Capítulo único
“- Y… ¿qué pasará si no te puedo volverte a ver?
- No te preocupes amor mío, siempre podrás encontrarme, incluso buscando al otro lado de la luna”
Habían pasado ya dos meses desde que emprendí aquel viaje, mis piernas pesaban, el sol quemaba mi piel cada segundo, mis brazos dolían por el constante esfuerzo de subir montañas, una vez a la semana sufría por la incertidumbre de creer haberme quedado sin provisiones, pero no podía detenerme, no hasta encontrarla.
Alcancé la cima de una nueva montaña aquella tarde, el sol comenzaba a esconderse, tiñendo el cielo de hermosos tonos anaranjados y dando un lento paso a la noche; no tenía tiempo que perder, armé mi tienda lo más rápido que pude. Estaba regresando con la madera para mi fogata cuando las primeras estrellas empezaron a aparecer en lo alto y el azul de la noche devoraba los últimos rayos de sol, encendí el fuego y me senté a esperar a la luna.
Viendo como las estrellas salían minuto a minuto regresó el pensamiento que me ha perseguido los últimos días “¿Por qué te sigues esforzando tanto? Abandonaste tu trabajo, tu hogar, tu vida, solo para buscar algo que no estás seguro de encontrar”. Sigo preguntándome aquello aun cuando yo mismo se por qué no me detengo: cada paso, cada caída, cada colina representa una oportunidad de volverla a ver, mi amor se encuentra cercana a la luna, si llega el día en que escale la montaña correcta, aquella que me permita sentir que puedo tocar la luna, ese día la encontraré, y por ello seguiré.
Busqué la luna con la mirada, se encontraba frente a mí, tan brillante y majestuosa, pero seguía sin estar lo suficientemente cerca, suspiré mientras marcaba en mi calendario otro día, saqué la comida que había comprado hace unos cuantos días en el último pueblo por el que pasé.
- ¿Qué hace un humano por estos lares? – le escuché a una voz decir, volteé asustado en busca de quien había hablado, pero no había nadie, a los pocos segundos algo golpeaba suavemente mi pierna, al bajar la vista encontré una liebre que empujaba mi pierna con su cabeza intentando captar mi atención
- ¿Acaso tú me hablaste pequeño amigo? – dije riendo, sin esperar alguna respuesta y preguntándome si todo el tiempo que he pasado viviendo en casas de campaña comenzaba a pasarme factura, para mi sorpresa el animal me contestó
- Claro que he sido yo ¿quién más podría haberlo hecho? – nuevamente la liebre habló, creí estar en un sueño, así que me pellizqué, rocié mi rostro con agua, pero la liebre simplemente me veía con un rostro extrañado y volvió a hablar– ¿Qué haces en estas montañas? ¿Buscando una aventura?
- Estoy buscando estar cerca de la luna – le respondí pese a mi desconcierto, no tenía forma de averiguar si era un sueño o no, así que decidí hablar con normalidad aún con lo extraño que era hablar con una liebre
- ¿Y para que busca un humano alcanzar a la luna?
- Quiero encontrar a mi amada, me dijo que podría encontrarla buscando al otro lado de la luna, no tengo más pistas que eso – dije mientras regresaba mi vista al paisaje nocturno que tenía ante mí, alcé mi mano en dirección a la luna, la sentía tan cerca y de todos modos no tuve la sensación de poder alcanzarla
- ¿Tu pareja vive con el conejo de las estrellas? – preguntó la liebre con curiosidad mientras tomaba un trozo de pan que había dejado fuera de la mochila
- ¿El conejo de las estrellas? - pregunté con curiosidad, nunca había escuchado hablar de una criatura con ese nombre
- Es una leyenda de los animales, se dice que concede un deseo a cualquiera que lo visite y cuyo anhelo venga directo del corazón, yo he llegado aquí en camino a su montaña
- ¿Conoces el camino? ¿Podrías guiarme a la montaña? – mis esperanzas se vieron reflejadas en mi voz, si la liebre me guiaba a donde se encontraba aquel místico conejo sería capaz de alcanzar la luna, podría encontrar a mi amor
- Quisiera poder llevarte, pero el camino es largo y mis patas se han cansado por la distancia, ni siquiera estoy seguro de yo poder llegar, te puedo indicar el camino, pero a cambio te pido me lleves en tu viaje; puedo prestarte mis saltos, con tus piernas seguro les sacarás más provecho
- Tenemos un trato, ¿cuál es tu deseo amiga liebre? Si me permites preguntar
- Deseo volver a mi hogar, me he perdido y hace mucho que no he podido regresar, estoy segura de que el conejo será capaz de permitirme volver.
