Capítulo Único
Indra Otsutsuki detuvo sus pasos cuando sintió una conocida presencia en los alrededores de los frondosos árboles. Estaba en las profundidades de estos, era imposible que alguien, aparte de Asura, lograra seguirle el paso por los peligros que rondaban en dicha zona.
Solo un shinobi tan fuerte como él podía ocuparse de las bestias que pudieran estar acechándolo en esos momentos. Sin embargo, aparte de Asura, había alguien más estúpido como para ir detrás de él sin molestarse en ocultar su chakra ante la tonta idea de que no podría lastimarla por el simple hecho de ser parientes.
Puso una mueca inexpresiva, con aquel par de ojos oscuros, de una tonalidad abismal, al momento de girarse y observar de manera irritada la tela del kimono de la figura escondida detrás del tronco de aquel árbol.
—Sal —ordenó con su voz fría sin la necesidad de alzar el volumen porque Indra sabía a la perfección que ella le escuchó a la perfección—. Puedo ver tu kimono desde aquí.
Tímidamente, la figura salió para revelar la identidad de sus ojos nacarados, irreales incluso dentro de aquel mundo; mismo su padre creó con la finalidad de poner fin a los conflictos protagonizados por los humanos a los cuales su abuela sintió tanto cariño.
La apariencia de la joven mujer era hermosa en sí, era común que cada hombre quedara fascinado por las facciones delicadas de la mujer. Habían sido numerosas las intenciones de los ninjas de lugares lejanos vinieran solo para apreciar la belleza de la sobrina de su padre quien pasaba la temporada primaveral en la Tierra en lugar de la Luna, su hogar original.
—Indra-sama —saludó con respeto la mujer de cabellera larga, rozaba con facilidad en el piso y el cual brillaba de una manera saludable—. Perdone por molestarlo en su caminata —se disculpó con honestidad, bajando la mirada hacia el piso, escondiendo el ligero sonrojo en sus blancas mejillas.
—Eso ya lo hiciste —obvió aquello, sintiendo una ligera irritación por haber sido perseguido. Gustaba disfrutar de sus caminatas, en solitario—. Regresa con padre, no quisiera recibir un regaño de su parte si algo te ocurriera.
—P-Prometo no ser una carga para usted —exclamo ella, dando unos cuantos pasos a su dirección, guardando la distancia para no empeorar el humor de su querido primo quien parecía no apreciar su presencia—. S-Solo me gustaría conocer más sobre la Tierra —confesó en un pequeño murmullo—. Pronto la primavera se acabará y mi padre me pedirá regresar a la Luna… Con el resto del clan. Quisiera poder disfrutar de mis últimos días en la Tierra sin la constante vigilancia de Hagoromo-sama. Agradezco enormemente la oportunidad de permitirme hospedarme en su hogar, pero la extrema vigilancia que pone sobre mí la considero… Un poco exagerada.
—Cuentas con el tesoro del Byakugan, herencia directa de Kaguya—contestó con lógica el castaño de ojos oscuros como si aquello fuera razón suficiente para la sobreprotección de su padre respecto a la hija pequeña de su tío Hamura—. Es natural que se te proteja.
Ella bajó el rostro apenada por las palabras dichas sin una pizca de cuidado, a pesar de que aquello no era su principal propósito pues de verdad estaba agradecida por el permiso dado por su padre de dejarle visitar la Tierra aun cuando el decreto que su progenitor impuso en el clan dedicado a vivir en el Castillo Otsutsuki, situado en la Luna, desde la creación del Mundo Shinobi gracias a la voluntad de su tío Hagoromo, era natural en ella, una joven curiosa y maravillada por cada una de las creaciones que su abuela, Kaguya-sama, regaló a los habitantes de la Tierra.
Su padre había intentado dar una imagen semejante al Reino Lunar que le pertenecía a su clan, pero no se comparaba con lo original. Amaba los bosques, el aire fresco, la libertad de moverse a su propia voluntad sin la necesidad de ser vigilada constantemente por el escuadrón de marionetas exclusivas para su seguridad, pero sobre todo disfrutaba de la compañía de los demás.
—Me disculpo, no pretendía menospreciar los esfuerzos de Hagoromo-sama, es solo que… —por un momento quiso ser sincera con Indra. Asura le regañaba al mencionarle que su hermano mayor era algo tosco y que probablemente debería mantenerse alejada de él ya que no gustaba pasar demasiado tiempo con las personas, pues dentro de sí opinaba que no había necesidad de gastar el tiempo con personas a las que consideraba menos importantes si no lograban ayudarle en lo relacionado a su entrenamiento personal, pero ella quería acercarse a él—. De verdad quisiera disfrutar más tiempo en los exteriores, pronto regresaré con padre al Castillo Otsutsuki y no sé si podré regresar el próximo año…
—Siempre regresas. ¿Por qué sería diferente? —preguntó con curiosidad Indra, mirando con atención el rostro triste de la chica quien era un par de años menor que Asura y él.
Ella le dedicó una sonrisa ligera, pero que lograba reflejar una pizca de dolor.
—Mi padre desea comprometerme con mi hermano mayor —confesó—. El próximo año cumpliré la edad adecuada para procrear. Aún somos pocos los que estamos en la Luna y padre piensa que es buen momento para llenar la Luna con sus descendientes. Aprovechar el momento de paz que reina en la Tierra.
Indra no vio problema alguno con ello. Ella poseía una fuerza especial, un don dado por las mismísimas deidades, le era normal que su tío quisiera conservar la pureza de dicho obsequio. La unión de ambos hermanos traería una nueva generación de fuertes shinobis.
—Hiroshi será un buen esposo —fue lo único que dijo a la joven quien se limitó a asentir.
—Aun así no dejaré de verlo como mi hermano mayor.
—Tendrás que hacerlo, es tu deber.
Indra observó cómo ella miró por un largo minuto el suelo, apretando sus manos adelante en un movimiento que sinceramente le irritaba hasta el cansancio.
—Eres libre de rondar por los bosques, pero trata de quedarse cerca de las antorchas. No seré yo el que vaya a salvarte si una bestia decide atacarte.
—Gracias por su preocupación, Indra-sama. Me aseguraré de no causarle problemas.
Grácilmente ella se giró de manera divina, como si todo movimiento que hiciera fuera una danza corporal. A comparación de ellos, los hijos de su tío Hamura contaban con una elegancia innata que los diferenciaba claramente. No importaba lo mucho que entrenaran o se desvivieran al mostrar las habilidades del Byakugan en los combates de demostraciones, ninguno de los Otsutsuki descendientes directos de Hamura parecían sudar, como si fueran representantes de la parte celestial de su propia familia.
Le observó alejarse, era difícil no posar sus ojos en la figura bella de la mujer, siempre vestida con los más preciosos kimonos con toques elegantes y detalles hechos a manos por los distinguidos artesanos que ofrecían dichas prendas a modo de regalo para la Princesa Byakugan, como la gente gustaba llamarle. Indra admitía que era hermosa, pero lo que le parecía más atractivo era el poder. Las necesidades humanas que su hermano menor parecía disfrutar más, debido al lado mortal que heredaron por parte de su abuelo, era algo propio de Asura, él quería aprender cada cosa que estuviera a su alcance para demostrarle a su padre la fortaleza que poseía.
Decidido a no prestarle atención a la joven que se alejaba de él, Indra continuó con su camino solitario a las profundidades del bosque.
En la próxima primavera la palabra de ella se cumplió.
No visitó sus tierras. Su padre les comunicó que la unión entre sus sobrinos había era un hecho y se hallaba contento con la noticia, aunque Asura seguía quejándose que su pequeña prima aún era demasiado joven para casarse, pero Hagoromo interrumpió a su hijo menor al mencionarle que todo era con el propósito de multiplicar los shinobis en la Luna.
Indra guardó silencio durante la cena, procesando las noticias dentro de su mente, sintiendo algo removerse dentro de su interior que comenzó a picarle sin razón alguna.
