La leyenda

Summary

Una pequeña aldea costera de un pequeño reino que carece de importancia ya que no tiene ni un puerto decente, una noche un viejo cocinero recibe una visita inesperada que cambiaría su vida para siempre.

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13+

Capítulo 1 - Gato callejero

Un sonido metálico rompió la tranquilidad de la noche. El viejo se sacudió sus callosas manos tras tirar la basura en el cubo de metal que había fuera en el callejón que daba a la parte de atrás de su restaurante y se metió dentro tras echar el pestillo dando por finalizada la jornada del día... para preparar la del día siguiente.

Se frotó la rodilla derecha a causa del dolor que tenía por haber estado todo el día sin parar de cocinar, y aunque llevaba ya esa dichosa pata de palo ocho años, todavía había veces que era tan molesta como la primera vez que se la puso.

Cogió una caja llena de patatas y la puso al lado de la mesa, extendió un trapo sobre ella y un enorme cuenco para conforme las iba pelando las lanzaba con cuidado dentro y la piel las dejaba fuera. Quería preparar puré de patatas con un toque de leche agria y orégano para el menú del día siguiente y era mejor tenerlas ya listas para al día siguiente teniéndolas a remojo durante toda la noche.

Podía sonar tedioso para cualquiera, pero no para alguien que amaba cocinar por encima de todo, llevaba siete años regentando el Baratie y no se había cansado de ello, ya sabía que moriría entre esos fogones a causa de un infarto o de viejo llegado el momento, pero sabía que su destino acabaría en esa cocina.

Escuchó de nuevo el sonido del cubo de la basura y esta vez no lo había provocado él, seguro que era ese maldito gato callejero que de vez en cuando rondaba por la zona y tiraba la tapa para luego romper la bolsa y saciar su apetito.

- Ese estúpido gato, el día que lo atrape lo echaré a la olla y diré que es conejo. – farfulló mientras dejaba el cuchillo y la patata a medio pelar antes de limpiarse las manos con el trapo que colgaba de su delantal.

Se levantó con un quejido de nuevo por culpa de la rodilla y fue medio cojeando hasta la puerta, abrió el pestillo y la puerta de sopetón clavando su pata de palo con fuerza con toda la intención de asustar al animal.

- ¡Largo de aquí maldi...! – se calló de golpe ante el grito de susto que recibió.

No fue un animal lo que cayó al suelo de culo ya que estaba medio asomado en el cubo de basura que se volcó junto a él, se trataba de un niño que trató de levantarse rápidamente, pero que le resbalaron las manos en la gravilla del suelo. No solo eso, sino que llevaba un casco de metal que le cubría toda la cabeza y apenas había una rendija para los ojos y otras pequeñas verticales a la altura de la boca.

- ¡Eh, eh, espera! – Se lanzó el adulto a ayudarle, pero el pequeño se adelantó y sacó un cuchillo desafilado de ese cinturón que le venía holgado incluso estando en el último orificio y lo encaró hacia él.

- ¡N-No me toques! – dijo la aguda y metálica voz delatando que solamente era un crío asustado con algo demasiado peligroso entre las manos – Lo has tirado a la basura, ya no es tuyo.

- ¿Qué crees que vas a encontrar ahí? ¿Comida? – alzó las manos para nada preocupado de que ese niño pudiese hacerle daño, sino para no asustarlo más – Chico, yo no desperdicio ni las raspas del pescado, ahí dentro no hay nada que puedas comer.

- Mientes... - trataba de mirar hacia el cubo mientras vigilaba que el adulto no hiciera ningún movimiento brusco.

- Míralo por ti mismo, adelante. – dio un paso hacia atrás para darle mayor sensación de seguridad.

El niño se le quedó mirando, desconfiado y sin dejar de apuntar hacia él abrió la bolsa para ver su contenido, efectivamente solo había trapos sucios y otros deshechos, sus hombros se hundieron al verlo mientras su estómago gruñía de hambre.

