from LOVE

Summary

Este regalo es especial, por el hecho de que es único. Para: Ti. De: El Amor.

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16+

Capítulo Único

Nota: La narrativa ocurre en primera persona, con dos personas (Hyuk y Ken) al mismo tiempo, desde puntos de vista diferentes.


Narrativa de Ken

Narrativa de Hyuk


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Nadie entendía mi sufrimiento, eso era lo que me hacía sentir por demás solo.


No era “solo un perro”, era como mi hijo, o mi hermano.


‘Chopper’, mi labrador cenizo.


Su nariz húmeda siempre se fregaba en mi mejilla, su lengua me animaba cuando estaba triste.


Extrañaba sus patas sobre mi estómago cuando me acostaba en el piso de la sala.


Ya no estaba... Ya no iba a estar nunca más.


Era inevitable llorar.


Era inevitable odiar estar en casa, porque cada rincón tenía su nombre.


‘Chopper’, mi labrador cenizo... Mi cachorrito, mi labrador joven, mi labrador adulto y viejo.


Falleció, y no me di cuenta por estar ocupado.


Siempre ocupado, sin tiempo para él.


Al contarles, mi madre lloró conmigo, mi padre fue un poco más severo.


“ERA SOLO UN PERRO, JAEHWAN”... No, era un ser vivo.


Uno que siempre se ponía feliz al verme.


El único que me escuchaba... Aunque tal vez nunca me entendiera.


El único que me recibía al llegar a casa.


Mi casa... Maldita sea...


Hacía tanto frío, pero no quería ir a casa, por eso seguía llorando.


Como un niño, ahogándome en la nostalgia amarga que se hacía engrudo en mi garganta.


Me encorvé más en mi asiento.


‘Chopper’... Lo extrañaba tanto, que hasta aluciné con los ladridos de él cuando era cachorro.


Me abracé, pegué mi frente en las rodillas.


Sentí más frío.


Las hojas secas se dejaban llevar por el helado viento.


Pero las memorias de ‘Chopper’ no se iban.


Se tatuaban más en mi cabeza.

Su nariz fría, sus ojos tristes... La cola que movía débil desde hacía meses.


Sus últimos meses en nuestra casa.


Mi casa... Porque él ya había dejado de vivir.


La naturaleza parecía saber qué me pasaba; comenzaba a chispear con temor.


Como si Dios no supiera si debía empaparme para camuflar mis lágrimas...


… O si debía abstenerse a dejar caer la lluvia para irme a casa y estar a salvo del invierno.


No quería estar a salvo, solo quería a ‘Chopper’ de regreso conmigo.


Lo deseaba tanto, que volví a escuchar sus ladridos.


Como cuando era cachorro.


Y sentí sus patitas, luego, su cuerpecito brindando calor en mis pies.


Me ahogué un poco más, pasando mis fluidos con torpeza.


Mi mano derecha tembló un poco.


Apreté con mayor fuerza la fotografía que llevaba conmigo.


El día que mis padres adoptaron a ‘Chopper’, cuando yo tenía 12 años.


Extrañaba tanto a mi labrador cenizo, que escuché su estornudo.


Y luego el peso de su cuerpo se hizo un poco más firme.


Cuando abrí mis ojos, descubrí que no eran alucinaciones.


Tampoco era ‘Chopper’.


Era una bola de pelos blanca que me veía, moviendo su cola.


Se acomodó mejor en mis pies... Estornudó de nuevo.


No sabía de dónde había salido ese cachorro, pero no lucía callejero.


Solo pude verlo dormir. Tranquilo.


La tranquilidad que me faltaba a mí.

Apreté la boca porque quería llorar de nuevo.

Estiré mi mano libre a él, le rocé la cabecita con mis dedos.


No reaccionaba, solo movía por inercia sus orejas cada tanto.


La frágil lluvia cesó, pero seguía venteando demasiado.


¿Sería buena idea llevarlo?... No.


Solo lo seguí viendo, hasta que mi espalda comenzó a doler por mi posición.


Cargué esa mota de pelos blancos, estaba lacio y cedía.


Al ponerlo en mi regazo, se acurrucó, buscando calor.


Me sequé el rastro húmedo del rostro y luego vi la fotografía una vez más.


‘Chopper’ se había ido hacía veinticuatro horas...


Se me estrujó el corazón.


Luego vi aquel cachorro blanco, con su collarcito morado.


¿Habría escapado?


Seguramente, alguien estaría llorando por él en ese momento.


Por eso no podía dejar de buscarlo.

