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La flor capturaba la atención con su rojo intenso y una semilla amarilla, grande y similar a una mazorca pequeña, en el centro. Alan la observaba desde lejos, ya que el guía, un lugareño, había prohibido adentrarse más allá del platanero cercano. La advertencia era clara: era “selva virgen”, y adentrarse allí significaba enfrentarse al castigo del guardián de la selva.
Pero Alan, escéptico de esas leyendas, no podía evitar sentirse atraído por el misterio que ocultaba la selva más allá del límite.