Los meses continuaron, así como su entrenamiento. Lentamente se daba cuenta que Asura comenzaba a superarse. Por un momento pensó que aquello no debería preocuparle porque entre ambos era él quien poseía más fuerza y las habilidades para considerarse el heredero del legado de su padre. Pero no podía ignorar el detalle de la fuerza de su hermano menor, quien en un principio nunca mostró tanto talento, teniendo que esforzarse aún más por pulir sus técnicas y demostrar ser también un digno hijo del Sabio de los Seis Caminos.
Poco a poco Indra se sumió en una época oscura de la cual dudó siquiera sufrir ante las inseguridades que le provocaban los avances de Asura. En un principio le veía de lejos, cercano al campo de entrenamiento que su hermano menor gustaba usar cuando las obligaciones diarias le permitían dedicarse a trabajar en sus avances personales, y hasta sonreía con cierto deje de orgullo de ver cómo Asura estaba improvisando su poder, aunque le causara risa de ver cómo el menor soltaba maldición tras maldición por ver que no alcanzaba aún sus metas.
Existían deseos nacer desde la profundidad de su ser que le invitaban a brindarle algún consejo a su hermano, pero se guardaba dichas correcciones para sí, pues era trabajo de cada uno mejorar sin la ayuda de nadie. Además, como siempre Indra gustaba repetirse, no era de su incumbencia. Asura podía ser su hermano menor y quererlo como tal, pero aquello no borraba el hecho de que lo considerara el único rival capaz de quitarle el puesto de heredero.
Con aquel pensamiento Indra fue llenándose de rencor hacia Asura, quien solo quería alcanzar a su hermano mayor y demostrarle que podría ser alguien de apoyo para cumplir sus sueños, de ese modo ambos, como hermanos, podrían velar por el sueño de su padre en mantener la paz en la Tierra. Pero Indra no lo vio de esa manera, especialmente cuando su padre comenzó a favorecer a Asura, observando en el hijo menor aquello que necesitaba que cada uno de los shinobis poseyera en su alma para asegurar el bienestar del hogar terrenal que creó con ayuda de su hermano Hamura.
En la soledad del bosque, en el lugar que gustaba frecuentar cuando quería pensar, Indra se halló con la sorpresa de ver una lluvia de estrellas fugaces en el cielo. Aquel fenómeno le sorprendió y le hizo cuestionarse qué celebración especial habría sucedido en los reinados lunares para causar aquello. Inesperadamente el brillo resplandecer caído del cielo arribó hasta la piel de sus palmas extendidas, revelando ser una mota de chakra de un tono lila que le trajo el recuerdo del rostro de su prima menor.
El sentimiento cálido que sintió a través de aquella bola energía que solamente el clan de su tío era capaz de moldear de ese modo logró reconfortar, por un momento, aquella sensación agridulce posarse en el interior de su alma.
Indra sonrió ligeramente para luego cerrar los ojos, apretando el puño y destruyendo la bola de energía.
—No necesito tu lastima, patética mujer —gruñó con seriedad, borrando cualquier indicio de expresión, observando al cielo con el Sharingan activado y con las astas girando sobre el centro de la pupila.
La Luna le recordaba constantemente a ella, especialmente en esas noches solitarias. Comenzaba a odiar su brillo y ese mal hábito de buscar el cuerpo gigante de tonalidades blancas que tenían un efecto tranquilizador en él, como si dependiera de algo ajeno a su propia voluntad.
—Su prima ha muerto.
Asura bajó la mirada con pesadumbre por cómo la noticia le afectó. Hagoromo bajó la mirada igualmente, por respeto por las noticias que comunicaba, observando la reacción de sus hijos. La de Asura no le sorprendía al sabio, pues conocía lo bien que su sobrina e hijo menor se llevaron cuando la la menor de las hijas de su hermano le visitaba en la época de primavera en la Tierra.
Por el otro lado, Indra no tuvo reacción alguna, se mantuvo quieto sobre el cojín dentro de la sala como si escuchar aquella noticia no representara razón alguna por la cual entristecerse o dedicarle más importancia de la que merecía.
—Es algo normal dentro del ciclo de la vida —soltó Indra con lógica y con un tono frío, como si no hubiera necesidad de pensar mucho sobre la muerte. Al ser seres híbridos entre la unión de un ser celestial y un mortal, era natural pensar que en algún momento ellos morirían también al arraigarse a las costumbres y hábitos de los mortales—. Morir es lo que no espera cuando cumplamos nuestros objetivos.
—Aniki —Asura le miró con cierto dolor. Sabía que su prima no había sido alguien del gusto de Indra, pero incluso él hallaba sus palabras un tanto crueles por alguien que vio como una hermana pequeña a quien cuidar—, eso no hace que la noticia dejer de ser triste.
—¿Y cómo murió? —cuestionó Indra al ignorar las palabras de Asura—. Si fue en medio de un combate daría crédito a su muerte, pero si fue por otra cosa tan simple como una muerte natural, no hallo razón para haberme interrumpido en mi entrenamiento…
—Hoshi murió dando a luz a sus hijos, Indra.
—¿Tuvo descendientes con Hiroshi?
—Dos gemelos —asintió Hagoromo—. La dualidad continuará en nuestra familia por muchas generaciones. Es lo que me ha informado mi hermano en nuestra conversación más reciente.
—Es una lástima que no podamos asistir a su funeral —dijo Asura, con la mirada llena de tristeza—. Realmente me hubiera gustado llevarle sus flores favoritas.
—Estoy seguro que Hoshi sabía lo mucho que la apreciabas, hijo —comentó Hagoromo con la intención de espantar la pesadumbre sobre los hombros del muchacho—. Pero debemos respetar el mandato de mi hermano. Solo le permitió a Hoshi venir en primavera durante el tiempo que ella alcanzaba la edad para casarse, ahora con su destino cumplido no hay más razones por las cuales los shinobis de la Luna se deban mezclar con los asuntos de nuestra gente. Es mejor así.
—Girasoles. Es la primera vez que los veo. Son bonitos.
Aquel molesto ser que se llamaba a sí mismo la reencarnación absoluta de la olvidada voluntad de su abuela Kaguya llamó, nuevamente, su atención de la ligera siesta que Indra quería tener, pero que se le dificultaba con la compañía de aquel ser de apariencia negra y sonrisa siniestra que le gustaba perseguirlo por todos lados para continuar diciéndole que solamente él era capaz de cumplir con los deseos de su abuela.
Hacía poco se había deslindado de cualquier lazo que lo uniera a su hermano y padre, sometiéndose a sí mismo a un camino en solitario para buscar el poder necesario para hacerse fuerte. Las habilidades con las cuales nació que le ganaban halagos por parte de los demás quienes reconocían su fuerza solo le demostraban que había nacido para algo más importante, tal como aquel ser llamado así mismo como Zetsu Negro le repetía constantemente.
Ahora lo tenía como única compañía.
—No molestes, intento dormir —ordenó con irritación, tratando de dormitar nuevamente.
Zetsu Negro rio infantilmente.
—Trataré de ser silencioso para no perturbar su sueño, mi señor —comentó la figura que aparentaba ser humana, pero el color negro pintar cada parte de aquel cuerpo daba la apariencia contraria—. Por favor, vuelva a sumirse en el Reino de los Sueños con su adorada Princesa.
—¿De qué hablas? —gruñó Indra al verle con seriedad en los ojos por las estupideces que decía.
—Oh, ¿he dicho algo incorrecto? —Zetzu Negro ladeó el rostro, fingiendo inocencia—. La joven mujer que aparece en sus sueños, los agradables, ¿acaso no es importante para usted? Su apariencia me recuerda mucho a Kaguya-sama. Imagino que ha de ser una descendiente directa de su sangre. El parecido es inevitable, salvo que el color de cabello las diferencia.
—¿Cuentas con alguna habilidad para indagar en mis sueños, criatura deforme? —ordenó saber Indra, con un gruñido en su voz que detonaba molestia.
El ser delante de él simplemente hizo una reverencia a modo de disculpa.
—Por favor, no tome en serio las palabras de este humilde servidor. No era mi intención ofenderlo.
—Desaparece —los ojos de Indra brillaron el Sharingan activado—. No quiero verte.
—Como ordene, Indra-sama —la creatura desapareció al unirse a la superficie del suelo, dejando al joven Otsutsuki en soledad dentro del campo de girasoles que había encontrado en mitad de su camino.