Odié que mi hermana me dejara a cargo su perro.

“Es tranquilo”... Mentirosa, era un torbellino imposible de controlar.

“Sácalo a pasear todos los días, Hyuk”.

Nunca se había portado mal esa criatura canina.

Pero justo el día que más sentía flojera, y frío...

Salió corriendo por el parque que quedaba a dos calles de mi departamento.

Si esto era lidiar con un “perrhijo”, como lo llamaba mi noona...

No podía ni hacerme la idea cuando me diera sobrinos.


Casarse y haberse ido al extranjero, vaya.

Me dejó solo.

Me traicionó y me abandonó.

Bueno, tenía a mis padres, pero era distinto.

Porque ella no solo era mi hermana...

Era una gran amiga cuando la ocupaba.

Una segunda mamá cuando la verdadera no se daba el tiempo para mí.


Sentirse solo era terrible.


Porque no era únicamente el estar solo de manera física.


Sino emocional también.


Caminé otro tramo, la parte del parque que nunca visitaba.

Porque era tan extenso que nunca lo terminaba de recorrer.

Y entonces lo vi.

En el regazo de una persona.

Consideré dejarlo pasar... ‘Punch’ no era mío a final de cuentas.

Pero era lo que me quedaba de mi hermana...


A menos hasta que la volviera a ver en persona.

Lo cual desconocía cuándo sucedería aquello.

Probablemente años.

No podía.

Necesitaba recuperar a ‘Punch’.

Por eso me acerqué; me encogí dentro de la chaqueta cuando el viento sopló.


Alcé la cabeza cuando tuve a una persona de frente.


No me veía a mí, veía a la mota de pelos blanca.


Pero en cuanto vi sus ojos acuosos y su nariz roja.


Así como su boca fruncida y sus orejas coloradas.


El viento se detuvo.

Así como el tiempo.

Y los latidos de mi corazón.


Como si hubiera olvidado todo, incluso respirar.


Bajé mi vista de nuevo, hacia ‘Punch’. Pero mis ojos vieron algo más.

Su mano temblorosa. Apretaba una fotografía.

No vi bien qué había en ella.

Tenía intriga, pero solo pregunté si podía devolverme a mi perro.


Bueno, no era de él, de su hermana o algo así me dijo.


No pude escuchar con mucha claridad.


Me estaba atiborrando de demasiadas cosas en poco tiempo.


La pérdida de ‘Chopper’, la aparición de un cachorro blanco, luego...


La presencia de un chico que me vaciaba todo pensamiento.

Me lo entregó con cuidado, algo torpe.


No quería maltratar la foto que tenía con mi labrador.


Y con vergüenza... No lo pude resistir.


Me preguntó sobre la fotografía.


No supo responderme de manera precisa.


Vacilé con la voz temblorosa y el sentimiento delicado.


Amaba a ese perro, se le notaba en el rostro, en su voz quebrada.


Haberlo perdido era lo peor que me había pasado en la vida.


Y necesitaba hablarlo con alguien que lo comprendiera.


Porque nadie lo hacía, nadie me entendía.


Y me ofrecí.

Como cuando uno se ofrece a ayudarle a un extraño en el supermercado.

Él necesitaba hablar.

Yo tenía tiempo para escuchar.

Fue lento al momento de levantarse de la banca del parque.

Éramos los únicos, al parecer, que merodeaban en el lugar.


Me daba vergüenza hacerlo, pero necesitaba desahogarme.


Y aunque fuera probable que él no me entendiera, me escuchaba.


Daba ese aire de comprensión.


Y era porque sabía lo que era sentirse aislado, solo, triste e incomprendido.


Fue mucho el tiempo, o poco, pero el suficiente para ayudarme momentáneamente.


Me contuve de dar detalles a todo.


Los largos años junto a ‘Chopper’, el perro que amó como a un hijo.

Y a pesar de que fueran solo unos minutos.

Supe que no me había dicho todo.


Pero oscurecía. Y no quería atiborrarlo con mis asuntos.


Nos despedimos con palabras, y su mano en una caricia hacia ‘Punch’.


Esa noche en mi habitación el vacío aumentó.


Quería hablar de nuevo con él.


Quería escucharlo.


Y al recordar su rostro...

… El tiempo se detuvo una vez más.


Al despertar, salí temprano de casa, no quería estar en esas paredes.


Las que pertenecieron a ‘Chopper’ y que me decían su nombre todo el tiempo.


Sus tazones para croquetas y agua.


Sus juguetes.


El último cobertor donde estuvo acostado, el cual casi emanaba todavía su calidez.


