El último Grito Del Espíritu Del Oi by JMSoliva89 at Inkitt
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El último grito del espíritu del Oi

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Summary

En el laberinto oscuro y opresivo de la Zona Colmena, donde las bandas gobiernan con puño de hierro y la vida es una constante lucha por la supervivencia, Rauk, un antiguo líder de los Oi, ha intentado dejar atrás su pasado violento. Marcado por cicatrices y con el corazón lleno de remordimientos, vive una vida monótona y melancólica. Pero cuando tres pandilleros atacan a Teo, el nieto de su vecina Beni, Rauk se ve obligado a enfrentarse a su pasado.

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1
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18+

Relato único

Notas:

El relato está inspirado por la canción de El Espíritu del Oi de Transmisión N que a su vez es una versión acústica de la original del grupo Non Servium.

El relato ocurre en el Universo de fantasía oscura y ciencia ficción que he creado llamado “Mundo Oscuro”. Puedes leer en mi perfil la novela que estoy escribiendo dentro del mismo universo llamada “Anlova en Llamas vol 1"

Todos los derechos reservados.

Protegido por Safe Creative.



Año 708 del Nuevo Mundo. En una Zona Colmena de alguna ciudad de Los Estados Unidos de Ibelir.

Los párpados de Rauk se abrieron despacio, intentando asimilar lo que sucedía a su alrededor. La cabeza le daba vueltas y le dolía una barbaridad. Sentía que todo el cuerpo le pesaba una tonelada. Estaba recostado en su sillón acolchado. Su cigarro se había consumido. Las botellas de alcohol y los polvos de droga adornaban la pequeña mesita a su lado. La música ya no sonaba. La cibertele reproducía una imagen estática que indicaba que no había red.

«Parece que me he vuelto a poner hasta el culo —pensó, con la mano en la cabeza y los ojos cerrados, tratando de apaciguar el dolor—. Las viejas costumbres no se pierden, ¿eh, cerdo?»

Rauk se quitó la mano semi carnosa de la cabeza y se levantó del sillón. Se tambaleó y tuvo que hacer un esfuerzo por no caerse. De pie, tratando de mantenerse recto, se dirigió al baño. Abrió el grifo del lavabo y se echó el agua fría y sucia a la cara. Escupió y se miró en el pequeño espejo. Ya no era joven. Había perdido la cuenta, pero su rostro arrugado y lleno de cicatrices le decía que debía de rondar los cuarenta y largos. Su ojo castaño, una vez brillante, se había apagado. El cabello y la barba estaban llenos de canas. Sus músculos, aunque no perdidos, eran de menor tamaño y más grasientos.

Lo único que permanecía igual eran sus implantes cibernéticos. Una placa metálica le cubría gran parte del rostro izquierdo y su ojo era cibernético. Le habían dado tal paliza aquel día que no le había quedado otra que sustituirse parte del rostro y del cráneo por metal y cables. El dedo del medio de la mano izquierda se lo habían reventado de un balazo cuando les mostró a los cabrones de los Tintes por dónde se podían meter sus amenazas. Bruno le había dicho que no le hacía falta ponerse un dedo cibernético tan inútil, pero él le había contestado que lo necesitaba para metérselo a Kaila por el coño. Su brazo derecho había sido más complicado. El antebrazo se lo habían seccionado con una puta espada corta en una pelea contra los Espadas de Brénigo. El hombro y el resto del brazo se lo habían reducido a papilla con una moto apisonadora de las Bestias Mecánicas.

¿Y tanto dolor y sacrificio para qué?

Rauk salió del reducido baño y paseó brevemente la mirada por su micropiso. Las paredes estaban llenas de recuerdos y fotos antiguas de cuando había sido un Oi. La cama estaba revuelta y las sábanas amarillentas. En el banco de la diminuta cocina, que también formaba parte del comedor y el dormitorio, había varios platos vacíos que le había traído su vecina, Beni, una humana que vivía con su nieto.

