El último suspiro
~ **Prólogo: "El Último Suspiro"**
El suelo temblaba bajo mis pies, el grito de los hombres y el retumbar de los tambores de guerra se mezclaban con el rugido de la tormenta que arremetía sobre el campo de batalla. Cada golpe de mi espada, cada estocada, parecía una agonía para mi cuerpo que ya no respondía como solía. La necrosis había devorado mi brazo izquierdo hasta convertirlo en una masa de carne negra y en descomposición, pero aún me mantenía en pie, impulsado por la única cosa que me quedaba: la sed de venganza.
La figura del asesino de mi padre se recortaba contra el cielo gris, su presencia dominaba el campo de batalla. Su cara estaba ensombrecida bajo un casco ornamentado, pero los ojos—los ojos eran las llamas de un fuego antiguo y maligno. Con cada movimiento, la oscuridad que emanaba de él parecía engullir la luz a su alrededor. Su espada se movía con una precisión mortal, cortando y desgarrando, y sus seguidores avanzaban como sombras obedientes, su ferocidad reflejaba la misma desolación que se enraizaba en mi pecho.
De repente, lo vi. El asesino había bajado su guardia por un instante, y aproveché la oportunidad. Mi cuerpo estaba en un estado de desesperada determinación mientras mis manos temblaban alrededor del mango de la katana maldita. Cada corte, cada ataque, era un desafío a la agonía que me atravesaba. Sentía el peso de la espada, su furia oscura resonaba en mi alma mientras la blandía. Mi visión se desdibujaba, mi respiración era entrecortada, y el mundo parecía girar en un torbellino de dolor y sangre.
Vi el momento en que mi espada cortó el aire y se hundió en el brazo del asesino. La extremidad cayó al suelo, el brazo desgarrado se arrastraba en una mueca grotesca. El asesino soltó un rugido de furia, su rostro contorsionado por el dolor y la furia. Se tambaleó, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo. El sacrificio que había hecho mi padre, la promesa de mi venganza, todo se condensaba en este instante.
La tormenta arremetió con más furia, y la lluvia se mezcló con la sangre en el barro. La visión se me nubló, el dolor se volvió un manto pesado que presionaba contra mi pecho. Sabía que el tiempo se me acababa, que mi cuerpo no podría resistir mucho más. La katana maldita había sido mi condena, y el peso de cada golpe que daba sentía como si la misma maldición se aferrara a mi ser, apretando cada músculo, cada fibra.
Mientras la batalla seguía rugiendo a mi alrededor, me sentí desplomarme, la vista se oscurecía. Estaba a punto de alcanzar la victoria, la revancha que había anhelado. Pero el destino tenía otros planes. Y justo en ese momento crucial, cuando la esperanza parecía al alcance, el mundo se desvanecía lentamente en la oscuridad...