Omegas ✦ Jeonglix

Summary

Omegas | Las parejas aprobadas por la sociedad son sólo dos: Alfa y Omega. Beta y Alfa/Omega. El resto está estrictamente prohibido y es ilegal, quien sea que se atreva a romper está norma irá a la cárcel. Así que Jeongin y Felix no deberían tener sentimientos el uno por el otro sabiendo que ambos son omegas, no era correcto, ni estaba permitido, pero ya no podían mantenerse alejados. ➸ O.S/One Shot. ➸ Jeongin¡! Top Felix¡! Bottom ➸ Omegaverse !

Genre
Erotica/Drama
Author
Ness
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

00

—Oficial Lee ayer encerramos a dos parejas de profanos más.

El hombre de cabellos rubios no detiene su andar por la comisaría, asintiendo ante las palabras dichas por uno de sus oficiales de bajo rango.


“Profanos” así era como llamaban a los que se atrevían a romper la regla del emparejamiento, ya que no tenían respeto por las sagradas reglas escritas hace miles de años por sus antepasados, eran deshonestos, libertinos, ratas, rebeldes que merecían cárcel.


—¿Cuáles eran sus castas? —. Su imponente y ronca voz atrae miradas, pero las ignora deliberadamente, eso de ser el centro de atención no le interesa.


—Dos alfas y dos omegas —. Una pequeña expresión triste pasa por su rostro, pero desaparece tan pronto como llegó, no podía delatarse.


—Bien, ya sabes cuál es el protocolo, empieza a tramitar su traslado a la prisión, no pueden quedarse más tiempo en la comisaría —. Ordena, su mirada se mantiene fría en todo momento hasta llegar a su oficina, cerrando la puerta casi en la cara del oficial.


Camina hasta su escritorio y se deja caer en su silla, frustrado consigo mismo.


Le atraía alguien, el problema es que ambos eran omegas y es un oficial de policía que mete a prisión a personas que hacen exactamente lo mismo que el se muere por hacer: estar con alguien de su misma casta.


Yang Jeongin era su perdición, su infierno y su tortura constante.


Precisamente otro oficial —por así decirlo— Jeongin era parte del ejército, específicamente un soldado de élite de las fuerzas especiales. Apenas tenían tiempo para verse y sin embargo, la diosa luna siempre se encargaba de hacer que volvieran a encontrarse una y otra vez.


Ni siquiera sabía si agradecer o maldecir dicha situación, había cierta tensión entre ambos, apenas podía mantener tranquilo a su lobo cuando Yang estaba cerca, cuando están en el mismo espacio sus ojos siempre se buscan hasta conectar miradas, siente que se le corta la respiración al tener alguna discusión acalorada con el militar, sus piernas tiemblan y el animal en su interior rasga su pecho con fuerza, exigiéndole intentar algo más.


Pero no podía, sus principios y valores siempre ganaban la batalla, no mandaría todo a la borda por un sentimiento desconocido y prohibido.


El líder de Yang siempre lo enviaba específicamente a él a hacer el papeleo u manejar alguna situación que se presentaba en la comisaría, pero el omega —con claras características de omega dominante— siempre terminaba discutiendo por cosas irrelevantes, principalmente por el tema de las relaciones entre personas de la misma casta, se aferraba a ir al congreso para pedir la abrogación de esa “estúpida” ley.


No pudo evitar rodar los ojos al recordar que hoy también tendría que ver la cara del fastidioso militar.


Y justo como si le hubiera invocado, uno de los oficiales novatos entró en su oficina con nerviosismo. —Señor, el sargento Yang acaba de llegar.


No era de extrañar su actitud, todos en la comisaría le temían al omega y los pocos que no lo hacían era porque estaban ocupados aborreciendolo sólo por envidia, no era un secreto que había bastantes alfas ardiendo en rabia al sentirse superados por un omega.


—Gracias Han, déjalo pasar —. El oficial asiente y desaparece de la oficina.


Apenas termina de ojear unos documentos cuando el hombre ya está dentro de su oficina con su típico uniforme militar, chaleco antibalas y un casco en su mano derecha mientras en la izquierda trae consigo una carpeta.