- ... - no podía verle la cara, pero estaba claro que la decepción que sentía de no poder llevarse nada a la boca era grande. Sintió una cálida brisa venir desde su espalda y tras unos segundos suspiró resignado y giró para meterse de nuevo en el restaurante. – Entra, no te quedes ahí como un pasmarote.

- ¿Eh? – al darse cuenta de que el hombre rubio de gran sombrero de cocinero ya no estaba allí se aseguró de coger mejor su cuchillo, sin estar muy seguro de ello, se asomó por la puerta y pudo verlo delante de una larga mesa apilando comida en un plato junto a un vaso de agua.

- Ahí tienes, más te vale que no sobre ni un grano de arroz. – dijo al colocar un taburete para que tuviera un asiento y él se puso al otro lado, de nuevo, dándole su espacio de confianza – Son sobras, mejor eso que nada.

Ese delicioso aroma hizo que bajase la guardia y se sentó para ver su contenido, había de todo, arroz, carne, pescado, tallarines y verduras salteadas, se le hizo la boca agua con solo tenerlo delante, pero la realidad le golpeó con dureza como siempre.

- No puedo comerlo. – dijo el pequeño.

- ¿Cómo qué no? No te voy a cobrar si es lo que crees. – frunció el ceño Zeff. Al haber más luz dentro de la cocina pudo ver su enclenque cuerpecillo, estaba en los huesos y amoratado por culpa del frío y los golpes, parecía una pequeña berenjena. La ropa muy sucia y el cabello que asomaba por su nuca era de un castaño claro en mechones apelmazados todavía más sucios. – Quítate el casco y come.

- No puedo quitármelo, por eso no puedo comerlo. – se explicó mejor.

- Oh. – se dio cuenta entonces del pequeño candado que colgaba en un extremo del casco ¿por qué diablos tratarían así a ese niño? Estaba débil, era imposible pensar que era un peligro para nadie – Puedo romper el candado con unas tenazas, así podrás comer. Están en el trastero, ¿puedo dejarte solo?

Era imposible averiguar nada en ese rostro, el casco le hacía sombra en los ojos, o más bien debería decir en el único ojo que estaba visible, el niño terminó asintiendo un par de veces con la cabeza. El cocinero imitó el gesto y cogió las llaves que colgaban al lado de la puerta y fuera abrió otra puerta más en la que estaba toda clase de utensilios de reparación, cogió las tenazas y volvió enseguida, el niño seguía en el mismo sitio sin soltar el cuchillo.

- Voy a acercarme, ¿de acuerdo? Más te vale no clavarme eso, lo último que quiero es morir de tétanos.

- No lo haré si no me haces daño.

- Te lo prometo, berenjenita. – hizo un gesto en señal de paz con las manos abiertas mostrándole las tenazas una vez que clavó su rodilla maltrecha en el suelo para estar a su altura.

Aun no se fiaba, era normal, pensó el adulto, aun así, el crío cedió y se puso de lado alzando la cabeza mostrando su cuello sucio mientras colgaba el candado. Despacio, el cocinero lo tomó y abrió las tenazas atrapando la parte curva del candado y usando ambas manos presionó con suficiente fuerza como para partirlo y cayó en dos trozos. El sonido asustó un poco al niño quien dio un respingo, pero no atacó al adulto al sentir como la apertura se soltaba al no estar lo que le unía.

El crío parecía conmocionado, como si la idea de por fin librarse de ese casco todavía fuese irreal. Se tomó un minuto antes de alzar las manos temblorosas sin soltar el cuchillo y lentamente lo levantó liberándose por fin de la pesada pieza de metal revelando así un sucio y enredado cabello dorado, que no castaño al estar mezclado con un poco de barro, el flequillo le caía por el lado izquierdo cubriendo así su ojo mientras que el otro lo tenía abierto al máximo, mostrando su tono azul cielo, eso le llamó más la atención que las marcas de suciedad en su hundidas mejillas. No pasaron tampoco desapercibidas esas cejas en espiral, sin decir nada al respecto.