En el pasado, había tenido una hija y dos hijos, uno de los cuales había sido Bruno, uno de sus mejores amigos. Pero la vida en las zonas colmena solía ser fugaz y cruel, y ninguno de ellos había sobrevivido a la eterna lucha de bandas. Beni le había odiado por llevar a su hijo por el mal camino, pero ahora lo trataba como si él mismo hubiera sido un hijo suyo.

«Ojalá yo hubiera tenido una madre así. Pero no merezco su bondad, Bruno.»

Rauk cruzó la pequeña estancia sin inmutarse de las botellas vacías de cerveza que había tiradas con la intención de lavarse la mente con la cibertele. Se quedó frente a la finísima pantalla y trató de volver a conectarla tocándola varias veces mientras se balanceaba ligeramente. Al no conseguirlo, le dio un golpe con el dorso de la mano semi carnosa y soltó una maldición.

Estando allí tan cerca, y sin haber conseguido imbuir su dolorida mente con impulsos adoctrinadores, su mirada no pudo evitar desplazarse a la chaqueta de cuero con pequeños pinchos que había colgada en la pared. Era de color negro y en la parte trasera tenía grabada la palabra «Oi» y una imagen de un rostro con cresta mirando de reojo y un bate en perpendicular. Era la chaqueta que había vestido durante tantos años. La había amado y había hecho lo necesario por proteger lo que ella representaba…hasta que finalmente había decidido abandonarla.

«Al menos ahora puedo disfrutar de la tranquilidad y la cibertele, ¿eh?»

Sus ojos se fueron moviendo por las distintas fotos enmarcadas que decoraban las paredes. La primera de ellas mostraba a él con una mujer aehul. Llevaba unos pantalones de pitillo de cuadros rojos y negros. Un top negro y su chaqueta de cuero roja. El cabello azabache lo llevaba rapado por los lados, dejando a la vista sus orejas puntiagudas, y largo y de punta en la parte superior con un pequeño flequillo en un lado. Era Kaila, la mujer que más había amado. Murió en una emboscada en una de las calles túneles del barrio de la Roja. La habían cortado, apaleado y disparado. Pero ella y Diya se habían llevado a seis antes de caer.

«Además de guapa, era capaz de achantarle la boca a todos. —en su rostro se dibujó una sonrisa triste—. La muy cabrona nunca perdía una batalla de insultos. Siempre encontraba la forma de dejarlos en ridículo.»

En la siguiente, estaban él y otros dos humanos, Dreo y Jave. Los tres se cogían de los hombros los unos a los otros, sonrientes hasta más no poder. Rauk recordaba como si fuera ayer cuando dijeron que se querían unir a los Oi. Eran apenas unos chavales llenos de energía, violencia y con un fuerte deseo de pertenecer a algo. Ambos habían sido lo que Cerdo había definido como el espíritu de los Oi: Anticonformistas, Brutales con el enemigo y protectores de los amigos. A Dreo le volaron la cabeza y a Jave le apuñalaron ocho veces. Ambos habían muerto en un enfrentamiento contra la banda de los Perros Locos.

En la de la derecha aparecían Nina y Deleo, una humana y otro aehul con unas litronas. Ella llevaba un bate y él un cuchillo. A Nina le dispararon y luego la atropellaron en una de las calles que conectaban con las carreteras que recorrían y salían de las zonas colmena. A Deleo le golpearon la cabeza hasta dejársela hecha una papilla.

En la de abajo, salían él, un humano de ojos verdes y cresta rubia, y un drauo que les llegaba casi por el hombro pero que era mucho más ancho y musculado que ellos. Su piel era de color amarillento apagado y los minerales que recorrían su cuerpo como tatuajes tribales eran de color rosado y blanco transparente. Eran Bruno y Zergo, pero Rauk siempre lo había llamado Cerdo. Ellos tres habían sido los miembros originales de los Oi. Ambos habían sido uno de los tantos que habían admitido la oferta que les había hecho la casa de los Voraces. Unos meses después de que Rauk hubiera dejado la banda, Bruno apareció en un callejón encharcado de sangre junto a otros dos miembros de los Oi. Zergo fue el último en morir cuando los mismos Voraces decidieron atacar su improvisada y última base. Los rumores dicen que hicieron falta diecisiete hombres para acabar con él. Su dura piel y sus huesos de piedra habían aguantado balas, explosiones, golpes, apuñalamientos, punzadas y hasta fuego. Según las mismas habladurías, había matado a once de ellos. Y Rauk se lo creía. Siempre había sido el más fuerte de todos.