Se acerca hasta su escritorio con una sonrisa engreída y deja caer la carpeta negra antes de tomar asiento en una de las sillas de madera. —Es un gusto verlo de nuevo, ¿me extrañó oficial?


Le ignoró como ya era su costumbre y tomo la carpeta con cansancio, levantando su vista del papel al leer el contenido de la primera hoja. —¿Qué es esto?


—Mi petición oficial para abrogar la ley que impide las relaciones entre personas de la misma casta —. El pelinegro responde sin inmutarse, dejando su casco sobre el escritorio para pasar sus brazos por detrás de su cabeza.


—¿Sigues con eso? Te dije que no pasará Yang, olvida ya esa tonta idea, aunque tengas un puesto de renombre no vas a conseguirlo —. Ya había perdido la cuenta de las veces en que le había dicho exactamente lo mismo, pero el hombre seguía aferrándose a su decisión.


—No, seguiré insistiendo hasta que lo acepten, esto es estúpido, ¿meter en prisión a una persona solamente por enamorarse? ¡Es ridículo, me da hasta vergüenza decirlo en voz alta! —. Felix muerde su labio inferior, comenzando a perder la paciencia.


—¿Y porqué me hablas como si yo estuviera a cargo de las leyes? Tu petición ya ha sido rechazada cuatro veces, acéptalo y encuentra un alfa.


Parece conseguir dar en el punto débil del militar, el hombre aprieta tanto la mandíbula que Felix puede jurar haber escuchado el rechinar de sus dientes. Jeongin se pone de pie y coloca ambas manos en el escritorio, acercándose al rostro del oficial que aún sigue en su silla, con las piernas cruzadas y el entrecejo fruncido.


—No gracias, no quiero un alfa, quiero un omega —. Su voz logra erizar los bellos en la nuca de Felix.


—Ten cuidado con lo que dices Yang, sabes que eso está prohibido —. Advierte.


El pelinegro suelta una risita burlona que logra meterse por debajo de su piel y clavarse en lo más profundo de su mente. —¿Y qué va a hacer?, ¿arrestarme?


Ante la pregunta, Felix se pone de pie, sacando las esposas de su uniforme.

—Si continúas con eso, ten por seguro que lo haré.


Jeongin suelta algo parecido a un risa que es más bien un gruñido y en un rápido movimiento atrapa al oficial, dejando que su pelvis se golpeé contra el escritorio y obligándole a inclinarse hasta que su pecho queda pegado a los documentos sobre la madera y su abultado culo a su completa disposición.


El pelinegro se acerca un poco más, dejando que su aliento acaricie la oreja de Felix. —No olvides que yo también tengo un par de esas oficial, y no me molestaría para nada usarlas contigo.


Las manos del militar apresan con fuerza las muñecas del contrario, obligándole a mantener sus manos detrás de su espalda.


Estando tan cerca Felix puede olfatear el aroma a lavanda que desprende el pelinegro, es impresionante la reacción que le genera el tener ese aroma tan cerca por primera vez, sentía a su lobo algo desesperado por encontrar la fuente para poder olerlo con más detalle.


Al estar en puestos tan altos siendo omegas, ambos tenían que usar supresores para minimizar sus feromonas y controlar a su lobo, todo esto para prevenir accidentes en caso de tener un encuentro con un alfa puro, en celo, o con un delta.


Es por eso que nunca había identificado el aroma de Yang a la perfección, sabía que era algo relacionado a las plantas, pero nunca logró dar con la correcta, resulta que era la lavanda. Su aroma favorito.


Vuelve a la realidad cuando siente la respiración del pelinegro chocando contra su nuca. —Maldita sea, hueles a miel.


Felix hace un esfuerzo sobrehumano para no temblar al escuchar esas palabras, guarda la calma y trata de recuperar la compostura. —Yang será mejor que me sueltes, si algún oficial entra en la oficina irás a prisión y no planeo alegar en tu defensa.


Un escalofrío le recorre desde los talones hasta la columna cuando siente unos delgados labios besar la parte trasera de su cuello y quedarse ahí, sabe que el hombre está sonriendo contra su piel porque puede sentir sus dientes. —Que la diosa luna me perdone, pero no planeo dejarte ir ahora que te tengo justo como quería: a mi completa disposición, sumiso y dejando que disfrute de tu aroma a mi antojo.