- Lávate las manos y la cara antes de comer. – exigió antes de apoyarse en la mesa para tener apoyo para levantarse del suelo.

Obediente y confundido, cogió el taburete hasta el fregador y se subió a él dándose cuenta de que tendría que soltar el cuchillo para poder lavarse bien, se lo pensó durante unos segundos y terminó dejándolo a un lado para poder hacerlo ante el adulto que seguía junto al plato, lo recuperó y volvió a su sitio anterior.

- Come despacio, lo vomitarás si lo haces deprisa.

Asintió y sostuvo la cuchara, no sabía por dónde empezar, al final se decantó por el arroz, llenó la mitad y despacio la masticó, el sabor se expandió por toda su boca, hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no engullir bajo la atenta mirada del cocinero que no dijo nada cuando las lágrimas del pequeño caían a golpes por sus mejillas hasta llegar a mojarle el pantalón mugriento que llevaba.

- Me llamo Zeff. – se presentó el adulto cuando este terminó de comer y le ofreció un bol con fruta troceada de postre que no soltó hasta conseguir lo que buscaba – Akaashi Zeff, soy el dueño de este lugar, el Baratie. ¿Y tú?

- ...Sanji. – respondió.

- ¿Sólo Sanji?

- ... Sólo Sanji.

Satisfecho a medias, dejó el cuenco delante suya y dejó que se lo comiese mientras él fregaba el plato sucio tan limpio que casi se podía poner de nuevo en la alacena, cosa que evidentemente no iba a hacer. Continuó con su labor de pelar patatas dejándole tiempo para terminar su postre, cuando llevaba ya más de la mitad de la caja notó demasiado silencio y se dio cuenta de que Sanji estaba recostado sobre la mesa, todavía sujetando la cuchara dormido sobre la mesa de madera.

Se acercó a él, se había comido toda la fruta, sus comisuras tenían un leve tono rojizo por las cerezas que se había tomado, con cuidado le limpió la boca y lo tomó en brazos sin que este se inmutase por el movimiento junto a su desgastado cuchillo. Maldijo cada peldaño que daba a la planta superior que era su hogar, y lo llevó a su dormitorio donde lo tendió en su cama y lo cubrió con la pesada manta dejando el arma en la mesita de noche para no privarle de su “seguridad”.

Cuando Sanji despertó se alarmó de inmediato al no reconocer aquella habitación, buscó en su cinturón el cuchillo, entrando en pánico al no encontrarlo, aunque pronto se dio cuenta de que estaba a su lado y lo recuperó con rapidez. Había mucha luz, por lo que debía ser entrada la mañana, la puerta del dormitorio estaba abierta, así que salió con cautela, a simple vista la casa estaba vacía. Desde donde estaba podía ver la distribución de aquel lugar, la cocina y salón estaban a la vista, había tres puertas más por lo que decidió ir a abrirlas, una de ellas era un estudio en el que había una mesa de madera con montones de papeles bien ordenados, una silla y un mueble con libros.

Se encaminó a la otra que era un aseo donde aprovechó para hacer sus necesidades y mirarse en el espejo, hacía mucho tiempo que no veía su rostro, lo acarició despacio, recordando todas las veces que había intentado colar sus delgados dedos por las ranuras cuando le picaba en alguna zona sin alcanzar su piel, reparó entonces en que sus cejas eran visibles.

No dudó en echarse el pelo hacia atrás con el agua y cogió el cuchillo posando la parte afilada en la frente, con cuidado de no cortarse, comenzó a afeitarse la espiral del entrecejo, su piel quedó enrojecida e hizo lo mismo en la otra haciéndose un pequeño corte en la parte alta de la sien cuando apoyó la mellada hoja de su cuchillo, no le importó, continuó afeitándola hasta que quedaron iguales. Orgulloso de su trabajo, se lavó la cara con esmero y ahogó un gemido de decepción cuando volvió a mirarse en el espejo y vio que ahí estaban de nuevo las espirales. No iba a ser tan fácil deshacerse de ellas. Suspiró resignado y se aseguró de que el flequillo cubriera bien su ojo y la espiral de su otra ceja junto al pequeño corte que ya no sangraba.

