosotras.
Retrocedí unos pasos hasta tropezar y caer sentada en el suelo. Powder abrió los ojos y trató de observarlo todo mientras se aferraba abrazada a mi cuello como si su vida dependiera de ello. Pensé que acabaríamos allí, hasta que vi a él golpeando su cara. Vander, el jefe de mi padre, casi parte de la familia junto con Silco; los dos eran los líderes de Zaun.
Vander comenzó a golpear al civil, alejándolo de nosotras. Mis sentidos se distorsionaron; no podía escuchar nada ni siquiera sentir las pequeñas manos de Powder sacudiendo mi brazo. Me puse de pie y caminé hacia los cuerpos sin vida de nuestros padres, deteniéndome justo frente a ellos. Caí de rodillas ante ellos y un grito desgarrador escapó de mí mientras mis lágrimas caían sin cesar por mis mejillas.
Lloré desconsoladamente frente a mis padres, mientras las manos de Powder se aferraban a mí con más fuerza. Volteé hacia ella; su rostro estaba aterrado, las lágrimas cayendo por sus mejillas sucias. La tomé en mis brazos y la abracé tan fuerte como pude en ese momento. Valder se acercó a nosotras; lo vi cuando dejó caer sus puños de metal al suelo y luego se unió a nuestro abrazo. Nos acompañó hasta que terminamos y luego nos cargó a ambas para llevarnos con él.
Éramos solo niñas; yo aún no podía procesarlo y probablemente Powder no entendía lo que estaba sucediendo, pero Vander nos recogió, nos dio un hogar, techo y comida. También hizo lo mismo con Milo y Claggor, quienes también fueron víctimas de aquella masacre. Hemos sido una familia desde entonces.
Actualidad
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Al llegar a casa, los chicos ya estaban medio dormidos en el sofá, con Milo abrazando una almohada y Powder acurrucada junto a Claggor. Me dirigí a la cocina para calentar las sobras mientras Vander guardaba las ganancias del día y organizaba los paquetes para entregar mañana. Cuando todo estuvo listo, me acerqué al sofá sin hacer ruido.
—Vamos, despierten. Es hora de cenar —les dije suavemente, tratando de no asustarlos.
Powder abrió los ojos y sonrió somnolienta, mientras Claggor y Milo se desperezaban lentamente. La pequeña me abrazó fuerte de la cintura como de costumbre, y le revolví el cabello antes de indicarle que se sentara junto a los demás. Coloqué los últimos vasos con la bebida en la mesa y me senté junto a ellos.
—¿Cómo estuvo su día? ¿Se cuidaron entre ustedes? —nos preguntó Vander con una sonrisa cansada.
—Las calles estuvieron tranquilas sin civiles. Lo que realmente debemos cuidar es a Vi y lo loca que se pone cuando le hacemos una broma. ¡Nos iba a tirar por un barranco hoy! —se quejó Milo, y le lancé una mirada asesina.
—Es cierto, pensé que moriría —siguió Claggor, y solo volví la vista hacia Powder en busca de ayuda, pero la pequeña simplemente se estaba riendo de la escena.
—Y les partiré el plato en la cabeza si no me dejan comer en paz, par de idiotas —dije, tratando de contener mi impulsividad violenta.
—¡¿Ves?! La violencia no es la solución —se defendió Milo.
—Él tiene un punto —añadió Claggor.
—¡Genial, de repente son los más pacifistas! —exclamé irritada, mientras Powder y Vander se reían de nosotros.
En ese momento, alguien tocó a la puerta. Comúnmente, Benzo solía venir por las noches a hablar con Vander, acompañado de su pequeño protegido, Ekko. Vander se levantó de la mesa y abrió la puerta, confirmando mis sospechas. Benzo lo saludó con una palmada en el hombro, entrando seguido del niño.
—Al parecer llegué a buena hora —dijo el hombre al entrar, con una sonrisa en el rostro.
—Pasadas, se nos hizo algo tarde la cena hoy —respondió Vander, con un tono de disculpa. Ambos entraron al despacho cerrando la puerta detrás de ellos.
—Si ya terminaron de comer, lleven los platos a la cocina y espérenme en la habitación —ordené, y todos asintieron.
—¡Powder, ven! ¡Tengo un nuevo truco para nuestras armas! —escuché exclamar a Ekko mientras tomaba la mano de mi hermana menor y salían corriendo entre risas.
—Estaremos abajo —avisó Milo, seguido de Claggor. Asentí con la cabeza y finalmente me acerqué a la puerta del despacho, observando por un agujero la escena entre los dos hombres.
—No te he vuelto a ver por el bar; los clientes extrañan al cantinero —dijo Benzo, y vi a Vander tocarse la sien con los dedos, visiblemente preocupado.
