Esa noche
— ¡Eh! ¡Karina — Andrea se acerca a mí con esa sonrisa de complicidad suya, mientras el resto de nuestros amigos esperan en el estacionamiento de la universidad.
— ¿Qué pasa? — Le respondo, caminando en su dirección.
— ¡Es viernes! ¡Y no tenemos la última clase! — Me anuncia alegremente, sacudiéndome del brazo con gran emoción.
— ¿No vino el profesor Arriaga? — Le pregunto con algo de molestia. Pasé buena parte de la semana preparando el comentario literario de ese cabrón.
— ¡Nah! Iremos al “Estadio”, ¿vienes? — “El Estadio” es un barecillo de mala muerte al que solemos ir a beber cerveza cuando no tenemos clases o queremos saltarnos las clases.
Lo pienso un poco. No puedo llegar ebria a casa o, por lo menos, debo evitar que lo noten. Son las seis de la tarde, debo llegar a las diez de la noche como máximo. Aparto suficiente dinero para los pasajes de toda la semana entrante. Me queda lo necesario para ir a divertirme un rato con mis amigos.
— ¡Sip! — Afirmo con la cabeza. En pocos segundos nos reunimos con el grupo que espera por nosotras para dirigirnos a nuestro lugar favorito. Tardaremos unos veinte minutos en llegar caminando.
No es un lugar con mucha clase, pero es lo que hay al alcance del bolsillo de los estudiantes de universidad pública.
“El Estadio” es, en realidad, un garaje amplio desprovisto de sillas. Sólo con una barra donde despachan las cervezas. El suelo es de cemento pedregoso. Enormes bocinas animan el ambiente con música para bailar y cantar a todo pulmón. El olor a muchachos sudados mezclado con los tragos que caen al piso lo impregna todo.
Casi siempre está lleno, excepto los lunes, porque es el día en que cierra. Nosotros no tenemos reparo en beber el día que sea, siempre que no sea temporada de exámenes.
De camino allá vamos charlando sobre lo que ha pasado en la semana. Nos burlamos de los profesores a los que consideramos idiotas y maldecimos a los desgraciados que no nos dejan en paz con sus mil tareas “para ayer”. Todo son risas estrepitosas, empujones juguetones.
— ¡Karina! — Me llama la atención la voz de Mateo. — ¿Hiciste el reporte de Arriaga? — Sé a qué va su pregunta.
— Sí, ¿por? — Le respondo, buscando a tientas el cierre de la mochila para comenzar a buscar mi trabajo.
— ¿Me lo prestas? Sólo quiero tener una idea de qué escribir. — Con una sonrisa le extiendo el fólder amarillo.
— ¡Claro! Pero me lo tienes que devolver el lunes. — Le hago una advertencia en tono de broma, enfatizando la frase señalándolo con el dedo índice.
— ¡Gracias! Yo te lo regreso sin falta. — Me promete, guardando en su propia mochila el sobre.
Cuando llegamos al lugar, el “guardia” nos pide nuestras identificaciones. Sabemos que el sitio no tiene permisos para vender alcohol, aunque sería peor si hubiera menores de edad adentro.
Uno por uno nos va dando acceso al Estadio. Donde la música suena a todo lo que da y las luces de colores iluminan la pista. Futuros médicos, ingenieros, arquitectos, filósofos y literatos como nosotros bailan arremolinados unos contra otros.
No quedan mesas disponibles, por lo que nos vemos obligados a replegarnos cerca de las paredes para dejar en el suelo nuestras cosas. Quizá veamos a alguien conocido que haya apartado una mesa. Así podríamos dejar las mochilas debajo de ella con un poco más de confianza.
Gael, Mateo y yo vamos a la barra para comprar una ronda de cervezas. Mientras que Andrea se queda con Julia a vigilar el equipaje. Ya ha pasado que salimos de aquí con una mochila que no es la nuestra o sin ella.
A grandes sorbos tratamos de mitigar el calor que hace ahí. Tantos cuerpos humanos moviéndose al mismo tiempo nos hacen sudar.
Pronto varios estudiantes dejan su mesa, probablemente de química o de medicina por las batas blancas que cuelgan de sus mochilas. Julia corre a poner sus cosas debajo de ella, mientras nosotros la seguimos. En cuestión de segundos, estamos todos de pie alrededor de ella. Poniendo las cervezas encima.
Pedimos una cubeta completa con doce más para entrar en ambiente. El Estadio no es para venir a conversar entre amigos, sino para bailar hasta caer rendido.
Con cada trago que doy me desinhibo más y más, hasta que Gael cruza su mirada con la mía, invitándome a bailar.
En general, soy una persona muy tímida. Pero cuando hay alcohol de por medio, puedo dejarme ser sin miedo al qué dirán. De hecho, sólo puedo bailar cuando bebo. De lo contrario, no tengo nada de ritmo para moverme.
Nos mantenemos cerca de la mesa para evitar que alguien más la ocupe. Me fascina la sensación de mi propia sangre agitándose dentro de mi cuerpo sin llegar a sentir cansancio, sólo sed.
Destapamos una botella tras otra sin dar oportunidad a que se calienten. Andrea y Julia se unen a mí cuando suena nuestra canción favorita. Mientras los chicos nos miran divertidos, alentándonos a gritos desde sus lugares.
El mareo empieza a sacudirme los sentidos. Todo me parece extraordinariamente maravilloso en ese estado. No hay nada como ser joven y embriagarte con tus amigos.
Mi cuerpo sigue girando sin control, hasta que tengo que ir al baño. La fila para entrar es algo larga, lo que me da tiempo de tranquilizarme. Echo una mirada rápida a mi teléfono para verificar la hora. Son las ocho y media de la noche apenas. ¡Sí! Aún me queda cerca de una hora más de diversión.
Tardo varios segundos en vaciar mi vejiga. Llevo un buen rato bebiendo, ¿cuántas cervezas me he tomado? Me miro al espejo roto del lavabo, mi reflejo me provoca bastante risa. Creo que ya estoy bastante borracha, debería detenerme ahora. O simplemente podría bajar la velocidad. Me sugiero a mí misma en tono travieso. Todavía no quiero que termine la fiesta.
Al salir del cuartucho apestoso que sirve de baño, veo a mis amigos en una mesa distinta. Están tratando de charlar con chicos que no conocemos. Me encojo de hombros y camino hacia allá.
Entonces, una luz blanca nos deja ciegos a varios. En cuestión de segundos no es una, sino varias...