Jodido infierno, Jeongin lo sabía, era consciente de que su lobo estaba disfrutando de su aroma a lavanda, sabía a la perfección que Felix le estaba dejando olfatearlo y que tenerlo en su espalda, forzandolo a mantenerse inmóvil no era una molestia, le gustaba, él sabía todo y estaba gozándolo.


Felix mordió su labio inferior con fuerza, comenzando a removerse en un intento de liberar sus brazos.

—Jódete Yang.


El pelinegro ni siquiera se inmutó ante el insulto, manteniendo esa sonrisa satisfecha en su rostro y apretando aún más el agarre en sus muñecas para impedir que siguiera moviéndose.


Cuando Felix pudo sentir algo

duro contra sus piernas casi en

sus glúteos, se tensó y su lobo comenzó a dejar salir más de sus feromonas inconcientemente, necesitando de más contacto aún cuando su parte racional repudiaba al hombre.


Jeongin gruñó contra su cuello y sostuvo el agarre en sus muñecas sólo con su mano izquierda para usar la derecha y atrapar algunos mechones de su rubio cabello con algo de fuerza, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás para que sus miradas se encontraran.


Felix casi ronronea al encontrarse con esos ojos de tono jade que le miraban con completa lujuria. —Lo quieres tanto como yo, ¿no es cierto? Te mueres por esto aunque trates de negarlo con todas tus fuerzas.


Oh, sí, sí, lo quería tanto que podría mandar todo al carajo sólo para tener ese pedazo de carne que se restregaba contra su pierna, lo anhelaba, debería estar prohibido el necesitar tanto de algo, su cuerpo quemaba, casi rogando porque el omega pelinegro acariciara cada centímetro de su piel hasta saciarse.


Más sin embargo, Felix apretó los dientes y miró hacia otro lado, tratando de no aspirar el exquisito aroma a lavanda que se extendía rápidamente por toda la oficina.


Estando tan ocupado en no inhalar las fuertes feromonas, apenas pudo sentir algo clavándose en su hombro, provocándole un calor en el vientre y haciéndole soltar un gruñido parecido al sonido de un animal herido. Jeongin lo había mordido, una mordida leve sólo por mero antojo.


—Hazlo omega, respira el aroma de tu pareja —. A Felix le tomo sólo un par de segundos obedecer, su lobo parecía tan sumiso con Jeongin aún cuando el hombre también era un omega.


Su lobo gimió de alivio cuando por fin olfateo profundamente todo lo que podía, llenándose los pulmones con la esencia a lavanda que le hacía perder la cordura.


Mío, mío, mi pareja.


Felix quiso regañar a su torpe lobo. No, Jeongin no era suyo, no era su pareja, no podían.


Cerró los párpados fuertemente cuando sintió unos labios pasando por toda su nuca y luego una lengua en su hombro acariciando la marca que había sido hecha anteriormente, sin poder contenerse apenas dejó escapar un bajo suspiro.


Su cabeza era un caos y sólo podía pensar en lo mucho que necesitaba que Jeongin le hiciera un desastre, que lo marcara, quería esos delgados labios contra los suyos tan mal.


—Eres mío Felix, desde el primer día en que te ví, lo sabía. Me importa una mierda lo que los demás digan, me perteneces y mataría a cualquiera que se atreva a ponerte una mano encima o a intentar separarnos, mi omega.


Eso junto al gentil beso depositado en su hombro terminaron con esa parte racional en el.


Quería a Jeongin, sin importar qué ocurriera después, lo necesitaba y no iba a seguir esperando por ello.


Gimió y comenzó a restregarse contra la pelvis del pelinegro de una manera casi desvergonzada, se mantuvo con los ojos cerrados sólo para no mirar cara a cara al omega, podía sentir su penetrante mirada ahora sobre su rostro, atento a sus expresiones.


Aún así, continúo restregándose contra él, jadeando y con sus mejillas comenzando a tornarse rojizas.


Jeongin pareció perder la cabeza por un momento, limitándose a gemir mientras mantenía el agarre en las muñecas y el cabello del bonito omega, rápidamente volvió a la realidad, deshizo el fuerte agarre al notar que Felix ya no parecía estar a la defensiva, ahora posando sus manos en su delgada cintura, apretando un poco antes de que una de sus manos se metiera por debajo de la ropa, acariciando su estómago con las yemas de sus dedos, deteniéndose para delinear el abdomen plano y las costillas.