Tomando su pata cerramos el trato y comimos junto al calor del fuego mientras me contaba el camino a seguir en la mañana, al irme a dormir temí despertar y no encontrar a liebre, pero cuando el sol se dejó ver por las aberturas de mi tienda pude ver al animal tomando una hoja de lechuga de mi mochila.
Tras comer algo y empacar mis cosas tomé a la liebre en mis manos, la cual me dijo antes de partir
- Al cederte mis saltos me convertiré en una figura de madera, te pido la cuides, pues si se daña saldré herido y mis saltos volverán a mi – asentí con seguridad y la liebre resplandeció en un aura blanca, pronto sentí la fuerza para dar grandes y rápidos saltos, cuando miré hacia abajo tenía en mis manos una liebre tallada en madera, la cual guardé en mi mochila con sumo cuidado antes de comenzar a saltar.
Al bajar la montaña pude percatarme de lo útiles que resultaban los saltos, pues recorría en poco tiempo una mayor distancia en comparación a lo que había logrado solo en un día. Sentir la brisa natural contra mi rostro era algo que pocas veces había experimentado, caminar o correr por el bosque nunca se había sentido tan bien, tan libre, por un momento olvidé mi misión y me permití disfrutar el trayecto a mi destino, algo que nunca había hecho durante mi búsqueda, me había concentrado tanto en mi objetivo que todo placer que el viaje podría producirme era opacado por el rostro de mi amada, era la primera vez en todos esos meses que ella no ocupaba cada uno de mis pensamientos.
Aún con las habilidades de la liebre, los árboles caídos y las rocas del camino generaban obstáculos que ni con los saltos eran fáciles de esquivar, por lo que, caída la noche, apenas terminé de cenar, me sumergí en el mundo de los sueños, donde cada recuerdo con mi media naranja pasaba por mis ojos cual película, recordándome el porqué de mi viaje, poco a poco ella recuperaba su lugar en mi mente de nuevo.
El cansancio no me permitió escuchar como un osezno se robaba mi comida, fue hasta entrada la mañana que lo encontré dormido entre los restos de fruta y carne que había guardado. Con un suspiro me levanté a ver si había quedado algo de comer, afortunadamente no se comió toda la fruta, pero la carne que planeaba desayunar aquella mañana se perdió en el atraco del pequeño oso.
Cuando despertó y notó mi presencia intentó huir al bosque, pero el olor de las bayas que había recolectado le hizo salivar y quedarse viendo mi plato con atención.
- ¿Quieres un poco? – ofrecí mientras le acercaba un plato que había preparado con anterioridad para él, creyendo que despertaría con hambre.
El oso se acercó con cautela y comenzó a devorar con prisa el plato de bayas que dejé a los pies de la fogata recién apagada, había acertado
- Si que tenías hambre amiguito, ¿Qué haces aquí solo?
- Busco a mi madre – dijo al terminar de comer con un tono algo triste; ya no me extrañó escuchar su respuesta, cualquier cosa que estuviera pasando para que los animales me hablaran no dejaría de ser un misterio pese a cuantas respuestas busque.
- Y ¿dónde está?
- No lo sé, se ha perdido, quiero ir a preguntarle al conejo de las estrellas si la puede encontrar, pero soy pequeño y me cuesta subir las montañas, así que no sé cómo voy a lograrlo
- ¿Sabes? Yo estoy en camino a ver al conejo de las estrellas, puedes acompañarme – los pequeños ojos del osezno brillaron cual estrellas al sugerir la ayuda, se me lanzó encima con alegría, haciéndome caer al suelo debido a su fuerza, pese a aún ser una cría, era más fuerte y pesado que lo que imaginaba
- ¡¿En serio humano?! ¿Me llevarías con el conejo?