Ya aseado, fue a la otra puerta que quedaba dando paso a una escalera que bajaba y desde ahí pudo escuchar los ruidos de la cocina del restaurante.

- Lávate las manos y come. – saludó Zeff al verle parado sin saber que decir, en el mismo lugar que por la noche, puso un bol de leche y una tostada con mantequilla.

- Ya me las he lavado. – respondió mostrándoselas tras dejar el cuchillo al lado de su desayuno, exponiendo que estaban limpias.

- Bien. – confirmó que fuese así y lo dejó estar de nuevo en silencio.

Esta vez Sanji se detuvo a observar la cocina que le rodeaba a la vez que comía. Estantes con platos, vasos y demás artilugios de cocina estaban distribuidos estratégicamente por el lugar, los fogones estaban encendidos y un aroma a mermelada de melocotón inundaba todo con su fragancia mientras Zeff se dedicaba a amasar una enorme bola y la dividía en otras más pequeñas.

- Estoy preparando bollos de azúcar rellenos de mermelada de melocotón, serán el postre para el servicio de cena. – explicó el cocinero ante la mirada curiosa del crío.

- Oh. – se sonrojó al ser descubierto y apartó la mirada.

- Tendrás que esperar a la noche para poder comerte uno. – añadió.

- Oh. – repitió sin entender porque todavía no le había echado de allí.

La conversación terminó ahí, Sanji acabó con su desayuno, no dudó en coger la vajilla usada para llevarla hasta la pila y lavarlos usando de nuevo el taburete para alcanzar el fregador, sin despegarse todavía de su cuchillo que había decidido colocar en su cinturón en caso de necesidad. Lo dejó secar y se quedó allí sentado teniendo mejor vista de lo que hacía el cocinero desde ahí, en cuanto este cubrió las bolas de masa con un trapo para dejarlos fermentar se lavó las manos a su lado.

- Primera norma de mi cocina: las personas que entran en ella deben estar limpias.

- ¿Eh? – parpadeó confundido el niño.

- Seré claro: apestas y estás sucio. – le señaló acusadoramente de ambas cosas – Vas a darte un baño quieras o no.

- ... - frunció el ceño, mezcla de ofendido y sorprendido.

- Ven conmigo.

Zeff subió las escaleras directo a la cocina de la cual cogió una enorme olla con agua caliente y la llevó al cuarto de baño al lado de la tina.

- Hay que quitarte primero la mugre, sino ensuciarás enseguida el agua, desnúdate.

- Puedo hacerlo yo solo. – replicó reticente a hacerlo delante suya.

- Mocoso, ni insinúes que tengo intenciones de sobrepasarme contigo. – fue su turno de fruncir el ceño - Si hiciese algo contigo sería echarte a una olla y ni eso, eres un saco de huesos. Yo te lavaré la espalda y el pelo, tú encárgate de lo demás.

- ¿Por qué eres amable conmigo? No voy a confiar en ti nunca. ¿Pretendes venderme?

- Me darían un Berie por ti y de milagro, por muerto de hambre y sucio. Además, me gano la vida dando de comer a la gente, no vendiendo críos.

- ... - Ese era su valor, un mísero Berie. Suspiró resignado y cedió, agradecía poder quitarse toda esa suciedad, en cuanto pudiese se largaría de allí.

Se quitó la ropa y Zeff tomó un trapo que mojó en el agua caliente mientras Sanji se sentaba en el taburete que usaba él a la hora de asearse por no poder estar tanto tiempo de pie, vio la espalda del niño, no solo había suciedad en ella, también marcas de golpes, algunos más verdes que otros púrpuras. No dijo nada al respecto, la humedeció con el trapo y frotó con sus ásperas manos aquella sensible zona con cuidado de no dañarlo más. En ningún momento Sanji se quejó de dolor. Con un cuenco mojó el cabello rubio al cual tuvo que frotar con esmero por la cantidad de grasa y suciedad acumulado ¿cuánto tiempo había llevado ese casco?