Quería grabar cada pequeño detalle en su mente, había ansiado esto durante tanto tiempo que todo aún parecía irreal, pero el aroma a miel que comenzaba a inundar sus pensamientos le hacía saber que esto en realidad estaba pasando, su Felix, su tozudo omega que seguía negándose a aceptarlo y hacia oídos sordos a sus claras indirectas, por fin estaba aceptando tenerlo cerca.


Continúo su recorrido hasta llegar a uno de los sensibles botones, jugueteando y pellizcando sólo para escuchar los pequeños gemidos del rubio, esos gemidos que parecían casi una dulce y embriagadora melodía para sus oídos, algo que sin duda quería escuchar todos los días por el resto de su vida.


Hastiado de no poder ver con claridad el bonito rostro de su omega, le tomo de las caderas y le obligó a darse la vuelta, dejándolo sentado sobre el escritorio y metiéndose entre sus piernas abiertas, complacido de poder ver esos mofletes rojizos e hinchados junto a la fina capa de sudor que comenzaba a cubrir su piel.


Tomo su barbilla con delicadeza, pero con la suficiente fuerza como para obligarlo a verlo a los ojos. —Dilo, dime cuánto lo deseas y te entregaré todo, mi ángel.


Felix finalmente abrió sus ojos, dejando a Jeongin apreciar los hipnotizantes iris que ahora eran de un color turquesa, combinando tan hermosamente con el color jade de los suyos.


Al conectar miradas lo sabían, no importa que tan prohibido e ilegal sea, eran destinados, se amaban, aún si trataron de ignorar ese sentimiento, el deseo sólo fue en aumento, y por fin, habían terminado de caer el uno por el otro.


—Lo deseo, te quiero ahora, mi pareja.


Jeongin no necesito más que eso, estampando sus labios contra los pomposos belfos del rubio, quien rodeo su espalda con sus manos hasta que las yemas de sus dedos acariciaron sus omóplatos y le jalaron más cerca tratando de acercarse aún más si es que eso fuera posible.


Casi devoró la boca del oficial, besando con brutalidad sin dejarle tiempo para respirar y tragándose sus gemidos ahogados. Creyó que Felix necesitaba respirar, pero cuando se alejó, el rubio le tomo del uniforme para volver a unir sus bocas nuevamente.


Felix tembló entre sus brazos y Jeongin contuvo el impulso de volver a enterrar su nariz en ese pálido cuello que pedía a gritos ser mordido, retiró la chaqueta que cubría el bello cuerpo de su omega y continúo con la camisa, dejando besos fugaces sobre todo su rostro mientras tanto.


Se detuvo unos segundos sólo para admirarlo un momento, tal y como siempre lo había imaginado, era la viva representación de un ángel, sus cabellos rubios, sus ojos brillantes, esa expresión inocente en su rostro que espera saciar su curiosidad, esa delgada cintura y sus apetitosos labios que le obligaban a romper cualquier regla existente.


Rio cuando Felix comenzó a jalar su uniforme con algo de desespero, haciéndole saber indirectamente que quería que se lo quitará, ¿y quién era el para negarle algo a su bello ángel? Obedeció, dejo el pesado chaleco en el suelo y comenzó a desabotonar su camisa, esbozando una sonrisa que dejaba a la vista sus afilados colmillos al observar como el rubio apartaba sus manos para encargarse él mismo de dejarlo con el torso desnudo.


Dejó que Felix acariciara todo lo que quería, delineó sus abdominales al menos tres veces para después acariciar sus pectorales con devoción, Jeongin apenas soltó algunos jadeos observándolo con suma atención, no quería perderse ni un segundo de esto.


—¿Mi ángel está desesperado? —. Jeongin pregunta, tensándose casi al segundo en que las piernas de Felix envuelven su cintura y provoca que sus erecciones comiencen a frotarse entre sí.


Aún cuando el toque es con bastante tela interponiéndose en el camino, Felix puede sentir a la perfección la hombría de un tamaño considerable, no exagerado como el de un alfa, lo describiría como “los suficientes centímetros para hacerlo ver estrellas”.