Tardíamente recordó el detalle que aquella insignificante flor que crecía en terrenos demasiado lejanos de donde él acostumbraba caminar era la flor favorita de Hoshi, por la cual se arriesgaba a ir más allá de los límites permitidos por su padre, siendo él quien la cuidada en la lejanía, sintiendo una profunda irritación de ser el responsable de cuidar a alguien tan débil como esa niña.
El joven soltó un bufido por ver hasta dónde le estaba afectando toda esa estúpida situación. Con lo sucedido con la Guerra el Ninshu y con su padre proclamando a Asura como el heredero absoluto de su legado al demostrar que su Camino del Amor era la respuesta, Indra supo que no podía quedarse más tiempo con personas que consideraba débiles por entregarse a la fantasía de que con algo tan estúpido como el amor se podía obtener la fuerza necesaria para proteger lo que su padre creó.
Indra pensaba que era el poder absoluto en sí lo que realmente importaba dentro de una guerra o conflicto. Se lo trató de demostrar a su padre cuando se encomendó a la tarea de buscar por sí solo la fuerza que necesitaba, teniendo que asesinar a dos de sus importantes amigos con la intención de despertar el poder dentro de él que solo era capaz de fortalecer a través del dolor y sufrimiento.
El poder en sus ojos, heredado directamente del Tercer Ojo de su abuela, se había fortalecido al punto de bautizarlo como Mangekyo Sharingan. Ahora mismo buscaba más poder para vencer a Asura y demostrarle que su ideal era débil y frágil.
La brisa de primavera sopló y él se sorprendió que ya hubieran pasado casi tres años desde la muerte de Hoshi. Lo que le sorprendía era lo mucho que pensaba en ella en esos momentos, considerando la poca atención que le dedicó desde la infancia por preocuparse más por su hermano que por cualquier otra persona, pues siendo el primogénito de Hagoromo sus principales preocupaciones siempre estuvieron enfocadas en su entrenamiento y hermano. Aunque ahora mismo dichos enfoques distaban de lo que originalmente fueron.
Observó los campos de girasoles sin detallar nada especial de las flores de tono amarillo. Eran normales, como cualquier otra, pero Hoshi podía pasarse todo el día mirándolas, como si solo ella pudiera ser capaz de mantener conversaciones secretas con dichas flores. Le había visto regar a más de una con sus habilidades de manipulación del agua, danzando las gotas sobre el aire con movimientos elegantes de manos, moviendo sus gráciles dedos como si formaran parte esencial de una danza, remojando la tierra de los girasoles y sonriéndole a dichas flores al asegurarles que con eso crecerían enormes y preciosas, listas para cumplir con su cometido antes de que su final de temporada llegara.
—Tonterías —se dijo a sí mismo al ponerse de pie, cansado de todos esos pensamientos inútiles que solo lo desviaban de su meta principal.
Debía hacerse más fuerte para vencer a Asura y demostrarle que el poder era la fuente natural de todo, lo que diferenciaba a un ganador de un perdedor.
Ver un montón de girasoles y pensar en una mujer muerta no iban a ayudarlo en nada.
—¡Aniki, te traje un regalo!
Madara suspiró cuando escuchó el grito de Izuna fuera de su tienda, los demás Uchiha quienes custodiaban fuera de ésta se movieron para dejar entrar el hermano menor de su líder que sonreía ampliamente como si estuviera a punto de enseñarle una maravilla.
—Si no es la cabeza de Tobirama Senju, no estoy interesado —dijo Madara sin poner atención al rostro de Izuna, enfocado en los mapas de los territorios recién adquiridos para planear futuros movimientos que le aseguraran a su clan una victoria imponente sobre sus enemigos.
—Es algo bastante aceptable, de hecho —llamó la atención el menor de los hermanos Uchiha, poniendo ambas manos sobre el escritorio del Uchiha mayor con la esperanza de hacerle desviar los ojos de aquel aburrido mapa que parecía entretenerlo tanto—. Verás, atrape una mujer.
Madara suspiró. A veces se le olvidaba que Izuna apenas estaba en sus 18 años y era normal que se sintiera atraído hacia las mujeres. Debido a la falta de mujeres dentro de su clan era común ver al resto de sus subordinados vagar cerca de los burdeles escondidos en las profundidades del bosque del país o reunirse secretamente con las hijas jóvenes y hermosas que buscaban llegar hacia él con la finalidad de pedir un favor.
—¿Tus encantos no son suficientes para conseguir a una mujer de manera normal? —Madara no desaprovechó la oportunidad de burlarse de su hermano pequeño quien frunció el ceño por la insinuación del mayor.
—¡Puedo obtener cualquier mujer que yo desee! —exclamó ofendido Izuna—. Pero esta vez pensé en ti, aniki. No te has movido de tu tienda desde la última batalla. Comienzo a preocuparme por ti. Atrape a esta mujer cerca de nuestros territorios, cortando flores —Izuna bufó como si dicha acción fuera estúpida—. Por su vestimenta pensé que era una criada de alguna figura importante que pudiésemos contactar para hacernos de sus riquezas, pero después descubrí que es una Hyuga.
—¿Una Hyuga?
Izuna sonrió orgulloso de haber atrapada el interés de su hermano mayor con aquella información que, inteligentemente, guardó para el final. Sabía lo mucho que Madara quería conquistar el territorio de los Hyuga, un clan que comenzaba a ganarse fama por la habilidad de su doujutsu en lograr impedir el total funcionamiento del Sharingan, tal como algunos hombres de su clan les habían relatado antes de caer muertos por los golpes internos recibidos.
—Así es —asintió con una sonrisa ladina—. Pero en vista que no te interesa —el joven Uchiha se encogió de hombros—, seré yo quien se divierta con ella.
—Izuna —gruñó Madara al leer a la perfección los obvios planes de Izuna en hacerlo enfadar—. Llévame con esa Hyuga —le dedicó una mirada seria—. Espero que la hayas dejado en un lugar seguro, no quisiera que ningún hombre la toque.
—Tranquilo, le deje en mi tienda. Ningún idiota se atrevería a meterse en mis aposentos —contestó confianzudo y con el Sharingan activado.
Aoiame intentó utilizar su Byakugan para lograr percibir los alrededores y encontrar una manera de liberarse, pero aquellas marcas tatuadas en la piel le impedían siquiera moverse y agotaban de manera sobrenatural las reservas de su chakra, dejándola demasiado débil como para mantener activado su doujutsu ante el enorme cansancio que la embargaba.
Desactivó su doujutsu al pensar que si llegaba a escapar de las garras del clan Uchiha, iba a necesitar su chakra, no podía darse el lujo de hacer intentos que no lograrían ayudarla a escapar. Necesitaba una oportunidad para poder escapar.
Aunque muy en el fondo la joven pensó si aquello era buena idea conociendo el peligro que indicaba el guiar a los Uchiha a los refugios que su clan había encontrado en las tierras lejanas de lo que se conocía como el País del Fuego. Quizá era mejor buscar la manera de matarse a dejar que los Uchiha la usaran como carnada para obligar a su progenitor a rendirse frente a los hermanos Uchiha y ganar más territorio, así como clanes bajo su dominio.
El sonido de carpa deslizarse la puso en alerta, elevando sus ojos y observando a través de la larga cortina de cabello azulado que poseía la inminente figura de Madara Uchiha. No había necesidad de indagar mucho, la simple aura que el alto hombre poseía era suficiente para que cualquiera se diera cuenta del enorme poder que poseía.
Ella tragó disimuladamente, temerosa de estar en presencia de uno de los hombres más poderosos existentes en el Mundo Shinobi, con el poder suficiente para hacerle frente al clan Senju con quien su padre buscaba una alianza para proteger a los Hyuga.
El Uchiha de cabellera larga y totalmente negra, cuya única comparación era solamente con el carbón, entró con total familiaridad a la tienda del más joven de los hermanos sin perder el contacto visual con ella.