- Echa la cabeza hacia atrás. – pidió Zeff, sin embargo, Sanji se negó – Te entrará jabón en los ojos.

- Lo enjuago yo.

- No seas cabezota, chico. Más vale que lo hagas, me da igual si te quejas de que te piquen los ojos luego. – comenzó a verter el agua y a este no le quedó más remedio que ceder pudiendo ver a la perfección las cejas en espiral de las cuales no dijo nada – Listo, ten el trapo, termina de lavarte tú. Voy a traer más agua.

Dejó al niño solo mientras volvía a la cocina y llenaba otra olla más, dándole su tiempo y privacidad para limpiarse, cuando regresó estaba terminando de limpiar sus pies con esmero. Zeff llenó la tina de agua que mezcló con agua tibia para que no se achicharrase como una langosta. Sanji se metió en la tina y el calor relajó sus adoloridos músculos.

Lo dejó allí a remojo un buen rato hasta que comprobó que el agua ya se había enfriado un poco así que regresó con dos toallas y ropa limpia, que se notaba que había sido usada.

- Sal, no te enfríes. – ordenó el adulto.

En cuanto salió lo envolvió con una de las toallas y la otra se la puso sobre la cabeza y frotó sin mucha delicadeza.

- Puedo hacerlo yo. – gruñó el niño cerrando los ojos por los tirones y Zeff, simplemente lo ignoró, ya bastante seco, lo cepilló echándolo hacia atrás, pero en cuanto se dio cuenta, el flequillo ya estaba de nuevo sobre el ojo que Sanji siempre ocultaba.

- Sécate el cuerpo y vístete, en cuanto termines baja con las toallas. – él recogió la ropa mugrienta y zapatos para encargarse de ella y salió del baño sin añadir más.

- Que viejo más raro. – susurró Sanji.

La ropa le venía un poco grande, fue entonces cuando reparó en que se le había olvidado el cuchillo, lo buscó por el baño dándose cuenta de que el cocinero se lo había llevado, había bajado la guardia y el otro se había aprovechado de ello, le robaría uno de los suyos más afilados antes de escapar de allí. Se vio en el espejo, con ropa limpia y sin casco parecía un niño normal aunque sus mejillas estuviesen hundidas y bajo sus ojos unas oscuras ojeras. Se acarició el cabello húmedo, estaba un poco largo después de haber estado tanto tiempo bajo aquel casco, no le importó así se aseguraba de cubrir mejor sus cejas.

Cargó con las toallas y bajó las escaleras para reunirse con Zeff que las cogió y apiló en un enorme cesto de ropa sucia, y para sorpresa de Sanji, él mismo le ofreció un cuchillo de cocina, más grande que el que usaba antes junto a una zanahoria.

- Se pelan así. – dijo tras coger él lo mismo y peló una delante suya en la mesa de cocina dejando las virutas sobre un trapo - ¿Ves? El cuchillo siempre hacia fuera, nunca hacia ti, así evitarás cortarte.

- ¿Q-Qué? – preguntó confundido, antes de que Zeff le plantase un buen puñado de zanahorias frente a él.

- Regla número dos: en la cocina se está para trabajar, no para holgazanear. Pela todas esas.

Se quedó pasmado ¿iba a trabajar allí como pago por la comida que le había dado? Zeff se puso frente a los fogones preparando algo que olía a las mil maravillas y como quien no quiere la cosa, se puso a pelar las zanahorias. El adulto de vez en cuando se acercaba para asegurarse que sostenía bien el cuchillo, se lo recolocaba bien entre las manos junto a algún otro consejo para no cortarse y que no desperdiciase las verduras.

- ¿Las troceo? – se atrevió a preguntar una vez hubo acabado.