No podía estar en mi casa.


Mía, porque nuestra ya no era.


Él ya no estaba ahí.


Recorrí el parque.

No lo veía.


Pudo ser estúpido de mi parte creer que miraría a ese chico de nuevo.


Seguí caminando, a la parada de buses.


Debía ir al trabajo, aunque no tuviera ánimos para ello.


Saliendo del trabajo, fui a una tienda.

Compré una pechera a la medida de ‘Punch’.

Y al regresar a mi departamento, lo aseguré en ella, junto a una correa nueva.

No podía correr el riesgo de perderlo de nuevo.

Nada me aseguraba que ese chico estaría ahí para volverme a ayudar a recuperarlo.


Salí al parque, porque era mejor estar en el exterior que en casa.


Caminando fue que recordé que lo había visto casi al otro extremo del lugar.

No quería hacerlo, pero un impulso en mi corazón me hizo seguir.


Y entonces lo encontré caminando. Yo iba y él venía.


Me saludó con una sonrisa.


Como apenada o forzada.


Bastante sutil y tímida.


Pero demasiado bonita.


Nos saludamos, nos preguntamos por cómo estuvo nuestro día.


Y caminamos juntos una vez más.


Esa tarde-noche... La siguiente por igual.


Fue así durante una semana.


Luego durante un mes.


Cuando me di cuenta, estaba por ser navidad.


En un parpadeo, fue año nuevo.


Como no queriendo, en febrero le regalé una bufanda.


Me sentí tonto por ello.


Porque fue el día catorce, el de los enamorados.


Se justificó con que estaba de oferta en la tienda.


Me sentí mal por no darle nada a cambio.


Y aunque no esperaba regalo de su parte...

Me obsequió las sonrisas más bonitas que su boca jamás me había mostrado.


Cuando la primavera nos alcanzó.


El parque se llenó de flores, de mariposas.

Las mismas que habían entrado en mi cuerpo y me hacían cosquillas.


Las ignoré.


Era mejor conversar siendo amigos.


Aunque no sabía si él me consideraba como uno.


Yo lo hacía y…

Apenas entonces me di cuenta de un error brutal en mí.


No sabía su nombre.


Ni su edad.


‘Han Sanghyuk’.


Lee Jaehwan’.


Era menor que yo por tres años.


Era mi hyung, me lamenté nunca hablarle con honoríficos.


Intenté compensarlo en abril, cuando me dijo sobre su cumpleaños.


Llegó al parque con una caja de regalo y unos globos.


Tenía diversidad de objetos de ‘Chopper’, el personaje de anime que tanto me gustaba.


El mismo personaje causante del nombre de su fallecido perro.


Recordar a ‘Chopper’ dejó de ser algo cien por ciento amargo, era ahora agridulce.


Me agradeció el gesto.

Me lo compensó en verano, en mi cumpleaños.


Le regalé ‘Minions’ al por mayor.


Y sus regalos me hicieron feliz.

Pero no por el regalo en sí.

Sino porque venían de él.


Me costaba admitirlo, pero mi corazón latía fuerte y feliz cuando lo veía.


Todos los días, caminando juntos en el parque.


Desinteresados en algo más, como ir al cine o comer juntos.


Aunque en el fondo también quería eso, no me atrevía a invitarlo.


Me daba pena. Me ardía la cara solo de pensarlo.


Y aunque quería que mi pena se fuera, no pasaba.


Solo el tiempo y las estaciones avanzaban.


Mi timidez permanecía estancada. O quizás más fuerte que antes.

Eso solo provocaba que sintiera calor en el rostro cuando me veía a los ojos.

Y me quemaba por dentro, a pesar de que ya fuera mediación de otoño.

Con la fría resequedad de nuestro entorno dándonos días nublados.


Luego, un festival.


Uno que no me gustaba.

Porque había mucha gente en el parque.


Había niños paseando, gente a nuestro alrededor.


Avanzamos al tramo del parque que nadie frecuentaba.


Era mejor estar en tranquilidad.


Hasta que un millar de niños en bicicleta pasaran a mi lado, compitiendo.

Me quité del camino para no ser arrollado por ellos.

Pero ‘Punch’ se emocionaba con los niños; intentó seguirlos.


Se enredó con todo y correa contra mí.


Eso provocó que chocara contra Jaehwan.


Era el primer contacto físico que teníamos.


Nuestras manos rozándose.


Su pecho contra mi brazo. Casi de frente.


Me daba tanta pena que me quedé inmóvil.