Aoiame solo pudo bajar la mirada, tragándose el orgullo que su padre siempre buscó imponerle al venir de la descendencia pura de los dioses que alguna vez gobernaron la Tierra antes de ser dominada por seres mortales, como los cabecillas de los clanes más poderosos de esos momentos. No podía aguantarle la mirada, aquellos ojos tan eran oscuros al punto de hacerla sentir ahogada. De entre todo su clan ella poseía la extrema sensibilidad de sentir el chakra de los demás, su padre le repetía constantemente que la pureza del Byakugan corría por sus venas y era por ello que podía percibir cosas con más intensidad, tales como la oscuridad de aquel hombre emanar de cada poro de su piel, así como la exuberante cantidad de chakra recorriendo en sus conductores internos, asustándola.
—Izuna, déjame a solas con la mujer.
El menor de los Uchiha hizo una mueca ante la orden de Madara, pero no se negó. Le lanzó una última mirada antes de salir de su propia tienda, añadiendo como último comentario que no se tardara mucho porque quería dormir.
Aoiame se sintió más nerviosa de encontrarse a solas con Madara Uchiha. Éste no le quitaba la mirada de encima. Al ser un hombre demasiado alto era inevitable sentirse diminuta a su lado, aun sin los sellos que aprisionaban sus extremidades podía concluir que él era enorme y le sacaba un gran tramo en altura.
—Nunca creí vivir lo suficiente para ver a un Hyuga arrodillarse frente a mí —dijo Madara con una expresión serena, pero cuyas palabras marcaban la enorme cantidad de ego que aquel hombre poseía—. Debo confesar que es una sensación agradable.
—Mi debilidad no es un reflejo de mi clan —expresó con formalidad, cuidando el uso de sus palabras con la intencionalidad de no alimentar la furia de aquel Uchiha conocido por su temperamento. Aun así, Aoiame no se dejaría humillar—. Fui traída en contra de mi voluntad —confesó con cierto enojo, frunciendo sus cejas delicadas expuestas a través del espacio libre en mitad del flequillo que llevaba.
—Lo sé, Izuna me comunicó la manera en la que fuiste atrapada —comentó Madara, agachándose a la misma altura de la joven mujer. A simple vista era obvio que era menor que él pero unos cuantos años mayor que Izuna—. Debes sentirte avergonzada por dejarte capturar así, Mochihime.
—¿M-Mochihime? —en contra de su voluntad las mejillas se le sonrojaron por el mote dado por ese hombre—. ¿C-Cómo se atreve…? —nuevamente el ceño fruncido volvió a las facciones delicadas de esa mujer, dejándole claro a Madara que tenía carácter pese a su apariencia frágil.
—Tu apariencia me recuerda a ese postre que rara vez comíamos dentro de mi clan, cuando el invierno se acercaba —desvergonzadamente Madara tocó las mejillas de la joven Hyuga, poniendo su cuerpo tenso y haciendo que las venas alrededor de sus ojos perlados sobresalieran. Madara sonrió al ver directamente el esplendor de aquella técnica heredada por sangre llamada como el Ojo Blanco, el único rival de su Sharingan—. Tus mejillas son suaves —apretó la piel del rostro de la mujer ignorando lo amenazante que lucía con su doujutsu activado, aunque ella no logró prolongar tanto la duración debido a los sellos absorbentes de chakra que sus ninjas habían creado al momento de tomar prisioneros en batalla—. Tu cara avergonzada me recuerda a los melocotones también —una sonrisa cruel apareció en el rostro del Uchiha mayor, la oscuridad de la tienda apenas ilumanada por las pocas las velas en los aposentos de Izuna le dieron un aspecto más sombrío—. ¿Tu piel tendrá el mismo sabor que esa fruta?
—Si intenta tocarme —Aoiame volvió a fruncir el ceño, soportando el disgusto que le ocasionaba que Madara Uchiha la toqueteara con tanta familiaridad—, morderé mi lengua hasta hacerme sangrar —lo decía en serio.
Prefería morir a dejar que él hiciera lo que deseara con su cuerpo.
—No haré nada de eso, mujer —rápidamente, como si la diversión hubiera terminado con la amenaza de la Hyuga, Madara soltó el rostro joven de la chica para alzarse nuevamente e imponer su alta figura sobre la de la joven de ojos nacarados y cabello de tonalidad oscura con destellos azulados—. No es mi interés —fijo su atención en sus ojos, tan irreales y únicos, nada visto por esos lares en mucho tiempo.
Había rumores incluso que los Hyuga eran una leyenda, pues nadie podía afirmar su existencia, pero las tablillas heredadas por sus antepasados contaban la historia de un clan viviendo en la Luna, custodiando un importante tesoro que ninguno de los terrestres debían tocar o hacerse de él. Madara intuía que aquello podría darle la victoria que buscaba para darle fin a la Guerra de Clanes que su familia venía protagonizando desde los inicios del clan Uchiha.
Solo hacía unos años, cuando mandó varios de sus hombres al sur del territorio que poseían descubrió que había shinobis con el poder de salir vivos de las técnicas mortales del Sharingan.
Algunos sobrevivientes que lograron llegar hasta sus campamentos, pues tendían a ser nómadas desde que la lucha contra Hashirama se tornó más seria debido a la disminución de los Uchiha en las constantes batallas donde Tobirama Senju era el principal culpable, le contaron la peculiaridad de un posible enemigo que buscaba aliarse con los Senju para asegurar la protección de su linaje; un doujutsu que lograba neutralizar el Sharingan con facilidad y podía herir sus interiores con un simple roce.
Los curanderos de su clan habían afirmado que la mayoría de sus guerreros murieron a causa de hemorragias internas o el mal funcionamiento de órganos vitales, dejándole en claro que aquellas personas que sus hombres describieron como Dueños de Ojos Fantasma tenían el aspecto que las tablas ancestrales que guardaban en el Santuario del clan Uchiha señalaban como descendientes directos del mismo árbol de donde el Sharingan, se presumía, había nacido también.
Ahora que tenía a una Hyuga bajo su poder, Madara no haría nada idiota para perder tal importante y única oportunidad. Que Izuna se hubiera hecho de la mujer era algo beneficioso para su campaña.
La estudió detalladamente, notando la belleza con la cual fue dotada la joven. Las ropas que llevaban no estaban a la altura de lo que ella representaba, sin duda el guardarropa que debía mantener en sus aposentos debían ser costosos kimonos hechos por los más habilidosos artesanos y que costaban más de una tonelada de arroz, dignos de una princesa de ojos platinados como ella.
—¿Qué hacías en mitad de la noche, cerca de mis tierras, cortando flores, mujer? —preguntó con un atisbo de diversión en su tono, quitándose la armadura que llevaba, quedando en ropas más sencillas que dejaban al descubierto la musculatura debajo de las prendas que por un momento dibujaron un sonrojo llamativo en el rostro de la Hyuga—. ¿No hay flores dónde vives? Eso es extraño —susurró—. El único lugar donde nada puede crecer, según mi memoria y viajes, es en el País del Viento. Es un enorme desierto con nada de vida.
—Mis actividades no son de su incumbencia —contestó con firmeza.
—Ahora lo son —dijo Madara con un brillo travieso pintarse en sus ojos color ónix—. Eres mi prisionera ahora, Mochihime.
—¿Por qué no la has hecho tuya? —preguntó un impaciente y, de alguna manera, celoso Izuna, mirando con aburrimiento como la mujer de ojos perlados que parecía haber embrujado a su hermano se detenía a observar con total absorción los campos de girasoles cerca de donde acampaban.
—No es mi mujer todavía —dejó claro Madara, tratando de lidiar con el comportamiento infantil de Izuna respecto al tema.
—Puedes hacerla tuya cuando quieras —se burló el Uchiha menor—. Eso nunca te ha detenido.
—¿Se puede saber por qué te interesa tanto mis actividades nocturnas? —Madara le miró irritado. Atrás suyo escuchaba al resto de sus hombres armar el campamento y alistarse para cualquier ataque sorpresa—. Te recuerdo que me regalaste a esa mujer.
—Con el propósito que te sirviera como entretenimiento —contestó Izuna a la defensiva—, no para que la trataras como una igual —el joven frunció el ceño, luciendo amenazador—. No es una Uchiha, no intentes hacerla pasar como una.
—La diferencia entre nuestros ojos es obvia —recalcó Madara aquel detalle—, nadie se atrevería a decir que es una Uchiha.