«¿Bruno, por qué, tú de todos ellos, decidiste seguir luchando? —pensó—. ¿Y tú, Cerdo, por qué no te rendiste incluso cuando sabías que estaba todo perdido? ¿Tan importante era proteger las tradiciones y el orgullo?»

Los recuerdos de felicidad se convirtieron en un tornado de dolor melancólico y opresión, y Rauk sintió una enorme necesidad de salir de aquel micropiso.

La puerta de su piso daba a una de las calles túneles y a un pequeño patio interior que conectaba a su vez con otros edificios. Las Zonas Colmena eran áreas urbanas extremadamente densas y caóticas, donde los edificios de diferentes alturas se entrelazaban de forma desordenada y sin ninguna consideración por la seguridad. En su interior, se ocultan auténticos laberintos de calles y túneles que conectan decenas de miles de micro viviendas y establecimientos, dando lugar a un entramado laberíntico y claustrofóbico.

Rauk se encendió un cigarro y le dio una calada. El humo le entró en los pulmones, trayendo consigo los posos del cáncer y llevándose consigo parte de los remordimientos y las lamentaciones.

—¡¡Rauk!! —dijo una voz aguda.

El antiguo líder de los Oi se giró. Había reconocido enseguida esa voz. Era Teo, el nieto de Beni, y el hijo de Bruno. Tras la muerte de su padre, Rauk los había acogido en el otro micropiso que tenía y los había protegido de las amenazas de los que mataron a su padre. Le hubiera gustado decir que había sido solo por lo que imponía, pero el dinero había hecho mucho.

—Hey campeón, ¿cómo estás? —dijo Rauk con los brazos abiertos y el cigarro en la boca. Su triste rostro había recuperado el brillo que una vez había tenido.

—¡¡Bien!! —dijo mientras le abrazaba—. Acabamos de venir del mercado. ¡Hoy va a hacer espaguetis con aceite, ajo y perejil! ¿Te lo puedes creer?

—¿Tus preferidos? ¡No, no puede ser! ¿En serio?

—¡¡Sí!! —dijo con una sonrisa—. ¿Quieres comer con nosotros?

El rostro de Rauk volvió a perder la vitalidad.

—Otro día quizás, campeón.

—¿Eh, por qué? ¡Siempre dices lo mismo, tío!

—¡Teo! No insistas —le regañó Beni. Luego le miró a él—. ¿Cuándo me piensas devolver los táperes? ¿Cuántos te quedan?

—Ninguno. —le dio una calada al cigarro—. Ya me los he comido. Luego te los llevaré cuando vuelva.

Beni chistó y negó con la cabeza.

—De eso nada. Luego te llevo los espaguetis y un par de táperes más y me llevo los otros.

—Gracias…

—No me des las gracias. Lo que tienes que hacer es venir un día a comer, idiota.

—Eso haré —dijo Rauk con una sonrisa triste—. Te lo prometo.

—Así me gusta. Y una cosa más. Deja de atormentarte de una vez. No fue tu culpa, Rauk. Hiciste lo que ellos también deberían haber hecho.

Al escuchar aquello, en la mente de Rauk se dibujó el rostro de los tres fundadores discutiendo. El recuerdo del día que les dijo que abandonaba la banda y aquella vida seguía grabado en su memoria.

De repente, Rauk sintió unas ganas tremendas de llorar. Esas palabras, a pesar de ser de Beni, no eran suficientes para sanar su corazón, pero sin duda lo aliviaban. El antiguo líder de los Oi se giró, y sin decir nada, comenzó a caminar por la calle túnel a la vez que se despedía con la mano.