Olvidé cómo respirar, solo podía ver a Sanghyuk, ambos haciendo nada.


Y por alguna razón...


… No entendí con claridad cómo lo hice...


… Pero tomó mi mano, firme...


… No le desagradó que lo hiciera, así que enlacé nuestros dedos...


… Y seguimos caminando, conscientes del por qué lo hacíamos de esa manera...


… Con nuestras manos juntas, al fin juntas.


Y a pesar de que el festival acabara.

Nosotros no acabábamos de disfrutar el salir al parque, tomados de la mano.

Algunas veces incluso con nuestros brazos enlazados.

Otras veces, sentados juntos en una banca, abrazados.


Así fue como llegó el día, el aniversario luctuoso de ‘Chopper’.


Fue un día amargo. Sanghyuk lo aligeró.


Y aunque siguiera viviendo solo, verlo todos los días no me hacía sentir como antes.


Ni triste ni abandonado.


Quería agradecerle, no sabía cómo.


Al día siguiente, temprano en la mañana, fui a comprar algo para él.


Pudiera ser absurdo, cursi, tonto, pero quería hacerlo.


Cuando nos vimos esa tarde, llegó con un regalo para mí.


Era una bufanda roja.


Larga, muy larga, como de dos metros, quizás tres.

Pero no era solo para mí, era para los dos.


La enredé a modo que podíamos usarla juntos, al mismo tiempo.


Caminamos abrazados, usando la bufanda y el clima como pretexto.


Tomamos asiento en una banca.


La misma banca en la que estuve sentado un año atrás, llorando por ‘Chopper’.


El viento sopló firme, me acurruqué contra él, abracé a ‘Punch’.


El peludito se acomodó entre nosotros dos.


Lo mimamos juntos hasta que Jaehwan dijo mi nombre; volteé a verlo.


Lo tenía a centímetros de mi boca y no supe cómo me contuve.


Pero lo hice, me resistí a besarlo.


Quería hacer las cosas con Sanghyuk en el orden correcto.


Por eso le dije que me gustaba mucho.


Agradecía que el clima fuera frío, aliviaba el ardor de mis mejillas.


Y aunque mi cara ardía por oírlo, me confesé igual.


Así fue que nuestros ojos se sonrieron felices.

Finalmente, su boca me hizo la pregunta que tanto quería escuchar.


Me dijo que sí del mismo modo en que le pregunté si deseaba ser mi novio.


Porque las palabras no fueron oídas, sino transmitidas entre nuestros labios.


Con su dulce boca.


Sus gruesos labios.


Tan suaves.


Tan ricos.


Tan cálidos.


Tan hermosos.


Que no podía dejar de besarlos.


En todo ese rato.


Ni al día siguiente.


Ni el que le siguió.


Siquiera pasando navidad.


O año nuevo.


Ni con la llegada del día de los enamorados.


Ni con la bienvenida de la primavera.


Aumentaron en mi cumpleaños.


Y en el mío se volvieron a duplicar.


Era adictivo.


Pero no solo su manera de besar.

Sino todo de él.

Su personalidad, su sentido del humor.

Y un millar de cosas más que fui conociendo de él al paso del tiempo.


Cada que íbamos al cine, cada que comíamos juntos.


Cada que visitaba su departamento o venía a mi casa.


Cada que conocíamos a nuestras familias.


Cada que me abrazaba por la espalda y besaba mi nuca.


Era maravilloso. Era único.


Y cada día me enamoraba más de él.


¿Cómo? Ni yo lo sabía.


Quizás el amor no era algo que debiera analizarse.


Solo sentirse y vivirlo.


Agradecer cada día, apreciar cada momento juntos, haciendo recuerdos.


Como salir de vacaciones a la playa.


O jugar como niños de preescolar en la nieve.


Cada momento a su lado era perfecto para mí.

Y no era porque ya no me sentía solo o triste.

Sino porque hacía lo mismo en él.


Vaciamos esas cosas negativas de nuestras vidas.


Nos encargamos de llenarnos de mejores sentimientos, de mejores cosas.


Como su bellísimo corazón de oro.


El cual ya no era por completo mío. Le pertenecía a él.


Mutuamente, el uno al otro, nos pertenecíamos.


Todo de mí, todo de él.


No solo sus anécdotas, o su cuerpo.


Pues un todo eran demasiadas cosas como para enumerarlas.

Pero podía resumirlas en una palabra.


Lo más importante de él, de mí, de nosotros…


… Lo más importante, lo más bello, de todo, de nuestra relación:


Amor.




~~ ❤️ Fin ❤️ ~~