—Entonces déjala de tratar como si fuera tu esposa, solo tómala —Izuna gruñó impaciente, sin entender por qué Madara era blando con esa mujer. Muy en el fondo temía que su hermano mayor se comportara con esa tipa cómo lo hizo en el pasado con Hashirama cuando era aún ingenuo—. Aniki, estás dando una mala imagen a tu clan. Como líder de los Uchiha…
—Como líder de los Uchiha puedo hacer lo que se me plazca, Izuna —la voz fría de Madara calló las quejas de Izuna quien podía percibir la irritación de su hermano mayor escalar a niveles peligrosos.
Él podría ser el hermano pequeño de Madara, la única familia directa que le quedaba después de la muerte de su padre y demás hermanos en batalla, pero eso no impediría que Madara le diera una paliza en caso de ser necesario o cuando sus palabras abusaran más de la autoridad que tenía.
—Ve a vigilar que las cosas estén listas, mañana partiremos al norte para hacernos del clan Nara. Sus habilidades y manejo de sombras serán de ayuda para enfrentarnos con los Senju. Comunícaselo a los hombres. No quiero que ninguno se atreva a beber sake.
—De acuerdo, aniki —contestó Izuna sin atreverse a reclamar o quejarse, girando sobre sus propios talones, dejando a su hermano mayor en aquella pequeña colina, mirando profundamente la figurilla de Aoiame Hyuga cortar girasoles con una enorme sonrisa.
La visión se le había ido completamente. Madara entendió que aquel era el pago de usar las técnicas avanzadas del Sharingan. Aun cuando dejó de escuchar los gritos de sus hombres en el campo de batalla hace tiempo, los oídos no dejaban de zumbarle con intensidad. Muy en el fondo se preocupó por Izuna, lo último que recordaba era haberlo visto enfrentarse directamente contra Tobirama Senju antes de que su atención se dedicara de lleno con Hashirama, adentrándose en un enfrenamiento que lo orilló a usar el Mangekyo Sharingan y el Susanoo al mismo tiempo, dejándolo en un estado deplorable.
Los ojos le dolían, pero no se detuvo a pesar del latente picor que sentía, todo con el fin de aplastar a Hashirama. Sin embargo, el enfrenamiento no terminó cómo él deseó. Tuvo que dar marcha hacia atrás a pesar de lo mucho que el orgullo le calaba por retroceder como un simple cobarde, pero pensaba que era mejor retirarse con sus hombres y planear otro golpe más fuerte.
Pero en mitad del camino, de regreso al territorio de los Uchiha, Madara se dio cuenta que su visión se iba a apagando al punto de quedarse a oscuras. Había leído en los pergaminos antiguos las consecuencias de utilizar por demasiado tiempo el Mangekyo Sharingan, aparte del debilitamiento, el riesgo de quedar ciego era una de las tantos riesgos.
Cómo pudo llegó hasta los territorios Uchiha, guiándose por sus sentidos y deslizándose con total rapidez pese a su incapacidad visual. Esos bosques los conocía desde pequeño, no iba a perderse. Al llegar hasta donde residía su clan desde que la Guerra de Clanes comenzó, fue recibido por varios de sus hombres y algunas mujeres que lo guiaron hasta la Casa Principal donde lo revisaron, confirmando que, efectivamente, sus ojos quedaron inútiles.
Acostado en su futón, descansando por un momento para recuperar las fuerzas y escuchar al día siguiente las noticias de cómo quedaron las reservas de guerreros de su clan y el estado de su hermano menor, Madara escuchó la puerta deslizarse y unos gráciles pasos acercarse hasta él.
El aroma a dulces flores recién cortadas le hizo sonreír aún en su estado. Sin necesidad de verla podía apreciar completamente su presencia en la habitación.
—Mochihime —saludó
—Madara-sama —suspiró internamente por la manera en la que ella le llamaba, habían cruzado hace mucho tiempo los límites de formalidades entre ellos, sus manos se habían aventurado a acariciar las curvas del cuerpo femenino debajo de aquellos preciosos kimonos que él se encargaba de conseguirle en sus viajes—. Ahorre sus energías, está muy débil.
—Solo necesito descansar un poco —restó importancia a las heridas de su cuerpo. Pronto sintió como la pequeña mano de la mujer tomó la suya, apretándola con fuerza—. Has venido a mis aposentos por voluntad propia —recordó con cierto ánimo aunque la situación no ameritaba comentarios de ese tipo—. Eso es irónico. Creo que dejaré herirme un par de veces si con ello logro que me visites.
—Madara-sama, no es momento para decir tales cosas. E-Esto es serio —dijo ella con voz temblorosa. Él podía asegurar que sus preciosos ojos nacarados, tan claros a comparación de los oscuros de los propios estarían temblando con preocupación de verlo en tal estado—. Usted… Usted ha perdido la vista —declaró con dolor.
—Lo sé —contestó con tranquilidad.
—Dígame, Madara-sama —las manos de ella apretar la suya llamaron su atención—, ¿esta guerra vale todo esto?
—Lo vale —respondió sin dudas, quitando su mano de entre las femeninas, regresando su atención a sus propósitos que él mismo se juró cumplir por el beneficio de su clan.
La mujer a su costado, preocupada de su bienestar, era importante para Madara, eso no lo negaría. Pero si tenía que escoger entre su clan y ella, la respuesta siempre sería su clan.
—Entiendo —Aoiame respondió con tristeza de observar el rostro sin expresión de arrepentimiento del hombre—. Lo dejaré para que descanse. Izuna-sama ha regresado con bien, está siendo atendido por los curanderos del clan. Según me han informado ha sido herido de gravedad por Tobirama Senju, pero aseguran que sanará en cuanto la temperatura baje y responda positivamente al remedio —le dio el contexto del estado de salud de Izuna, sabiendo muy bien que tarde o temprano preguntaría por su hermano.
—Eso me alivia —contestó sinceramente.
Cuando se trataba de Izuna, Madara nunca podía mentir.
—Entonces me retiro —la mujer se puso de pie, lo supo por cómo la tela de su kimono sonaba. De pronto el calor que lo cobijo se alejó, dejándolo nuevamente en la fría soledad—. Por favor, trate de descansar, Madara-sama. Prometo visitarle cuando se me permita.
A pesar del silencio a sus espaldas, Madara podía saber lo que el resto del clan estaría pensando, pero no se atrevían a decir nada por miedo a lo que les pudiera hacer. Sinceramente, él a esas alturas no le importaba qué imagen representara a su clan, estaba haciendo todo eso con el fin de protegerlos. La guerra prácticamente estaba en su contra. Habían perdido a Izuna, importante figura dentro del clan, hacía unas pocas horas, siendo declarado muerto por los curanderos.
La venda puesta sobre los ojos de su hermano menor ocultaban las cuencas vacías, pero ninguno quería decir en voz alta los verdaderos motivos que llevaron a Izuna Uchiha a su muerte. La herida que Tobirama Senju le provocó fue mortal, pero no lo suficiente para matar al joven de los hermanos Uchiha. Había otra explicación y eso estaba relacionado con el inesperado milagro de Madara Uchiha en recuperar la vista gracias al noble gesto de su hermano pequeño en entregarle, por voluntad propia, sus propios ojos, otorgándole a Madara la habilidad de un poderoso Sharingan con la certeza de no quedarse ciego por el constante uso.
Todos dudaban si aquello era verdadero o no, el clan se encontraba dividido en aquellos momentos en miembros que veían a Madara como un héroe mientras que el resto lo veía como el nacimiento de un monstruo que le arrebató fríamente los ojos a su hermano pequeño. Las dudas si todo aquello fue consensuado por Izuna atormentaban al resto de los Uchiha, pues por habladurías de quienes estuvieron cercanos a la habitación donde el menor guardaba reposo, los gritos de extremo dolor por parte de Izuna Uchiha dejaron mucho que desear y tener grandes sospechas si lo dicho por Madara era verdadero.
Quien posiblemente sabía la verdad era la mujer que la mayoría de los Uchiha despreciaban. La Hyuga. No se había movido del lado de Madara, manteniéndose en silencio en toda la ceremonia fúnebre, con sus inexpresivos ojos aperlados mirando con absoluta atención el cuerpo inerte de Izuna adelante a punto de convertirse en cenizas cuando todo concluyera y Madara hiciera uso del distinguidoJutsu Bola de Fuego—con el cual el clan Uchiha era conocido por su perfecto manejo del Elemento Fuego— para quemar el cuerpo del hermano menor de éste.