- Has sido rápido. – asintió con aprobación al comprobar que también había cortado los extremos al límite. Cogió su cuchillo y le demostró como hacer los cortes – Tienes que hacerlo en esta dirección, sostén con fuerza el cuchillo tomando impulso con la muñeca, tienen que tener todo el mismo grosor, este tamaño. ¿Entendido?

- Sí.

- “Sí, chef”. – le corrigió.

- ...S-Sí chef.

- Bien. – palmeó su hombro antes de alejarse de nuevo.

Sanji se puso manos a la obra y fue apilando la zanahoria a un lado, para su sorpresa no acabó ahí la cosa, Zeff le dejó a cargo trocear otras verduras, el tiempo pasó volando o esa era la impresión que le dio hasta que la puerta de atrás del restaurante (la que usó él mismo la noche anterior), apareció un tío enorme de piel tostada que saludó con energía al viejo, fue directo a por su delantal reparando entonces en que no estaban solos.

- ¿Y este niño? – preguntó a su jefe, totalmente sorprendido de verlo allí.

- Lo tendré a cargo durante una temporada. - respondió Zeff con naturalidad – Nos ayudará aquí en la cocina.

- ¿Eh? – respondieron a la vez el nuevo y Sanji.

- ¿Este mocoso? Si apenas levanta un palmo del suelo. ¿En qué va a ayudar?

- No me discutas, Pattisier. – regañó el chef y miró a Sanji – ¿Vas a ayudar o a dar problemas, chico?

- ... - Su rostro era pura sorpresa, los ojos bien abiertos al igual que su boca, le estaba ofreciendo quedarse en el Baratie con él ¿por qué? ¿hasta cuándo? – V-Voy... voy a ayudar.

- Ya le has oído, Patty. Sabe cortar verduras y fregar platos, no dudes en darle trabajo.

- Oído, chef. – no le gustaba la idea de tener a un intruso nuevo y menos tan pequeño – Más te vale hacer las cosas bien, porque me da igual que seas un crío, no voy a tener un trato especial contigo.

- No lo necesito. – frunció el ceño.

- Ni se te ocurra ir a la zona de postres, es mi territorio, sino... - hizo un gesto como que le cortaría el cuello.

- ¡No amenaces al chiquillo! – bramó Zeff.

- ¡Sí, chef! – respondió manteniendo su mirada en Sanji antes de ir a su puesto.

Los adultos se pusieron a hablar del menú de esa noche conforme iban apareciendo más y más gente en aquella cocina que se sorprendían de ver al niño allí esta vez colocando la cubertería en las mesas de un lado a otro, se sorprendió ver que la larga mesa que había preparado era para que todos los trabajadores comiesen antes del servicio de cena.

- Tenemos nuevo miembro en el Baratie. – dijo Zeff una vez que todos se reunieron en el salón sentados en sus sitios con el niño a su lado – Este es Sanji, es hijo de mi hermana, cuidaré de él durante un tiempo.

- ¿Desde cuando tienes una hermana, chef? Nunca nos has hablado de ella. – preguntó Carne, un tipo bajo y curioso que no apartaba la mirada de Sanji.

- Porque no me ha dado la gana hablar de ella a unos idiotas como vosotros, es lo único que necesitáis saber. – zanjó el cocinero pronto la cuestión – Aprende rápido, si requerís de manos ágiles y pequeñas llamadle, os ayudará. Por ahora se centrará en cortar verduras y limpiar.

- Oído, chef. – respondieron todos a la vez.

- Eso es todo, a comer. – dio permiso para que empezasen a servirse y él señaló una silla vacía a su lado – Siéntate aquí, voy a decirte quien es cada uno y en qué se especializa.

- ... ¿Por qué?

- Si vas a trabajar aquí tienes que saber quiénes son.

- ¿Por qué me estás dando esta oportunidad? – preguntó sin mirarle a la cara, sino al plato lleno que tenía frente a él – No me conoces, no sabes de dónde vengo.