Asiente a la pregunta de Jeongin y sin pedir permiso, comienza a desabrochar el cinturón y pantalones del pelinegro, cruzando sus piernas al sentir el lubricante que su cuerpo estaba comenzando a producir, necesitado, ansiando tener a Jeongin en su interior, quería una marca, quería tenerlo entre sus brazos durante horas, quería que le marcara con su olor por todas partes hasta que no fuera capaz de olfatear su propio aroma, quería todo de Jeongin, todo.


Era irracional, ambos eran omegas, pero su lobo estaba aullando y ronroneando como si estuviera en celo, estaba completamente encantado con Jeongin y su casta parecía no ser relevante, Felix miró esos ojos jades una última vez antes de desviar la mirada a las descubiertas que apenas tenían un poco más de masa muscular que las suyas.


Debería sentirse excitado por los cuerpos grandes y fuertes de los alfas y sin embargo, aquí estaba, para nada disgustado con la idea de estar bajo este hombre omega que le llevaba algunos centímetros solamente, con brazos grandes pero no gigantescos, con hombros cortos y no anchos como un océano, y eso estaba condenadamente bien para el, no tenía idea de cómo o el por qué, pero así era, nada en Jeongin le asqueaba o le generaba molestia a excepción de esa personalidad prepotente que aparecía rara vez.


Bajó sus temblorosas manos a sus propios pantalones y los desabrochó, aferrándose a los hombros de Jeongin cuando éste apartó los pantalones de un tirón y acarició sus rellenos muslos con parsimonia.


—Jeongin por favor —. Casi lloriquea, quería poner fin a esa sensación abrumadora y a la calidez en su vientre.


El nombrado suspiró, inhalando el aroma a shampoo que desprendía su rubio cabello antes de que una de sus manos subiera por los suaves muslos hasta llegar a su necesitado miembro, acariciándolo sobre la tela y sacándole un gemido a Felix. —Debes ser más silencioso mi ángel, no querrás que nos escuchen, ¿o si?


Felix apenas tiene la fuerza para alzar la cabeza de su hombro y negar. —No haré ruido, pero por favor quítalo Jeongin —. Ruega, alcanzando el elástico de sus bóxers antes de frustrarse gracias a que Jeongin aparta sus manos.


Siente alivio cuando la tela por fin es apartada del camino y Jeongin acaricia su espalda baja de manera lenta hasta llegar a sus glúteos, toma uno de sus muslos con delicadeza y le obliga a recostarse en el escritorio.


Gime de alivio cuando uno de esos largos dedos por fin le da atención a su entrada, está tan lubricado que entra y sale con facilidad, permitiendo que la intromisión de un segundo dedo sea más rápida.


Sus cortas uñas dejan rasguños en la espalda de Jeongin, mordisquea su labio con fuerza sólo para acallar sus gemidos.


El tercer dedo está dentro poco después, Jeongin quería ir lento, tratar a su ángel con cuidado, pero Felix no parecía querer lo mismo, ya había comenzado a embestirse con sus dedos, clavando sus uñas en su espalda y dejando salir sus feromonas en cantidades excesivas, apostaría a que cualquiera fuera de la oficina podría olerlo, pero el aroma de Felix solía volverse demasiado fuerte cada vez que discutían así que no había razón para que alguien sospechara sobre lo que en realidad estaba ocurriendo.


Cuando creyó que era suficiente de sus dedos, su cerebro le recordó un detalle importante.


Se alejó unos centímetros de Felix hasta que el rubio abrió los ojos para mirarlo. —¿No crees que debería ir a poner el seguro a la puerta primero, mi ángel?


—Ninguno de esos idiotas se atrevería a entrar a mi oficina sin tocar —. Felix se las arregla para responder, sacándole una sonrisa arrogante al contrario.


—Excepto yo.


Felix asiente, rodando los ojos al recordar la incontable cantidad de veces en que Jeongin había ignorado a los demás oficiales y entrado a su oficina sin tocar o avisar de su visita. —Excepto tú.


Seguiría recordando los momentos que pasaba junto a Jeongin, momentos en los cuales la mayoría de veces estaban discutiendo sobre algo, pero el pelinegro le trajo devuelta a la realidad cuando frente a sus ojos bajó la última prenda que le cubría.