Pero podían asegurar que ésta no diría nada, ya fuera por el miedo de ser ella la próxima en ser asesinada o por una enfermiza lealtad hacia el líder del clan.
—Lo siento, Madara-sama.
El curandero delante de él pegó la frente contra el suelo hecho de madera, temblando levemente por ser el responsable de darle las pésimas noticias sobre la muerte de la mujer que su líder había mantenido a su lado en toda aquella caótica era.
—Hice lo que pude, pero era demasiado tarde. Aoiame-sama se encontraba demasiado débil por la hemorragia. Prácticamente estaba muerta cuando fue traída hasta…
—Desaparece de mi vista —Madara interrumpió al anciano quien, sin atreverse a desobedecer los mandatos directos del Uchiha, se puso de pie para salir apresuradamente de la enorme sala donde Madara había decidido pasar los últimos meses encerrado.
Cuando no se halló nadie más, Madara caminó hacia el otro extremo de la enorme habitación. Vestía con ropas sencillas, una yukata de tono neutrales como los que usó cuando era niño. Miró a los horizontes del lugar donde se decidieron asentar temporalmente.
De todo los Uchiha ahora era él quien más poder poseía, pero no sería suficiente para vencer a Hashirama con quien aún contaba con el apoyo de su hermano menor, Tobirama.
El tratado de paz que Hashirama quería hacer con él aún estaba siendo discutido. Los consejeros de su clan tenían opiniones que chocaban constantemente, pues algunos señalaban que era el momento de darle fin a aquella inútil guerra que se había cobrado gran parte de la familia, mientras otros aseguraban que, al igual que ellos, el clan Senju estaba débil también y era el momento perfecto para atacar.
Pero Madara podía diferenciar los poderes que ambos poseían, pues mientras su propia gente disminuía con el paso de los años, condenados a esa guerra, Hashirama había buscado el apoyo de la familia Uzumaki, otro clan que poseía grandes habilidades; un aliado poderoso que hasta Madara dudaba de si quiera hacerle frente.
Los ojos oscuros del hombre de impasible rostro se fijaron en los retoños marchitos de lo que alguna vez hubieran sido preciosos girasoles.
Quiso sonreír con ironía al recordar lo mucho que la advirtió a Aoiame que en esas tierras los girasoles eran imposibles de cultivar, pero siendo una mujer terca pese a su apariencia sumisa, le ignoró y decidió continuar con la tarea.
—Al menos no viviste para confesar tu derrota, Mochihime —susurró cuando el aire cálido entró por las puertas traseras que le daban la vista al patio enorme que poseía la Casa Principal del Territorio Uchiha—. Nunca te gusto admitir tu derrota frente de mí.
El clan Hyuga desapareció cualquier rastro de la existencia de Aoiame Hyuga, como si ésta nunca hubiera nacido. Los rumores de que la joven se había convertido en su amante después de haber sido capturada por Izuna Uchiha cuando ésta decidió juntar flores para alegrar a su pequeña hermana enferma, obligaron a los altos mandos del clan Hyuga a esconder la vergüenza que esa mujer representaba para ellos.
Al adentrarse a los territorios dominados por el clan Uchiha, ella marcó su destino.
El mismo padre de Aoiame prohibió a cualquiera mencionar palabra alguna sobre ella, convirtiéndola en tema tabú dentro de las paredes de la Mansión Principal del recién creado Complejo Hyuga, terreno que Hashirama les ofreció en cuanto se concretó el Pacto de Paz entre el clan Uchiha y Senju, creando así la primera aldea en toda la Nación del Fuego: Konoha, la Aldea Oculta entre las Hojas.
Madara quiso reírse, pero soportó el impulso, diciéndose a sí mismo que las cenizas de Mochihime estaban mejor en el Santuario Uchiha.
Él no tenía necesidad de ocultar lo que Aoiame Hyuga representó en su vida, aunque por preferencias personales decidió no expresarse tan seguido sobre ella, pues entendía que el clan Hyuga le guardaba rencor por quitarle a la princesa que habían criado con la intención de unirla al joven más prometedor de esa generación.
Ahora los Hyuga estaban celebrando la unión matrimonial entre la menor de las hermanas Hyuga con el primo mayor de ésta que le sacaba diez años de diferencia.
Los Hyuga se casaban entre Hyuga, similar a lo que el clan Uchiha hacía cuando las mujeres de su generación tuvieron más descendencia, expandiendo la prole de los poseedores del Sharingan, colocándolos como una de las familias fundadoras de la aldea a pesar de las miradas temerosas que el resto de los clanes dominados y recluidos durante los años de batalla les enviaban, pues la diferencia entre ambos radicaba que ellos, como clan Uchiha, habían arrebatado más vidas a comparación de los Senju.
—Madara-sama.
Una de las jóvenes de la servidumbre, apenas con unos 15 años de edad, interrumpió su meditación al abrir la puerta de sus aposentos. Él dejó de ver los pergaminos que leía con atención, eran información relacionada con las ubicaciones del resto de los clanes que conformarían a la nueva aldea. Las discusiones de quién sería el gobernante todavía no se llevarían a cabo hasta que todo estuviera en orden y cada familia tuviera un representante.
—Habla —apresuró a la jovencita quien dudó en hablar, colmando lentamente la paciencia de Madara Uchiha—. Ahora.
—Lamento molestarle, pero Ukyo-san no deja de preguntarme sobre qué hará con el… —escuchó cómo la Uchiha menor tragaba saliva, temerosa—. Con el kimono nupcial que le pertenecía a… A Aoiame-sama…
—Dile a Ukyo que yo me encargaré de eso y que deje de preguntar lo mismo —gruñó al observar a la joven por encima del hombro.
La oscuridad de la habitación provocó que el Sharingan activado de Madara luciera más aterrador.
—H-Hai —contestó apresuradamente la muchacha—. ¡S-Se lo diré inmediatamente! C-Con permiso, Madara-sama, y disculpe haberlo interrumpido. No volveré a tocar el tema.
Tardíamente, al darse cuenta de aquellas heridas que no cicatrizaban cuando recordaba la sonrisa gentil de Aoiame en el centro de los girasoles que florecían con facilidad en esas nuevas tierras, Madara prohibió que el nombre de esa mujer circulara en los pasillos de cualquier residencia Uchiha.
Pero no tuvo el valor de destruir aquel kimono de la más fina seda y el blanco más puro que pudo conseguir, hecho a mano y con hilo que los más expertos diseñadores eran capaces de crear, con capullos finos de Mariposas de Alas Tornasoles, un bicho que ni siquiera el clan Aburame podía criar, con trazos bordados de flores y el distinguido emblema Uchiha en la espalda. Oculto dicha prenda en lo más profundo del Distrito Uchiha en donde Tobirama Senju, mano derecha y consejero principal de Hashirama, los habían enviado, excusándose que no podían confiar plenamente en el que antes representó un peligroso enemigo para el Mundo Shinobi.
Rápidamente el recuerdo de la mujer de ojos nacarados, cuya existencia fue borrada del clan Hyuga y se prohibió si quiera recordarla en la presencia de cualquier Uchiha, quedó olvidado por el constante odio de Madara.
Danzo soltó un bufido cuando observó a Kagami Uchiha mostrar demasiado interés en la joven Hyuga quien caminaba bajo la sombrilla por la calle principal de Konoha, custodiada por varios Hyuga; éstos miraban a los alrededores, buscando que nadie se interpusiera en la caminata diaria que la futura prometida de Hideki Hyuga disfrutaba en los días soleados donde el simulacro de guerra no atormentaba a nadie.
—¿Crees que con verla la harás que se enamore de ti? —cuestionó con burla el ninja, observando con gusto cómo el joven Uchiha resoplaba para mirarle con seriedad por el tono de sus palabras—. Olvídalo. Es demasiada mujer para ti, además está comprometida. El próximo invierno será la próxima matriarca del clan Hyuga. No tienes oportunidad.