- No me importa el pasado de nadie, solo que sea trabajador. – explicó Zeff –Mientras no la jodan podrán seguir en el Baratie. Así que aquí tienes la tercera norma: No la jodas y podrás quedarte. ¿Ha quedado claro?

- S-Sí.

- ¿Sí qué?

- Sí, chef.

- Bien. – le revolvió el pelo – Limpia tus lágrimas y come antes de que se enfríe.

Asintió con la cabeza mientras se frotaba con las mangas de su nueva camiseta los ojos para secarlos y pinchó el montón de espaguetis que masticó con congoja, abrumado por tanta amabilidad a la que estaba desacostumbrado.

Zeff le fue señalando a cada uno de los que trabajaba allí y a que se dedicaban, algunos les saludaba y Sanji, con timidez, le devolvía el saludo. Terminaron de cenar y fue él quien se encargó de fregar todo lo utilizado mientras los otros iban adelantando sus responsabilidades antes de la apertura. Una vez terminó barrió por donde podía, aunque al final tuvo que dejarlo ya que la mayoría casi tropezaban con él al no avisar que estaba por la zona.

- Vete a dormir, es tarde para que un crío como tú esté por aquí. – ordenó Zeff.

- Puedo hacer algo más. – no sabía el qué pero no quería perder su oportunidad.

- Ya lo harás mañana y para eso tienes que estar descansado. Vamos. – dejó al mando a Carne mientras él acompañaba a Sanji a la planta de arriba. – Ve a mi cama, las sábanas están limpias.

- Puedo dormir en el suelo.

- Un mal rayo me parta si voy a permitir eso.

- ¿En una silla entonces?

- No, a la cama. – no iba a permitir más discusión – Si vas a quedarte aquí te buscaré un hueco, esta noche no tengo tiempo de encargarme de ello.

- ¿Tu dónde dormirás?

- Eso es asunto mío. Aséate antes de irte a dormir, yo tengo que bajar ya al restaurante. Buenas noches, berenjenita.

- Ah... - sus mejillas se sonrojaron un poco – B-Buenas noches, chef.

Le revolvió el pelo una vez más y cerró la puerta que daba a las escaleras para que no le molestase el barullo que ya se había formado en la cocina del restaurante, era agradable sentir su enorme mano en su despejada cabeza.

Tras pasar por el aseo se metió en la cama, estaba cansado de tanto ajetreo pero había sido divertido estar en la cocina, nunca había cortado verduras, había disfrutado de ver a Zeff preparar la cena, los demás también habían sido agradables con él, menos el idiota de Patty. ¿Qué prepararían mañana para comer? ¿Sopa? ¿Guiso? El sopor pudo con él y se quedó dormido.

No supo cuánto tiempo pasó, una pesadilla le despertó y se preocupó por si había gritado, todo estaba en silencio, el ruido de cocina había desaparecido por lo que dedujo que era de madrugada, Zeff no entró en la habitación así que se quedó aliviado de no haberle molestado. Se tumbó de lado y fue entonces consciente de que no estaba solo, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la cama, estaba el chef dormido, ¿estaba velando por él? ¿hizo lo mismo la noche anterior? Sus ojos de nuevo se llenaron de lágrimas obligándose a no llorar para no despertarlo y se deslizó por el colchón para acercarse más al adulto que tenía los ojos cerrados. Sanji le observó, su cabello rubio echado hacia atrás, esos largos bigotes trenzados y el ceño levemente fruncido le daba un aspecto rudo, sus brazos también eran gruesos y fuertes ¿Cómo perdió la pierna? Tenía mucha curiosidad, no iba a preguntarle, si Zeff no hizo preguntas sobre su pasado él tampoco iba a hacerlas.

Sus ojos se entrecerraban, quería quedarse despierto un poco más, pero la sensación de sentirse protegido por Zeff hizo que de nuevo durmiese, esta vez, en un buen y agradable sueño entre fogones y deliciosa comida en sus sartenes.