- Claro, vamos a que encuentres a tu madre – el oso no podía verse más feliz que en ese momento. Entusiasmado, comenzó a empujar a montones todo lo que tenía fuera de la mochila, impaciente por partir; mientras terminaba de desarmar la tienda escuché como se detuvo, cuando volteé a ver que le hizo detenerse, el pequeño oso se acercaba hacia mi
- Mamá me ha dicho que ayude a los que lo necesiten, y con tus débiles brazos de humano seguro no puedes mover algunos obstáculos, así que te prestaré mi fuerza de oso, ya que tú eres un humano adulto ¡seguro obtienes una fuerza como la de mi madre! – el tono orgulloso del oso me tomó por sorpresa, no esperaba que su manera de hablar se asemejara tanto a un niño, no pude evitar reír mientras asentía a su propuesta.
Cuando terminé de guardar mis cosas el osezno se acercó a mi pierna y chocó su frente contra ésta, el mismo resplandor que había salido con la liebre salió del oso, volviéndolo una figura de madera que coloqué junto a la de la liebre.
Así como había dicho el pequeño oso, conseguí una gran fuerza, la suficiente como para empujar rocas y troncos caídos sin dificultad, por lo que me abrí camino cada vez más rápido, el llegar a la colina del conejo de las estrellas no debería ser un problema.
Eso pensé gran parte del camino, pero al llegar al final del bosque se erguían unas de las montañas más altas que hubiera visto en todo mi viaje, intenté acortar distancia con los saltos de la liebre, pero la montaña era tan empinada que apenas y podía avanzar sin cansarme por el peso de la mochila, traté de escalar con rapidez utilizando la fuerza del oso, pero las piedras eran demasiado frágiles y caían con facilidad, el esquivar su caída anulaba mi avance por completo.
Caí derrotado en la base de la montaña, estando tan cerca y tan lejos a la vez de conseguir mi objetivo y el de mis amigos; trataba de pensar en alguna solución a mi problema cuando sentí unas garras posarse en mi cabello, no me dio tiempo de alzar la mirada, pues la cabeza de un águila en pocos segundos se encontraba invadiendo mi campo visual
- ¿Algún problema humano? – preguntó el águila mientras me veía de cabeza
- Quiero subir la montaña para seguir mi camino de ir donde el conejo de las estrellas, pero no consigo escalar sin algún contratiempo que me haga regresar aquí
- Yo estoy de camino a la montaña del conejo, no soy capaz de encontrar a mi pareja y quiero desear reunirme de nuevo con ella, pero una de mis alas se ha dañado y no he podido llegar, si estás dispuesto a llevarme puedo prestarte mi vuelo para superar esta montaña – y con la expresión en mi rostro el águila comprendió que aceptaba su propuesta, por lo que en segundos tocó mi frente con su pico y resplandeció, dejando caer su figura de madera y brindándome unas hermosas alas hechas de luz.
En lo que me acostumbraba a como funcionaban las alas, el sol recién comenzaba a ponerse, si intentaba volar en ese momento sería capaz de alcanzar la montaña del conejo de las estrellas durante aquel atardecer.
Dejé mi mochila en el pueblo cercano a aquellas montañas, tomé las figuras de madera de mis amigos animales y las guardé en una pequeña bolsa que llevaba
- Muy bien amigos, vamos a cumplir sus deseos
Salí del pueblo y me adentré nuevamente en el bosque, al regresar a la base de la montaña donde encontré al águila despejé con la fuerza del oso las rocas que podían interponerse en mi camino de llegar al cielo. Con el terreno listo, ayudándome del salto de la liebre me elevé en el aire y desplegué las alas que me brindó el águila, y cuando menos lo pensé, ya estaba volando.
Sentir el viento en mi rostro en tierra no se comparaba en nada con surcar los cielos, se sentía como nadar en las nubes, humedecer mi rostro con tan solo pasar entre ellas, dar piruetas en el aire mientras siento la calidez del sol tocando mi cuerpo, era una sensación increíble, y la vista no era como ninguna que hubiera visto antes.
“Ojalá estuvieras viendo esto conmigo”
Fue con la llegada de ese pensamiento que recordé mi objetivo principal, por lo que descendí para divisar que tan lejos estaba de la montaña del conejo de las estrellas; con unos cuantos minutos de vuelo logré ver la cima, por lo que me acerqué con rapidez, las estrellas comenzaron a salir y el sol estaba cerca de ser consumido por el horizonte.