—Las cosas han estado jodidas. Dejé el bar para enfocarme en los paquetes, pero ni siquiera eso salió bien. Los clientes han disminuido y hoy ni siquiera tuvimos para hacer algo de cena que no fuese calentado —confesó Vander, encendiendo un cigarro.
—Te dije que no era un negocio fácil. Tampoco has cubierto tu deuda del bar; podrás ser el que sirve los tragos, pero tienes responsabilidades —le recordó Benzo, sentándose frente a su colega con una mirada firme.
—No me hables de responsabilidades. Tengo dos hijas que cuidar y dos chicos más que son casi parte de la familia. ¿Cómo crees que me hace sentir esta mierda? No tengo siquiera para darles algo bueno de comer. Hacen todo lo posible para ayudarme; se los debo —respondió Vander, su voz cargada de frustración y cansancio.
—Te entiendo, tengo a Ekko. Es un pequeño molesto, pero le he tomado mucho cariño. Sabes que no voy a presionarte, Vander. Puedo cubrirte un tiempo más, pero debes pensar en algo, al menos para los niños —dijo Benzo con tono conciliador, y mi padre asintió lentamente.
—Te debo una. Por cierto, quería preguntarte algo —dijo Vander, dando una calada a su cigarro—. Vi me contó de un nuevo cliente en las entregas de hoy. ¿Quién es ese tipo?
—Al parecer es nuevo por estos lados, dicen que viene del lado norte. Ya he mandado a mi gente a investigarlo, puedes estar tranquilo —explicó Benzo, y Vander asintió, convencido.
—Bien. Mañana iré al bar, dejaré a los niños descansar un día de las entregas. Quizás así también gane algo más para que cenen algo mejor.
—Estoy de acuerdo. Ahora saca los paquetes, a lo que vinimos —pidió Benzo, y ambos se ubicaron en el escritorio, desplegando los paquetes sobre la mesa.
Me alejé de la puerta y bajé a la habitación. Los chicos estaban peleando por una almohada mientras Ekko ayudaba a Powder a reparar sus pequeños inventos explosivos. Todos voltearon a verme en cuanto bajé las escaleras, y la más pequeña me sonrió.
—Tenemos un problema —informé, y todos posaron su atención en mí—. Escuché a Vander hablar con Benzo en el despacho.
—¿Qué pasa? ¿Hubo algún problema con nuestras entregas? —preguntó Milo. Negué con la cabeza.
—No con nosotros, pero las entregas ya no son suficientes. Vander ha perdido clientes y ni siquiera puede recuperar el capital de lo que invierte. Lo peor del caso es que lo único que le preocupa es lo que tengamos nosotros para comer. Se siente culpable por darnos las mismas sobras de la comida pasada una y otra vez —conté, y todos, excepto el moreno, dejaron de mirarme, sintiéndose culpables.
—No podemos dejar que él cargue con todo esto solo. Después de todo, somos cuatro bocas que alimentar —admitió Claggor.
—Tenemos que hacer algo, un trabajo de verdad. Podríamos subir a Piltover a robar algunas cosas, pero eso implicaría ponernos en peligro con los guardias —sugerí, mirando a todos con seriedad. Ekko se levantó, con una chispa de emoción en sus ojos.
—La noche pasada vino un hombre al bar. Vestía bien y se notaba que era de allá. Compró algunas cosas y le cobré el doble. El punto es que lo seguí y vive en un edificio elegante arriba; les pertenece a unos llamados "Los Kiramman". Tengo la dirección. No sé si estará ahí mañana, pero podrían intentar vaciarlo. Debe haber cosas valiosas allí —explicó el niño, y asentí, pensativa.
—Es arriesgado, pero podría ser nuestra oportunidad —dije finalmente, mirando a los demás con determinación—. Vamos a necesitar un buen plan.
—Suena bien, pero Vander nos tiene prohibido subir arriba. Nos mataría si se entera —agregó Milo.
—Lo mataremos nosotros a él con tantas cargas y preocupaciones. Tenemos la edad suficiente para buscar cómo sostenernos, y Vander, a nuestra edad, hacía robos incluso más grandes —inquirí—. Ekko, dinos cómo llegar; lo planearemos todo.
El pequeño asintió y empezó a dibujar un mapa con los crayones coloridos de Powder, mientras ella lo miraba curiosa. Claggor y Milo empacaban las protecciones y lo necesario para el asalto. Cuando todo estuvo organizado, tomé el mapa colorido en mis manos y lo guardé en mi chaqueta. Miré a todos los chicos reunidos frente a mí y les sonreí, decidida.
—Está hecho. Mañana vaciaremos el edificio de esos estúpidos ricos.