Las calles del barrio donde ahora vivía seguían igual que cuando los Oi dominaban ese y el resto de barrios que una vez gobernaban. Las luces y los carteles de neón parpadeaban débilmente, proyectando sombras inquietantes en las paredes sucias y con abundantes grafitis. Los humos de los bares y cocinas ilegales de drogas se mezclaban con el griterío de la gente, la música de los locales de alterne y el zumbido y chisporroteo de las amoladoras y pulidoras de las armerías clandestinas.

Sin embargo, desde que la casa de los Voraces y sus bandas afiliadas habían tomado el control de todo su antiguo territorio, las cosas habían cambiado bastante. Sus nuevos dueños solo se dedicaban a recaudar las cuotas a los habitantes y a los establecimientos a base de amenazas y palizas. Y, por si fuera poco, ahora que la zona donde ellos vivían estaba en paz, los pandilleros se pasaban el día bebiendo, drogándose y metiéndose con los habitantes del barrio.

Ellos no habían sido unos samaritanos tampoco. Habían golpeado, amenazado y destrozado para llegar a donde habían llegado. Rauk no había conocido cuán realmente grande era la Zona Colmena, pero con todos los barrios que ellos habían controlado (cuyos nombres, por cierto, los nombran los propios residentes y sus límites son ambiguos), al menos debían de haber controlado un cuarto de toda aquella masificación laberíntica. Pero una vez que consiguieron los territorios, cuidaron, dentro de lo que cabe desde el punto de vista de una banda, de todos los que allí vivían. Al fin y al cabo, los Oi siempre habían protegido a los suyos.

Pero eso no era lo único que había cambiado. En el pasado, toda la gente le conocía, le había respetado, querido, temido y hasta odiado. Pero ahora nadie le observaba. Era un espectro más en una jungla urbana.

«Eso es lo que habías querido, ¿no? Una vida tranquila en esta jungla de mierda.»

Mientras seguía recorriendo las calles túneles, sus pensamientos seguían vagando por el pasado. Recordó los días en que él y el resto de los Oi patrullaban esas mismas calles, imponiendo su ley y protegiendo a los suyos. Habían sido tiempos de lucha y camaradería, de victorias y pérdidas. Pero también de un interminable ciclo de violencia y muerte que parecía no tener fin.

Con cada golpe, con cada muerte, su idea de la vida, de la banda y de sus sueños se había ido volviendo más y más sombría con el paso de los años. Pero lo que le había terminado de destrozar por dentro, había sido la muerte de su querida Kaila. Ahí fue cuando para él, todo dejó de tener sentido. Se había cansado de ver morir a sus amigos.

Y entonces llegó la oferta de la casa de los Voraces. La misma casa contra la que se habían pasado años luchando en una guerra cruda y sangrienta. La misma casa a la que había pertenecido la banda que mató a Kaila y Diya. Su propuesta había sido clara: O se retiraban y les concedían el barrio donde la banda había nacido, así como inmunidad y una exuberante suma de dinero, o se unían a su casa… o morirían. Esa había sido la oferta que le había hecho la casa de los Voraces a la banda que tantos problemas le había causado.

Rauk había escogido retirarse y vivir el resto de sus días en paz. Sin tener que temer que uno de sus seres queridos pudiera morir. Se había dicho que lo hacía por Kaila, pero lo había hecho por sí mismo.

La oferta de los Voraces había sido una traición a todo lo que él y los Oi habían representado. Habían pasado años luchando contra esa casa, y la ironía de aceptar su propuesta no se le escapaba. Pero la perspectiva de más muertes, más sangre derramada, había sido demasiado para soportar. Había escogido la retirada, pensando que al menos así podría proteger a los pocos que le quedaban.