—Para que quiero enemigos si contigo es suficiente, Danzo —expresó el Uchiha de cabello corto y negro como el carbón, alejándose del lugar donde gustaba ver, a escondidas, a la joven de hermoso cabello negro azulado y preciosos ojos nacarados de tres años menor que él quien siempre tomaba la misma dirección para pasear.
Pronto las clases con Tobirama-sama iniciarían, ninguno de los dos se podía dar el lujo de faltar. La Academia Ninja tenía poco tiempo de ser inaugurada, era idiota no asistir por puro gusto cuando el mismo Segundo Hokage era quién impartía las lecciones más importantes en el Mundo Shinobi.
Aunque Kagami fuera alguien puntual con las clases, Danzo en ocasiones tenía que ir a buscarlo para irse juntos. Tenía el gusto de andar espiando a la joven Hyuga, lanzando suspiros de idiota enamorado, atrapándolo en medio de todo aquel escenario patético para tener material con que burlarse camino al lugar donde Tobirama-sama les enseñaba y compartía todo su conocimiento.
—¿Es mucho pedir que me dejes en paz? —preguntó el joven Uchiha, avergonzado y a la vez arrepentido de tener que aguantar las burlas de Danzo en cuanto éste descubrió su enamoramiento por Katsuki Hyuga.
—Nunca creí verte sufrir mal de amores —continuó con su burla el joven shinobi de cicatriz en la barbilla y ojos de un café con verde pálido—. Es raro e inusual. ¿Acaso tus padres no te concretaron un matrimonio arreglado?
—Aún no está decidido —contestó el Uchiha, caminando hacia el frente, negándose a toparse con los ojos burlescos de su amigo—. La joven que mis padres han escogido ni siquiera ha cumplido doce años —musitó, incómodo—. Es prácticamente una niña. Estoy a punto de cumplir 17, no es... —carraspeó—. No me sentiría cómodo.
—No te envidio para nada —expresó Danzo con otra sonrisa que a Kagami le hizo bufar en silencio.
—¿Quién me envidia en primer lugar, Danzo? Vengo de un clan maldito. Me siento honrado que Tobirama-sama me haya considerado como su estudiante. Con él, creo que mi clan volverá a ganarse la confianza de toda Konoha y olvidarse, aunque sea por un momento, de lo que mis antepasados hicieron.
—Si te soy sincero, eso suena complicado. No es como si pudieras borrar la historia de Madara Uchiha con chasquido de dedos. Aunque no fue quien provocó la muerte del Primero, es bastante claro que su combate con él ayudó a acelerar su muerte y dejar viuda a Mito-sama. Pero quién sabe, el futuro es incierto. Puede que Konoha confíe otra vez en el clan Uchiha —traviesamente Danzo se acercó a Kagami, aprovecharía el tiempo que le quedaba antes de reunirse con el resto de sus compañeros y sumirse en una seriedad absoluta para seguir tomándole el pelo—. Quién sabe, puede que al final captes la atención de Katsuki Hyuga.
—¿De qué hablas? —Kagami rio nerviosamente—. Ella está comprometida con Hideki-san, el próximo líder del clan Hyuga —añadió —. Además, ningún Hyuga dejaría que nadie de los suyos se casara con alguien ajeno. Las cosas no funcionan así entre clanes.
—Y es por eso mismo que me siento afortunado de no haber nacido en uno importante. Tengo más libertad.
Kagami le miró con una sonrisa que detonaba cierta nostalgia.
—Exactamente. Y por eso te envidio a veces, Danzo.
—¿Sasuke-san?
La voz de Boruto lo despertó de su ensimismamiento para observar los ojos celestes de quien se auto declaró su estudiante. La mini copia deldobele veía con curiosidad después de limpiarse con una toalla el sudor que escurría de su frente, dejando ver los moretones que recibió en el entrenamiento que mantuvo cuerpo a cuerpo durante la sesión de ese día.
Por la forma en la que Boruto se hallaba, Sasuke se dio cuenta que se había pasado un poco con el pequeño Uzumaki, pero éste no se había quejado —como usualmente lo hacía—, por ello no bajó la intensidad de los golpes, pues quería que el rubio mostrara su verdadero potencial. Aunque no olvidaba la promesa que le había hecho a Hinata Hyuga respecto a cuidar de su primogénito.
—Toma tu chaqueta, es hora de irnos —señaló al ponerse de pie—. El Sol se ocultará pronto. Hemos terminado por el día de hoy.
—¡Hai! —dijo Boruto, tomando su chaqueta, quejándose un poco por los golpes pero logrando ponérsela sin ningún problema—. Gracias por el entrenamiento de hoy, Sasuke-san.
—En lugar de agradecerme deberías poner más atención en las correcciones que te digo —dijo Sasuke con cansancio, era complicado de aceptar la admiración del pequeño hacia su persona teniendo a Naruto como padre.
Boruto rio de manera armoniosa, no era el mismo sonido de Naruto al reír sonoramente, más bien le recordaba a la risa sutil que Hinata soltaba cuando eldobedecía alguna idiotez lo suficientemente divertida como para que la matriarca Uzumaki soltara una risa.
—Caminemos, no quiero que tu madre se enoje.
—Nunca harías enojar a mi madre, Sasuke-san —dijo con sinceridad Boruto—. Al menos no tú. Es más fácil que ella se enoje con nosotros, pero eso ocurre muy raras veces.
Sasuke miró hacia el frente, caminando lejos de la zona de entrenamiento donde él como Boruto acostumbraban usar en sus ratos libres cuando el tiempo se lo permitía y regresaba de sus largas misiones de las afueras de Konoha, viajando no solo grandes tramos, sino también por dimensiones con el propósito de buscar pistas del rastro de los Otsutsuki.
—Me cuesta imaginar a tu madre enojada —confesó, recordando a la Hyuga de su infancia, callada, débil y poca cosa. Le resultaba sorprendente, aun a su edad, el cómo esa chica logró quedarse con el parlanchín atolondrado de su mejor amigo.
Era un cuento disparate, pero él no tenía por qué juzgar si terminó casado con Sakura Haruno y teniendo una hija llamada Sarada.
—Eso es porque mamá es súper amable. Es raro verla enojada, hasta nos sorprende cuando lo hace, pero da miedo, muchísimo miedo —Boruto tembló para dar énfasis a su comentario, igualito de exagerado que Naruto—. ¿No estaban tú y mamá juntos en la Academia, Sasuke-san? Le pregunté cuando veíamos fotos del álbum y vimos algunas de tío Neji. También otras grupales, aunque tú no salías.
Sasuke mostró una mueca incómoda por rememorar aquel pasado que intentaba, de alguna manera, dejar atrás para avanzar con una nueva determinación. La venganza no era el ideal que le movía como anteriormente lo hizo, la herencia del odio terminaría con él cuando muriera, era por ello mismo que solo tuvo a Sarada para que no se repitiera lo mismo que con Itachi y con él.
—No estaba en esos tiempos en Konoha —era la mejor explicación que podía dar. Estaba seguro que cuando los niños tuvieran una edad más madura, quizá podría contarles a grandes detalles la temporada de deserción por la que atravesó con el propósito de conseguir la venganza que tanto deseó alcanzar.
—Entiendo —más los ojos brillantes de Boruto destellaron—, seguramente estabas en una misión ultra mega importante, ¿neh, Sasuke-san?
Sasuke suspiró sin saber cómo responder a ello. Dejaría que Boruto pensara lo que quisiera.
—Se podría decir que sí.
—Cómo era de esperarse —nuevamente los ojos de Boruto parecieron recrear las estrellas colgadas en el manto nocturno cuando los cielos se cubrían de noche—, eres genial, Sasuke-san.
De niño recordaba que aquello era muy común que se lo dijeran, pero ahora con el historial de ex criminal en su expediente ninja, era raro que algún niño o adulto de su misma edad dijera algo parecido a lo que Boruto mencionaba sin problema alguno. Era bastante normal que ahora el ícono favorito de todos fuera Naruto, cosa que esedobese merecía, considerando el pasado del rubio donde nadie creía en sus convicciones y lo tachaban de un perdedor.
Mismo perdedor que había salvado a las Cinco Naciones Ninja, coronado como el Héroe del Mundo Shinobi y de las pocas personas que decidió nunca abandonarlo en el oscuro camino del odio.