Restregó su hombría contra la necesitada entrada varias veces, antes de por fin meterla poco a poco, a Felix sólo le bastó con sentir la punta para perderse en el placer, mientras más profundo entraba mejor se sentía, podía detallar a la perfección todo el miembro, lo sentía palpitar en su interior, caliente y con algunas venas marcadas.


El pene de Jeongin termino de entrar por completo y Felix no podía sentirse mejor, se sentía lleno, todo en lo que su cerebro podía pensar era en el hombre que estaba a punto de follarlo.


Rodeo el cuello del omega y junto

sus labios apenas en un casto beso.

—Puedes moverte innie.


El apodo causó mariposas en el estómago de Jeongin, se sentía como estar en donde pertenecía. Su lugar era junto a Felix, ya no tenía duda de ello.


Después de dejar un beso en su frente, colocó sus manos en su cintura y comenzó a moverse, entrando tan profundo como podía y saliendo casi por completo antes de volver a embestirlo.


—Oh, innie —. Jeongin quería tanto escuchar ese apodo el resto de su asquerosa existencia.


Aumento la velocidad de sus embestidas y en la tercera logro tocar algo dentro de Felix que hizo al rubio tener que morder su hombro para no gritar. —¿Lo encontré?


Felix asiente a duras penas, manteniendo su rostro sonrojado oculto en el hombro de Jeongin que ahora tiene una notoria mordida.


El pelinegro sonríe casi enternecido, había soportado dolores peores a una mordida, si era de Felix era casi un premio. Aceleró sus movimientos y tocó una y otra vez ese punto que hizo al rubio llorar gracias a la sobreestimulación.


—Muérdeme, por favor innie, márcame —. Su lobo se regodeo al escuchar esas palabras, ambos sabían que una marca duraría de manera temporal porque Jeongin no era un alfa, pero Felix aún así lo quería, quería tener un vínculo con el, algo que los uniera al menos por un tiempo.


Jeongin gruñó aún entrando con fuerza en su interior, acarició los dorados cabellos que comenzaban a mojarse con el sudor y asintió.

—Si eso quieres, estaré encantado de complacerte.


Para Felix fue casi imposible reprimir su sonrisa, se apartó del hombro ajeno para dejar un beso en la mejilla de Jeongin.


Ambos se perdieron en su propio mundo durante unos minutos que parecieron eternos, sus aromas combinados estaban por toda la oficina, Felix estaba cerca de obtener su orgasmo y el ver el rostro varonil del pelinegro junto a sus gemidos roncos sólo le hizo sentir en el cielo.


Jeongin también estaba cerca así que hizo el amago de salir del interior de Felix, quien volvió a apresar su cuerpo con sus piernas para impedirle moverse. —¿Qué haces?


—Voy a venirme fuera y después voy a morderte, no tienes que obligarte a dejarme hacer eso —. Respondió, observando a Felix con una expresión culpable que sólo causo que su corazón se oprimiera.


—Puedes dejarlo dentro, lo quiero así.


Al ver el rostro sonriente de Felix, Jeongin asintió, volviendo a entrar con cuidado en su interior para iniciar un vaivén lento, dándole atención al olvidado pene del rubio, quien suspiro con alivio.


Se mantuvieron así unos minutos más antes de que Jeongin le mirara a los ojos, ambos llegaron al clímax y en ese momento Felix obtuvo una mordida en su cuello que dolió como el infierno.


La marca ardió y sangró antes de que Jeongin la lamiera con cariño y eso consiguiera apaciguar el dolor, aún cuando el vínculo era débil, Felix podía sentir esa felicidad ajena a la suya, una alegría desbordante que le contagiaba: la alegría de Jeongin.


Se dejó envolver por los brazos del omega dominante, apenas cubrió su cuerpo con su camisa y ambos tomaron asiento en la misma silla, Jeongin cómodo con su espalda reposando contra el respaldo y Felix en el regazo de Jeongin, con su nariz enterrada en la fuente de ese olor a lavanda tan reconfortante.


—Jeongin —. Susurró.


—¿Sí?


—Mañana enviaré tu petición oficial para abrogar la ley.