Sin embargo, Zergo, Bruno y la gran mayoría de los Oi habían decidido luchar hasta la muerte. Él había tratado de convencerlos, incluso había tenido la esperanza de que Zergo dejara a un lado su orgullo y cabezonería y se retirara con él y Bruno. Pero no había servido de nada.

Rauk continuó caminando, sus pasos ahora más lentos, como si cada uno de ellos fuera una marcha hacia su propio destino inevitable. Los recuerdos de sus amigos muertos lo acosaban, cada rostro era una cicatriz en su alma. Kaila, Bruno, Cerdo, Dreo, Jave, Nina, Deleo, Pit, Sasa, Pedro, Laura... Todos habían caído, víctimas de la violencia que él había ayudado a perpetuar.

De regreso a casa, aún sumergido en sus propios pensamientos, un grito seco resonó en sus oídos. El estómago se le encogió, y un temor que no había sentido en muchos años le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. Rauk alzó la cabeza para presenciar lo que se había temido. Era Teo.

Frente a la puerta de su vecina Beni, tres miembros de Los Reparte Acero golpeaban los protectores metálicos de nudillos a Teo. El niño yacía en el suelo, tratando de protegerse como podía, mientras su abuela gritaba impotente desde el umbral de la puerta. Un cuarto se giró hacia ella, y la cogió del cuello, levantando su puño imbuido en el protector. Su rostro demacrado esbozaba una fea y cruel sonrisa.

—¡Eh, hijos de puta! —gritó Rauk mientras corría hacia ellos—. Ellos están bajo mi protección. Si no, preguntadle a Bedio. Él está al tanto de todo.

—¿Y a mí qué coño me importa, subnormal? —contestó el pandillero que sujetaba a Beni. Los que golpeaban al niño lo dejaron y se encararon con el inesperado invitado.

—He dicho que los dejéis, retrasado.

—¿Y si no queremos qué? —preguntó otro de los pandilleros—. ¿Nos lo vas a impedir tú?

El golpe del protector metálico de nudillos le pilló por sorpresa. Su nariz crujió, dejando unos regueros de sangre, y cayó al suelo.

—¡Rauk! —gritó Beni.

—Tú cállate, vieja, o si no, que te golpeemos será la menor de tus preocupaciones.

Antes de que pudiera reaccionar, los tres pandilleros comenzaron a golpearle sin parar. Un antiguo dolor que había olvidado comenzó a clavarse en su piel y huesos. Su cuerpo se encogió por instinto, tratando de protegerse las zonas vitales. Uno, dos, cinco, diez, veinte… Rauk perdió la cuenta de los golpes que llevaba.

Tras un rato, los pandilleros dejaron de golpearle y empujaron a Beni y Teo al interior de la casa.

—Piérdete, abuelo —dijo uno de los pandilleros y le escupió.

Rauk se revolcó en el suelo. Nunca se había sentido tan humillado en la vida. La ira y el dolor se arremolinaban en su estómago. Quería levantarse. Golpearles. Matarlos. Pero sabía que si lo hacía, rompería el trato que había hecho con la casa de los Voraces, y eso podría poner en peligro a los únicos seres queridos que le quedaban.

—¡Vamos, vieja, dámelo todo!

Un golpe seco resonó.

—¡No la dejes!

Otro golpe.

«Pero, ¿qué digo? ¿Acaso no están ya en peligro? Idiota. ¿O acaso es que tengo miedo? ¿Me he pasado tanto tiempo viviendo de prestado en una vida de mierda que me he acomodado hasta convertirme en un puto espectro más?»

Entonces, frente a él le pareció ver la figura de Bruno apoyado sobre la pared que daba a los pisos, Cerdo, más bajito y ancho, en el medio y Kaila apoyada sobre el pequeño muro que daba al patio interior.

—Sabes que en verdad siempre lo hicimos para proteger a los nuestros y a lo que construimos —dijo Bruno.

—Levántate, tipo duro. Ponte la cazadora, la cresta, coge el bate y reviéntalos —dijo con una sonrisa Kaila.

—Con el espíritu del Oi no podrán —finalizó con tono serio Cerdo.