Aterricé en un claro cerca de la cima de la montaña, asegurándome que tuviera vista al este, saqué de mi bolsa las figuras de madera y las puse a mi lado a esperar la luna juntos, pues sin esos animales no habría podido llegar hasta la montaña.
Poco a poco la luna subía, su brillo hipnotizante me hacía acercarme y, por dios, esa ocasión sentí que con tan solo estirar la mano podría tocarla; por fin lo había logrado, estaba lo más cerca posible a la luna.
Un aura resplandeciente me cegó por unos segundos, obligándome a cerrar los ojos con fuerza, al abrirlos lentamente pude ver que yacía ante mí un hermoso conejo hecho de estrellas, rodeado de mantos tornasol y ojos tan blancos como la luna misma: el conejo de las estrellas.
- ¿Qué hace un humano en mi montaña?
- Maravilloso conejo de las estrellas, mis amigos animales me han contado sobre usted, hemos venido a que por favor conceda nuestros deseos – dije mientras me arrodillaba ante la figura de luz que flotaba a pocos metros de la luna
- ¿Y qué es lo que tu corazón desea, humano?
- Deseo poder ver a mi amada, a quien he buscado por meses siguiendo la única pista que mis recuerdos me han brindado, ella ha dicho que podría encontrarla en este lugar; sin embargo, mis amigos también han venido en busca de hacer realidad sus deseos, así que permítame regresarles sus dones para que ellos mismos puedan pedírselos
- Oh ignorante humano, creo que tus amigos no te han contado un detalle importante, yo solo soy capaz de conceder un deseo cada luna llena, hoy haz acertado y he podido aparecer, pero si concedo un deseo hoy, me temo que tú o tus amigos tendrán que regresar por donde vinieron y esperar la próxima luna, decide qué deseo crees que sea capaz de cumplir – no podía creer lo que estaba sucediendo, tanto esfuerzo, los favores de mis amigos, todo sería en vano si nadie pedía un deseo pero, ¿por qué debía estar en mis manos escoger que anhelo era digno de cumplirse?
¿Acaso será el deseo de la liebre de volver a su hogar? ¿O el alma infantil del osezno y su deseo de encontrar a su madre serían el deseo más puro? Pero ¿y el deseo del águila de encontrar a su pareja tal como yo? ¿Qué hay de mi propio deseo de ver a mi amada una vez más? ¿Acaso tenía derecho de ser egoísta cuando fue por mis amigos que logré llegar hasta aquí? ¿De qué me serviría mis meses de sacrificio si no conseguía mi deseo? La decisión estaba en mis manos y no sabía si tenía derecho de decidir si arrebatarles sus anhelos a los que me dieron la ayuda para llegar o sacrificar mi viaje y que todo aquello hubiera sido en vano.
- ¿Y bien, ya has decidido que hacer humano? – la mística criatura volvió a hablarme, yo alcé la mirada y lo miré con seguridad
- Este viaje no será en vano – dije mientras lo veía a los ojos, me volteé a buscar las figuras de madera y las elevé hacia el conejo – Concede sus deseos
El conejo abrió sus ojos con asombro mientras observaba como abrazaba las figuras de madera, un resplandor salió de mi cuerpo, devolviendo con ello los talentos de mis amigos y regresándoles su forma original; posados en el suelo comenzaron a despertar del letargo en el que cayeron cuando me prestaron sus virtudes, los tres animales me sonrieron con ternura y se volvieron al conejo de las estrellas, a quien le dijeron sus deseos
- Deseo volver a mi hogar – pidió la liebre
- Deseo encontrar a mamá – exclamó el osezno
- Permíteme regresar con mi amor – deseo el águila
- Como ustedes deseen mis leales súbditos – y con esas palabras un nuevo resplandor salió de los animales, convirtiéndose en estrellas y elevándose hacia el cielo, donde brillaron en constelaciones
Con sorpresa vi como cada uno de mis amigos regresaba a donde pertenecía, con aquellos que amaban, ahora todo cobraba sentido, el porqué podían hablarme, como es que me brindaron sus dones, no pude evitar mostrar una sonrisa. El conejo de las estrellas me sonrió para desvanecerse en la luz de la luna, dejándome solo en el claro de la montaña.