—Oh.
La exclamación de Boruto lo hizo detenerse, confundido. Miró hacia la misma dirección que el joven rubio. Se trataba de un girasol silvestre.
—No creí que fuera temporada de girasoles —al igual que Naruto e Hinata, no dudaba que Boruto supiera cosas de plantas—. Es raro que crezcan ahora —susurró.
—¿Lo es? —Sasuke sabía muchas cosas, pero nunca de flores, por ello no le causaba la misma sorpresa de ver aquella flor como a Boruto.
—¡Sí, muy, muy raro! —expresó con vehemencia el Uzumaki—. Mamá dice que son raros los girasoles que crecen fuera de temporada y en tierra difícil —palpó el suelo debajo de la sandalia ninja—. Y que eso los convierte en flores muy, muy especiales.
—Representan la fortaleza en medio de la desesperación—una fantasmal sonrisa apareció en su mente, como un recuerdo ajeno pero familiar a la vez—. ¿Acaso no es hermoso?—la misma voz se dirigía a él, pero Sasuke no podía ver el rostro de la mujer, solo podía percibir el aroma de su cabello, el cual era largo y de una oscuridad atrayente con destellos azulados.
—¿Sasuke-san? Oi. ¿Estás bien, Sasuke-san?
—¿Qué decías? —preguntó para desviar la atención del mini rubio, frunciendo ligeramente el ceño por aquel recuerdo raro.
Mas Boruto pareció no prestarle atención a aquello y continuó dando sus explicaciones.
—Mamá dice que una flor creciendo así representan la fortaleza nacer en medio de la desesperación —dijo Boruto y Sasuke se halló tan sorprendido de que lo que hacía unos momentos alguien le susurró en su mente ahora fuera repetido por la boca del pequeño rubio—. Suena algo tonto, pero es un dicho que ha pasado de generación en generación dentro del clan Hyuga. O así dijo mi abuelo. Dijo que su madre se lo platicó una vez porque la madre de ésta se lo dijo y así.
—Los girasoles son la flor favorita de tu madre —no era pregunta, sino afirmación.
Boruto asintió.
—Lo son —miró con curiosidad a su sensei—. ¿Cómo lo supiste, Sasuke-san?
—Corazonada —dijo con tanta naturalidad que le resultó extraño—. Además del hecho de tu hermana se llama Himawari.
—Sí, creo que es bastante obvio —secundó Boruto con una enorme sonrisa.
—Adelántate, iré a cortarla —no supo qué movimiento extraño lo obligó a hacer tal cosa, no era propio de Sasuke Uchiha andar cortando flores—. Será un presente a tu madre para disculparme por tus heridas de hoy —se justificó—. No quisiera verla enojada.
Tomó la flor entre sus dedos, estudiándola. No poseía la hermosura que una rosa o una flor de cerezo, las cuales eran más populares, pero contaba con su encanto. El aroma no era molesto y el color era alegre, lo suficiente para resaltar de entre aquella zona llena de rocas y sombras. Le sorprendía que aun sin recibir los rayos del Sol hubiera logrado alcanzar aquel tamaño tan alto y poseer un grueso tallo.
—Mamá nunca se enojaría contigo, Sasuke-san —comentó Boruto cuando Sasuke llegó a su lado, retomando el camino, mirando con curiosidad a su mentor—. Los dos son muy tranquilos —una sonrisa traviesa se asomó en los labios del pequeño rubio—. Pero no te aseguro que el viejo se ponga celoso —rio al recordar lo fácil que era hacer enfadar a su padre respecto a su madre—. Es súper celoso. Hanabi nee-chan nos contó que una especie de príncipe intentó robarse a mamá y desde ese entonces al viejo le aterra la idea de que alguien quiera hacer lo mismo.
—Eso es imposible —comentó Sasuke, conociendo aquella historia por boca de sus compañeros de generación, pues él no estuvo presente en todo el suceso—. Tu madre ha estado enamorada de tu padre desde niños —nunca representó un secreto el enamoramiento de la heredera, en aquellos momentos, del clan Hyuga hacia el rubio más despistado de toda su generación—. Dudo que alguien pueda arrebatársela.
—¿Es en serio? —Boruto preguntó con una cara fastidiada. No solo su propia madre se lo había confirmado, ahora también Sasuke lo hacía. Su madre era tan linda y gentil, pensaba que alguien debió haberle prestado atención en sus días juveniles—. Neh, neh, Sasuke-san. ¿Tú qué opinabas de mi mamá? Digo, los dos son parte de los clanes más importantes de la aldea. Debieron haberse tratado.
—Fue todo lo contrario —rápidamente respondió Sasuke—. Tu madre estaba ocupada en otros asuntos, al igual que yo. Casi ni hablabámos —suspiró, tratando de que la mirada intensa de Boruto no lo desconcentrada del camino—. Ha sido así hasta que se convirtió en la esposa de tu padre. Nuestra relación nunca pasó más allá de simples extraños —confesó.
—¿Eh? ¿En serio? Vaya —bufó Boruto con un mohín en los labios al no sacar nada de parte de Sasuke-san—. Por un momento pensé que, no sé, podrías haber tenido una especie de flechazo hacia mi mamá —Boruto se apresuró en aclarar las cosas cuando sintió la mirada confundida del Uchiha—. ¡No me malinterpretes, Sasuke-san! ¡No quiero ofender a tía Sakura ni nada por el estilo! Es solo que, no puedo evitarlo —una sonrisa traviesa apareció en los labios del pequeño rubio—. A veces mamá y tú se parecen mucho, ya sabes, en los silenciosos y eso. Siempre que discutimos en la mesa ella es la que guarda silencio, comiendo con tanta tranquilidad como si no le importara todo el destrozo que hacemos. Sarada también me contó que sucede algo similar contigo cuando tía Sakura y ella comienzan a pelear por algo.
Sasuke levantó la mirada hacia el cielo, pensativo. Nunca se había puesto a pensar demasiado en Hinata Hyuga. Ella nunca representó nadie especial en su vida cómo para considerarla digna de su atención, pues sus motivos eran otros. Recordaba muy vagamente algunos encuentros que su padre tuvo con el líder del clan Hyuga en su infancia, cuando los festivales dentro de la aldea eran momentos para que la mayoría de los clanes se divirtieran y olvidaran las tensiones políticas.
Alguna vez, acompañado de Itachi, emocionada por querer comer de todo lo que servían en los puestos, notó la pequeña figura de una niña vestida con un elegante kimono caminar detrás de su padre con la espalda recta y pasos calculadoramente hechos, como si temiera caerse.
Durante los días de la Academia y con el recuerdo de la masacre de todo su clan atormentándole en las noches sin importar el paso de los años, tampoco le puso mucha atención a la joven Hyuga. Ni qué decir de la época en la que se alió con Orochimaru.
—Creo que tu madre y yo nos parecemos en ciertas cosas —admitió Sasuke después de un rato de meditación—. Pero no creo que sea lo suficiente para que nos hubiéramos quedado juntos —miró a Boruto con seriedad—. De haber sido lo contrario, estoy seguro que no estarías caminando conmigo en estos momentos.
—Bueno, ya que lo pones así —Boruto mostró una mueca nerviosa—, creo que me da cierto alivio que mamá se haya casado con el viejo.
—Me lo imagine —susurró Sasuke con una ligera sonrisa.
Los Uchiha y Hyuga nunca debían mezclarse, era una creencia que Sasuke adoptó desde que su padre estaba vivo, siempre relatando lo mucho que el Consejo de Konoha apoyaba al clan Hyuga por poseer más influencia y conexiones importantes con la familia del Señor Feudal del País del Fuego desde generaciones pasadas, antes de siquiera formar parte de la Aldea de la Hoja. Él opinaba lo mismo, aunque por otros motivos.
Si el Sharingan y el Byakugan se fusionaran, Sasuke no quería ponerse a pensar qué tipo de doujutsu nacería o si sería posible la obtención del Rinnegan.
Ellos separados, con sus respectivas familias, era el lugar al que pertenecían.
Algo en su interior se lo decía con total seguridad, como una lección aprendida y heredada.