Capítulo 1
—Escúchame, hijo.
Sus dedos trabajaban con la corbata negra, estaba terminando el nudo.
—Papá, no es el mejor momento para dar consejos.
—Escúchame —dijo alzando la voz sin llegar a gritarme.
La corbata ya estaba lista, pero mi padre siendo meticuloso arreglaba la tela que ya estaba perfecta.
—Cuando te casas con alguien, debería de ser para siempre y sobre todo se debe de procurar mantener una unidad, un vínculo. Por eso, si alguna vez decides ser infiel…
Se quitó la corbata y la extendió a mi pecho.
—Ten, ya esta lista.
—No me voy a casar para ser infiel. Estoy seguro que es la persona correcta —dije tomando la corbata y colocándola alrededor del cuello de la camisa blanca.
—Solo quiero decir… que si alguna vez decides ser infiel, tienes que hacerlo bien. Me refiero a que ella no se entere.
Subí el nudo de la corbata con más fuerza de la necesaria.
—Papá, disfruta esta noche de la misma manera que quiero disfrutarla yo. Entiendo que estés preocupado, pero ya tengo veinticinco años, sé lo que estoy haciendo.
Mi padre por algunos segundos se limitó a observar cómo me ajustaba el cuello. Cuando terminé y me di media vuelta, extendió su mano derecha a mi hombro.
—Siempre te voy a apoyar. No importa que hagas, siempre voy a estar ahí. Recuérdalo.
Me vi por última vez en el espejo, contemplé a detalle el traje negro y mis ojos empezaron a soltar lágrimas, era la noche más importante de mi vida.
—Gracias, significa mucho para mí —dije sonriendo. —Ya nos están esperando.
Antes de caminar por la alfombra roja observé la iglesia repleta de gente conocida esperando el inicio de la ceremonia. En una de las esquinas, al fondo, estaba una pareja de ancianos sentada en una banca de madera. La mujer parecía conmovida, con alegría susurraba secretos en la oreja del hombre que al escucharlos ni siquiera sonreía un poco. De vez en cuando, la mujer al verme, volteaba hacia su marido y después se dejaba acurrucar en su hombro.
Mi padre se encontraba a mi costado derecho dando constantes palmadas en mi espalda. A pesar de que trataba de calmar mis nervios, me pude percatar que su bastón temblaba un poco.
El Sacerdote expresaba incomodidad por buscar a la nueva pareja, se acercó cuando me encontró y nos dio las últimas instrucciones.
—Cuando empiece la música, es cuando empiezas a caminar.
Señaló con el dedo a mi papá.
—Usted, se pone en el asiento que estará detrás de él.
—¡Ya va a comenzar! —grito una niña que estaba apresurada por darle la noticia a sus papás.
Chocaba con los vestidos que triplicaban su altura y esquivaba cualquier regaño que pretendiera frenarla. El Sacerdote vio por mi hombro y después me vio a los ojos.
—Su futura esposa… ya está aquí —anunció con alegría.
Una canción que desconocía empezó a escucharse. Todos se pusieron de pie, en silencio y atentos a la entrada.
Al observar lo lejos que quedaba el atril, dudé en seguir adelante. Lo que estaba viviendo era difícil de comprender, cerré los ojos para pensar y después de meditarlo di el primer paso. Acepté la decisión que desde hace meses ya había tomado. Abrí los ojos y seguí el camino que las orquídeas moradas me indicaban.
«Está más cerca de lo que pensé» me dije cuando llegué.
Di media vuelta para observarla, en el inicio del recorrido, que yo ya había terminado.
El salón estaba en las orillas de la ciudad, se encontraba a los pies de una presa donde algunos van con la emoción de perder el tiempo pescando. Adentro, las mesas estaban puestas y los meseros ya habían recibido a los invitados. Varios de ellos se sorprendieron al ver que la iluminación provenía de velas rojas colgadas en el techo.
—Ve… hazlo… ¡ánimo! —Murmullos se escuchaban cerca.
Era una mujer con vestido azul, empujaba a mi hermano Tomas al centro de la pista. Un mesero se acercó y le dio un micrófono. Tomas sé quedo solo a observación de todos los invitados. Si existía algún ruido, en ese momento, desapareció.
—Parece que la familia me ha escogido para decir unas palabras a mi querido hermanito… Me conocen, saben que el compromiso nunca me ha llamado la atención, simplemente no es lo mío.
Volteó a la mesa blanca donde estaba sentado con mi esposa.
—Pero tengo que aceptarlo. Hoy cuando los vi caminando en la alfombra roja… sus sonrisas que no podían ocultar… me hizo cuestionar si realmente quería estar soltero toda mi vida —dijo sonriendo.
Se talló los ojos y continuó.
—Mi hermano gemelo ha decidido casarse. En realidad, me siento orgulloso de poder decirle en nombre de todos… que los queremos… y esperamos de corazón que esta nueva familia prospere.
Los aplausos empezaron a sonar, pero Tomas los interrumpió.
—Una vez me dijeron, que cuando encuentras a la persona que te ayuda a construir el camino, en la adversidad y en la enfermedad, el tiempo se vuelve más cálido a pesar de ser injusto.
Los aplausos de todos, los gritos de algunas y las lágrimas de mi esposa finalizaron las formalidades. Tomas se acercó al músico para pedirle que empezará la fiesta, después se pasó a nuestra mesa para abrazarnos y se perdió en la multitud de los invitados.
Karol, mi esposa, me tenía agarrado de la mano. Veíamos como se llenaba la pista de baile, los demás esperaban a que nos uniéramos.
—Quiero que me acompañes —dijo Karol.
Empezó a caminar al lado opuesto de la pista, sin soltarme y sin darme oportunidad de indagar en su capricho.
La música empezaba a escucharse más lejos. Se detuvo en una puerta oxidada a la que apenas le entraba luz. Me soltó de la mano y sin mucho esfuerzo la abrió.
—¡Vamos! —exigió sonriendo.
Detrás de ella estaba la presa iluminada por el reflejo de la luna. Había pequeñas olas que destacaban por el silencio, muy poca vegetación oculta por la obscuridad y tierra húmeda a pesar que las corrientes no llegaban a tocarla.
—¿Qué opinas? —preguntó caminando hacía la orilla. —Dicen que aquí se han llegado a ahogar muchas personas, pero a mí se me hace tranquilo y hermoso.
—Opino que es peligroso y más si tienes un vestido de bodas puesto. No te acerques mucho.
Karol dio unos pasos para atrás.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté.
Karol se acercó cabeza abajo, luego me abrazó dándome un beso en la mejilla.
—Cariño —dijo agarrando mis manos. —A pesar de lo que hemos hablado, me gustaría tener un hijo.
—Sabes que…
—Lo sé —me interrumpió. —Te he escuchado tantas veces que ya se lo que vas a decir.
Endurecí mis labios.
—Es cuestión de tiempo que dejemos de existir. Enfermedades, catástrofes… y ahora esos suicidios colectivos que se han ido extendiendo.
—Entonces… no entiendo. ¿Por qué quieres tener un hijo en un mundo que se está acabando? La vida de él sería diez veces más complicada que la nuestra.
Karol me soltó de las manos y se alejó unos metros de mí.
—No tengo ningún motivo —dijo poniéndose en cuclillas frente a la presa. —Solo quiero ser una buena madre. Quiero cuidarlo, protegerlo y enseñarle.
Me acerqué a su costado y me senté a su lado.
—¿Cómo te gustaría ponerle?
Karol me miró a los ojos sonriendo.
—Me gustaría que se llamara Axel.