Caí de rodillas en el pasto y lloré como nunca, quise mantener una sonrisa por mis amigos, pero el dolor de no poder encontrar a mi amada atacó mi corazón, destrozándolo por completo, tal vez el viaje no fue en vano, mis amigos consiguieron cumplir sus deseos, pero ahora yo estaba solo en la montaña, sin forma de volver a mi hogar sin ayuda, sin mi amada y un vació en el corazón.
- Cariño, deja de llorar – de pronto escuché como una suave voz me hablaba, alcé mi rostro con prisa, ¿era posible?
- Estas aquí… – y tal como pensé, ahí estaba, formada tan solo de brillantes estrellas, su largo cabello ondeando con la brisa nocturna, sus hermosos ojos mirándome con ese amor que tanto extrañaba
Abracé su cuerpo con todas las fuerzas que tenía, la había extrañado tanto
- ¿Por qué estás aquí, amor mío?
- Vine a buscarte, dijiste que podría encontrarte incluso del otro lado de la luna, busqué por todos lados la forma de estar cerca de la luna para poder verte y ¡aquí estas! ¡Ahora vuelvo a estar contigo! – mis lágrimas no dejaban de caer, traspasaban su cuerpo y caían a mis pies empapando el pasto
- Amor… – dijo con pesar mientras sostenía mi rostro con una de sus manos – Tú sabes porque ya no estamos juntos.
Y como no saberlo, si la vi caer dormida en esa blanca cama de hospital, escuchando en el monitor como su corazón se aceleraba cada segundo, como se esforzaba por seguir conmigo pese a cuanto su cuerpo le pidiera perecer, hasta que ya no pudo más y cerró sus ojos para siempre.
Sus manos limpiaban mis lágrimas que no paraban de brotar, yo sostenía su ropa hecha de estrellas con fuerza
- ¡Lo se! Lo se… solo quería verte una vez más… no puedo vivir sin ti... – la tristeza invadía todo mi ser, yo sabía que no podría volver, que ahora mi amada se había ido lejos para nunca más volver, pero ¿alguien puede culparme por intentar recuperarla?
Sentí como sus manos soltaban mi rostro, asustado miré al frente, no quería verla irse otra vez, para mi sorpresa a su alrededor se encontraban mis amigos viéndome con una sonrisa, también se encontraba el conejo de las estrellas
- Humano, has sacrificado tu deseo a cambio del de tus amigos, eso es algo que pocos de tu especie han hecho, pasaste la prueba
- … ¿Prueba?
- ¡Sí! ¿No es increíble humano? – decía el osezno emocionado
- Fuiste amable con nosotros, unos animales que apenas conocías, y nos trajiste hasta nuestro hogar, incluso olvidando tus deseos con tal de agradecernos nuestra ayuda – habló el águila
- Tu humildad te ha permitido ver a tu amada una vez más – dijo la liebre
- Y ahora, por petición de tus amigos, te brindaré los dones que ellos te prestaron en su viaje, aprovéchalos y úsalos para el bien, es tu recompensa
Un resplandor salió de mi ser, a los pocos segundos pude volver a sentir en mis piernas los poderosos saltos de la liebre, en mis brazos la fuerza del oso, al voltear observé las brillantes alas del águila, frente a mi ahora solo se encontraba mi amada, quien me veía con ternura
- Sigue siendo una buena persona, amor mío, seguiré viéndote desde el cielo nocturno
- ¡Espera! ¡No quiero perderte otra vez! No quiero olvidarte
- Nunca lo harás cariño mío, siempre viviré en tu corazón, nunca me apartaré de tu lado – y dándome un tierno beso de deshizo en estrellas.
Salté hacia el abismo frente a mí y emprendí el vuelo de regreso a mi hogar, con tristeza en el corazón, pero sabiendo que en estas alas y mi nueva fuerza se encontraba el agradecimiento de mis amigos, sabiendo que mi amada no estaba más lejos que una mirada al cielo y en la calidez de mi corazón.
Fin.