Como si todos sus miedos, dolor y cansancio hubieran desaparecido por arte de magia, Rauk se levantó, escupió sangre y entró en la casa con paso firme, las botellas y otros objetos tirados resonando a su paso.

El antiguo líder alzó la vista hacia la cazadora de su vieja banda. Sabía que había llegado el momento de volver a llevarla. La bajó con su mano cibernética y se la puso con un movimiento de brazos como si fuera una capa. Cogió el bate de acero que colgaba en la pared a modo de trofeo y lo movió en el aire, sintiendo la familiaridad en su peso y equilibrio. La sensación fue como la de reconciliarse con un viejo amigo, como la de una persona al volver a montar en bicicleta después de muchos años. Se acercó a una pequeña cajonera y sacó un antiguo revólver y la cresta. Se la puso, sintiendo que había recuperado años de su vida.

Sintió que había recuperado años. Sintió que había vuelto a aquellos años.

Los gritos y los golpes atravesaron de nuevo las finas paredes.

Rauk salió de la casa y, sin dudarlo ni un segundo, estrelló el bate contra la cabeza del pandillero que estaba en la puerta de la casa de Beni. A pesar de que su brazo derecho era todo de metal, sintió el resonar del golpe en él. El sonido del hueso al romperse fue como música para sus oídos. La sangre derramándose y la carne desgarrada por el alambre con pinchos que rodeaban el bate, le hicieron recordar aquel sentimiento de furiosa justicia.

El pandillero cayó al suelo y Rauk entró en la casa de su vecina. Dos de los pandilleros rebuscaban por toda la casa mientras los otros dos vigilaban a Beni y Teo. Estaban en el suelo acurrucados y llenos de moratones y sangre.

Levantó el antiguo revolver y apretó el gatillo. La primera bala cruzó el aire y atravesó la frente de uno de los pandilleros, reventándole los sesos. La pared se tintó de rojo.

—¡Joder! —gritó el que estaba al lado.

La rueda del tambor ya había terminado de girar. El arma volvió a sonar mientras los que rebuscaban se giraban, y otra mancha se dibujó en la pared.

Soltó la pistola y agarró el bate con las dos manos. Los otros dos Reparte Acero que quedaban se abalanzaron sobre Rauk. El primer golpe hizo que los destrozados huesos de la rodilla salieran por donde nunca deberían haberlo hecho. Cayó al suelo.

Esquivó un golpe del protector de metal de nudillos, y luego otro. Con un pequeño giro de cadera le golpeó en el costado al pandillero. El protector del torso absorbió gran parte del golpe, pero eso no evitó que su cuerpo se estremeciera. Alzó el bate de nuevo y lo descargó de nuevo sobre el rostro de su enemigo. Si sobrevivía al golpe, sin duda necesitaría una placa de metal parecida a la que llevaba Rauk. Podría haberle dado otro golpe y asegurarse de arrebatarle la vida. Pero había una cosa más importante por resolver.

Se giró y miró de nuevo al pandillero que se retorcía en el suelo. Era el que le había golpeado en la nariz.

—Muere, hijo de puta —dijo y golpeó una y otra vez al moribundo pandillero. Cada impacto era un recordatorio de quién había sido y de lo que aún podía ser.

Tras un último grito de rabia y de esfuerzo, todo quedó en silencio. Rauk se había bañado el rostro y gran parte del torso de sangre. Jadeante, miró a Beni y a Teo y vio el miedo y la gratitud en sus ojos. Sabía que había roto su promesa de paz, pero también sabía que había hecho lo correcto.

Despacio, y con la respiración un poco acelerada, se acercó a Teo y lo levantó del suelo, abrazándolo con fuerza.

—Lo siento, campeón. No dejaré que esto vuelva a pasar.

Teo, con lágrimas en los ojos, lo abrazó de vuelta. Beni se acercó y los tres se quedaron así, en silencio, en medio de las ruinas de la violencia que una vez más habían reclamado las Zonas Colmena.

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